Raúl Andrade: Por José Luis Ortiz

Estos dos brillantes artículos (estudios) sobre el ilustre Raul Andrade Moscoso (Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo”) aparecieron en los N° 140 y 141 de la revista dominical del diario Expreso de Guayaquil “MEMORIAS PORTEÑAS”, del 3 y 10 de Abril del 2016. Apenas los leí llamé a su autor, mi distinguido amigo,  para felicitarlo y pedírle permiso para publicarlos en mi blog, y tuvo la gentileza de enviarlos a mi correo electrónico.

Según el Diccionario Biográfico Ecuatoriano del Dr. César Alarcón Costta, Raúl Andrade nació en Quito el 4 IX 1905. Hijo del Coronel Carlos Andrade Rodríguez y María Moscoso González. Representó diplomáticamente al Ecuador en Chile, España, Italia, Francia, Bélgica y Portugal.Mantuvo por décadas la columna Claraboya en El Comercio de Quito. Según Alarcón, Andrade escribió alrededor de diez mil artículos. Dejó los siguientes libros: Suburbio: evocación romántica del arrabal quiteño, Coctails: crónicas, Gobelinos de niebla, Ensayos literarios, El perfil de la quimera, La Internacional negra en Colombia, Julio Andrade: Crónica de una vida heróica, Boceto Biográfico de Julio Andrade, Crónicas de otros Lunes, Barcos de papel, Claraboya, Viñetas del mentidero.

Raúl Andrade fue sobrino del ilustre historiador liberal Roberto Andrade Rodríguez, que participó en el tiranicidio de Gabriel García Moreno, por  lo que Benjamín Carrión lo exalta en El Santo del Patíbulo.

 

GUAYAQUIL SIGLO XX

 

José Luis Ortiz

 

RAÚL ANDRADE: SU VOZ DESDE GUAYAQUIL PARA EL ECUADOR.-  (Primera Parte)

 

UNA PLUMA TOTAL.- Raúl Andrade, quiteño de nacimiento, fue uno de los escritores y periodistas de mayor capacidad y brillantez del siglo veinte. El público que, hacia mediados de los novecientos, leía la prensa que, a más de la radio, era fuente de la noticia, estaba pendiente de las publicaciones; y entre las más esperadas columnas y crónicas en Ecuador estuvieron precisamente las escritas por Andrade. En ellas asomaron motivos diversos. Describió lo que ocurría en el ámbito político, con la misma soltura y solvencia con que poetizó una tarde de lluvia en la recoleta ciudad de Quito, o un recorrido, sudoroso y agitado, por las ardorosas calles del invierno porteño.

 

LA RIQUEZA DE SU LENGUAJE.- Con un lenguaje de impacto hipnotizador, muestra de modernismo y de insistente preocupación por desentrañar lo profundo de los hechos tangibles, siempre se ubicó a la vanguardia del pensamiento escrito. Fue tradicional y renovador a la vez, cultor de ese género, la crónica, que ha llegado a ser visualizada por una serie de creadores como una pieza ubicada entre la novela y el relato, la crítica y la poesía, el teatro, la ficción y la vida. Raúl Andrade convirtió a la crónica, como lo sostiene el investigador Raúl Serrano Sánchez, en su trabajo  “Raúl Andrade: Las jugosas ciruelas del pecado” “…en un artefacto dúctil capaz de continuar, dentro de las búsquedas y hallazgos que los modernistas se atreven con un género cuya capacidad de travestismo le permite elevarlo a una potencia que la institucionalidad literaria de entonces  (en plena bronca vanguardista, lo que implicaba desbancar los nexos coloniales) veía con asombro; claro, unos, otros con desdén, porque sin duda  (esas concepciones alienantes todavía se mantendrán por muchos años)  la crónica era un espacio para, precisamente rendir cuenta a veces objetivamente, otros de manera muy subjetiva, de lo que era un pasado o de los desastres de un presente con los que Andrade simplemente decidió postergar cualquier acuerdo…”

