Patricio Cueva Jaramillo.

en 1991 asistí en Cuenca al Segundo Encuentro. Nacional de Grupos Ecológicos. Me alojé en casa de Carlos Cueva Tamariz, con quien desayuné mote pillo. El me despertó a las 6 am para que pueda llegar a tiempo a las 7 am a la ceremonia de inauguración.
Al segundo día, al llegar de noche a la casa, me encontré ahi con Patricio Cueva Jaramillo, hijo de Carlos. Nos amanecimos conversando “del mar y de otras cosas”. A las 3 am bajamos a la cocina a buscar qué había para comer y nos preparamos un café.
Al día siguiente él y su hermano Mariano -con el que establecí más profunda amistad: siempre platicábamos telefónicamente- me fueron a dejar en el Terminal Terrestre para mi retorno a Guayaquil.
Mi primo Carlos Ugalde me ha enviado esta evocación a mi email
Patricio, en su estadía en Cuba, escribió un libro titulado ECUADOR, publicado por Casa de las Américas. Era la única información que en esa época había ahi sobre nuestro pais. El es uno de los personajes de la novela de Adoum “Entre Marx y una mujer desnuda”.
Patricio fue director del diario LA HORA, y con José María Roura fundaron una famosa galería de arte en Quito.
Un día estaba con Carlos Cueva Tamariz (quien vino a presentar mi primer libro en la Casa de la Cultura) en el restaurant del Grand Hotel Guayaquil. De pronto Carlos se levanta a mirar uno de los cuadros que adornaban la pared. Me dijo: “han tenido aqui ese cuadro de mi Patricio”. Aquella vez Carlos vino a Guayaquil a retirar un contenedor con las pertenencias de Juan Cueva Jaramillo, que en esos días renunció a su cargo de Agregado Cultural en Francia, en protesta por la masacre de Aztra. Me llamó desde Cuenca, antes de venir, para pedirme que le acompañe en esa diligencia en la Autoridad Portuaria. En esos días se había aprobado en referéndum la Constitución de 1979, redactada por una Comisión Jurídica de la que fue Presidente. En la tarde llegó Diego Armijos a acompañarlo, enviado por el coronel Armijos, consuegro de Carlos.
Cuando fui candidato, en 1991, a la presidencia de la Casa de la Cultura, un día llamé al ex.ministro de Salud, Paco Parra Gil, para pedirle una cita a fin de explicarle mi programa de trabajo. Conversamos un rato y se puso de relieve que yo era amigo de su ilustre padre, el Dr. Antonio Parra Velasco, quien estuvo varias veces en mi casa. Paco me preguntó si por un acaso yo era pariente de Patricio Cueva jaramillo. Le dije que si, y entonces él se abrió: era un tipo recio, y con la franqueza que le caracterizaba me dijo: “Mire, señor Lasso: basta que ud sea amigo de mi padre, y además pariente de Patricio Cueva, para que yo le de mi respaldo, y no solo eso, sino mi amistad incondicional, porque esa es la única manera de entregar una amistad”. Terminamos siendo muy amigos. Me contó una serie de anécdotas de su vida en París, en donde habían alquilado juntos -con Patricio- un departamento. Paco falleció con un fulminante cáncer a los pulmones. Dejó algunas colecciones de cuentos. Me ayudó mucho en esa campaña. Un día llegaron sus suegros de visita, y me comentó que su suegro tenia menos edad que él. Su esposa fue la arqueóloga y afamada artista plástica Mariela García. CLC.

RECUERDOS DE PATRICIO CUEVA JARAMILLO:

Cuenca, para Patricio Cueva, fue aquel “lugar de origen”, como llamó a esta tierra su amigo el poeta Jorge Carrera Andrade y como él mismo designó a la última de sus exposiciones, lugar al que se tiene que volver necesariamente algún día; algún momento como hoy, cuando traemos sus cenizas para que se mezclen con los árboles frutales de Tomebamba, aliados de nosotros; y, en la alquimia de la vida que nunca se detiene, convertir el polvo de sus huesos en capulí y éstos en pájaros de universales lenguas que volarán libres con la misma lección de vientos que llevó a Patricio Cueva a vivir y pasar en lugares distantes…

Volver a Cuenca, para el Pacho, era un acto mandatorio que debía dar cumplimiento alguna vez, sin embargo se empeñaba en evadirlo con la tenacidad de quien perdía, cada día un poco, las razones del regreso. Los diez años que Ulises demoró en volver a Ítaca, se hicieron sesenta y cuatro en este Odiseo morlaco que no extravió el rumbo del retorno, sino que lo guardó para usarlo como ruta, protegido e intocado, en el lugar más cálido de su alma. Porque volver a Cuenca, para el Pacho, significaría el final del viaje, el arribo último, la vuelta al origen, que implica la muerte… Y ésta le asaltó a los 81 años, contra su voluntad, a pesar de sus deseos de prolongar —sin que importe el horrendo dolor de sus articulaciones— unos meses, unos años, todavía, los quinientos kilómetros que le separaban de Cuenca, de sus hermanas y del polvo de sus padres. Volver a Cuenca terminó, para el Pacho, con la utopía de sus últimos días: recuperarse, caminar y emprender, por sí mismo el regreso, siempre llevando consigo la esperanza de alejarse nuevamente, retomando a su arquetípica vocación de ave migratoria, de vuelos dilatados y de veranos inacabables.

