Títulos nobiliarios que no llegaron a extenderse…

TITULOS NOBILIARIOS QUE NO LLEGARON A EXTENDERSE: de una de las Crónicas de Modesto Chávez Franco.

Por: Carlos Lasso Cueva

Se publicó en Meridiano el 24 III 2015.
La versión que aparece aqui tiene algunos complementos.

Cuenta en sus «Crónicas» Modesto Chávez Franco, que Fernando VII decidió, con motivo de su boda con la primera de sus esposas, otorgar un título nobiliario para alguien oriundo de nuestros territorios. Apenas se supo de esto, la gente de acá se alocó.

Los candidatos debían ser hidalgos, y Chávez aclara que habían varias clases de hidalguía: de sangre, de bragueta, de ejecutoría, de gotera, de pobre cuna, de privilegio y de solar conocido. Nos explica: el hidalgo de sangre era el que pertenecía a la nobleza, tenía origen legendario, feudal, antiguo; el hidalgo de bragueta era el que daba siete hijos legítimos; el de cuatro costados era cuyos cuatro abuelos eran hijodalgos; el de ejecutoria era el que debió litigar su hidalguía, habiéndola obtenido con las justas; el de gotera era el provinciano, rural, al que solo en su aldea pasaba como hijodalgo; el hidalgo de pobre cuna era el que tenía blasones y pergaminos pero había caído en la pobreza; el de privilegio era el plebeyo enriquecido que tuvo dinero para comprar a precio alto su hidalguía;y el de solar conocido era el que tenía casa solariega o descendía del que la tuvo.

Cuenta que los privilegios de hidalguía costaban plata: usar el DON valía 1.400 reales; la dispensa de la calidad de “pardo” 700 reales; de la de quinterón 1.100 reales; la declaración de hidalguía y nobleza de sangre llamado NATALES valía de 60, 80 o 100.000 reales, dependiendo de las probanzas y los entronques.

Eduardo Galeano, en su libro, tan valioso, Las venas abiertas de América Latina (por el mismo vituperado y ninguneado en su vejez, cuando le vino la hora del conformismo y lo menospreció, explicando que cuando lo escribió no tenía los suficientes conocimientos de economía…originando una decepción continental entre sus lectores, y la alegría de todos los ignorantes que tuvieron rienda suelta para desacreditar la obra…que ninguno había leído…algunos de entre estos habían creido que este era el único libro que él había escrito, desconociendo por completo sus otros hermosos libros de relatos como Vagamundo, La canción de nosotros, Días y noches de amor y guerra, y su bellísima trilogía Memoria del Fuego) que fue finalista en el concurso continental de ensayo de Casa de las Américas -junto a El Proceso de Dominación Política en Ecuador, de Agustín Cueva-, nos habla de la España feudal en la que “habían nueve mil conventos, el duque de Medinacelli tenía setecientos criados…hacia 1630 (existían) poco más de un centenar y medio de duques, marqueses, condes y vizcondes…hacia 1700 contaba ya con 625 mil hidalgos. 1700 señala el fin de los Habsburgo. La bancarrota era total. Desocupación crónica, grandes latifundios baldíos, moneda caótica, industria arruinada, guerras perdidas y tesoros vacíos”. Los banqueros holandeses -a cuyas arcas corría el oro expoliado de América Latina ya que España era el país más atrasado de Europa y con ese oro pagaba los productos manifacturados que compraba a los países más adelantados e industrializados- les llamaban a los españoles “nuestros indios”.

Bien: era obvio que el favorecido con ese bendito título sería seleccionado por la gente del Virreynato de Lima, pero de cada circunscripción enviaron nombres: se formaron sendas comisiones, hubo debates y múltiples reuniones de los cabildos para dirimir tan importante asunto.

Y se escogió en el Puerto principal como candidatos a Martín de Ycaza y a Bernardino Echevers, dueños de haciendas ambos. Era en 1806 esto. Enviaron los nombres de estos candidatos, junto con un panegírico de los méritos de ellos como de toda la región, puntualizando su fidelidad al rey. A estas alturas ya nuestro precursor, Eugenio Espejo, había muerto, luego de haber sembrado su luz entre una serie de personajes que se reunían para analizar asuntos más serios como el de la emancipación de España.

En Lima se dio trámite a esta cuestión burocráticamente, y el Virreynato decidió, como era lógico, imponer sus propios candidatos limeños que fueron cuatro: Ignacio de Urué, Francisco Arias de Saavedra, Tomás Muñoz y Jiménez de Lobatón, y Diego Bravo del Rivero y Zavala.

En esta tramitología transcurrieron años. Murió la princesa de Asturias, «por cuya exaltación eran las dádivas» originalmente otorgadas por el padre de Fernando VII, Carlos IV. El resultado fue que en vez de otorgamiento de tan codiciados títulos nobiliarios hubo «duelo, misas fúnebres, rezos, letanías, vigilias», y una tremenda frustración.

Olmedo le cantó una elegía a esta princesa.

Todo el mundo se quedó con los churos hechos.

Pero los pre-candidatos seleccionados quedaron felices, sintiendo cada uno que hubiera sido el favorecido. Y, aunque nunca se precisó qué título sería, todos echaron a correr el rumor de que iba a ser nada menos que un ducado. Todos los descendientes de estos candidatos andan por las calles sintiéndose duques, hasta el día de hoy.

Enseguida vino el grito del 10 de Agosto, la guerra de independencia en Venezuela, la masacre del 2 de Agosto, la conmoción latinoamericana por estas cosas, la primera constitución quiteña de 1812, pero pese a ello hubo mucha gente de las altas esferas sociales que continuó siendo leal al rey. Carlos Montúfar fusiló a algunos aristócratas quiteños por ser confidentes del ejército realista -y delatores- en esos tiempos de lucha armada y rebelión.

Mis antepasados Lasso de la Vega fueron realistas. Los revoltosos y revolucionarios fueron mis antepasados Ascásubi: no les fue nada bien por dedicarse a esas actividades… Francisco Javier fue asesinado el 2 de Agosto, y José Javier tuvo que andar por los techos durante varios años.

Concluye su capítulo al respecto Chávez Franco con este refrán conocido en ese tiempo:

Tres cosas has menester

para justicia alcanzar:

tenerla, darla a entender

y… que te la quieran dar.

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