 

UN OTEADOR COTIDIANO Y PROFUNDO.- Raúl Andrade se ubicó en realidad en un estratégico lugar, en una claraboya  (como así tituló una de sus creaciones) desde la cual, y con absoluta libertad, se asumió incisivo observador del humano trasunto, un vouyer a la manera de la aventurera forma de interpretar la vida que tuvo Cervantes, de la poética concepción del mundo y de la libertad que tuvo Martí, a la caustica y libertaria visión del mundo y la sociedad con que se hizo carne de la América Latina de entonces el grandioso José Carlos Mariátegui, al desconcertante estilo de dibujar el bajo mundo  -el undergraund- porteño de Buenos Aires que Roberto Artl exhibió en  “Los 7 locos” y “El Juguete Rabioso”, de la hermosa pintura lírica con que Leopoldo Marechal empieza la apoteosis de su  “Adam Buenosayres”, descubriendo el desfile de personajes y hechos en la amaneciente ciudad poblada de migrantes, locos geniales y seres hambrientos en los albores del siglo veinte. Raúl Andrade es, si posamos nuestra atención en lo que produjo, y en los paralelismos con otros creadores de nuestra América, fuente de una corriente de desarrollo audaz de la crónica, de la que beberán el venezolano Salvador Garmendia, con toda su obra afincada en el efecto determinante de la ciudad en la individualidad de su sorprendido habitante, el mexicano Carlos Monsivais, recreador de un DF que engulle a sus súbditos en músicas y costumbres aplastantes, los argentinos Alvaro Abos, recorriendo los lugares de placer y dolor de la gran metrópoli del Plata; Beatriz Sarlo, rescatando las señales de identidad de ese enorme mundo urbano; Juán José Saer, pintando una civilización marcada por el río en  su  “El Río sin Orillas”, y tantos personajes que han transitado y transitan por esa saga, la de la crónica, que el gran Monsivais la calificara de “Ornitorrinco”.

 

UN ESCRITOR APASIONADO Y LIBRE.- Andrade fue propio, libertario, intransigente, radical en su enfoque y definición política. Crítico contumaz e inclaudicable del poder, lo concibió, ya en esa época y a pesar del poco desarrollo conceptual y científico  en torno a este fenómeno, como un factor con interés propio y divorciado de los justificativos ideológicos en que se sustentara. Su múltiple creación, desprendida y elevada muy por encima del relato simple y noticioso, se dio licencia para desentrañar, en ocasiones, los entretelones de lo que calificó como patraña política, o para acometer contra personalidades de la vida pública, contra dirigencias partidarias, o contra quienes, según su propia visión de aquilatar valores o debilidades, no pudieron conservar la decencia como forma de intervenir en los asuntos del Estado y la sociedad. Tan prolífica fue su pluma que, cuando tomó para tratar aquello lo que la opinión pública estimaba como  “pequeñas realidades”, lo hizo con la capacidad de los contados seres dotados de la sapiencia para elevar lo cotidiano, por insignificante que parezca, al nivel de lo relevante y fundamental. El ritmo de su prosa, la articulación de la semántica que utilizó, y la elegancia de su fraseo, consiguieron que temas considerados vulgares o intrascendentes, sean reinsertados como motivos de preocupación de un público ávido por alimentarse de su interpretación, enfoque y análisis. Para él, cualquier asunto, aunque fuera baladí, formaba parte del cuerpo social y, en consecuencia, era desmenuzado, otorgándole importancia y supliendo, cuando era preciso, sus vacíos de impacto con una profunda maestría para engarzarlo como componente de la dinamia colectiva.

