EN EL REINO DE LOS GOLILLAS, de Alejandro Carrión Aguirre.

por Carlos Lasso Cueva.

Se publicó en Meridiano el 29 VII del 2015.

Alguien dijo que Alejandro Carrión Aguirre había dejado una obra más sistemática que la de su ilustre tío Benjamín.
Compré hace un par de años este libro de Alejandro Carrión Aguirre, editado en 1991 por el Banco Central: EN EL REINO DE LOS GOLILLAS.
Ambos Carrión negaron ser historiadores. El maestro Benjamín dijo que solo era “lector de historia”, pero en calidad de tal escribió una obra monumental como El Santo del Patíbulo, del que dijo -con mucha razón- que era su mejor libro.

Empecé a leer medio como para distraerme esta obra   (porque me encanta la historia) que tiene cinco capítulos y recién concluí el segundo. El primero trata de la vida en la recién fundada Quito. Hace tiempo que leí algo sobre Pedro de Puelles, mandamás de ese entonces (asesinado como el marqués Pizarro en su propia casa) pero se me había olvidado por completo. Sobre esta persona versa el primer capítulo. Las intrigas, conspiraciones y combates contra los plenipotenciarios enviados por la Corona. El asesinato del jefe del clan Pizarro y luego el de su hermano Gonzalo. El ambiente siniestro de intrigas entonces predominante. Y la ley del cuchillo que se impuso en la primera etapa. Habla del colosal fracaso de Gonzalo Pizarro en su expedición al Oriente, cuando Orellana avanzó en una embarcación construida en la selva y por el Amazonas consiguió llegar al Atlántico, yendo de ahi a España. Explica la decisión de Pizarro y compañía de desconocer al rey para mandar acá solos, absolutamente, sin rendir cuentas a nadie. Carrión ubica tal cosa como un primer capítulo de la independencia. A Puelles le considera como un avanzado en esta tesis. Puelles y compañia eran gente que vivía al pan que nace, buscando su acomodamiento y su conveniencia. Negras figuras de un proceso histórico nefasto y maldito en donde está el demiurgo del pseudo Estado oligárquico que el Ecuador ha sido durante toda su trayectoria.

El segundo capítulo trata de la vida y obra de Hernando de Salazar de Villasante, Gobernador de Quito,  (que no era pariente del jorobado capitán Rodrigo de Salazar, involucrado en la muerte del pizarrista Puelles) y su lucha por imponer la ley en la relación cruel de los encomenderos y frailes con los indios. Exigió que no haya trabajo sin salario, cosa que enardeció a la naciente “aristocracia”, acostumbrada a tratarles como a esclavos. Construyó un barrio por la Magdalena con 600 casas y otra en Iñaquito con 400 para los indios desamparados que dormían con sus mujeres en las veredas y en las puertas de las iglesias (“si es que los sacristanes no los botaban”). Toda su obra fue destruida por el siguiente jefe máximo de Quito, Hernando de Santillán -un aristócrata cuyo abuelo habia pertenecido a la Orden de Santiago- que se dedicó a defender la explotación y la ignominia. Fue el primer Presidente de la Real Audiencia.

Carrión desenmascara al padre José María Vargas, que escribía defendiendo las injustas cosas de ese tiempo. Y cuestiona al erudito dr. Ricardo Descalzi, empeñado en escribir la historia de acuerdo al punto de vista de los antiguos encomenderos. Elogia la obra que escribió el Dr. Alfonso Anda Aguirre, sobre la vida de ese defensor de indios que fue el Corregidor de Loja, don isidro Melchor de Peñalosa, antepasado mío, como aparece en su libro y al que nuestro autor se refiere también en su otro libro de ensayos “El último rincón del mundo”, citando a su descendencia.

Sale mal parado mi antepasado Diego de Sandoval, al que se refiere como “el encomendero de Mulaló” y cita la enorme cantidad de tributos que los indios a su cargo estaban obligados a darle. Los primitivos terratenientes forjaron sus fortunas a costillas del sudor y la sangre de los indios. No les tuvieron compasión.

Recuerdo una plática con mi tío Patricio Lasso Carrión, que se expresó con pena y desagrado sobre un lamentable antepasado suyo, el famoso Juan de Ampudia, tipo malo hasta el tuétano. Imposible jactarse de esa calidad de antepasados. Ampudia fue un conquistador que colaboró con Benalcázar. Llegó aqui con las huestes de Pedro de Alvarado. Fue el encargado de dar muerte al cacique Zopozopangui, y era conocido como el Atila del Cauca, porque el hombre era una como una fiera sedienta de sangre.

Se ha ensalzado a mi antepasado Diego de Sandoval (su historia fue incluida por Cristóbal de Gangotena y Jijón en la genealogía de la familia Lasso, editada en 1951 por la Academia de Historia. Aparece ahi el escudo de armas que le concedió el Rey). Fue uno de los pocos hijodalgos que llegaron por este territorio en la primera hornada. Sus probanzas fueron publicadas en la revista del Archivo Histórico del Guayas, N° 7, transcritas por el señor Freile Granizo: veré si puedo ponerlas en mi blog. Yo digitalicé ese largo documento lleno de testigos que confirmaban los servicios que había prestado al Rey. Acudió en auxilio de Pizarro cuando estuvo sitiado en Lima. Viajó a España y al regreso se dice que trajo un cuadro de Tiziano. Fue el constructor de la capilla sur de la iglesia de la Merced,en Quito, donde está enterrada mi tía Avelina Lasso de Plaza. En sus probanzas se jacta de que él mató en combate a 500 indios.

Fue enemigo de Hernando de Santillán, un tipo de pésima índole. Para evitarse problemas emprendió su viaje a España. González Suárez lo cita. El Padre Vargas se refiere extensamente a él. Jurado Noboa y Pérez Pimentel escribieron su biografía (la de éste último está en el google). Mi ilustre deudo Jorge Salvador Lara le dedicó dos ensayos. El ensayista Patricio Martínez Jaime habla de él en su libro “las raíces del conflicto”. Osvaldo Hurtado lo menciona en El Poder Político en Ecuador”. El escritor Alvaro Mejía Salazar redactó un estudio sobre él. Aparece en el Diccionario Biográfico de César Alarcón Costta. Creo que es el más famoso de los encomenderos que hubo en este territorio en el que se impuso la ley de la violencia y la fuerza.

El último capítulo del libro de Benjamin Carrión sobre Atahualpa se titula: chaupi punchapi tutayaca…”anocheció en la mitad del día”. Fue la frase emitida por una mujer india cuando supo del vil asesinato de su rey. Las tinieblas, la miseria y la explotación cayeron sobre la raza indígena, y la abatieron durante siglos. Los españoles llegaron y les despojaron de todo. Los sometieron a vejámenes y humillaciones que no pararon ni siquiera con la famosa revolución liberal. Eduardo Kingman tiene una pintura donde reproduce magistralmente la situación de iniquidad y oprobio (acolitada y bendecida por la santa madre iglesia católica, apostólica y romana) que se impuso en estas tierras. El cuadro se titula “Los Guandos”. Fue reproducido por Salvat en la Historia del Arte Ecuatoriano.

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