El Camino de Manuel…y un nuevo documento genealógico.

EL CAMINO DE MANUEL

Autora: Domitila G. Delgado Vargas

Existió una vez en el altiplano ecuatoriano, una familia funcional como tantas que vivía cotidianamente, en armonía y felicidad, hasta que recibió la visita para todos inesperada de la muerte de uno de los miembros principales del hogar.

Don Manuel Jesús Matute salía a comerciar con lo que producía en su finca conformada por ganado, caballos, sembríos, moliendas, para alimentar a sus hijos. Doña Rosario Guambaña se quedaba en casa criando con esmero y un acrisolado amor y entrega a sus cuatros hijos – Manuel, Carlos, María y el conchito Jorge- inculcándoles valores de amor, solidaridad, fraternidad y responsabilidad. Los niños salían en la mañana a estudiar y en las tardes después de realizar sus tareas salían a jugar y pasear por los lugares propios de la serranía. En una ocasión cuando iban los niños Manuelito, Carlitos y Jorgito montados sobre el lomo de un caballo, este se detuvo a tomar agua en la orillas del río, los niños cayeron uno a uno al agua y como se les mojo la ropa tuvieron que secarla encima de las piedras del rio.

Otro día mientras se acercaban a la mitad del río Gualaceo de Santa Bárbara, Manuelito, Carlitos y un amiguito de ellos Francisco Peláez, tomaron la precaución de amarrar una boya a la cintura. A Carlitos se le desamarró la balsa y como ninguno sabía nadar, entraron en pánico! entonces los otros dos en un improvisado salvataje, lo agarraron cada uno de un brazo y llegaron sanos y salvos chapoteando a la orilla, aunque Carlitos tragó mucha agua y casi se ahoga. La alegría que sintieron al superar el incidente fue enorme.

Todo transcurría en la paz del señor, hasta que un día fatídico Don Manuel Jesús, mientras salía a su diario trajinar, recibió una patada mortal en el estómago de uno de sus caballos, y falleció ipso facto. La noticia cayó sobre doña Rosario como un balde de agua helada, al saberse sola y desamparada frente a lo que se le venía… la familia, cercenada, se fisuró: los niños se vieron obligados a salir de la escuela. Al mayor, Manuel, embargado por la tristeza, se le quitó el hambre al verse huérfano de padre, y le aconsejaron a Doña Rosario que le diera aceite de hígado de bacalao para abrirle el apetito, de lo contrario moriría. Ella sumida en preocupación siguió el consejo, y el niño se fue recuperando poco a poco.

Doña Rosario empezó a vender la mayor parte de los escasos bienes propiedad de la familia, aunque no percibía el cobro real de lo que comerciaba, era suficiente para alimentar momentáneamente a su prole, pero pronto empezó a escasear el dinero, factor que sembró la angustia en el humilde hogar.

Inmersa en la crítica situación, apeló en prestar dinero para afrontar los gastos a don Norberto, y éste le extendió un efectivo que doña Rosario utilizó para solventar sus necesidades, pero transcurrido el tiempo ella no podía devolver el dinero ya que no habían ingresos, fue entonces que el prestamista optó por recuperar su dinero tomando la “mano de obra”, de doña Rosario y sus cuatro hijos.

Los días transcurrían negros y sin horizontes para doña Rosario al no ver una solución a sus problemas; trabajaban para saldar una deuda que por supuesto nunca se cancelaba. El para entonces joven Manuel contaba con 16 años de edad y se desempeñaba como muchacho del mayordomo tío Rosendo Guambaña en la hacienda Llano Chico de la familia italiana Bruzone.

Fue entonces que se le cruzó por la cabeza a Manuel trasladarse al puerto principal, y contó de sus planes a doña Rosario, la que en su desesperación estuvo de acuerdo, y para solventar los gastos le dio a Manuel un caballo, que lo fue a vender en el Tambo en trescientos sucres. Era la década de los 40 en aquel entonces.

Manuel regresó a la casa para despedirse de su madre quien lo acompaño hasta Cuenca; ella le dio la bendición y un abrazo en una desgarradora despedida. Luego cogió el carro para dirigirse al Tambo donde cogería el tren de Zibambe hasta Duran, donde se embarcaría en una Lancha para llegar hasta el malecón de Guayaquil. Al llegar al puerto se encaminó a las calles Sucre y Boyacá, donde residía la familia Bruzone, para encontrarse con el dueño del hotel Guayaquil, quien lo recibió y le dio posada hasta encontrar trabajo. Luego el mismo señor lo ubicó como ayudante de cocina del hotel Pacifico propiedad de esa acomodada y honorable familia. A los pocos días encontró trabajo con otro Italiano dueño de un restaurante que estaba ubicado frente al correo.

Día a día Manuel juntaba sus ahorros para saldar la deuda contraída por su mamá; cada vez que cobraba su salario evocaba a su familia que había dejado atrás; sus acciones tenían un norte: cubrir lo adeudado y reunirse con los suyos. Transcurrieron dos años hasta juntar la suma necesaria para pagar lo adeudado y un poco más para el viaje para rescatar a los suyos.

Su periplo tuvo fin: el proyecto concebido por él y su madre dio los ansiados resultados. Llegó el día en que Manuel regresó a su tierra natal, donde fue recibido con júbilo por los suyos, saldó la deuda contraída por su madre, recuperó a su familia y les convenció de ir con él hasta Guayaquil, ciudad en donde había encontrado la oportunidad de desempeñarse en un trabajo honrado con un salario que le permitía vivir pobre pero dignamente. Así que iniciaron todos juntos este viaje, el mismo que en esta ocasión tenía otro sabor: estaba rebosante de alegría, soñaba con promesas de días mejores, al contrario de la zozobra y la angustia de la primera vez. Llegaron a la ciudad que los acogió en su seno maternalmente.

