MADAME RIVET: NOVELA DE FELIPE DÍAZ HEREDIA…Y DOS TEXTOS.

MADAME RIVET: ENTRE EL AMOR Y LA RAZÓN.
por Carlos Lasso Cueva.

Finalicé la lectura de una novela extraordinaria que me ha “pegado” durísimo: MADAME RIVET: ENTRE EL AMOR Y LA RAZÓN, escrita por un distinguido pariente mío, de la rama de los Cueva morlacos, el Dr. Felipe Díaz Heredia, odontólogo, que sorprende debutando con una novela increiblemente bien hecha, que atrapa, cautiva, impacta, impresiona… me ha dejado franca y positivamente conmovido.

Todo el armazón, la estructura que ha construido para contar esta historia es sencillamente elegante, absolutamente bien hilvanada, apelando a una técnica que se ajusta perfectamente con el cometido, con el drama que narra con una prosa de primera categoría: esto viene a ser una especie de misterio…cómo pudo un médico, que no es un literato profesional, contar tan bien esta historia, aprehenderla de manera tan compacta, recogiéndola de la vida real con tanta maestría y solidez?

Tenía medio organizada mi lectura de esta temporada y por eso recién la leo, pese a que me la envió apenas salida del horno la primera edición, con un autógrafo inspirado, cordial, afectuoso.
Supe que la primera edición se vendió como pan caliente en Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y ya apareció la segunda. Me imagino que la gente cuencana debe haber ido corriendo a enterarse de lo que cuentan estas páginas que recrean algo que fue condenado y repudiado hace un siglo, cuando la moral beata y pacata de ese tiempo enfrentó el hecho de que una dama de su alta sociedad se había escapado del país, abandonando a su importante marido y a sus hijos, para ir tras este brillante médico francés que le había jurado amor y que la esperaba en París!

Es la historia de una mujer casada a la fuerza con un potentado azuayo, con la que sus padres la obligaron a que se case, cuando tenía apenas 14 años. Y no fue feliz con este señor, para nada. El era hijo de una matrona rutilante de Cuenca, Doña Hortensia Mata de Ordóñez, dama venerable que parió 20 hijos, de los que sobrevivieron 16. Gente muy rica, llena de haciendas y riquezas, que exportaban la cascarilla. La cúspide socio-económica de la Cuenca de esa época.

Tuvo tres hijos (no?) en ese desdichado matrimonio. Mujer bonita, guapa, apreciable, condenada a pertenecer a un hombre al que no quería. Se llamó, ella, Mercedes Andrade Chiriboga.

Llega a Cuenca la segunda Misión Geodésica, de la que era integrante un médico bien parecido llamado Paúl Rivet, a quien le solicitan que la examine, y en ese momento nació una historia de amor increible, que da fundamento a esta novela.

La obra refleja los ´problemas de conciencia de la protagonista, la manera de pensar en la ciudad más conservadora del país, que Alfaro tuvo que tomar en duro combate, peleando casa por casa con su batallón de negros esmeraldeños, porque el poder clerical estaba implantado en ella y las conciencias locales estaban maniatadas por el fanatismo religioso. Los curas representaban a la máxima autoridad ideológica.

Mercedes llega a París y comienza su vida dichosa junto a un hombre brillante que despuntó como sabio de fama mundial. Sufrieron separación por motivos profesionales con el estallido de la primera Guerra Mundial, que fue, como siempre, una atroz carnicería. El en el frente, y ella de voluntaria en un hospital, donde fue herida por una esquirla en un bombardeo alemán. Años de felicidad luego, con el sabio marido dedicado a sus investigaciones, a dictar conferencias en tantas partes, a publicar sus libros, con ella a su lado. Visita de sus hijos ya crecidos y adultos que la van a ver a París y medio la comprenden y perdonan por abandonarlos, y luego el escape de Francia cuando comienza la nueva Guerra Mundial, escapando de la Gestapo nazi.

