Problemas de la literatura contemporánea.

PROBLEMAS DE LA LITERATURA CONTEMPORANEA.
EL ANALISIS LITERARIO Y SUS DISYUNTIVAS CONCEPTUALES: EL EXISTENCIALISMO, EL FORMALISMO EVASIONISTA, EL ESTRUCTURALISMO Y LA CRITICA MARXISTA.
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Este documento de análisis fue elaborado, resumido y compilado en base a disertaciones y ponencias elaboradas por varios escritores europeos como Dalan Shapallo, Dritero Agolli, Vitoe Ballvora, Muzafer Shaxhiu, que habló sobre el individualismo; Ilia Lengu, que presentó su ponencia sobre el individualismo en la obra de Sartre; Jorge Bulo, autor del trabajo sobre la concepción metodológica de la crítica literaria burguesa; Refik Kadija quien hizo el análisis de la tendencia de los “jóvenes rebeldes”; y Palok Kraja que habló sobre las tendencias neoformalistas y el estructuralismo. Todo apareció en un ejemplar de la revista Albania Hoy. He agregado un par de apuntes. CLC.

Al considerar el proceso literario de nuestra época lo vemos como un proceso que pasa a través de una constante lucha entre el arte progresista y el arte regresivo. Hay que poner atención en autores y fenómenos progresistas, y en el modernismo y el decadentismo y otras corrientes  burguesas sobre la crítica literaria, medios eficaces para envenenar la conciencia social y arma de agresión ideológica. Hay que puntualizar en la esencia de ciertas corrientes literarias burguesas que pretenden ser la expresión de la rebelión contra ésta y sus estructuras.
La literatura es un reflejo de la lucha de clases en el arte, con sus medios y formas específicas.

Sartre, Camus, han ido más allá de sus predecesores, presentando la vida como una angustia inexplicable, como un cúmulo de relaciones caóticas. La literatura decadente es opuesta al optimismo histórico de la clase obrera.
Examinar la esencia formalista de las actuales teorías literarias y filosóficas burguesas, deslizadas a posiciones liberales, que suprimen demarcaciones entre el realismo y las corrientes subjetivistas como el estructuralismo, de matriz idealista. Su base es evadir el análisis de los contenidos. Se quedan frecuentemente en el tema gramatical. Para los estructuralistas las obras literarias no son más que gramática pura. Evaden el estudio del contenido ideológico, sociológico, histórico…se quedan con los triptongos y el modificador indirecto…

Hay un deficiente conocimiento de la estética marxista, una insuficiente formación ideológica, que no alcanza a examinar el vínculo de la literatura formalista, anti-realista, con el idealismo filosófico. Hay que entender que se trata de engendros de una sociedad y una ideología incompatibles con las nuestras, cuya plataforma es el idealismo, los preceptos estéticos del formalismo y del subjetivismo individualista. Debemos profundizar en el análisis marxista de la literatura., partiendo de una visión dialéctica, que examine a la literatura nacida en la sociedad de clases, en condiciones de grandes enfrentamientos ideológicos.

El espíritu de conformismo, pesimismo y escepticismo imperan en las concepciones burguesas. No encuentran solución a las contradicciones y en su seno prosperan corrientes antirealistas, modernistas o pragmatistas.
Hay una tradición literaria realista que parte del siglo XIX, y que mira objetivamente la situación real de la sociedad, e incorpora los temas que tratan de la lucha contra la explotación capitalista, la protesta social, con figuras de obreros e intelectuales disidentes del sistema ocupando un papel cada vez mayor en novelas y dramas realistas. Por medio de estas obras se puede conocer la situación de la sociedad burguesa, el cinismo, la degeneración espiritual y moral de la burguesía, y las aspiraciones de las masas populares.

En numerosas obras está en el centro la lucha de clases aunque a veces desprovista de la perspectiva histórica. Sin embargo, los principios fundamentales de la literatura realista permanecen y se afianzan porque presentan la vida con fidelidad. En el centro de ellas está el hombre como ser social, lógicamente con su propio mundo psicológico, y con una actitud definida ante la sociedad.

La encarnación de esta perspectiva se halla en las obras de autores como London, Galsworthy, Cronin, Dreiser, Thomas Mann, Lyon Feuchtwanger, Kazantzakis, Caldwell, Saroyán, Arthur Miller, Juan Marsé, cuya creatividad se caracteriza por exponer las contradicciones concretas de la vida en esta sociedad.

El realismo encontró su expresión completa en las condiciones del triunfo de la revolución rusa de 1917. Su fundador fue Máximo Gorki, aunque tuvo precursores en diversos países, como por ejemplo en las novelas de Jules Valles y Leon Cladel, la poesía de Heine, las canciones de la comuna de París. Halló su más alta expresión en las obras de Gorki, Maiakovski, Ostrovski, Furmanov, Fadeyev, y otros escritores rusos, pero también en las obras de Henry Barbusse, M.A. Nexo, Romaind Rolland, Paul Vaillant-Couturier, Jullius Fucik, Vapcarov, Bertold Brecht, John Redd, y otros autores como Lu Sin, que logró dar cuadros reales y profundos de la miseria de la gente pobre en China, y de su lucha y resistencia. Mencionemos a Pablo Neruda, con su comprometida “Tercera Residencia”, al poeta griego Janis Rizos, con su obra que capta la indignación de su pueblo ante las injusticias sociales. César Vallejo que con su voz poética y militancia habló en nombre de la re-humanización de las masas populares de la periferia capitalista. Todos estos autores forman parte de un acerbo positivo del desarrollo literario de hoy en día.

Maiakovski evolucionó de posiciones surrealistas a posturas revolucionarias. Llegó a ser el poeta más célebre de la revolución rusa. Caso parecido es el de Paul Eluard, que también salió del surrealismo. García Lorca, que refleja conflictos sociales y contradicciones culturales e ideológicas de su época.