 

SU IMAGINACIÓN, PROLÍFICA Y MÚLTIPLE.- Fue crítico y analista de coyuntura, intérprete diario de la vida del país, vouyer, a la manera de Walter Benjamín, de los detalles que hacían parte del diario vivir citadino y nacional. Si Benjamín fue en  “La Ciudad y los Pasajes”, oteador de la conversión de París en una gran metrópoli, en todas sus fases, y encontró que el fenómeno de metropolización era una confluencia de dimensiones físicas y humanas, Raúl Andrade añadió a este tratamiento la impronta fundamental de la política. Pisó en el agitado campo de la historicidad como lo hicieron otros grandes pensadores de la América de entonces. En su  “Ocaso del Maniquí”, la digresión de Andrade va de la referencialidad vigente a la ficción y a la más franca y limpia poesía. Pasa de la representación de las máscaras, como expresión tangible y fáctica, a los entreveros humanos de la profundidad del ser. Serrano Sánchez cita un fragmento de  “El Pintor de la Vida Moderna” de Charles Baudelaire para enfatizar el carácter fotográfico social y literario en que se asentó la prosa de Andrade  “…Para el perfecto flaneur, para el observador apasionado, constituye un gozo inmenso elegir morada en el número, en lo ondulante, en el movimiento, en lo fugitivo y lo infinito. Estar fuera de casa, y sin embargo sentirse en ella en todas partes; ver el mundo, estar en el centro del mundo y permanecer oculto al mundo, tales son algunos de los menores placeres de estos espíritus independientes, apasionados, imparciales, que la lengua solo puede definir torpemente…”

 

UN BUEN ESCRITOR NO NECESITA ABUNDANCIA.- Si bien la obra de Raúl Andrade fue abundante, no hay aún una recopilación correspondiente. Para él, este hecho no tuvo mayor relevancia. Cuando se refirió a él, sostuvo que no se es escritor por tener una abundancia de títulos en una estantería de libros “…¿Es que el testimonio vivo del escritor, vertido cada día en una columna de periódico, no tiene el mismo significado que las páginas escritas larga y meticulosamente, para ser ofrecidas al lector, al público, como un licor embotellado que ese lector o ese público han de consumir por raciones hasta cuando el volumen agote su contenido…” Este hecho nos ratifica que la abundancia de publicaciones no define la calidad de un escritor. Hay escritores que publican libros por montones, sin que ello los ubique en la pirámide de la brillantez creadora. Hay otros, por el contrario, que con solo una o dos obras han logrado ubicarse como los mayores referentes de la literatura y el ensayo, y hay un grupo también, menos conocido, que constituye una fuente inagotable para una clientela reducida que los ha calificado como  “escritores de culto”. Por ello, y pese a la riqueza de Andrade en su producción y a la limitada publicación de ésta, se trata de uno de los valores nacionales de indudable importancia y enorme nivel.

 

GUAYAQUIL, SU TRINCHERA.- A inicios de los cuarenta, Raúl Andrade escribe en El Telégrafo de Guayaquil y, pese a que su ámbito de creación abarca varios temas, pone especial énfasis en el análisis político y en su interpretación del papel de las organizaciones partidarias, los liderazgos, las alianzas y los detalles. Esa década fue, en la política ecuatoriana, una de las más agitadas y accidentadas. A la crisis del sistema de partidos, que cobraría desde entonces, visos de reiterada epidemia, se añadirá una significativa disminución de la legitimidad del gobierno de Carlos Alberto Arroyo del Río. La invasión peruana de 1941, y sus trágicas consecuencias, fueron endosadas a la administración de ese presidente de la República. A Arroyo se lo culpó además del mal desempeño para enfrentar la agudización de la crisis económica. Derrotado militarmente el Ecuador, se acrecentó en la opinión pública la idea de que la preocupación oficial por mejorar las condiciones y la capacidad de nuestra defensa territorial no había sido asumida en forma debida por el régimen y que, por el contrario, éste había propiciado la formación de un cuerpo paramilitar, el de Los Carabineros, en desmedro de la clásica estructura institucional de protección de la soberanía exterior y de la paz interna, a cargo de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional.