Luego de la Guerra, el regreso a París, la vida diaria, las amistades que concurrían a su departamento: Teilhard de Chardin, Picasso (que se ponía a dibujar en sus manteles), Einstein, Charles de Gaulle…(a quien le di la mano cuando visitó Quito, durante la dictadura militar del 63-66).

La obra tiene una riqueza subjetiva increible. La hondura psicológica de los personajes es trazada a la perfección. La prosa es de primer orden. Los capítulos finales cuentan el desenlace, la soledad, la muerte de Rivet, el retorno a Cuenca, donde falleció el 10 de Junio de 1973, casi de cien años. Ella fue longeva.

Hay un libro en francés, de una Universidad de ese país, donde aparece, en castellano, un artículo de Juan Cueva Jaramillo (de nuestra misma tribu), lacónico, circunspecto, pero escrito con la chispa que Juan tenía. Cuenta que conoció en París a Mercedes Andrade, mujer sufrida, a la que sus padres sacrificaron en un matrimonio sin amor, de conveniencia, que se reveló contra su destino y abrió sus alas para escapar en búsqueda de la felicidad que la esperaba en el Viejo Mundo. Ella rompió las ataduras de los prejuicios y brutales convencionalismos represivos e hipócritas de su época para liberarse y ser feliz. La novela describe ese ambiente mezquino, ajustando cuentas de manera prolija con ese medio, nos hace ver ese mundo oscuro, intrigante, sinuoso, hipócrita, represivo, en medio de la lucha interior de Mercedes, y de las circunstancias sociales adversas que en un arranque de valor y osadía enfrentó, rompiendo tajantemente con ellas. Raro que un odontólogo (que no es un literato profesional) debute en la narrativa con una obra tan bien hecha. Talento, sin duda.

En wikipedia se menciona que el sabio Paul Rivet estuvo casado con Mercedes Andrade, ecuatoriana.

En las líneas finales de la novela, el autor dice: “Ahora solo queda el eco de su voz temblando entre las líneas de sus memorias”.