Los elementos burgueses se han manifestado literaria y estéticamente en corrientes impresionistas, expresionistas, futuristas, hermetistas (todas camuflan las ideas de manera subjetivista). Surrealistas, abstraccionistas, cubistas, existencialistas…Importantes representantes de estas corrientes como Verlaine, Apollinaire, Picasso, Dalí, Ungaretti, Kafka, Ovetayeva, llegan a darnos una idea general sobre la esencia decadente, pesimista, y sobre el formalismo que prevalece en estos “ismos”. Su tendencia es el reflejo fantástico y distorsionado  del mundo de sombras en vez de los fenómenos reales. La angustia del hombre oprimido, solitario, aislado, el sentimiento de enajenación, de incapacidad para ver los problemas complejos que plantea la sociedad capitalista la deformación de la realidad, la creación de figuras arbitrarias, carentes de lógica interna, basadas en asociaciones de ideas que traducen una situación caótica, neurótica y delirante. Rasgo distintivo  de esta clase de tendencias es la deformación de las dimensiones reales de la vida, que se reemplazan con vínculos subjetivistas, el convencionalismo, el simbolismo que introducen la reflexión  en el agnosticismo, girando en el subconsciente, sin buscar nunca en la sociedad y fuera del individuo, en su contexto social práctico, la verdadera razón de sus disturbios internos, desesperación, desilusión, angustia, soledad, pesimismo ante la vida, tendencias suicidas. Este es el mundo de la literatura decadente burguesa, vinculada a una visión del mundo idealista, separada del contexto de la vida social, desconectada del proceso vital general colectivo.

La crítica marxista, representada por Gorki, Voorovski, Barbusse, Lunacharski, Lukacs, Sánchez Vásquez, Agustín Cueva, Mirta Aguirre, ha desentrañado las raíces sociales del modernismo decadente, mostrando la verdadera naturaleza de esta intelectualidad. Esta clase de artistas decadentes, a menudo talentosos, de renombre, representan capas pequeñoburguesas vacilantes y conformistas, que expresan solitariamente su desesperanza y terminan en una completa depresión moral. Su  postura es hiper-individualista, a-social, contraria a la lucha por una sociedad mejor; sus personajes están sumidos en el patético pacifismo, en el sentimiento de la inutilidad de todo. Forman parte de  un contexto social pequeño burgués  derrotado. Obviamente no tienen esperanza alguna en la descompuesta sociedad capitalista. Pero están incapacitados para ver más allá, para involucrarse o identificarse con un proyecto social optimista, revolucionario.

Las obras formalistas como las de Proust y Cocteau, fueron calificadas por Barbusse como “virtuosismo de malabaristas que representan una sociedad moribunda. Cada una de sus obras es un epitafio social”.

Desde Barbusse, el arte modernista se ha venido desarrollando en esta perspectiva intimista, solitaria. El existencialismo, por ejemplo, corriente tan propagada después de la segunda Guerra Mundial, representa al individualismo absoluto. Nada puede ser conocido ni previsto. No creen en el progreso. Algunas obras de Sartre están impregnadas de lo trágico y desesperado, de un misticismo apesadumbrado. Sus héroes son personajes tímidos y cobardes. No se hace diferencia entre el canalla y el honesto. Es una visión literaria que traduce una posición filosófica desprendida de la decadencia, la humillación, el miedo, la incapacidad de enfrentar las cosas constructivamente, con coraje. Representan la sensación de vacío moral que dejó la guerra. “El tiempo del desprecio”.

Hay otra vertiente, la literatura policíaca y pornográfica, toda esa saga comercial destinada al consumo corriente, “literatura fácil”, encargada de “dorar” la vida dentro de la sociedad capitalista, cultivando el sentimiento de la euforia erótica, el racismo, la vida desenfrenada, cínica, sin preocupaciones, asi hay tantas películas con finales felices en el seno de familias aburguesadas, o con reconciliaciones entre patronos “generosos y nobles” y obreros desamparados, con amores fantasiosos que embrutecen la mente de la juventud. Los héroes de estas obras son la expresión de un pragmatismo individualista aborrecible.
Otro problema relacionado con la esencia ideológica del are decadente y formalista es el arsenal de medios artísticos, de la formalidad que llega a exageraciones y a distorsiones. La influencia viene siempre del contenido, pero el contenido extraño se infiltra a través de la forma que expresa otro mundo espiritual encarnado en un decorado artístico que termina eclipsando y deformando  al contenido.

Uno de los motivos para empujar a la literatura hacia el modernismo y la degeneración ideológica y moral es la burocratización. Aparecen escritores y artistas oficialistas, insertados, desligados de los valores sociales y del proceso histórico. Forjan una literatura y un arte con ausencia de héroes, rindiendo culto al mundo íntimo lleno de desilusiones y mutilaciones espirituales. Son escritores castrados que asumen que solo “tienen compromiso con la palabra” y ensayan una obra desligada de la realidad concreta, social. Se rinde culto al formalismo puro que borra nuestra identidad cultural, sobre la cual están ausentes las referencias. Se promovió asi un presente literario vacuo, cultor del ornamentalismo, descomprometido, que rinde culto a una mediocre existencialidad. Esto, para obviar que a algunas personas se les hizo creer que tenían “talento literario”. Para alentar esta corriente se publicaron libros sin ton ni son, con la recomendación implícita de que valían la pena. Asi nacieron “muchos nuevos valores”. Lamentablemente esta tendencia se ha fomentado en algunos talleres literarios puestos de moda por Miguel Donoso Pareja, en cuya presidencia de la casa de la cultura del Guayas se cometieron ahí muchos robos de joyas del Museo de oro y cuadros.  Donoso es autor de intrascendentes novelas en las que para intentar destacarse juega con el uso de técnicas vanguardistas que conoce bien pero que lo ayudan poco.

