El peso de la ideología feudal en la colonia

Por Carlos Lasso Cueva.

El peso de la ideología feudal, en la colonia, era, por supuesto, aplastante.

En Quito, la distancia entre la iglesia de San Francisco y la de La Merced es de menos de 300 metros.
De San Francisco a La Compañía 300 metros.
De la Compañía a la Catedral 250 metros.
De la Catedral a la de las Conceptas cien metros.
De esta a la de San Agustín 200 metros.
No recuerdo si entre San Agustín y la de Santo Domingo hay alguna en medio.
Y eso era Quito, entonces, una ciudad bloqueada, dominada. Con santidades supuestas en medio de pecados.
Hipocresía y doble discurso en nombre de divinos principios.
González Suárez en su Historia denunció el escándalo de Dominicos y Catalinas…
Imperaba el fanatismo y la oscuridad.
La Iglesia había confeccionado una lista de libros prohibidos.
Estaba prohibido razonar, leer. No había libertad de expresión en absoluto.
Los indios, sojuzgados, aplastados, humillados…ya sabemos cómo vivían y qué hacían. Mano de obra gratuita para el boato y la acumulación de riqueza de los nobles. Las mujeres indias eran el entretenimiento, la terapia sexual de los hacendados, con los curas cómplices predicando el conformismo y la sumisión, defendiendo el status quo.
Y claro, éramos súbditos de una monarquía que representaba la voluntad de dios.
Fue un tiempo tétrico.
La revolución liberal apenas impuso, a la fuerza, con guerra civil de por medio, el laicismo (teóricamente). Pero la iglesia Católica siguió siendo el más importante y poderoso centro de control ideológico de la extrema derecha: por eso en 1932 (luego de dos revoluciones) ganó las elecciones Neftalí Bonifaz Ascásubi, descalificado por el Congreso de mayoría liberal-socialista, lo que originó la guerra civil conocida como la de los “cuatro días”, que dejó siquiera mil quinientos muertos. Bonifaz Ascásubi había advertido: “Subirá la sangre hasta los tobillos”, y asi fué. Luego apareció Velasco Ibarra, producto salido del bonifacismo, que fue elegido cinco veces presidente.
Las palabras finales de Agustín Cueva en su libro iconoclasta (ENTRE LA IRA Y LA ESPERANZA) que le dió a mi generación un camino metodológico de análisis y reflexión crítica fueron:
“Desde su edad de piedra la Colonia nos persigue. Mata todo afán creador, innovador; nos esteriliza.
Hay por lo tanto que destruirla”.

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