Sobre Guayaquil.

SOBRE GUAYAQUIL.

Por Carlos Lasso Cueva.

El centro de Guayaquil antes era una gran cosa…hablo sobre todo del boulevard 9 de Octubre. Ahi la gente se citaba, se reunía (había cafeterías, librerías). ahora ya no hay nada. y se ven edificios vacíos. No hay ni una librería ahora en ese territorio…bueno, en varios malls del norte tampoco. solo en Rio Centro sur hay una librería cristiana.
(claro, con la llegada del internet y de las películas digitales desaparecieron hasta los cines que auparon el comienzo de tantos idilios)
Transitar en la noche por la 9 de Octubre era edificante, desestresaNte. Habían parejas y galladas pequeñas que salían a caminar de ida y vuelta por ella. ahora eso ya no es posible.
El parque del centenario permanecía abierto y por lo menos en su parte central no tenía mayores inconvenientes.
El boulevard en la noche era activo, luminoso, brillante. ahora no es asi.
algo le pasó a esta ciudad, que ha cambiado mucho.
Urdesa era un barrio residencial. Tenía una pinta medio austera. su calle principal ahora está llena de negocios y los antiguos dueños han alquilado o vendido sus propiedades, se fueron a otra parte (ya sabemos a donde)
En el barrio del Centenario -cumbre de la elegancia, concentración de los antiguos aristócratas del puerto- en cada cuadra hay siquiera tres casas vacías. La nueva generación se fue a vivir en Samborondón.
La gente se cita ahora en los Malls.
En los Malls del norte hay galladas de gente medio antigua que se reunen una vez a la semana a tal hora a disfrutar de la charla y a tomar un café.
Veteranas que antes tenían su reunión semanal con sus compañeras en los hoteles del centro, igual, se reunen ahora en los Malls del Norte. Tienen día y hora fija. Siempre se les ve.
hay cafeterías en los malls del norte que tienen mesas que son “propiedad” de los veteranos de tal partido político. Ahi se les ve que pasan viendo morir la tarde y fijándose en chicas hermosas que a veces transitan.
La gente “más grande” se concentra en un hotel del Norte algunas noches a la semana para sus “conspiraciones”.y terapia de ayuda mutua (la amistad es un bálsamo)..ahi están, risueños, fraternales, felices, en guayabera o en ropa de faena, disfrutando de su whisky, comentado los chismes políticos o creándolos. Incluso lucen simpáticos, abiertos.
la ciudad tradicional agoniza, abandonada. su antigua “pinta” socio-antropológica se esfumó.
Ahora se camina a cualquier hora por las calles del centro dando vueltas y vueltas y ya no se encuentra uno con nadie. antes no era asi.
La ciudad se super-pobló. Sus barrios proletarios y suburbios son habitados por gente nueva.
Una vez me detuve a fumar mi habano en la esquina de 9 de Octubre y García Avilés. pasaba una muchedumbre apurada de ida y vuelta. Era al atardecer, cuando la gente sale de sus oficinas y trabajos luego de cumplida la jornada laboral. En un cuarto de hora no pasó nadie conocido.
En los 80 y 90 uno se demoraba un cuarto de hora en caminar una cuadra porque se iba encontrando con rostros amigos y se producía una charla de breves minutos.
Muchos habitantes distinguidos de la ciudad ya fallecieron.
Recuerdo al Dr. Juan Alfredo Illingworth Baquerizo paseando, temprano en la noche, en la plaza de San Francisco, platicando en voz alta con dos o tres contertulios.
Recuerdo los actos culturales y funciones de cine en el edificio del Banco Central. La gente salía de ellos a conversar de largo por la avenida.
Habían galladas de periodistas que cuasi se amanecían siquiera una vez a la semana en el boulevard. Rostros y voces amigas que saludaban de un extremo a otro de la calle. La planta baja del colegio de periodistas era un sitio que transmitía alegría, cordialidad. El rey de ese sitio era mi amigo el periodista de la farándula Paco Fuentes Monroy.
En la cuadra de 9 de Octubre y Boyacá era normal encontrar sentados en esos asientos de hierro que dejó el alcalde Febres Cordero siquiera a dos grupos más de personas distinguidas y amables que hablaban “del mar y de otras cosas”.
En la esquina de 9 de Octubre y Baquerizo Moreno, al pie del edificio Plaza, quedaba la pastelería de don Eugenio Caputti….era otro sitio de reunión desde las 5 de la tarde. Uno pasaba por ahi enterándose de cosas de Francia, de Moscú, del mar Báltico, del mar Negro. Ahi solía estar Reynaldo Huerta Ortega, hijo del Dr. Raúl Clemente Huerta, Enrique Campuzano, el ex.intendente que ahora anda aquejado por la diabetes…ex-diputados, algún ex-gobernador…
Y debajo del edificio San Francisco 300 estaba la infaltable gallada de mi amigo el coronel Vicente Ramón Roca Dañín, que fue dos veces primer jefe del cuerpo de bomberos. Este grupo sesionaba largamente, sin horario. Eran un grupo de veteranos alegres que se reían de todo y no tomaban casi nada en serio. Dominaban ese sector. Respetables, no llegaban a ser bohemios. Eran gente seria que se plantaban ahi a compartir la amistad, el aire, el viento, viendo caballerósamente mujeres lindas que a menudo circulaban, conscientes, ellas, de su belleza. Estos distinguidos ciudadanos se retiraban al atardecer a sus hogares.