Las novelas y cuentos de Raúl Pérez Torres se basan en la descripción del pequeño y rutinario mundo de la burocracia a la que ha pertenecido.  El no puede trascender de esa perspectiva. En sus obras está presente ese trasfondo insignificante. Su novela “Teoría del desencanto” cuenta la experiencia de la estéril célula del Partido Comunista en la que nunca hicieron nada, y de los devaneos sentimentales y experiencias eróticas de un grupo de izquierdistas esterilizados políticamente. Hay una carencia de planteamientos, falta de argumentos ante la vida, ausencia de crítica al sistema. Estilísticamente es como un bonito poema que no dice nada. Una retahíla de frases almibaradas que no pueden hilvanar una historia meritoria. Algunos de sus cuentos no se salen del absurdo del convivir pequeñoburgués. Se salvan algunos como “Musiquero Joven” y “De terciopelo negro”, que llegan a dar un  tono más convincente y menos desarraigado. En “El Tiempo, esa pluma” asoma todo el machismo “revolucionario” pequeñoburgués. El vacío general se lo reemplaza con una agradable prosa. El cuento “Rondando tu esquina” insinúa a un mujeriego de voz dudosa. Carente de riqueza. Con un contenido cuestionable, digno de catalogarse como populismo literario. No hay mucha diferencia que se diga con el teatro de Ernesto Albán, que poseía una criticidad domesticadora. El cuento “Mi prima Martha” presenta a un personaje negativo del que no se conoce ni el nombre. No se sabe porqué lo secuestran al general. Martha es una vulgar ninfómana. El cuento es intrascendente. En el cuento “Rondando tu esquina” se pone al nivel de los partidarios de Guevara Moreno. No cuestiona ese contexto. Más bien lo mistifica. El no puede ir más allá.

Volviendo al extranjero, tenemos el caso de Luis Aragón, defensor del “realismo sin riberas” de Roger Garaudy. El laberinto modernista mezclado con el antiguo surrealismo.  La novela “El final verdadero”, de Aragón, es la expresión típica del modernismo, con la destrucción del héroe, el desdoblamiento de los personajes con el fin supuesto de dar los lados opuestos de sus caracteres. En esta obra Aragón se hunde en el lirismo subjetivo, prosiguiendo el camino formalista de Proust, renunciando a los requisitos del género de la novela que no puede desarrollarse como tal desprovista de su espíritu épico, de la descripción objetiva de la realidad.

Entre la  literatura realista y progresista y la decadente y modernista, individualista, evasionista, hay un enfrentamiento ideológico y estético vinculado al hecho concreto de la lucha de clases. Hay que estar atentos a la tradición revolucionaria que se da en la literatura comprometida de novelistas como Gallegos Lara, Gil Gilbert, Aguilera Malta en su primera etapa, y en nuestros días Eliecer Cárdenas, gran trabajador literario que nos ha dado obras enriquecedoras como “Los diamantes y los hombres de provecho”, obra rica en contenido social. En el pasado tenemos obras trascendentes como Pacho Villamar, de Roberto Andrade, vigoroso luchador social de su época.

Para nosotros, el arte verdadero es aquel que a través de los siglos ha venido reflejando hasta nuestros días la lucha por la libertad y el progreso, los sentimientos, el pensamiento y el espíritu del pueblo. El porvenir es de esta literatura popular (no populista como la de algunos de la actual generación, tal el caso de la poesía de Fernando Artieda, periodista de Ecuavisa y ex colaborador del gobierno de Abdalá Bucaram) que pertenece a la tendencia revolucionaria, hablamos de la literatura que transmite ideales, que cumple con la misión de reflejar la realidad y levantar a los hombres en la lucha contra todo lo que se opone a su desarrollo, a su felicidad y a sus derechos.

El realismo social es un método artístico y su apreciación se liga a una serie de cuestiones estéticas como la valoración del patrimonio literario clásico, partiendo de posiciones actuales. La apreciación de las obras artísticas del siglo XX en relación con los más grandes logros del arte clásico, base del desarrollo artístico del futuro. Pero en la actualidad la lucha de la derecha cultural contra el realismo se ha convertido en toda una campaña contra las bases sociales y estéticas de todo el arte progresista. En este contexto, un crítico apreciaba que “mientras más dura se torna la realidad de la vida en el capitalismo, más abstracto se hace el arte plástico”.

Pero tenemos por un lado el arte realista contemporáneo, y el arte modernista para una élite.  Críticos y teóricos burgueses arremeten contra el realismo en nombre de corrientes modernistas, intimistas, subjetivistas, neurotizantes, “innovadoras”. Para ellos el realismo no describe de manera artística la realidad objetiva actual porque intenta siempre descubrir la esencia y la lógica de los fenómenos sociales. Las tesis del ultramodernismo han prosperado en estas décadas del siglo XX, repitiendo las consabidas tesis propagadas hace tiempo sobre la naturaleza hermética del arte, sobre su divorcio total con la realidad. Algunos se pronuncian por la defensa de un arte abiertamente anti-realista. Asi por ejemplo, en su “teoría de la distancia psíquica”, Eduard Ballou declara: “arte o realismo…no existe otra alternativa”. Asi divorcian el arte de la realidad. Quieren interpretar a la cultura desde el evasionismo absoluto del idealismo subjetivo.

Otros autores hablan del envejecimiento del realismo, alegando que en el proceso literario actual no existen diferencias, o que estas empiezan a desaparecer. Este punto de vista se manifestó en el libro “Realismo sin riberas”, de Roger Garaudy.

Según este autor, “las fronteras del realismo” deben extenderse ilimitadamente de manera que engloben a todas las formas artísticas actuales, sin tener en cuenta sus particularidades y su contenido ideológico y artístico. El verdadero objetivo de Garaudy es adaptar los criterios del realismo a los moldes del arte modernista. Esta teoría suya parte de la tesis de que arte no realista no existe, dado que todo arte tiende a la verdad, lo que refuta el concepto “realismo” que se identifica completamente con el concepto “arte”. La idea de fundir el realismo y el modernismo es inaceptable porque su meta es rechazar los criterios básicos del realismo, disolviéndolos en beneficio del modernismo.

Un rasgo elemental del realismo es que centra la atención en la descripción de los aspectos más esenciales de la realidad. Los escritores realistas reflejan la historia del pensamiento artístico, lo que les permite reproducir las contradicciones de la realidad y las profundidades del mundo psicológico del individuo. Las variantes modernistas parten de principios antihistóricos, no admiten el desarrollo dialéctico de la sociedad humana ni las particularidades sociales, históricas e individuales y  los fenómenos de la vida quedan fuera del horizonte que abarca su observación intimista.

