Agustín Cueva Dávila: Los ardientes años que aún viven. Por Abdón Ubidia.

 

 

PROLOGO A “ENTRE LA IRA Y LA ESPERANZA”: COLECCIÓN BICENTENARIO. (CIRCULÓ CON “EL TELEGRAFO EN EL 2008).

 

 

Lo que sigue no es el ensayo erudito y riguroso que merece la obra de Agustín Cueva. No faltarán estudiosos que lo trabajen con dedicación. Lo que sigue apenas quiere ser un testimonio, cálido y veraz de lo que Agustín es y ha sido, para nuestra generación, por casi tres décadas. Porque nosotros, los intelectuales que no hemos dejado de reconocernos, a pesar de estos tiempos conservadores, en las proclamas y las tesis de los años sesentas, que, por cierto, datan de mucho tiempo atrás (pues se activan y adormecen periódicamente conforme a precisos ritmos históricos), hemos visto, sin duda, en el más brillante de los ensayistas ecuatorianos, un líder nato del talento, un capitán espiritual, siempre avanzado y honesto.

 

 

Pero habría que empezar por el principio, en los tiempos en que Agustín Cueva se dio a conocer, al gran público, con sus ensayos sobre la realidad nacional y, por supuesto, con sus charlas y conferencias en los medios universitarios. Eran, como se ha dicho, los años sesentas. América Latina asomaba ante los ojos del mundo como el continente de la esperanza. El fantasma de la revolución la recorría por entero. Cuba, el Che, cien comandantes célebres trataban de asaltar el cielo. Es decir, de transformar la tierra. “Cambiar la sociedad y cambiar la vida”, era la consigna. Pero esos vientos libertarios, utópicos dicen ahora, no eran sólo sueños americanos. Un huracán de propuestas radicales estremecían, en verdad, el mundo entero: las luchas anticolonialistas del África, las luchas de los negros en USA (los Black powers); los hippies que rehusaban los chantajes de la sociedad consumista, los movimientos pacifistas, feministas y de las minorías postergadas; las guerras populares del sudeste asiático; la teología de la liberación, el mismo Papa Juan XXIII y el Concilio Vaticano Segundo; tantos y tantos sucesos históricos signados por la conciencia del cambio y la búsqueda de la justicia.

 

 

En ese contexto, diverso y unitario a un tiempo, muchos se perdieron. Sea en cánticos desaforados e ingenuos sea en izquierdismos que, a la postre, lo único que lograron fue dividir la izquierda. Hacía falta una voz lúcida que señalara bien cuál era la realidad que había que cambiar, contra qué debíamos votar en contra. Esa voz fue la de Agustín Cueva.

 

 

En la mejor tradición de Mariátegui, Agustín se propuso estudios varios acerca de nuestra realidad. El enorme peso feudal de la Colonia, sus oscuras herencias, denunciados antes por la literatura de los años treintas y, hacia finales de los cincuentas, súbitamente revaluados por las grandes vacas sagradas de entonces, fueron señalados por Agustín, como los grandes culpables, en duros y brillantes ensayos publicados, en principio, en Indoamérica, la revista que dirigió con Fernando Tinajero; también en Pucuna, la revista de los Tzántzicos, y desde luego en las innumerables charlas del Café 77, y en los distintos foros universitarios y sindicales.

 

 

Recién venido de Francia, dueño de una formación académica admirable, combinada el joven Agustín Cueva, un agudo talento, unas maneras ciertamente finas y, de otro lado, una fuerza interior que prefiguraba ya su estilo de siempre: el uso de ejemplos concretos, precisos y contundentes, que respaldaban cada una de sus afirmaciones, y desarmaran a sus adversarios.

 

 

Por todo ello fue, de un modo natural, el primer presidente de la Asociación de Escritores Jóvenes, que cobijó a algunos de los aquí presentes, en esos ardientes años.

 

En 1967, algunos de sus ensayos fueron recogidos en su primer gran libro: Entre la ira y la Esperanza.

 

 

Obra de gran fórmula, mención indispensable para quien reseñe el ensayo ecuatoriano, audaz, irreverente, apasionada, publicada en ediciones ya incontables, fue para nuestra generación, un grito de guerra y una advertencia: el pasado impregnaba el presente, lo contaminaba y pervertía; la Colonia renacía de entre sus propias cenizas y se encamaba en los sombríos personajes que la añoraban. Aquello debía terminar de una vez por todas. Un ¡Basta! Inequívoco, brotaba de esas páginas luminosas, claras, que decían lo suyo con un estilo austero y directo, impecable, bien trabajado y lúcido en su fluida elegancia.

