Autobiografía.

Muchos amigos son deportistas. O, por lo menos, amantes teóricos del deporte, sobre todo el fútbol.
les cuento mi biografía:
en la escuela de El Cebollar hice quinto y sexto grado, en mi Quito.
yo era el solista del coro, el abanderado de la escuela, el encargado de vender la miel de abeja, y el responsable de la celda del Hermano Miguel. Además, era uno de los elegidos para vender los keyes y esas cosas en una ventanilla del kiosco. Fue la época de oro de mi niñez.
a veces, en las tardes, al finalizar las clases, íbamos al patio de atrás, el de la piscina, que era el único que no estaba encementado, y se armaban los partidos de fútbol.
tonces armaban los dos equipos. habían excelentes jugadores que hacían maniobras artísticas con la pelota. yo no podia hacer esas cosas.
bueno. armados los equipos, faltaba uno en cualquiera de ellos. tonces se oía la frase de rigor: “ponle a Lasso pues”.
o sea, cuando mismo no había a quien poner, me nombraban.
yo era el peor jugador de toda la escuela.
pero era bueno en la natación. y en el voley me defendía.
nunca me hicieron bullyng. no sé porqué pero me tenían un enorme respeto. habían buenos trompeadores que por la menor cosita perdían la paciencia, pero se esmeraban en tratarme con enorme cortesía.
había uno de apellido MORA al que recuerdo con particular afecto. Feroz para el puñete. su madre tenía una picantería cerca del cementerio de San Diego. se esmeraba en ser muy fraternal conmigo. Me invitaba, a veces.
yo era como el intelectual del alumnado porque siempre leía la revista Selecciones, a la que mi abuelo Cueva Celi estaba suscrito. Mi abuelo había compuesto la música del himno de la escuela.
los viernes exhibian películas en el salón de actos. costaba un sucre la entrada.
había un nuevo profesor, el señor Jaramillo, el más joven de los profesores. tipo carismático que se hizo querer pronto. Dirigía el equipo de gimnasia, ahi se colgaban de las argollas, se daban saltos mortales y todo eso. siempre me llamaba a entrenar pero yo era el peor de todos. Intenté dos veces el salto mortal y ya podrán imaginar lo que resultó. Casi fue mortal eso, Pero me trataban con una enorme deferencia. Nunca nadie se burló ni cosa parecida. Todo lo contrario. Inútil y todo,me aceptaban.
una vez estaba sentado con mis compañeros bien adelante en la sala de cine, que estaba llena. y llega el señor Jaramillo con cinco chicas preciosas, que ya habían pasado la etapa quinceañera. Fue el asombro y la admiración de todos nosotros esa aparición. Todos ahi dedicados a mirar embelesados esas bellezas.
tonces ocurrió la hecatombe. les he parecido interesante a las chicas y el señor Jaramillo en alta voz me llama: “Lasso, ven acá”..
empecé a temblar.
me acerco y me dice: “estas señoritas quieren ser amigas tuyas”.
con toda la timidez y el ahuevamiento del caso les di la mano del modo más respetuoso que pude, y me sentaron en medio de ellas, que sonreían matadora, criminalmente, amilanándome. de sus ojos brotaban hermosas y radiantes chispas.
ahi estuvieron haciéndome preguntas y conversas y yo por dentro casi agonizando. el señor Jaramillo alentándome, hablándoles maravillas de mi, ellas eran deliciosas. mayores que mi persona con un quinquenio pues. eso explica el asunto.
casi me infarto, pero sobreviví..Fue un alivio la cordial despedida cuando se acabó la película.
luego vino el interrogatorio de los compañeros, que duró varios días.

En otra ocasión, al finalizar, un Viernes, la clase de educación física, el Hermano Pepe, nuestro profesor del quinto grado, nos lleva a la piscina. Yo me defendía bien nadando pues había aprendido yendo en unas vacaciones a la piscina municipal de Loja todos los días luego del almuerzo. Además, ya había estado en Playas y en Salinas varias veces. En esta ocasión, el Hermano da la orden de que todos nos lancemos desde el trampolín, que era de dos metros. Algunos, los más valientes, se lanzaron enseguida. Otros temblaban, vacilaban, y a punta de insultos les convencíamos de tirarse. Y me llega el turno. Ahi se me complicó la vida. Estaba ahi parado sin atreverme. Tonces, el Hermano Pepe, se ha subido sin que lo vea al trampolín, se acerca sin que yo me de cuenta, por la espalda,y me empujó. Oi mientras caía al agua la carcajada colectiva. Mientras salía a la superficie entendí que la cosa no era tan temible, y que había sobrevivido. Le perdí el miedo para siempre a lanzarme de ahi.

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