Garaudy ha escrito mucho sobre los mitos. Considera a toda obra grande “como un mito”. Se presenta como apologista del simbolismo, cuyo mejor representante sería, según él, Kafka. El mito es tratado por los escritores del siglo XX no como una categoría histórica, como “una etapa más en la evolución del pensamiento artístico” (Hegel), sino como una forma de pensamiento lógico intuitivo inherente a la naturaleza humana.

En la obra de los escritores realistas el símbolo se basa en la misma realidad objetiva, y, lejos de fetichizar y falsificar algunos de sus aspectos la abarca como un todo, mientras para los modernistas no existe relación entre los símbolos y la vida, la que es considerada un caos, en el que los elementos no pueden formar un todo coherente. En las obras simbolistas del arte modernista el mundo es presentado de manera subjetiva y fantástica, las situaciones son absolutamente irreales o irracionales, y en la estética burguesa se está empleando el término “realismo de las alucinaciones”. Garaudy viola los principios de la estética marxista sobre el proceso del conocimiento y del arte cuando declara que “pretender, de la obra, en nombre del realismo, que refleje la realidad objetiva en toda su complejidad, que describa la época o la historia del pueblo, que indique la orientación principal de su desarrollo y las perspectivas del futuro, significa que debe involucrarse en planteamientos no estéticos sino filosóficos”.

Las mismas tesis de la integración artística entre ambas corrientes, de la síntesis del realismos y del modernismo la encontramos también en las obras del teórico austriaco Ernest Fischer. Este partiendo de la idea de  la ley de enajenación, no considera el arte como estructura ideológica, y concluye que el realismo y el modernismo tienen el objetivo de reflejar el conflicto permanente del individuo con la sociedad, que no dejan de oponerse como fuerzas hostiles. Esto borra toda diferencia entre el realismo y el modernismo. Desprender el arte de la esfera de la ideología es el criterio de todas las corrientes subjetivistas anti-realistas, que consideran las formas del arte como independientes de la ideología de clase.

Algunos teóricos “marxistas” llaman “estilo moderno”, “verdadera innovación” y se sobreentiende que hablan del modernismo. Por ese camino llegan a negar la relación existente entre el estilo de un autor y su posición ideológica, como hace Fischer.

La crítica burguesa no considera el realismo como el camino principal de desarrollo de la verdadera creación artística, como el más elevado grado de la asimilación estética de la realidad, sino como un “episodio metodológico” de una de las tantas corrientes literarias.

Pero en realidad, el desarrollo creador del realismo como método artístico, lejos de excluir presupone una variedad de formas y de medios artísticos. El carácter innovador del realismo ha residido siempre en la generalización artística de los nuevos fenómenos.

En los años 60 se propagó el “método del micro-realismo” y la “teoría del anti-héroe”. Se hizo ruido también con el “realismo crítico”. Se calificó de invención el tema del héroe y se lo reemplazó con temas humanistas abstractos. Se habló de que en determinados momentos la literatura pierde su función educativa y política, se aparta de la lucha ideológica y los problemas sociales y morales y únicamente lo bello deviene su principal criterio. Una plataforma tal no tiene nada en común con la literatura progresista. Asi es la literatura formalista, individualista, subjetivista. Juegos de palabras construidos en el aire.

El individualismo tiene su historia desde que salió de los marcos de la comunidad patriarcal primitiva y contribuyó al desarrollo de las fuerzas productivas. En el capitalismo se presenta como una característica de la burguesía que quiere afirmarse en la sociedad según sus méritos y capacidades personales ene oposición a los privilegios y  prejuicios de casta.

El individualismo actual, como concepto filosófico se conexiona dentro del individualismo burgués con la doctrina del “super-hombre” de Nietzsche, aislado de la muchedumbre, colocado como héroe por encima de todos los conceptos morales y sociales, que se permite hacer lo que no le sería permitido a la muchedumbre.

El individualismo en la literatura y el arte, como una tendencia con determinados objetivos, apareció en el momento en que la sociedad capitalista arribó a la etapa monopólica. El individualismo se manifestó bajo la forma de una psicología decadente y mórbida, que desbroza el camino a una moral feroz y cínica. Esto no tiene nada en común con la protesta individual de los héroes de Goethe, Schiller, Shelley, Byron, Sand y Stendhal, cuyos personajes buscaban abrirse paso y afirmarse en el transcurso en que la burguesía se consolidaba como clase.

El tema del individualismo tiene carácter histórico. Siempre se ha tratado de fomentar el individualismo, como instrumento que suprime el contexto colectivo, social, de la clase obrera, eliminando su proyecto político. El individualismo literario destruye al héroe social reemplazándolo por una relación sensual, hedonista, entre el individuo y la vida. Los existencialistas y otros decadentistas llegan a decir que el individuo es un ser independiente de la sociedad y que debe organizar su existencia de la manera que mejor le convenga, aunque sea violando arrogante y agresivamente los derechos de los otros, o encerrándose en un mundo neurótico, depresivo, de tristeza y angustia, para no verse “obligado a vivir siempre bajo las miradas de los otros”, como decía Sartre. Tales héroes individualistas que se arrastran como gusanos en una vida tan lamentable como reaccionaria llenan algunas de las obras de Sartre, Camus, Kafka, Robbe-Grillet, Beckett, Ionesco, Bataille, Blanchot, Butor, Sarraute, Joyce

Las teorías y versiones individualistas en el arte, presentadas con fraseología filosófica, preconizan el apartamiento de la lucha contra la injusticia social, el famoso relativismo moral, y con él el nihilismo pesimista, del que están cerca los bajos instintos.

Hace dos siglos Goethe, en su “Fausto”, insuflaba a su héroe el espíritu de la lucha para servir a la humanidad, de la belleza del sacrificio en su nombre, de la victoria de la ciencia sobre el fanatismo y el dogma. Mientras Paúl Valery, calificado como el “poeta clásico de la burguesía del período de la decadencia”, hace que el Fausto de su obra “Mi Fausto” diga: “respirar y sentir, he aquí la obra maestra de mi arte…yo existo, yo respiro, yo veo…este es el siglo clásico del arte de existir”.