 

 

Que esa verdad pudo no ser “la verdad” única e inmutable, está fuera de discusión. Aquella era “una”, “nuestra” verdad, con fecha y circunstancias precisas, relativa como todo lo que a la verdad respecta. Con el correr del tiempo, algunos de nosotros, y en primer lugar el propio Agustín, hemos repensado algunas de sus afirmaciones y las hemos encontrado al menos apasionadas. No importa: en tiempos de urgencia e insurgencia no cuentan las precisiones: cuenta la actitud; cuentan los actos. Y en la actitud que transparentaba “Entre la ira y la Esperanza”, había una verdad profunda, irrebatible que avasallaba cualquier juicio particular y parcializado; cualquier apresuramiento o aparente falta de rigor.

 

 

¿Fue ese libro primordial, nada más que un síntoma de que el país de entonces, franciscano y conventual, semifeudal, atrasado y cavernario, estaba en vísperas de acabarse para siempre? ¿Fue Agustín apenas el heraldo de una catástrofe inevitable? ¿O contribuyó, en la medida de su alcance y posibilidades, a apresurar su fin? Una cosa es cierta: a partir de “Entre la ira y la Esperanza”, en el discurso intelectual ecuatoriano, desaparecieron y ojalá que para siempre, las tontas añoranzas a los tiempos coloniales que escritores como Gonzalo Zaldumbide nunca pudieron ocultar debidamente. Con ese libro empezó la carrera fulgurante de Agustín que se afirmó, de una manera incontrastable con “El proceso de dominación política en el Ecuador”.

 

A partir de entonces, profesor visitante de casi todas las universidades de nuestro continente, Agustín Cueva pasó a ser, a más de ecuatoriano, un latinoamericano lúcido que siempre tuvo la palabra justa, la réplica oportuna y el análisis riguroso, en cada uno de los difíciles momentos que la historia latinoamericana, nos ha deparado, sobre todo en los últimos tiempos.

 

 

Entre mis colegas de generación, en el continente, e incluso más allá, porque las obras de Agustín Cueva han sido traducidas a varios idiomas –aun al japonés– habrá muchos que puedan decir juicios menos desatinados que los míos, al respecto del conjunto de su obra. Pues, libros fundamentales como “El desarrollo del capitalismo en América Latina”, “América Latina”, “La teoría Marxista”, son verdaderas joyas del rigor y la honestidad intelectuales. Yo prefiero volver sobre la figura que los hizo ser, sobre el hombre que hoy homenajeamos.

 

 

Entonces diré que en el plano personal y del grupo de amigos suyos, Agustín es una pieza imprescindible en nuestro mundo de escritores: una brújula certera, un guía necesario, el mejor de nosotros, el más calificado para pensar el arduo presente y decirnos una palabra esclarecedora sobre él. ¿En cuál de los temas que, por turno, nos obsedieron, no estuvo primero Agustín Cueva con su opinión decidida y clara? Porque no nos cansaremos de decir y repetir que mientras otros sociólogos se encerraban en un lenguaje crítico, oscuro, digno de los claustros a los que servían, y que, a duras penas, barroquismo de por medio, les ayudaba a ocultar mejor el vacío o la pequeñez puntual de sus preocupaciones, Agustín Cueva nunca perdió su claridad, su diáfana claridad, o mejor, la claridad de su extraordinario talento.

 

 

Muchos fueron y son sus temas y los nuestros: la Colonia, el mestizaje, la cultura nacional, el arte, la literatura, la política, la sociedad, el imperialismo, los procesos de liberación, la crisis, el conservadorismo de la era Reagan ¿cuántos temas más del pasado, del presente, del incierto porvenir, no ocuparon y ocupan (como puede verse en las luminosas páginas de su trabajo más reciente: “América Latina”: el neoliberalismo sin rostro humano) su privilegiada mente?

 

 

Pero esa obra suya, caleidoscópica, totalizante, que mira hacia muchas partes sin perder jamás su centro, ha sido construida, paso a paso, como un gran edificio hecho para perdurar. Dos obsesiones la cimentan: la comprensión de la realidad –es decir, su diagnóstico–, y un afán justiciero y transformador. Muy pocas obras de nuestra historia reciente se habrán mantenido tan fieles a sí mismas, proponiendo siempre, repensándose y corrigiéndose, indagando nuevas perspectivas, en un firme movimiento en espiral que se ensancha tanto en la posibilidad de captar realidades más vastas, cuanto en los medios teóricos empleados para que ello sea posible.