Así se inició el nuevo y largo peregrinaje de éste núcleo familiar, en tierra extraña, a la que se adaptaron. Eran gente humilde, que sabía que debían esforzarse mucho para sobrevivir y salir adelante, y paulatinamente lo fueron logrando. Atrás quedaron la soledad y el infortunio. Se abría una etapa nueva, de trabajo, pero tenían el aliciente de estar juntos. Sintieron que se cumplía la máxima que dice: “familia que reza unida permanece unida”. Verse y apoyarse el uno al otro fue el mejor regalo de navidad que recibían en mucho tiempo. Pronto el segundo hermano abrió una peluquería – oficio aprendido por un familiar- que fue su medio de sustento. La tercera en la familia, María, luego de hacer varios cursos de enfermería obtuvo un puesto como enfermera en el hospital y el cuarto se dedicó al comercio.

Con el tiempo, cada uno encontró su respectiva pareja en la vida. El primero, Manuel, tuvo 8 hijos, todos llegaron a ser profesionales. El segundo, Carlos, también se casó, tuvo 9 hijos y la mayor parte de ellos logró culminar estudios en la Universidad. La tercera, María, enviudó y tuvo una hija que sacó su título de profesora y el cuarto, Jorge, tuvo una hija que se graduó de doctora en medicina. De esta nueva generación a su vez salió otra, que continúa por el recto camino trazado por la abuela Rosario Guambaña. Uno de sus bisnietos se recibió de médico hace poco.

ANEXO. 8 V 2017
UN NUEVO DOCUMENTO GENEALÓGICO, DE LA LCDA. DOMITILA DELGADO VARGAS.

Tradicionalmente, durante siglos, solo los nobles tenian genealogía, guardada en archivos centenarios. Pero toda familia tiene derecho a conservar su identidad histórica de generaciones, por medio de su respectiva genealogía.

Se trata aqui de una familia de origen pobre, humilde, ennoblecida por el trabajo honrado…en este documento se rescata su historia de media docena y más de generaciones esforzadas, laboriosas, que lucharon duro para ganarse la vida dentro de la división social injusta establecida por el sistema.

Que sea un estímulo para que otras personas sigan el ejemplo y se empeñen en salvar del olvido la historia de su gente.
Normalmente las añejas genealogías tenían la misión de resaltar solo lo bueno, lo virtuoso y glorioso de las familias de lustre, escondiendo los autogoles, adulterios famosos, excluyendo y negando a los hijos del amo en la cuasi esclava india, exclusivamente glorificando, satisfaciendo vanidades mediocres…eran como genealogías “a la carta”, sin mentar nunca -como dice Jurado Noboa- “los muertos que cada familia tiene escondidos en el armario”, alcahueteando impúdicamente mitos y “secretos” que los conoce todo el mundo.

Oi decir en una reunión que exhibir blasones no conseguidos por ellos sino por lejanos ancestros es oficio de descendienes mediocres que no han sido ni chicha ni limonada en la vida. Una pariente me dijo que detestaba leer genealogías por el desfile de don nadies que hay en ellas, con alguien sobresaliente que aparece muy de cuando en cuando, prestigiando al resto que utiliza esa cobija para cubrirse.

Hubo cierto mercenarismo concreto entre los dedicados a esta tarea que para algunos fue un buen negocio. Es claro que por regla general los genealogistas han sido acólitos y monaquillos de la aristocracia.
Aqui el primero que hizo otra clase de genealogías fue Fernando Jurado Noboa, que asombró despedazando añejos tabúes y haciendo aterrizar a muchas personas delirantes.

Han habido elementos que se han hecho genealogistas para adquirir pedigrí, exponiendo remotos parentescos con gente que estuvo arriba y que se supone continúa estacionada por ahi.
Ser genealogista era encontrar el camino de codearse con la “crema”, una expresión clara de oportunismo y arribismo social e intelectual. Hoy empieza a surgir la genealogía de “los de abajo”, como reza el título de esa novela legendaria de Mariano Azuela, en cuyas páginas finales aparecía la letra de la canción “Adelita”, hecha famosa por Nat King Cole a comienzos de la década de los 60 del pasado siglo…había sido un “corrido” famoso, cantado entre las fogatas, por los campesinos que hicieron la frustrada revolución mexicana.

Todos, los de historia gloriosa y los modestos y oscuros, los descendientes de encomenderos y campesinos, de marqueses y siervos de la gleba, de sabios ilustres y de mucamas y cocineras de hacienda que no han brillado en la vida, tienen derecho a luchar contra el olvido y la desmemoria. Es un asunto de estricta justicia. Cada familia proletaria y sin otro título de nobleza que el sudor derramado para llevar el pan y darles el estudio a sus hijos debería tener su respectivo genealogista. Ya es hora de esto.

Al final, en el camino el destino nos envuelve a todos en la avalancha, y ahi solo rige el continuo presente que nos va hermanando, y va quedando entre unos y otros el fraterno respeto que debe primar debajo del sol, y en la noche. El pasado no es un obstáculo infranqueable para la fraternidad del futuro, y del presente.

A la autora de este trabajo investigativo (que le tomó algunos meses) fui yo el que la persuadió de emprender esta tarea ya culminada. Supongo que es la primera genealogía que se hace de una familia NO de rancio abolengo del cantón Daule, en la provincia del Guayas. En el interior de la misma me agradece. Le enviaré sin falta una copia a Jurado Noboa.
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