Los esfuerzos del Fausto de Goethe por rechazar la filosofía de la contemplación pasiva se han reemplazado en el Fausto de Valery por un círculo estrecho de sentimientos subjetivos de un individualismo que ve en el mismo hecho de existir “una riqueza real”, y que concluye con esta frase de filisteo: “no quiero nada más”.

Para los estetas y escritores decadentes, psicologístas, la lucha de clases es algo ausente, inexistente, una “aventura” inmencionable. Asi se separan de la marcha social del mundo.

La teoría de las “condiciones humanas” no es fortuita. Es la invención de teóricos decadentes, según los cuales lo que importa no es la realidad social, sino la condición humana, en otros términos, “el mundo” en que el individuo vive desprendido de la sociedad, sin tomar conciencia de su contexto.

El héroe no es consecuente en sus acciones, cambia en función de las circunstancias y de sus impulsos. Apoyándose en estos principios, Sartre señala que la característica dominante de la novela actual es que los actos y la psicología del héroe son imprevisibles. Este es el pantano individualista que chapotea lleno de ideas pesimistas en la literatura decadente, sometida a una plataforma filosófica en el fondo absolutamente conformista. Esta es una literatura que busca crear la ilusión de que se mantiene por encima de las clases y fuera de la historia, que no se interesa más que del destino del individuo. “Se ha hecho un hábito, indica Albert Camus, considerar como importantes los acontecimientos históricos, las grandes obras y el amor. Pero los acontecimientos no tienen ninguna importancia para el individuo. Para este, el hecho de hablar con la nariz, de acariciar los gatos, de silbar en su baño, tiene mucha más trascendencia.

Los decadentes buscan liberar al hombre de las realidades sociales y tratarlo únicamente como una simple categoría psicológica. Los vínculos reales entre los fenómenos parecen a Sartre grilletes que amarran los pies de un preso.
Pero, cómo puede el individuo desembarazarse de ellos? No tiene más que considerarlos como irreales y hacer lo que le plazca. Esta es la tesis de Sartre y los decadentes, buscan colocar a los héroes de sus obras en el círculo del individualismo absoluto para aislarlos de la realidad social, a la que temen.

La tesis de la alienación fue tomada por Marx de Hegel y de Fuerbach, pero con él adquirió un nuevo contenido, materialista, pues la despojó de su interpretación idealista y abstracta. Demostró que es la expresión de las contradicciones de la sociedad capitalista. Se manifiesta con la aparición de la propiedad privada y de las clases antagónicas, cuando las relaciones sociales se forman espontáneamente y escapan al control de los individuos. Como resultado de ella, el trabajo deja de ser una necesidad para transformarse en u medio de satisfacer otras necesidades puramente fisiológicas.

Según la visión existencialista, el individuo vive en el seno de un mundo impregnado de hostilidad. El individuo no es considerado un ser social, con respecto a la sociedad donde vive, sino en si y ante “problemas existenciales”. Dado que todo es absurdo, el individuo debe actuar en una libertad absoluta y debe tener como principio básico la “autenticidad” de sus propios actos. Es decir, de acuerdo con la lógica existencialista, independientemente de las condiciones sociales y de las circunstancias objetivas, depende del mismo individuo (que tiene una libertad infinita, según Sartre) llevar una vida “auténtica” justificando su libertad absoluta en un mundo absurdo, donde sería “condenado a ser libre” según una fórmula paradójica existencialista. Esta libertad arbitraria voluntarista es una libertad engañosa, individual, subjetiva, falsa, ya que en vez de la liberación social erige en valor supremo la “autenticidad” del individuo, y sería por asi decir esta autenticidad que daría su significación suprema a su existencia. Según esta mistificación idealista, basta que un individuo no tome en cuenta las circunstancias objetivas para que se sienta libre o, según Sartre, para que viva de “manera auténtica”.

Estos individuos arbitrariamente aislados de la sociedad sufren de la soledad y de la falta de comunicación, y según Sartre, esta soledad y esta falta de comunicación serían las características permanentes y eternas de la naturaleza humana. Incluso en presencia de personas que a primera vista parecen serles los más cercanos los héroes de Sartre se sienten solos. Nadie puede ayudarlos. Sartre se esfuerza incluso en presentar a los militantes marxistas como tales, deformando de manera reaccionaria (aunque simula presentar las cosas de “manera objetiva”) la figura del comunista y de los militantes de la resistencia francesa contra el nazismo.

Según la lógica sofista del existencialismo, es absolutamente “natural” que el individuo fracase en la vida. “La historia de una vida, cualquiera que sea, es la historia de un fracaso”, constata Sartre, arbitrariamente, y la moral “debe recordarnos nuestra impotencia”. Todos los héroes de las obras de Sartre repiten de manera monótona el estribillo trágico de su fracaso. Asi se expresa Mathieu sobre el futuro de la sociedad humana: “la humanidad continuará no marchando a ninguna parte, los mismos individuos se harán las  mismas preguntas y las mismas vidas fracasarán”. La lógica pequeñoburguesa llevan a Mathieu y a todos esos héroes esquemáticos y sin personalidad (aunque hablen perfectamente el lenguaje existencialista) de las obras de Sartre a atribuir su fracaso a la humanidad entera,, haciendo generalizaciones reaccionarias del modo más arbitrario.

La visión existencialista del individuo y de la sociedad es reaccionaria. En lugar de las contradicciones de clases antagónicas, Sartre habla de relaciones hostiles en general. “El infierno son los otros” dice Sartre en uno de sus dramas,  negando la solidaridad de clase de las masas trabajadoras que luchan en todas partes y sin cesar para liberarse de la explotación capitalista.