A los diecisiete años, al Pacho, le salieron alas, debía alejarse de Cuenca, de los amigos de la calle Borrero, entre los que se contaba mi propio padre, Alberto Vega, además de Efraín Córdova, Juan Andrade y otros que lo miraron alejarse a estudiar medicina en una mítica Europa… Mítica en ese entonces, cuando el éxodo inacabable de paupérrimos migrantes y los aviones no habían banalizado todavía su imagen de destino fabuloso. Lugar donde vivía el Lucho Jaramillo, aventurero, Ibn Batuta, Pigafetta, Magallanes andino que se fue a descubrir el viejo continente para los ojos asombrados de los cuencanos. Entonces fueron Paris y la imperial y socialista Praga las ciudades que coparon los anhelos del Pacho, quien olvidó, apenas llegado a Francia, la intención de volverse psiquiatra como su tío Agustín Cueva, médico, como su abuelo Luis Jaramillo, o cirujano como su tío Lucho, quien lo acogió en su casa en un pasaje de la Rue Victor Hugo. Allí se hundió en la nutritiva y bullente tertulia de los latinos en París para hartarse de filosofía marxista, de revolución, abrazó las ciencias políticas y la economía con el mismo abrazo de los amigos nuevos y bohemios, a quienes amó toda la vida como amó a los libros, a su cabalidad, a su sorpresa, a su sabiduría…

En Praga pasó por la cercanía de Neruda, en París por la de Paul Eluard, Illia Eremburg y otros célebres personajes como el físico Paul Langevin, miembro prominente del Partido Comunista Francés, de quien el Pacho conservó un retrato dibujado por Picasso… Sin firma, aunque él lo consideró siempre como una reproducción original. Se juntó también con otros ecuatorianos como Jorge Carrera, Paco Parra y Rodrigo Pallares… Y es que el Pacho valoró la amistad sobre todas las cosas, yo podría aseverar que, en su fuero interno y en sus actos visibles, identificaba la amistad con la vida, con el sentido de vivir, pues la existencia no tendría razón sin vínculos profundos, sin compartir, sin conversaciones largas y enjundiosas, sin comentarios mordaces e inteligentes y sin celebraciones largas y festivas entre amigos, en medio de los incontables, ilustrados, ocurridos y brillantes contertulios con los que siempre se juntó en Europa, en Cuenca y en la franciscana Quito, recordemos a Mentor Mera, al cura Almeida, a Rolando Montesinos, a Fausto Falconí y montones más.

Cuando el Pacho regresó al Ecuador, se implantó en el grupo de los intelectuales de la izquierda ecuatoriana, que mantenían todavía el efecto de la traición de Velasco Ibarra en sus mentes, luego de la Gloriosa del 44: Pedro Jorge Vera, el poeta Fernando Cazón, los hermanos Eduardo y Nicolás Kingman, el Monstruo Paredes, Oswaldo Guayasamín, el Pepucho Roura, y el inmenso Fakir, César Dávila, además de Alejandro Carrión, que en ese entonces todavía ejercía de contestatario, amén de muchos, muchísimos más que ni la memoria de todos nosotros juntos podría enlistar sin olvidos. Regresó trayendo una imprenta que los comunistas Checos enviaban para sus pares andinos; y debió asumir la tarea de periodista, con su fino sentido del humor, con su acertada valoración de las cosas de la política, dominio que le perteneció siempre, que le fue leal y que se mantuvo aferrado al Pacho hasta el fin de su vida.

Después se fue a Cuba, a la recién nacida Revolución Socialista, a ejercer su vocación de amigo, de compañero, siguiendo su versión única e irrepetible del sueño marxista y siguiendo también a la Noralma, quien se había cruzado en la vida del Pacho en la casa de Pedro Jorge Vera. En la Habana conoció a Fidel, al Che, al poeta haitiano exiliado René Depestre, de quien me contaba anécdotas seis días antes de morir, trabajó y fundó la agencia de noticias Prensa Latina de la que fue corresponsal Gabriel García Márquez… Lo demás todos lo conocemos, entre anécdotas y memorias de alguna farra en la casa del Doctor Cueva… Pero, ¿qué condición del alma del Pacho puede escapársenos?…