Nada de esto existe ya.
Ahora, en las noches, hay una nebulosa solitaria de difícil identificación. El choque con la nueva realidad ni siquiera produce nostalgia. Uno entiende que algó salió mal, y tiene que, simplemente, adaptarse, y salir pronto de ella porque ahi ya no hay nada. Toca caminar medio rápido pues puede haber hostilidad y hasta peligro en un sitio que antaño fue otra cosa.
Por motivos de seguridad, mucha gente no sale de sus casas concluida la faena diaria.
Y desde el centro hasta el sur, ya no se ve a nadie trotando ni en las mañanas ni en las noches.
Hubo una época, antes de que se ampliara la avenida 25 de Julio y desapareciera su parterre central copado de árboles enormes, en que se hacían citas para ir trotando de ida y vuelta hasta el puerto los sábados en la mañana. Eran unos 7 kilómetros.
En aquel tiempo yo solía venir una vez a la semana desde la Casa de la Cultura (luego de la función de cine foro -y de un par de copss de Cuba-libre en la barra de River, en el Colegio de Periodistas- o desde la Universidad Estatal caminando hasta mi casa. Ya no se puede hacer eso. Es peligroso.
¿Qué sucedió? ¿A qué causas atribuir este fenómeno? ¿Cómo podemos explicarnos esta metamorfosis que se ha operado en la ciudad? ¿Cuáles son los factores que han producido este hecho tan visible y evidente?
Hace medio siglo o más, antes del boom petrolero, antes de que el cemento se pusiera de moda haciendo desaparecer a las casas de madera -el boulevard estaba lleno de ellas-,la ciudad quizás tenía solo medio millón de habitantes. La casta señorial predominante aún tenía plena vigencia en un contexto en que la burguesía comercial se fortalecía. Se producía cacao y banano y el modelo económico tradicional antañoso sobrevivía. El petróleo vino a cambiar todo esto. Permitió el advenimiento de un acelerado progreso urbano y la burguesía financiera se empezó a instalar a sus anchas. Los bancos tuvieron una larga temporada de jauja que duró casi tres décadas inefables.
En ese lapso, el campo, como siempre, se descuidó, permaneció abandonado. No se crearon políticas de Estado para el desarrollo agrario y en esos lares por lo general solo había abandono, pobreza, carencia de horizontes, auque este no era un fenómeno nuevo sino permanente. Era la estructura subdesarrollada del país de la periferia del capitalismo desarrollado. Había un Estado débil presidiendo en teoría todo este proceso, un pseudo Estado de raigambre oligárquica inhabilitado para imprimr una ruta en ningún sentido.
Ya el suburbio guayaquileño existía, estimulado por el irresponsable populismo político de tiempos anteriores. La migración aumentaba la demografía citadina y eso significaba votos electorales para el partido político de moda, que permitía y alentaba ese proceso. El anárquico crecimiento poblacional, descontrolado, beneficiaba a los políticos de la respectiva época.
En el suburbio, que creció, en una ciudad con poca industria y por tanto con pocas posibilidades de fuentes de trabajo, se instaló el subempleo, la economía de subsistencia dentro de la marginalidad social, y ahi empezó a surgir y a consolidarse el lumpen-proletario. La capa social que más creció fue el subproletariado que con el tiempo pasó a convertirse en una mayoría poblacional. Y este es el fenómeno que vemos instalado ahora.
La ciudad creció cuantitativamente pero su espíritu empezó a derrumbarse. Tradiciones cualitativas fueron extirpadas por este proceso. El aura romántica y caballeresca del Guayaquil de siempre pareció iniciar un proceso de extinción que nadie sabe si ya ha terminado de consumarse definitivamente. Entonces la vieja casta aristocrática -emprendedora y convertida en burguesía comercial, industrial o financiera, mezclada con los hombres de negocios modernos devenidos en magnates de origen “plebeyo”- a través de sus retoños generacionales empezó su éxodo o su fuga, para no compartir su ciudad con la desagradable masa compacta recién venida. Y se puso de moda ir a crear ciudadelas residenciales de lujo en otro cantón, en Samborondón.

La pequeña burguesía comprendió que debía estar a la altura del nuevo tiempo e inició su éxodo hacia ciudadelas aparecidas en el Norte, a veces fuera del perímetro cantonal, y luego empezó también a adquirir departamentos y casas de menor cuantía también en Samborondón a base de préstamos bancarios. El asunto era irse de Guayaquil a vivir en otra parte, buscando privacidad, comodidad, en un esfuerzo por integrarse a los códigos aburguesantes impuestos delante de su entorno existencial.
Guayaquil entonces va quedando como una ciudad sin memoria, haciendo esfuerzos por conservar una identidad que se pierde en la nebulosa.
En una generación más, a lo mejor no queda ya ni un testimonio de lo que fue o pudo ser Guayaquil, no en la perspectiva del cemento y el distorsionador progreso material mal planificado y quizás erroneamente administrado, sino en la línea de una calidad intangible que no se pudo o no se quizo defender y cultivar.

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