El mismo Sartre se ha visto obligado a admitir el fracaso de su doctrina existencialista y la esterilidad de sus principios. “Constatamos en la hora en que se escribe el testamento que no hemos hecho nada”, afirma, después de haberse “convencido de que se había descarriado fuera de la historia” y que “predicaba en el desierto”. “Nuestra buena voluntad no ha servido a nadie”. O bien es muy ingenuo cuando confiesa esas cosas o bien no quiere decir que su filosofía acude, quiéralo o no, en ayuda de la ideología burguesa alejando a las masas de los agudos problemas políticos y sociales y del camino de la revolución social. Como quiera que sea, su confusión política es muy extraña para poder creer en ella.

La interpretación existencialista de la alienación es idealista porque desplaza el problema del nivel económico social concreto (donde la alienación toma su significado) al nivel abstracto, fuera de las relaciones sociales y de las condiciones determinadas en el espacio y en el tiempo.

El individuo, independientemente de su alienación, en la sociedad capitalista no es como lo presenta Sartre en sus obras. El individuo siempre se ha opuesto al proceso de alienación que jamás es absoluto. La lucha de clases es un testimonio concreto de la resistencia de las amplias masas trabajadoras que están enteramente en condiciones de poner fin a la alienación luchando por una sociedad que suprima al Estado capitalista, a su base económica, al trabajo asalariado, a la dictadura del valor de cambio, al mercantilismo, a la propiedad privada sobre los medios de producción.

Los ideólogos burgueses insisten en el tema de la alienación del individuo en general, en cualquier sociedad. En vez de las contradicciones de clase antagónicas, se esfuerzan en poner de relieve la alienación, pero despojándolo de su esencia socio-económica.

La crisis  del sistema capitalista es también de la ideología burguesa que a cada rato anda engendrando nuevas teorías y filosofías desprendidas de este contexto modernista ahora llamado post modernista. La idea es sofocar todo pensamiento social susceptible de ayudar a las masas proletarias a comprender la realidad objetiva y las leyes de su desarrollo.

Las escuelas literarias burguesas se apoyan en una base metodológica común ligada a concepciones filosóficas idealistas.

Los formalistas, estructuralistas, neofreudianos y los adeptos del realismo crítico (que es la menos mala de todas estas corrientes) se unen para defender una tendencia general que consiste en aislar la obra literaria de toda realidad histórica, ideológica y social, en estudiarla fuera y aparte de la realidad objetiva, evadiendo el tema de su contenido y de su significación ideológica. De hecho, reducen todo al nivel de las artes aplicadas, del arte ornamenta, ya que niegan su esencia ideológica que en su concepción o no existe o es menos importante que el análisis formal. Enseñan a los estudiantes a analizar la forma sin enterarse nunca de los contenidos, concentrándose en la interpretación “fenomenológica”, en el análisis “inmanente” de la estructura de cada obra literaria, viendo el desarrollo de la literatura en un contexto abstracto, como una sucesión de “sistemas” formalistas. Para los analistas estructuralistas que deforman a la juventud en las facultades de Filosofía y Letras, ninguna ley objetiva rige la historia cultural y literaria. Esta evolucionaría exclusivamente como manifestación de los nuevos talentos traídos por el viento. Con tal concepción antihistórica y anticientífica de la crítica literaria, a ésta no le queda más que el nombre porque, como toda otra ciencia, su tarea es descubrir las leyes del nacimiento y desarrollo del fenómeno que es objeto de su estudio, pero su “método” no le permite más que el simple escudriñamiento de autor por autor, de libro en libro, tratando de descubrir en ellos su manejo verbal y la utilización de triptongos. De este modo, jamás nadie se percata de la esencia histórica y sociológica de cada obra, que radica en su contenido, al que se lo ignora. Los alumnos de los profesores estructuralistas no saben nada de literatura pero en cambio dominan la gramática.

“Los jóvenes rebeldes” fueron un grupo de escritores jóvenes ingleses de la segunda posguerra. Pertenecieron a diversas corrientes literarias y en su obra traducían la actitud de la nueva intelectualidad pequeño burguesa hacia el mundo de los años cincuenta. Se les llamó “rebeldes” según el título de la pieza teatral “Look back in anger”, del dramaturgo John Osborne, luego de la primera presentación el 8 de Mayo de 1956.

La ausencia de todo ideal por el cual luchar, y de intereses económicos y sociales, transformaron su protesta en vanos insultos, en una “rebelión” sin dirección, incoherente e ineficaz, como lo indicaba J. Priestley. Sus ataques no afectaban en lo más mínimo los fundamentos del régimen capitalista. El individualismo burgués que caracterizaba la concepción del mundo de la intelectualidad burguesa y pequeña burguesa a la que pertenecían no les permitió comprender la política de la posguerra y orientarse en este mundo complejo. No pudieron ver contra quien dirigir su protesta. Se las daban de liberados de toda concepción política, convicción filosófica, idea social o sistema moral. Su rebelión tenía un carácter nihilista, metafísico y derrotista.

A través de su egocentrismo y su individualismo, que les llevaba al derrotismo y a la neutralidad política, estaban ligados  a este régimen, con el que establecían, al final, una simbiosis. Su “rebelión” naufragaba en el pacifismo.

El héroe del drama de John Ossborne “Look back in anger”, Jim Porter, un joven cuyas esperanzas han quedado defraudadas, se encuentra sin perspectivas, sin encontrar respuesta a sus interrogaciones, y niega de manera nihilista todo ideal de progreso social. “Me parece que los hombres de nuestra generación no son capaces de morir por una buena causa”, dice. “No hay más buenas causas, nada queda ya, amigo mío”.

Derrotistas son también las conclusiones de las novelas de Kingsley Amis. Los intereses egocéntricos de sus héroes ahogan todo sentimiento de protesta. Amis termina su ensayo “El socialismo y los intelectuales con estas palabras: “El mejor motivo político y el más seguro es el interés personal”. Esta idea individualista atraviesa toda su novela “Jim con suerte”.