ANEXO: 21 I 2017

El Suco del Cenáculo
Por Felipe Díaz Heredia

Coincidí de repente con una figura errante, sin mañana, sin ayer; divagando por tristes pensamientos. Pasé junto a él, era él Suco del Cenáculo, cuyo rostro apenas si alcanzaba a mirar la hermosura fascinadora del cielo constelado. Solitario, el desánimo en su mirada, un rictus de angustia en sus labios contraídos, descansaba en una banca desolada en la plaza de Santo Domingo.
Me tendió su mano laxa, exangüe, fría que atrapaba un vaso plástico limosnero para recoger la dádiva. Mire la silueta albina, su vestidura deslucida, envuelta en su saco burdo y sus botas de caucho, sumido en el mutismo de su vida menesterosa. Luego con su andar sin recato se perdió entre las sombras de la tarde, de fuga en medio de la bullanguería cotidiana. Desapareció con los bolsillos llenos de botellas, de hojas, y algo que recogió de la calle con su gesto de pobreza y bondad.
La más dura imagen que manifiesta la desgracia ante las cuevas duras de la vida; la frágil y escabrosa faz de la pobreza, del ruego, sin sol, ni reflejo de la humildad.
¡El Suco del Cenáculo! Quién no lo conoce. Con su edad indefinible, puede tener cincuenta y tantos como también apenas cumplidos los treinta y tantos. Por allí pasa, inofensivo con la mansedumbre de un espíritu celeste, el rostro albo, hilando suspiros en los ojos insensibles, ajenos a la suavidad de la súplica y a la miel en que se empapa su ruego. No es un niño pero todavía ríe y llora como tal, parece jugar pero no juega, sobrevive; corre, alimenta a las palomas y duerme en cualquier banca de un parque. Pocos conocen su nombre sólo saben su apelativo: ―El Suco del Cenáculo― por su pelo rubio, su piel blanca albina y su presencia frecuente a la salida de la iglesia del Santo Cenáculo.
En sus manos se levanta el ruego callado, con gestos misteriosos. Manos con rumor quejumbroso que suplantan su garganta gastada y seca, en donde roe vibraciones mudas la polilla de la afonía. Sus ingenuas pupilas tropiezan constátenme con sus dedos a manera de una enigmática expresión, explorándolas una y otra vez. ¿Será quizá una evocación de la niñez nublada de angustias? ¿O quizá sea la manifestación de signos misteriosos, dibujados con aire invisible para limar los barrotes de alguna jaula de pájaros?
Sus manos extendidas a los que pasan, no pueden detener la prisa que corre. Lentamente, pasea El Suco del Cenáculo por la ciudad ruidosa y agitada, con su vida remendada y su traje menguado. Es el gesto sin persona que vaga descolorida sin rumbo, ni sentido por las calles, parques, una esquina, otra esquina y plazas vecinas a las iglesias. Sus brazos ondean, como remos en el esfuerzo de aligerar la nave vagabunda de su cuerpo sobre las olas bravas del tiempo. Cada puerta hace brillar de ilusión su mirada, detener su paso. Hay puertas que sacan una mano blanca entre cuyos dedos resbala humilde caridad. Hay puertas como bocas profundas, en donde una voz modula secante una palabra terminante: Mañana. ¡Mañana… Mañana será otro día, otra carcajada vibrando en la misma risa vacía.
En el almacén, sobre un mostrador lleno de cosas inútiles, entrechocan las monedas cobrunas de un centavo en su mendigante vaso
No hay…
En el restaurant, la comida, tras las rejas, como en una cárcel:
Vete… ¡Está Prohibido…
En la abundancia de los mercados: cien ventas y apenas un poco de algo.
Cien casas:
Y tan solo una migaja
El hombre, la mujer:
¡No tengo…
El avaro
Me muero de hambre
En la iglesia:
―Bien aventurados los pobres…
Mientras el sacristán, junto a Dios, cuenta las monedas de la ofrenda.
Desde la llegada del día hasta la caída de la tarde. En las calles un grupo: hombres de negocios ambulan acalorados mientras sus sentidos saborean números y cifras inverosímiles. Hasta ellos la mano que implora tímida, la palma abierta, llena de esperanza
―Sigue, no hay
Sigue, pobreza; tu camino no termina
Con sus manos extendidas, proyectando sombras en el mundo.
¡Sigue…
En las calles, el trabajo o la desocupación, mueven transeúntes en toda dirección, hombres y mujeres mezclados. Sin la fina percepción ante la tragedia canalla y vulgar del vivir cotidiano. Hundidos en la fría incomprensión de las personas. Mujeres bonitas y mujeres feas. Faldas veloces, en las que viajan las miradas prendidas como alfileres
Afuera la tarde, mezquina, recoge el sol hacia el occidente, como una moneda de oro para fundirla en el ocaso. En tanto que en la distancia angosta, las calles rectas y decididas, tienden hacia las avenidas su larga veta de adoquines pisados.
Ahora el retiro. El descanso…
La bulla callejera ya no es más que un rumor que llega enrarecido
―Mañana sí… Vuelve mañana
Allá va por una de las calles fuera de la ciudad, lentamente, curvado el tronco hacia la tierra con su rostro albino, su pelo despeinado y amelcochado, teñidas las mejillas y las sienes por huellas de sudor ennegrecido; y sus ojos con el peso del cansancio, graves, indefinidos, arrojando miradas al suelo polvoriento. Cuando las iglesias cuencanas parecen dormir bajo la noche eterna, huérfanas de la plegaria, allí en esa casa sin color, de paredes despostilladas por el tiempo, allí se queda la pobreza y su mendrugo, con las manos cansadas, allí se queda hasta mañana el Suco del Cenáculo dormido. Y luego mañana la misma calle bulliciosa, los mismos pasos veloces torturando los oídos con la monotonía de pisadas inacabables. Mañana otros hombres con la misma prisa de aligerar la vida, cubriéndose la faz ensombrecida con la careta risueña de un optimismo postizo. En la calle, en otra calle, la mano suplicante, la mano extendida, el paso inseguro.
―Sigue… no hay.
Mañana, un día nuevo: su mismo recorrido de lugares, mañana su viaje en sí mismo, hacia sus sueños deshilvanados, hacia una profundidad desconocida con trajes de arlequín, moviéndose al viento de lo inmemorial, del sueño gastado por esos dioses nuevos que no han nacido todavía.