 

Este escenario será, para Raúl Andrade, un espacio a ser acometido con ánimo incisivo y crítico. En sus  “Viñetas del Mentidero”, publicadas en El Telégrafo de Guayaquil, observaremos como lo señaló el gran Abel Romeo Castillo “… a un Raúl Andrade que quiere pintarnos un boceto a golpes de crayón de la abigarrada y pintoresca ágora quiteña…El escritor se cree siempre obligado a pintar primero el telón de fondo del escenario donde se han de mover sus muñecos. Luego, da movimiento a las estáticas figuras con ágil golpe de lirio; y ya estamos en plena función y el mentidero entra en hervor…”

 

 

 

 

GUAYAQUIL SIGLO XX

 

José Luis Ortiz

 

RAUL ANDRADE: SU VOZ DESDE GUAYAQUIL PARA EL ECUADOR Y AMÉRICA (2da. Parte).-

 

CULTOR DE LA LITERATURA Y EL PERIODISMO.- Raúl Andrade sufrió un profundo dolor familiar; su padre fue proscrito y su tío, Julio Andrade, murió asesinado en uno de los momentos más trágicos de la historia nacional, la Revolución Liberal de 1895 y sus ajustes de cuentas. Fue caminante infatigable por los senderos de la patria y el mundo. Forjó su rebelde personalidad a partir de los golpes de la vida, de la desilusión  frente a las esperanzas fallidas, y de una particular forma de conocer a los seres e interpretar los hechos más diversos de la cotidianidad. En su larga travesía por el periodismo y la literatura fue desgranando, pasaje a pasaje, el difícil drama de nuestra identidad nacional, el azaroso viaje de este territorio para llegar a ser un Estado, y la sucesión de liderazgos en la agitada vida política que vio pasar la democracia, su debilitamiento y destrucción, la presencia de regímenes autoritarios, el asomo y desaparición de caudillismos. Su pluma recorrió por múltiples medios del Ecuador, América Latina y el mundo. Escribió en El Comercio de Quito, El Telégrafo de Guayaquil, Excélsior de México, El Universal de Caracas, El Tiempo de Bogotá, El Mercurio de Santiago de Chile, La Nación de Buenos Aires, entre otros.

 

LA CUMBRE DEL ENSAYO.- Su ensayo  “El Perfil de la Quimera” es, para varios estudiosos de su producción, la obra más importante en esa línea creada por Montaigne. Vladimiro Rivas, compatriota e intelectual afincado en México hace muchos años, se refiere a ello de la siguiente manera  “…Raúl Andrade cultivó una prosa preciosista, de inequívoca raigambre modernista. Destacaron sus páginas llenas de indignación e ironía, de humor sarcástico y agudeza de observación, líneas redactadas con esa indómita libertad de juicio, ese cinismo, esa elegancia y señorío verbal que habrían de convertirlo en el mayor ensayista ecuatoriano de la primera mitad del siglo veinte, junto con Gonzalo Zaldumbide…”

 

El Perfil de la Quimera es un ejercicio de interpretación profunda de la realidad mexicana, y me atrevo a afirmar que contiene puntos referenciales de posteriores ensayos de la realidad de ese país, coincidencias con otras fuentes acerca de la misma problemática, y previsiones de cómo puede desencadenarse un fenómeno marcado por la dinámica del poder, con todos sus abusos y exageraciones, y por la violencia en los enfrentamientos de variados sujetos individuales y colectivos en un escenario repleto de dificultades para recorrer el camino de la reinstitucionalización y construcción republicana.