Charles Lambley, héroe de la novela de John Wane, “Ven rápido abajo”, está ligado a la realidad burguesa con lazos indisolubles en nombre del mismo interés personal. Lo que busca conseguir es mantenerse enteramente fuera de toda estructura de clase y tomar la vida como le venga, y al mismo tiempo hacerse un lugar en el sol en el seno de la sociedad burguesa. Hubiera querido en adelante “viajar sin pasaporte” pero siempre insertado en el interior del medio que lo rodea.
Al final de la novela, en su soledad, opta por la “neutralidad” y cree que finalmente había encontrado lo que buscaba. “La lucha sin tregua entre él y la sociedad había terminado en empate”. La moraleja de su obra es la neutralidad política, el total conformismo, la reconciliación con el sistema.
La simbiosis de los “jóvenes rebeldes” con el capitalismo aparece aún más claramente en la novela de John Brain “Room at the top”. El móvil de todos los esfuerzos de John Lampton, el héroe, “es el éxito material. Sabe muy bien lo que quiere y lo que desea es una buena situación. Bellas camisas y una muchacha rica. No pierde el tiempo y maniobra en el interior del círculo estrecho de sus exigencias. Lampton se casa con la hija del industrial más rico de la ciudad y llega a ocupar un puesto en la empresa de su suegro, comprendiendo que se había vendido de tal manera que toda vuelta atrás era ya imposible. Ahora él siente un cierto desprecio, el desprecio del hombre satisfecho de si mismo hacia los jóvenes de su clase que ha abandonado para siempre. En su carrera al bienestar personal, este joven “rebelde” se liga conscientemente al régimen burgués y esto se hace el objetivo de su vida. Como todos los jóvenes “rebeldes”, Lampton es un individuo sin ideales, sin un objetivo serio en la vida. Es el producto corrompido del régimen capitalista y la proyección de esa concepción del mundo.

En las obras siguientes, la mayoría de los escritores de la generación de los “rebeldes” se han alejado de las posiciones críticas; los  héroes furiosos se han transformado gradualmente en personajes apacibles. Lo que unía a estos autores era el carácter idéntico de sus héroes. Con la desaparición  de la “rebeldía” han roto el lazo que los mantenía agrupados bajo esa etiqueta.

Es claro que los clásicos marxistas no dejaron un tratado de puntos de vista sobre el arte. Pero a lo largo del tiempo se ha ido construyendo una perspectiva estética respectiva. Se tiene claro su tendencia, su basamento programático.

El estructuralismo no tiene una escuela unificada. Los estructuralistas de Praga se jactan de que el mérito principal del estructuralismo consiste en el hecho de que no toma en consideración el contenido. Para I. Lotman, en la estructura hay un cierto contenido. Este se opone a los estructuralistas formalistas apoyándose en el francés Claude Levy Strauss, según el cual la estructura presupone también el contenido. Pero en la práctica, la mayoría de los estructuralistas ven la estructura de manera abstracta, desprendiéndose del contenido. Hablan de que la estructura encierra elementos “metaliterarios” como la actitud del escritor, las condiciones histórico-sociales de la creación de la obra, etc. Mientras que en los análisis concretos se olvida esta tesis y la obra es tratada de manera formalista
 
En lugar de que la obra sea considerada como estrechamente ligada a las condiciones históricas y sociales, se la considera como algo aislado, y en vez de estudiarla en su conjunto, se estudia nada más que algunos fragmentos de manera formalista. En el estudio de la obra, los estructuralistas se concentran en el sujeto y en el desarrollo de los acontecimientos. El sujeto no les interesa como un elemento que les permite descubrir los caracteres de los personajes y sus vínculos, sino les interesa  la fábula, el desarrollo de los acontecimientos como un esquema considerado de manera formalista. Se conocen los esquemas de Kziskhanov, a los que se suman los de Zalkovski, Cheglov, etc.

El carácter formalista de sus análisis reside en su método. Presentan la estructura como la forma vista por dentro, de modo que para ellos es la estructura la que determina el contenido.
Algunos tienen reservas con respecto a tendencias formalistas abiertas y no aceptan el estructuralismo a no ser como un método auxiliar para el estudio de la literatura, método que según ellos puede extenderse a la organización rítmica de los versos, el dominio de la estilística, etc. Pero aún aceptándolo como un método auxiliar esto significa admitir la interpretación formalista de la literatura, la interpretación de las figuras como símbolos, signos que pueden ser representados desprendidos de su función, lo que no es correcto ya que cada elemento de la obra es un tejido artístico que tienen un valor esencial. Lo característico de la forma es que transmite el contenido artístico. Es cierto que el estructuralismo ha sido visto por la crítica marxista como erróneo ideológicamente de cabo a rabo. El estructuralismo se levanta contra  la tradición del análisis histórico concreto. Es uno de los esfuerzos modernistas por establecer el formalismo. Para la crítica literaria marxista no es aceptable la idea de admitir que la obra literaria sea un mundo autónomo apartado de la realidad. Los elementos de una obra no pueden desprenderse uno de otro. El contenido determina siempre la forma de la obra de arte. Verla de otro modo es deformar su esencia. Ver apenas su forma es vaciarla del contenido histórico, ideológico, artístico, etc.

 

ANEXO:

SOBRE LITERATURA EVASIONISTA Y COMPROMETIDA.EN EL MURO DE MARCO VINICIO MANOTOA. 12-III-16

por Carlos Lasso Cueva.

 excelente, Marco. dos acotaciones: Agustín Cueva dijo que se aprendía más sobre historia y sociología del Ecuador leyendo las novelas claves de este país: A LA COSTA, EL COJO NAVARRETE, JUYUNGO, PACHO VILLAMAR, LAS CRUCES SOBRE EL AGUA, EL EXODO DE YANGANA…

Ahora, lo importante de la literatura (novela…) es la belleza de la forma, pero no es la forma absoluta, aislada del contexto, sino expresando un contenido que abarca y REFLEJA una circunstancia (humana, social: hasta el hombre más solitario pertenece y es producto de un contexto concreto) determinada. la trascendencia es lo que queda, lo que se dijo y cómo se dijo.

La literatura pura que ha tenido tantos seguidores ha producido preciosidades intrascendentes, desligadas de la vida. Y no se puede desligar la literatura de la vida a no ser yendo a una (cercana) literatura evasionista, cuasi abstracta, que queda como un buen o mal experimento literario, pero que, al carecer de un contexto, se queda abandonada, carente de humanismo, de… sustancia?

