EL PRINCIPAL ENEMIGO

Por Carlos Lasso Cueva

Se publicó en Meridiano el Martes 25 VIII 2015

En todo caso, el gobierno se siente odiado por una parte de la población nacional. Talvez ya no sean “4 pelagatos” sino el doble, 8 o a lo mejor 10. ¿No es cierto? No ha valido de mucho la propaganda acerca de la obra material voluminosa. No es por ella que la gente se le opone. Es por su estilo de gobierno. Ni siquiera es por su carácter, su falta de inteligencia emocional (detectada en los primeros años). Es por haber copado las funciones del Estado valiéndose de ese raro fenómeno que los brillantes asambleístas de Montecristi deslizaron sutilmente entre los artículos de la nueva Constitución, ese engendro llamado Consejo de Control Social. Nadie de los entusiasmados panegiristas de ese momento se percató del gato encerrado que traía ese simple artículo que permitió levantar un modelo fascista. Es por la enorme y tan favorecida burocracia que se ha dignado crear para construir su aparato: burocracia que se sacó el Lotto.

Ha dado la impresión de que no se gobierna para el país sino para la organización política oficialista.

La gente evidentemente le odia por la represión, los encarcelamientos, allanamientos, enjuiciamientos y la falta de fiscalización. Ha sido un gobierno que ha hecho que en la parte formal se recuerde al de Arroyo del Río.

La gente está seriamente preocupada por la deuda externa que luce inexplicable en un país que en esta temporada tuvo ingresos extras cuantiosos porque el petróleo subió de precio enormemente. Es raro que se haya apelado reciamente al endeudamiento externo habiendo tenido más recursos que todos los anteriores presidentes. Dicen que se está apelando al endeudamiento, ahora, para sostener la marcha del país, a la voluminosa burocracia latisueldista. Eso da la impresión de un modelo con vida artificial. Algunos piensan que ese dineral gastado en la Universidad de Yachay mejor se hubiera empleado en crear colegios técnicos superiores en varias provincias.

Nadie rechaza los policlínicos, puentes, carreteras, locales escolares de muy buena presencia. Nadie cuestiona el que se hayan abolido Universidades de garaje. Casi nadie critica que se haya intentado modernizar al obsoleto y tradicional pseudo Estado Oligárquico. Parece inobjetable que se hayan hecho inversiones para sacar en algo del atraso a poblaciones amazónicas. Todos hacemos votos porque concluya pronto la construcción de los dos nuevos hospitales en Guayaquil. ¿Quién puede criticar que se haya hecho la represa del Bulubulu, que debió ser construida hace cuarenta años?. Eso de construir una red gigante de hidroeléctricas le veo como a la joya de la corona de su excelencia. El Estado pierde una millonada subsidiando como con 10 dólares el cilindro de gas. Reemplazar esto por las cocinas de inducción (importadas… plata que se va) le veo como una maniobra gigante, estratégica–dentro de la administración del Estado capitalista–, para que el Estado ahorre una millonada y pueda exportar gas a precios internacionales. Y de paso, se impone en el paisito una energía limpia, ahorrativa, que será importante en días futuros.

Pero sucede que ha habido muchos bemoles antipáticos en el camino. Un ejemplo: la participación ciudadana fue suprimida despóticamente. Y se ha manipulado demagógicamente el término “socialismo” para aplicarlo a un modelo de consolidación capitalista en el que no le ha ido nada mal ni a la banca ni a algunos conocidos monopolios empresariales criollos: estudiosos como Diego Delgado Jara y Decio Machado han escrito ensayos sobre este fenómeno. El periódico Opcion S, de los socialistas disidentes de Quito, ha publicado algunos análisis al respecto.

Se rechaza la falta de información sobre los gastos. El abultado número de asesores de cada diputado. Los escándalos de corrupción que han ido estallando entre los años fastuosos. Claro que han habido cosas interesantes en el camino: al profesorado nuevo que ganaba 350 le duplicó el sueldo, para poner un ejemplo. Salió en defensa de la cuasi-esclavitud de las empleadas domésticas. Pero fue desagradable que se silencie autoritariamente a asambleístas que se pronunciaron a favor del aborto y que se prohíba en nombre de principios religiosos ese debate democrático. Que no se han dado pasos concretos en beneficio de la soberanía alimentaria. Que se haya permitido quedarse en el país a las transnacionales telefónicas Claro y Movistar, cosa que es vista como su peor auto-gol en el área económica: debió dejar que estas se vayan cuando finalizó su contrato, comprarles su tecnología, y fortalecer a la empresa telefónica nacional. El gasto por la adquisición de esa tecnología se hubiera amortizado en dos años, y desde ahi esas cuantiosas ganancias se hubieran quedado en el país, administradas por el Estado. Quizás esos fondos hubieran hecho innecesario el actual endeudamiento.