 

 

No faltarán quienes encuentren, en estos tiempos calificados de posmodernos, la coherencia, fidelidad, honestidad, o como quiera llamarse al apego de Agustín Cueva a las categorías marxistas, como un lastre anacrónico que poco tiene que decir en los momentos en que el “socialismo real” de los países del Este, se ha hundido y la propia URSS ya no existe. Quienes así piensan fallarán desde la base misma de sus precarias ideas. Principiando por el hecho de que la obra de Agustín tiene un sujeto cierto: América Latina, el continente cada vez más sumido en el tercer mundo, y, como dice el propio Agustín, “literalmente retrotraído a los tiempos del cólera”, y en donde resulta por lo menos irónico hablar de posmodernidad, cuando las más elementales conquistas de la modernidad son sueños lejanos.

 

 

De modo que más allá de la clara ideología de Agustín cueva, su obra –a pesar o mediante ella–, se propone una meta y la consigue: mostrarnos a nosotros mismos inmersos en una totalidad injusta que nos constriñe y condena y cuyos perfiles son del todo precisables.

 

Eso por una parte. Por otra ¿quién ha dicho que ese espíritu de los años sesenta, que invocamos al comienzo, y que se afirma y despliega en la obra de nuestro autor, haya sido condenado a una derrota irremisible? Aquello no es verdad. En principio, por el hecho de que revolución y reforma no son términos antietéticos sino complementarios, y la prueba es que toda revolución, acarrea, en otras latitudes, por un natural efecto de réplica, una cola de reformas que terminan por afirmar unas cuantas conquistas irrecusables. Y algo similar para incluso con las propuestas radicales que no lograron plasmarse en una realidad concreta y definitiva: es cierto que los panteras negras, de un lado, y Martin Luther King, de otro, fueron eliminados del escenario de USA, pero la situación actual de los negros norteamericanos no es la misma que la de hace 30 años, cuando los linchaban impunemente por el solo hecho de asistir a los sitios reservados a los blancos. Lo mismo pasa, en otros campos, con la situación de las mujeres, de las minorías, y ya en el ámbito continental, con el nivel de concientización que han logrado los pueblos indígenas, prestos ahora a defender sus derechos: a pesar de todo, algo ha cambiado en el mundo.

 

 

Nunca nos cansaremos de repetir aquella frase con la que Herbert Marcuse terminó “El hombre Unidimensional”: “Es sólo gracias a la desesperanza que nos ha sido dada la esperanza”. El brillante trabajo de Agustín Cueva, hecho a lo largo de tantos años y que, ahora, tan superficialmente hemos recordado, parece corroborar esa afirmación: todos nosotros tenemos una clara conciencia de que “Los tiempos conservadores” empiezan a tocar fondo. Porque no sólo que no han resuelto los problemas del mundo sino que los han agravado. En este contexto, como siempre, la obra de Agustín Cueva nos resulta, pues, indispensable.

 

Un punto de vista
ENTRE LA IRA Y LA ESPERANZA” – Agustín Cueva
CONSIDERACIONES Y APRECIACION PERSONAL DE ESTA OBRA.

Por Raquel Yerovi.

Debo manifestar mi gran acierto en la lectura de este libro. Agustín Cueva realiza una profunda y apasionada crítica del poder y las formas culturales de la dominación, tanto colonial como interna. El libro destaca una verdadera autopsia de la historia del Ecuador al inicio de la época colonial y la mitad de este siglo. Se analiza con un criterio amplio las profundas transformaciones del ambiente ecuatoriano que se vivió en esa época y donde empezaban a soplar nuevas corrientes políticas.

Es el más claro análisis de la realidad cultural de nuestro país. Es una invitación a recuperar la dimensión crítica, humana del pensamiento social; marcando así el camino para los verdaderos escritores comprometidos con el presente y futuro.

Podemos conocer el verdadero proceso de nuestro trayecto político, histórico y cultural, plasmado de la forma más real, que sólo la capacidad y análisis tan diáfano, lo puede evidenciar Agustín Cueva.

Por considerarse el primero y más brillante sociólogo de nuestro país, poseedor de una profunda sensibilidad por la condición humana, realmente comprometido con su pueblo, sus raíces, merece nuestro reconocimiento y admiración.

Una invitación a los amigos, amantes de la lectura enriquecedora, a leer “ENTRE LA IRA Y LA ESPERANZA”, verdadera joya de nuestra literatura, que no en vano fue seleccionada por la Unesco como una de las 30 obras de la colección Patrimonio Literario de la Humanidad.

Raquel Yerovi Poveda.

 

 

 

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