Paco Tobar García y su novela “La Corriente era Limpia.

por Carlos Lasso Cueva.

Dramática, a veces complicada de adrede con una gama de situaciones innecesarias que de todos modos se entreveran más o menos bien para construir el camino de la historia: creo que esto hubiera podido decirle al autor, que vivía en Guayaquil cerca del Policentro. Yo le decía “papá” y le saludaba con un beso en la frente. La despedida era igual. Me decía: “siento latir en ti mi sangre”. En nuestras pláticas, acompañadas de una botella de vodka, todo lo demás eran insultos mutuos: no podíamos conversar sin insultarnos con los peores epítetos….pero siempre el afecto de la sangre estaba a bordo. Asi era Paco. Cuando desperté, en la clínica “Alcívar”, luego de la operación de mi brazo derecho roto en siete partes (la operación, realizada por Ramón Barredo, duró cinco horas: “operación de salvataje”, dijo. Tengo un pedazo de platino en mi muñeca derecha) el primer rostro que vi fue el suyo, silencioso, preocupado, cariñoso, frente a mi cama.

Es una obra impregnada de una dosis de violencia pero llena de una prosa elegante y muy rica que conduce confortablemente al lector.

Obra que recapitula sobre el destino de la aristocracia criolla mezclada en el proceso de la vida con el mestizaje que surgió de la conquista española.

He leído algunas novelas-basura nacionales. Esta es superior. Tiene otro nivel.
Aprehensión de un mundo feudal que se agotó y se fue. Mientras algunos seguían anclados en la edad media y construían castillos para denotar su nobleza, la vida seguía su curso, el proceso de desarrollo del capitalismo en el mundo subdesarrollado no se detenía, y había gente lúcida de ese sector que tomaba nota del asunto y entendía que el momento del aterrizaje en el nuevo tiempo democrático-burgués-indígena había llegado.

Tobar era un ácido crítico y un inconforme que avanzó a sostener algunas rupturas. Atormentado por provenir de un sector social que ya no podía sostenerse porque su tiempo había pasado, quiso señalar las pautas de ese conflicto que para muchos fue ideológico, y para otros existencial. El meditaba desde su terreno al que analizaba critica, caústicamente. Venía de ahi y eso era un hecho objetivo que lo marcaba, pero entendía perfectamente que otra época había llegado. Se podría decir que fue el novelista de una aristocracia en decadencia que iba perdiendo su poder económico y político. Escribía desde adentro de ese espectro. Su razonamiento es a veces brutal, a veces barnizado de despecho porque el nuevo tiempo no tenía tampoco muchas cualidades. Simplemente era la masa que se precipitaba por las cataratas y lo demás iba quedando arrinconado.

No hay nostalgia, y esa es la franca y rotunda ruptura, llena de un volumen determinado de lucidez. Era más lúcido que el común denominador de esa gallada. Pero hay dolor ante el derrumbe, no tanto por este mismo, evidentemente, sino por la inmensa mediocridad que se tornaba más visible que nunca ante el advenimiento del tiempo de la burguesía para la cual el único valor tangible es lo material, el dinero. Había evolución pero no progreso. En todo caso ese progreso era solo cuantitativo. Mientras leía, se me vino a la cabeza varias veces el recuerdo de EL GATOPARDO, de Lampedusa.

El Gatopardo es una novela más sintética. Ahi hay un conflicto central único. Aqui hay una hecatombe confusa acelerada (no en la novela, sino en la conflictiva realidad objetiva y subjetiva que refleja). En la primera se narra linealmente un proceso definido del que se tiene plena conciencia. En la realidad reflejada en la novela de Paco Tobar se advierte toda la compleja conflictividad social, antropológica, étnica. Claro, la primera transcurre en Italia, se trataba de la unificación de los antiguos feudos para constituir la República y establecer en parlamento democrático. Aquí es una nebulosa llena de segmentos contradictorios y opuestos, ajenos a la posibilidad de síntesis.La parte final acelera el vértigo narrativo. Se describe el drama en una serie de pasajes con una brutal franqueza.

La prosa es exquisita. Las reflexiones sobre Quito tienen el sonido de puñetazos. Es la evolución social del mestizaje contado por un aristócrata indiscutiblemente brillante. Los atávicos mitos derribados por el tiempo. La historia de una vieja clase social que tuvo el poder total durante los siglos de la colonia y siquiera el primer siglo de República, a la que el novelista ve desvanecerse. Tiempo de dominio clerical, de iglesias ubicadas cada tres cuadras dentro del perímetro de la pequeña ciudad de entonces. El omnímodo control ideológico que se ejercía desde los templos para mantener intacto el viejo statu quo. Al final la aristocracia se fue. La reforma agraria, la repartición de haciendas en cada generación, divididas entre los respectivos herederos, fueron disminuyendo el predominio de una clase social que quedó para el recuerdo. Ahora podemos expresar esta última frase. En el tiempo en que se escribió esta novela aquel mundo solo empezaba a desmoronarse. Fueron pocos los de ese séquito que se percataron de ese proceso.

Al final llegó el tiempo que ahora vivimos, lleno de corrupción y buitres, de chacales y comeveydiles encorbatados y sin historia, golosos del dinero obtenido de cualquier forma. La alta alcurnia y la época de los grandes señores terratenientes cesó. Los escudos de armas fueron guardados. Los pergaminos y probanzas ante el rey de España perdieron totalmente su validez y significado. Tobar habla de “la vengaza de los indios” que vencieron cuatro siglos después. No la condena. Solo la verifica..Hasta cierto punto se diría que la celebra. Hay una india hermosa y joven llamada Rosario que sirve en la casa. Hay reverencias insistentes frente a la raza indígena. Rosario es codiciada sutilmente, ya no para la violación -como era antes- sino para el amor. Se podría decir que es el personaje más puro de la novela. Inolvidable esa Rosario.

Carlos Garzón Noboa (mi querido y lejanísimo pariente) me regaló este libro. Le agradezco. La lectura valió la pena. La leí pesimistamente, muy despacio. Tiene reflexiones crudas que estremecen. Como dije, cerca del final todo se acelera y finalmente se consigue la tortuosa síntesis de uno de los aspectos del a menudo cruel drama del paisito. ¡Qué bueno que la leí! Es el regalo ateo que me di a mi mismo en esta navidad. Paco, a propósito, no era católico. Agregado cultural en Egipto, especialista en el tema “razas”, afirmaba: “tengo mil razas”. Sabía mucho de la llegada clandestina de los judíos al Ecuador durante la colonia. El estaba cercano a los coptos. Se auto-definía como ácrata. Una noble y bella mujer de raza negra le dió paz emocional en sus últimos años.

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