El gobierno ha proclamado que sus partidarios son “más, muchos más”. Pero las encuestas le van bajando de sitio a su excelencia, aunque muy lentamente.

La marcha indígena, el paro de trabajadores, han demostrado que de aquí en adelante no se sostendrá basado en su “sex appel” político solamente, sino en la fuerza. Al fin, eso es lo que hacen todos los gobiernos.

Algunos pensaron que la marcha indígena y el paro de trabajadores le pondrían fin al gobierno de su excelencia. Era algo aventurado pensar de ese modo inconstitucional y lo advertí. No fue una buena estrategia (por eso fue un desastre) y se estrelló contra la realidad. ¿Quedará como un micro-ensayo de alguna futura jornada? Pero queda evidenciado que de ahora en adelante se afianzará en la fuerza para mantenerse. No fue el fin: parafraseando a Sir Winston Churchill, diríase que no es ni siquiera el principio del fin. Un gobierno desarrollista o de cualquier índole parapetado en la fuerza puede permanecer un tiempo determinado. Pero la situación económica tiene cara de pescado y por ese lado pueden empezar a rajarse las paredes. La supuesta prosperidad basada en el endeudamiento externo todos sabemos que no es más que un espejismo del gobierno keynnesiano que tuvo la consigna de “gastar todo” para luego tener que empeñar el oro. El tiempo –coincidiremos todos en esto– corre en su contra…

No fue el fin, ni el principio del fin. Ahí se equivocaron los indígenas en sus cálculos estratégicos. Esto fue el fin del principio. Con la marcha indígena fracasada se cierra un enorme capítulo, el más largo. Ahora queda todo librado al curso natural y normal de las cosas. La cuestión económica es la peor amenaza para el gobierno del señor economista. En dolarización no puede sostenerse un hiper Estado inflado estrepitosamente de ministerios y burócratas de oro (conste que no he usado la palabra “despilfarro”, que creo constará en los futuros análisis que hagan los historiadores) y con caravanas de miles de carros que van a Ipiales cada fin de semana a comprar laptos, televisores, cámaras, celulares…porque allá cuestan la mitad. Es una altísima cifra en dólares que se queda en Colombia.

El “capitalismo social” del que habla en sus elucubraciones poéticas mi amigo Juan Paz y Miño ha quedado abofeteado por esta jornada. No obstante, hay que reconocer la abultada obra pública que en cierto modo le ha cambiado el rostro al país. Esta experiencia de un modelo de Estado democristiano dará de qué hablar durante mucho tiempo a los cientistas sociales. Pero nadie podrá dejar de mencionar la palabra “despilfarro” (sobre todo en una enorme burocracia: un personaje guayaquileño manifestó que el gasto en mantenerla ha consumido un tercio de los ingresos del Estado).

Ahora la dialéctica socioeconómica tiene el camino expedito para correr como río presuroso montaña abajo, cuesta abajo, en caída libre. Ningún bunker podrá detenerlo. Destruirá en su camino visiones mesiánicas.

Cualquiera se siente guapo con harta plata en el bolsillo. Tiene para invitar a convites y libaciones exquisitas a sus amigos, a sus panas. Entonces es el vecino más popular del barrio, el más querido. Todos le hacen compadre si tiene los bolsillos llenos. Pero sin plata hasta el más guapo se va poniendo feo, y se queda al fin solitario.

Ojalá la fealdad económica anunciada por los entendidos para el año que viene no nos haga vivir días desagradables a todos.

El principal enemigo del gobierno del señor economista no ha de ser finalmente los indios precapitalistas ni los trabajadores sino la economía. El futuro se avecina con cara de pocos amigos en este terreno. Eso quiere decir que será una época inestable.

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