ANEXO: 21 I 2017

El pintor olvidado
Por Felipe Díaz Heredia

Erase un pintor que una vez sintió en sus arterias el latido de estas tierras de capulicedas y de saucedales del Tomebamba. Entonces alzo su tienda artística desde su natal Ibarra y fue a auscultar el corazón de la pintura austral con estetoscopio de artista. Luis Toro Moreno (Ibarra, 1889) discípulo de Rafael Troya, llena una página entera de nuestra pintura retratista. Los primeros años de su permanencia en Cuenca fueron fructíferos y llenos de éxito.

Dirigió la Escuela de Bellas Artes en 1935 y practicó la poesía junto con los poetas Vicente Moreno Mora, Cesar Andrade y Cordero, Abelardo Andrade y Cesar Dávila, en el Atelier Zuloaga, sede bohemia donde se reunían los artistas e intelectuales de la época.

Fue dueño de una inmensa creación pictórica en las que revela sus condiciones superiores y su ambición innovadora. Para confirmarlo bastaría admirar los retratos de hombres ilustres como, Fray Vicente Solano, Carlos Cueva Tamariz, Simón Bolívar, Juan Montalvo, Remigio Crespo Toral, Honorato Vázquez entre otros, que se encuentran en los salones de la Universidad de Cuenca y en los de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay, en los cuales, además de una técnica depurada, se manifiesta un gran conocimiento del carácter de sus modelos. Pero también se puede apreciar las cualidades del maestro en el paisaje en los cuales exalta las tradiciones vernáculas a la manera de su tiempo.

La vida de Toro Moreno, a pesar de los grandes reconocimientos que tenía no solo a nivel nacional sino internacional, una terrible angustia también atormentaba su alma extremadamente sensible, haciéndolo sentir incomprendido y abandonado. Víctima de esa morbosa soledad buscó consuelo en el alcohol que condicionaría su trayectoria vital y pictórica. Siempre triste la alegría y triste el vino, inerme a su suerte con su vestimenta menesterosa, había renunciado a su paleta de ricos colores, para refugiarse repetidamente en la Casa de Temperancia, hasta que en una mañana de 1957 falleció en una solitaria cama del Hospital Civil de Cuenca, donde había sido llevado por manos piadosas.

Luis Toro Moreno es un nombre repujado sobre la epidermis de la pintura y del arte. Su producción artística en nuestra ciudad es de antología, obra propia, valiosa, que necesariamente tendrá que enfocarla la historia del arte ecuatoriano.

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Un comentario en “MADAME RIVET: NOVELA DE FELIPE DÍAZ HEREDIA…Y DOS TEXTOS.

  1. Realmente, según el análisis que usted realiza mi amigo poeta se trata de una novela extraordinaria ambientada en la Cuenca hipocrita y cerrada de aquella epoca, cuando una joven mujer se atreve a dejar a un esposo elegido por sus padres y por conveniencia para ir en búsqueda de la felicidad con un sabio y dejando a sus hijos. Debió ser el escándalo más grande en la alta sociedad cuencana.
    Voy a buscar en las librerías de Cuenca a ver si consigo esta deslumbrante obra literaria.

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