En los meses que tuvimos la suerte de compartir con él en nuestra casa, la Sol y yo pudimos mirar los rasgos más preciosos de un hombre escondido tras la anécdota y las celebraciones. Descubrimos y disfrutamos su finura de espíritu, su delicadeza, su incomodidad por causar la menor de las molestias. Testimoniamos su apego a la vida, su fe inquebrantable en que podría mirar cada nuevo amanecer y encender, con el sol, un cigarrillo. Entendimos que su sentido del humor era su condición más natural… Tendido en la cama de hospital, con una silueta que recordaba al Quijote, decía a las enfermeras: “Nunca un caballero ha sido, de damas, tan bien servido”… Y las sencillas mujeres no alcanzaban a entender la cita de Cervantes que el hidalgo Patricio traía con su cortesía proverbial en medio del dolor más insoportable… Entonces pudimos entender el misterioso operar de su aura, comprendimos la condición que hacía, a un hombre normalmente silencioso, y cuando no, lapidario, que las personas le quieran, le tengan un incondicional afecto: Era frugal, parco en la demostración del cariño, pero de tal profunda condición que satisfacía, que llenaba, sin empalagar, sin abundar en nada que no sea sustancial, profundo, conmovedor… Bastaba con mirarlo cuando el Urián, su único nieto varón, se le trepaba y lo utilizaba como pista para rodar sus carritos de acero. El Pacho se quedaba inmóvil, sin respuesta corporal, pero entregado, acogedor con el juego en el que participaba silencioso, dejando notar una recóndita felicidad por convertirse en calzada de fantasía de su nieto.

Cada uno de nosotros tendrá memorias y recuerdos, valorará lo que fue el Pacho, su ilustración, su cariño parco pero cálido, sus agudas e inteligentes apreciaciones de la política, su caballerosidad, su congruencia, su honestidad… Yo quiero despedirme de mi suegro con un solo recuerdo de él, poniendo en estas palabras el corazón de la Soledad, de la Nené, del José y la Sonia, de la Sole Vargas y el Juan Carlos, de la Melisa, la Amanda, el Urián, y los dos niños ¿o niñas? que nacerán pronto, uno nieto y otro bisnieto del Pacho: Recuerdo a un hombre grande, de cuerpo y de alma, que se hundía en el humilde silencio como un acto rotundo de sabiduría. Recuerdo también al conversador, al conocedor de las historias y de la historia, al que disfrutaba de las memorias, de la cocina cuencana, del buen café y del inefable Trópico Seco del que se despidió voluntariamente hace como ocho años… Recuerdo al Pacho, a ese Pacho que acompañaba, callado y tamborileando sus dedos sobre la mesa, a lo mejor de cada uno de nosotros…

Hasta siempre Pacho… Hasta Siempre penúltimo dinosaurio de la dignidad y la palabra perfecta, dicha con oportunidad y con la carga precisa de pedagogía para aleccionar a los estúpidos y sancionar a los canallas… Penúltimo, pues uno sólo de tu especie te sobrevive, y te lloró, Nicolás Kingman… Hasta siempre Pacho querido…

Felipe Vega de la Cuadra
19 de junio del 2010
Al cumplirse el 1° mes de su fallecimiento y dejar sus cenizas en Cuenca.

 

UNA CARTA DE JUVENTUD DE PATRICIO CUEVA JARAMILLO:

Recuerdo que el ilustre y ya anciano Roberto Andrade, el primer historiador liberal, hacia 1936 fue cancelado de su cargo de profesor del “Vicente Rocafuerte” en el primer gobierno del nefasto Velasco Ibarra, quien, por la ignorancia de nuestro ingenuo pueblo, fue elegido cinco veces presidente. Cada vez que subió a la presidencia hundió al país en el caos. No sabía gobernar y eso le dijo una vez Camilo Ponce Enríquez en 1968. El viejo era un erudito escolástico ajeno a la planificación y decía que se debía gobernar “con la intuición”. Traicionó todos los compromisos que había hecho con la izquierda en 1944. Era un hombre de permanentes banquetes con terratenientes y oligarcas.
En la revista Diners 142, Jorge Zavala Baquerizo dice, sobre Velasco: “La política del viejo era marrulera, intrigante y corrupta. Velasco Ibarra era un mal hombre y un pésimo gobernante”. CLC.

 

 

Soledad Cueva Vera.

Esta carta escrita por mi padre durante la Presidencia de Velasco Ibarra 1952-1956.

Sr. Dr. Humberto Garcia Ortiz
Rector del Instituto Nacional “Mejía”.
Quito.

He sido justamente honrado con la cancelación de profesor del Colegio Nacional “Mejía”. Para una persona digna no puede menos que constituir un honor ser el blanco de un régimen cuya mezquindad supera en mucho a la nefasta y delictuosa administracion -si así se la puede calificar- que lo distingue. Y doble honor para mi: ser cancelado por orden expresa de su Excelencia y con el visto bueno de una persona que, por su condición de hombre de “izquierda”, era el menos llamado a ejecutar pequeñas e inconfesables retaliaciones de orden político.
¿Cuáles las causas que han motivado mi cancelación?
Se me han hecho, al parecer, dos “acusaciones”: “instigar” la huelga del estudiantado del “Mejía” y haber estudiado en Checoslovaquia. Lo primero es falso. Lo segundo absolutamente exacto, y si ello constituye una acusación, puede ud., Sr. Dr. colocar en mi lugar a una persona que se haya perfeccionado en analfabetismo en la España franquista -que en este Gobierno las hay muchas- y así proceder dentro de la línea que el Gobierno de su excelencia le ha señalado.
Atentamente,
Patricio Cueva.

 

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