Sobre el realismo socialista…se habla de la presencia del proletariado (aqui diminuto, microscópico, sin fuerza, y, por lo tanto, innombrable) en la literatura. Y se ha quedado como concepción del realismo socialista el ejemplo de esa clase de literatura (que tú apropiadamente mencionas, de la URSS de esa época estalinista) reprimida, forzada, censurada, que a la fuerza debia elogiar el dictatorial modelo de Estado despótico que se había montado. No estoy seguro si por haber habido esa monstruosa deformación se queda ahi exterminado el concepto de literatura proletaria.

En mi blog redacté unas anotaciones personales sobre esto, y me tomé el trabajo de digitalizar un documento del simposio que sobre estas cosas se realizó en la Albania de Enver Hoxa (estalinista): me pareció rescatable y digno de un análisis todo lo que se dice sobre la literatura burguesa (porque no hay nada neutro en este mundo y a la postre toda obra lleva dentro de si, de manera implícita o explícita, una identidad ideológica, una concepción del mundo, al margen por completo de las intenciones del autor:caso de Balzac, un reaccionario monárquico que REFLEJÓ su época mejor que nadie mereciendo por eso el entusiasta aplauso y reconocimiento de los primeros padres marxistas y de Lukacs.

Se puede cuestionar (rigurosamente) ese “realismo socialista” y con justísima razón. Pero no se puede abandonar la perspectiva del análisis de la literatura burguesa, estudiada -me parece- con solvencia en ese documento.Aqui el asunto central es el problema del reflejo, que es algo involuntario que sale bien o mal en cada obra. Cada obra -sociológicamente- REFLEJA un contexto, al que a menudo se pierde de vista.

Como el rechazo a ese “realismo socialista” fue poderoso,nadie iba a escribir de esa manera (no tenemos en América Latina, región periférica,subdesarrollada, de escazo desarrollo industrial capitalista, escritores proletarios) y frecuentemente se optó por el otro camino, cayendo en unos extremos fútiles y pobres, como es el caso de infinidad de novelas que aqui no vale la pena ni leerlas.

En su obra fundamental, para expresar (REFLEJAR) la problemática de nuestra región (periférica, tercer mundista, subdesarrollada, industrialmente raquitica, sin el sujeto histórico que es el proletariado) García Márquez, (“el coronel” y “cien años”) apeló a recursos inéditos y su capacidad literaria permitió que “se le salieran de madre” y eso quedó como un fresco inmenso, “brutal” (en el mejor sentido) que llegó a captar (REFLEJAR) la realidad, la identidad deformada, maltrecha, “incivilizada”, contradictoria, dialéctica, de nuestra sociedad latinoamericana. Agustín Cueva le dedicó un ensayo  a esto.

La costumbre ha hecho que la mayoría se dedique a conceptualizar la obra literaria como algo “puro, inmaculado”, sin nexo alguno con la realidad, con la existencia SOCIAL, de la que de angas o mangas, en una dirección u otra es producto (el dilema entre literatura alienada pequeño burguesa o literatura comprometida), de un contexto social del que evidentemente algunos supuestos genios librepensadores de determinada valía han preferido evadirse.

La lucha ideológica inmersa entre la obra conscientemente comprometida y la que ha optado por la sublime “libertad individual del genio escritor” aqui le ha dado muchas victorias a la segunda. Hasta se ha considerado vulgar y de mal gusto el solo enunciamiento de un arte u obra literaria “comprometida”(pese a que las obras clásicas de nuestra novelística salieron de por ahi y no han sido superadas hasta ahora), pero se ha considerado espléndido el otro camino del que han salido muchos malos productos.

La base de esto es nuestra realidad concreta; deficiente desarrollo capitalista, la aspiración unánime de subir escalones en la estructura socioeconómica del sistema, la alienación…asi como nadie quiere descender de indios (porque es repulsivo y vergonzoso descender de gente vencida y humillada, ultrajada, que fue siempre la quinta rueda del coche, no triunfadora ni dominante),casi nadie quiere enunciar una clase de obra que REFLEJE la realidad amarga, porque el proletariado (el sujeto histórico exclusivo de la nueva sociedad) aqui no tiene fuerza, es demasiado escazo, no tiene la consistencia (cualitativa y cuantitativa) necesaria aún para producir sus cuadros que lo representen aún en este torneo.  Claro, sin ignorar en el pasado a personajes que se identificaron con su proyecto histórico y fueron adelantados en sistematizarlo teóricamente, asumiendo esos puntos de vista -de clase- en el ensayo: hablo de Manuel Agustín Aguirre, Agustín Cueva…

Una sociedad con una inmensa clase media -alienada, arribista, trepadora, consumista -sin proyecto histórico alguno- y con un enorme subproletariado sin identidad alguna solo puede producir -por regla general- una literatura que represente y REFLEJE ese statu quo. Es en gran parte la literatura de estos tiempos. Alguien comparaba la pobreza temática de la literatura actual con la de la época posterior a la revolución liberal, de 1895, y a la revolución juliana, de 1926. Y decía que la literatura de entonces tuvo más trascendencia y riqueza “porque había algo que contar”. REFLEJÓ hechos que tuvieron alguna profundidad. En el burdo tiempo, tan pobre en vivencias históricas trascendentes de las últimas décadas, con su colección de frustraciones colectivas, la producción literaria (mayormente clasemediera) es mucho menos trascendente, y se ha dedicado a veces a experimentaciones formalistas, alejándose de una realidad monótona que no “inspira” ser atendida, “porque no hay nada importante que contar”. Es la razón de su pobreza histórica, por más que algunas producciones muestren el indiscutible talento de sus autores, mediatizados inevitablemente por el determinismo de la realidad social. Asi interpreto yo el análisis dialéctico. 

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Un comentario en “Problemas de la literatura contemporánea.

  1. De este extenso ensayo sobre “problemas de la literatura contemporánea”, me sorprende su crítica abierta y frontal cuando se refiere a Donoso Pareja y a Pérez Torres. Simplificando: los desmitifica. Estoy de acuerdo con ello.

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