SOBRE BENJAMIN CARRION, LA CAMPAÑA PRESIDENCIAL DE 1960, Y EL TREMEBUNDO IMPACTO QUE CAUSÓ ENTONCES SU LIBRO “EL SANTO DEL PATÍBULO”.

A propósito de la nueva edición de esta obra.

por Carlos Lasso Cueva.

Me acuerdo cuando le vi por primera vez a Benjamín Carrión. Fue en Loja, en la antigua Universidad que funcionaba al lado del colegio Bernardo Valdivieso. Era la campaña presidencial de Parra Carrión (y luego el ilustre Dr. Parra fue muy amigo mio), Parra impresionaba con su melena.
Su “acto de masas” fue minoritario, para intelectuales, en este local.
Las masas alocadas e ignorantes iban multitudinariamente a recibir al loco Velasco.
Mi abuelo Cueva Celi me llevó. Yo tenía 9 años.
Estaban -no recuerdo si antes o después de la ceremonia- un grupo de quizás cinco personas. Mi tío Jorge Hugo Rengel creo que estaba de presidente de la casa de la cultura y era uno de ellos.
Entonces le veo a Benjamín Carrión que aparece y se acerca a saludar al grupo. Le reconocí por las fotos de la campaña.
Era un hombre que tenía una apariencia jubilosa.

Muchos años después le escuché a Carrión tres conferencias: una en la Alianza Francesa de Quito sobre Bertrand Russell, otra en el museo municipal de Guayaquil, y la tercera cuando vino invitado por la casa de la cultura a presentar las obras escogidas de mi tío Pablo Palacio. Exponía en tono de conversa, tenía una voz como de viejo antiguo, apelaba a la ironía y al sarcasmo que solían extraer risas del público, y él acompañaba esas risas. Era un conferencista ameno y “nada doctoral”. Jamás le dió por ponerse a hablar “en difícil” para demostrar inteligencia, pero sin duda era todo un manantial de sabiduría, producto del “vicio” de la lectura. Nunca fue marxista pero tuvo un poderoso pensamiento crítico, iconoclasta, definitivamente de izquierda. Por eso le tienen ubicado entre los escritores comunistas de este paisito. De origen social aristócrata por el lado paterno (sus descendientes no conocían la genealogía -refundida en algún baúl- de la familia Carrión, escrita por Cristóbal de Gangotena en los años veinte del pasado siglo. Yo se la envié por servientrega a su nieta Agueda Pallares), se comprometió con los sectores populares y sus esperanzas revolucionarias. No fue un santificador del feudalismo sino su feroz denunciador. Los curuchupas le temían y odiaban, la mayoría de las veces sin poder enfrentársele.Fue dirigente del Partido Socialista. Posturas suyas fueron criticadas por sus mismos camaradas, todos reconociendo su alta valía intelectual. Recuerdo el fuerte impase que tuvo con Manuel Agustín Aguirre y Agustín Cueva cuando lo del banquete a Otto Arosemena a nombre de la casa de la cultura, que causó una conmoción en las filas culturales de la izquierda. Lluvieron los pronunciamientos en su contra.
La carta abierta de Aguirre, separándose, en protesta, de la casa de la cultura, está en el blog de Agustín Cueva. Se publicó en la revista MAÑANA.

El candidato curuchupa (en 1960 era el Dr. Gonzalo Cordero Crespo, una leyenda de la extrema derecha. Morlaco, de voz briosa y ronca, buen orador. Hablaba de hacer “una revolución blanca” y Carrión, en sus exposiciones radiales, muerto de la risa, se burlaba de esa inocua y superficial tesis diciendo que “lo que pasa es que a los curuchupas se les va en blanco”.