 

CAMINANTE DEL MUNDO.- Raúl Andrade recorrió caminos, miró la realidad e imaginó mitos. Su sendero siempre estuvo atravesado por la niebla, como el mismo lo dice. La vespertina grisura de esta, en lugar de ponerle frenos, le abrió un espacio sin fin para su aventura. La distancia, para él, fue una figura dotada de un corazón que lo empujó en una trayectoria perdida en el tiempo y en la geografía. Su recorrido, testimoniado por imaginarias figuras enmascaradas y enigmáticas, fue transitado, como él mismo relata  “…sin el pasaporte indispensable para poder taladrar el panorama alambrado y penetrar en la fortificada lejanía. Con mi bordón de caña de Indias y mi valija de recuerdos no iba a llegar muy lejos…” Queriendo, de modo entrañable y sentimental a su ciudad, su agitación interior, su exigencia aventurera, y su frontal disposición para juzgarla, le permitieron, a través de ella, aquilatar el mundo, gozar con él, reírse con él y burlarse de él: “…Entre la ciudad y yo se había abierto la zanja insalvable del rencor y el resentimiento. La ciudad  -y el país- por medio de sus burgomaestres, golillas, coadjutores y alguaciles, me habían hecho entender la conveniencia de salvar distancias y partir. Y así partía esa lejana mañana de primeros de noviembre del cuarenta y cuatro, el corazón embanderado de despedidas, musitando las amargas estrofas baudelerianas…”

 

Alma de viajero, cronista de puertos, accidentes telúricos y mares, Raúl Andrade se embarcó para una travesía por la que desfilaron  “…una docena de judíos tristes, cuatro bailarinas frívolas y risueñas con destino a los cabarets de balboa, un capitán centroeuropeo que disfrazaba de neurosis su misión de espía internacional, y una pequeña caravana deslucida de periodistas sudamericanos que iban a tocar los músculos de acero del Buen Vecino, en solemne visita a las factorías de la muerte…” El viaje, para Raúl Andrade, fue una quimera que trascendió de la realidad del desplazamiento físico al tiempo inescrutable, teniendo, como fuerza de impulso, a la vida. La contundencia de ésta fue de tal manera poderosa que pudo alterar la arquitectura de la distancia, deformar el paisaje factual y hasta el volumen del mundo. Por sus ojos pasaron desiertas dársenas, desmanteladas embarcaciones, aduanas vacías, sudorosos estibadores, de pantalón blanco y negro dorso, puertos alegres, tristes o desesperanzados, territorios desnutridos y rincones condenados, desmoronados en pedazos, de los que la providencia se había ausentado haciendo alarde de su desprecio.

 

MÉXICO EN SU RETINA.- Su viaje marino a México le sirvió para recrear su imaginación, retacear el continente en países, cacicazgos, dominios, economías raquíticas o ampulosas, transitar en fin por  “…una América voluble y cambiante, volcánica y estremecida, que, alguna vez, había que declararla inaugurada para la creadora función civil y postergada tarea civilizadora…” Al llegar a México imaginó lo que habría significado para Valle-Inclán afincarse en ese país, luego de haber trasegado del destierro a la nueva vida; y, con ese ejemplo, se avocó al difícil pero sugestivo oficio, propio de un descubridor de historias y realidades, de interpretar el pasado de la revolución, sus tentáculos sobrevivientes, sus desenlaces y efectos. Habló de la leyenda bravía de la guerrilla villista, del campo agreste testigo de múltiples batallas, de un pueblo armado que poco supo definir lo que su esperanza soñó. Recreo al charro díscolo de la guitarra y el revólver fácil, y al campesino hambriento, adormilado y triste, convertido en masa y carne de cañón de una guerra sin fin y sin arribo. Descubrió el México colindante con la enormidad del mar a dónde llegó, y al amenazante concentración de un DF que amenazaba convertirse en bestia arrolladora de individualidades y portadora de muerte, Plasmó, en una pintura dispar y movible, las nacientes anchas avenidas capitalinas, los bosques y palacios de una grandeza que empezó a decaer, los canales de Xochimilco, y las irrealizadas esperanzas de un habitante que vio cómo su futuro se esfumaba para dar paso a la incertidumbre perenne. Su pluma   “…desembarcó, por fin, en la rojiza y milenaria tierra de la serpiente y el águila…” y delineó paisajes y leyendas. Habló del impaciente Doroteo Arango convertido en un Pancho Villa, incómodo al ocupar el sillón del poder; del perseguido comunista judío León Trotsky, asesinado por Ramón Mercader, agente al servicio de Stalin; de la atropellada música del corrido expresivo de inalcanzables distancias, y hasta del bolero del trágico y vividor Agustín Lara; de la Plaza Garibaldi; de la tuberculosis y sus víctimas. Revivió, con su prosa, el masivo sufrimiento campesino relatado por Mariano Azuela en  “Los de Abajo”. Fue un flaneur totalizador del México inigualable de la primera mitad del siglo XX.

 

GUAYAQUIL LO ACOGE.- Dice Irving Zapater, en la presentación del libro “Viñetas del Mentidero”, publicado por el Banco Central, que el Mentidero, lugar del chisme citadino quiteño estuvo ubicado donde funcionó el Hotel Metropolitano. Esa denominación utilizó Andrade para titular su columna aparecida en El Telégrafo de Guayaquil. De sus artículos, dijo Abelardo Moncayo Andrade “…no son solo ejemplos del delicioso estilo que caracterizó todas sus crónicas, sino útiles lecciones de patriotismo e ironía, dos cualidades cuya presencia en el pensamiento de los ciudadanos es siempre indispensable en una democracia…” Estamos pues, frente a un conjunto de piezas de corte esencialmente político, con potentes y burlescas referencias a los acontecimientos del momento, precisas y mordaces alusiones a los personajes y a la realidad histórica, a través de la mano de Carlos Riga, seudónimo con el que escribió en ese diario porteño. Por su palabra pasó la vida política nacional, los momentos de crisis económica, los descontentos sociales, la ilusión de gestas de ruptura, el papel de los admiradores de la revolución bolchevique rusa de 1917, el sentimiento de la derrota ecuatoriana frente al Perú, el desprecio de las grandes potencias a los intereses de un pequeño país denominado Ecuador, las crisis reiteradas de legitimidad partidaria como antesalas del advenimiento  “salvador” del  “gran ausente”  (Velasco Ibarra), la debacle del liberalismo debido a la incapacidad de sus dirigentes, etc.

 

Fue de tal intensidad el sentimiento apasionado de Andrade que, en relación con el paso de ese caudillo por la política, llegó a concebir, como mal menor, la presencia de Arroyo del Río en la jefatura de Estado. A propósito de la insignificancia del liderazgo liberal expresó  “…Esta mañana, al pasar, he visto junto a la puerta del antiguo Savoy una diminuta asamblea de desconocidos, casi todos ilustres. Deben ser los delegados al cónclave liberal, comadrones expertos en la tarea de ayudar al alumbramiento del gobernador de esta ínsula magra y deshabitada. Y juzgo que deben ser tales delegados, puesto que sus fisonomías son las mismas opacas y borrosas que se ve bostezar en los congresos, en su impaciente espera de dietas…Tal permanencia de rostros y personajes hace pensar en la caducidad del partido que representan. No se descubre una silueta nueva. Los pocos jóvenes liberales que quedan están todos deteriorados y envejecidos…Una opresiva atmósfera de melancolía y desencanto reblandece e las raquíticas juventudes liberales…Un país no puede ser menos que el reflejo de quienes lo dirigen…”

 

Andrade denominó al grupo de los  “poetas malditos” como “La Generación Decapitada”. A ella pertenecieron Arturo Borja, Humberto Fierro, Medardo Ángel Silva y Ernesto Noboa y Caamaño, y se unieron luego Alfonso Moreno Mora y José María Egas.

 

El periodismo y la literatura ecuatoriana tuvieron en Raúl Andrade uno de sus valores más grandes e inigualables.

 

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Un comentario en “Raúl Andrade: Por José Luis Ortiz

  1. Debemos felicitarnos a quien lee esta web y al escritor de este sitio por la cascada de valiosa información, narrada a manera de conversación, que nos hace parte del suceso, y conocer información antes que el tiempo y la desidia eche todo al olvido.
    Un abrazo.
    Ana Julia

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