Carrión era anticuruchupa 100%. Su libro EL SANTO DEL PATIBULO apareció por esas fechas, editado por el Fondo de Cultura Económica de México, si no me equivoco. Obviamente poca gente lo leyó, pero en la prensa de entonces salían artículos comentándolo agriamente. El poder clerical era muy alto. Desde los púlpitos se hacía campaña a favor de Cordero Crespo (me impresionó el día de su llegada a Loja: la mayoría de los que asomaron a recibirlo -en medio de fuertes contra-manifestaciones de placistas, velasquistas y parristas que recorrían furibundos el perímetro externo a la concentración curuchupa en el parque central- eran indígenas…movilizados por los curas en contubernio con los terratenientes que les enviaron desde sus haciendas.

Los dos partidos principales eran el conservador y el liberal en ese tiempo. La diferencia entre ellos era que acudían a oir misa a distintas horas.
En ese momento, la circulación de EL SANTO DEL PATIBULO originó feroces polémicas. A Carrión, los curuchupas y algunos liberales, en las radios, le decían hasta de qué se iba a morir. Los adjetivos que le adjudicaban eran inmisericordes.

En las tertulias familiares recuerdo que EL SANTO DEL PATIBULO era tema central, pero la mayoría de quienes lo comentaban no lo habían leído y se dejaban guiar por los artículos de prensa adversos y por los comentarios que hacían los curuchupas y afines en las radios. Recuerdo que mi abuelo Cueva Celi -que detestaba a muerte a los curuchupas- consiguió el libro y lo leyó alborozado, Comentaba eufórico algunas cosas en las frecuentes reuniones que habían en nuestra casa en San Sebastián con su gallada de miembros de la casa de la cultura.
Hasta Velasco Ibarra lo leyó y dijo algo asi como que “ahora se necesita que una pluma como esta lo refute”. El libro está lleno de santas verdades que rompieron los tímpanos en ese momento.

Eso fue muy parecido al impacto que provocó en 1967 la aparición del libro de Agustín Cueva ENTRE LA IRA Y LA ESPERANZA. Conmocionó a la gente de derecha, de cerebrito colonizado. A Agustín le vituperaban de lo lindo en las páginas literarias dominicales de los diarios. Le hacían leña. Pero el paraninfo de Jurisprudencia de la Universidad Central se recontra-repletaba de gente que iba a escuchar cada mes sus conferencias. Habían 200 personas sentadas en el suelo cuando él hablaba, en medio de un absoluto silencio.

El único órgano periodístico medio alternativo era la revista LA CALLE en 1960,que dirigía Alejandro Carrión Aguirre (“patrón Galo” se lo llevó a Washington y le nombró director de la biblioteca de la OEA, su madre, doña Adela Aguirre, era la madrina de bautizo de mi mamá), que fue placista toda la vida.

Para 1967 había la revista MAÑANA, de Pedro Jorge Vera, que aparecía los Viernes. Ambas se vendían como pan caliente.
Que en ese contexto Carrión se atreviera a escribir un libro pulverizando a mi tío Gabrielito fue casi medio espantoso. García Moreno era figura sacra, hasta se hablaba de llevarlo a los altares. Y Carrión sale con su libro blasfemo e irónico, increiblemente bien documentado, desbaratando su bendita imagen. Fue algo que escandalizó a una porción entonces compacta y mayoritaria del país.

Mientras escribo esto, mi gato de un mordisco rompió el alambre del maus. Menos mal que tenía aqui uno de repuesto.

Pero el libro de Carrión quedó como el más grande libro que hizo en su vida. Como uno de los grandes libros de aquella época. Una obra monumental que forma parte de nuestra memoria histórica. Un clásico de nuestra identidad cultural. Mi ilustre deudo Jorge Salvador Lara en un artículo contó que le preguntó a su amigo Carrión cuál creía que era su mejor libro, y éste le respondió: EL SANTO DEL PATIBULO. Alejandro Moreano (su pariente por el lado materno) escribió un ensayo analítico crítico sobre este enorme personaje que, con su consentimiento, lo subí al blog de Agustín Cueva Dávila.

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