París era una fiesta, de Ernest Hemingway.

PARIS ERA UNA FIESTA, de Ernest Hemingway.

Por Carlos Lasso Cueva.

Es un libro que trata de la generación perdida y explica cómo nació ese término, relacionado con la época de Gertrude Stein en París, y al que Hemingway había puesto como epígrafe de su primera novela. La Stein era una judía norteamericana adinerada que convirtió su departamento en París en un cenáculo vanguardista. Dramaturga, ensayista y poetisa, hasta se aventuró con una novela a la que Hemingway la encontró de escazo valor literario. Su vivienda fue el centro de encuentro de los escritores de esa época. La retrataron algunos de los que posteriormente se convirtieron en famosos pintores. Ella compró compro cuadros de Picasso, Daumier, Renoir, Monet, Cézanne cuando eran desconocidos. De ella, dice: “ella se peleó con todos los que la queríamos excepto con Juan Gris, y con éste no pudo pelearse porque se había muerto”.

El término, tan famoso, fue a causa del Ford T de la Stein. El dueño del garaje donde se arreglaba dijo, generalizando, “SOIS UNA GENERACIÓN PERDIDA”. Eso se le adjudicó a la generación literaria contemporánea de los USA.
Habla de Ezra Pound y de su amable comportamiento con sus colegas.

Dice que Scott Fitsgerald fue repudiado por Zelda, su esposa, debido a que tenía el pene pequeño, cosa que originó un viaje a ver las estatuas del Louvre con el fin de consolar a éste comparando el tamaño con los penes clásicos del arte antiguo. También habla de la relación fraterna con mantuvo con Fitzgerald, y de una excursión que hicieron por el interior de Francia en el otoño de 1925. Hemingway cuenta que siempre escribía en los cafés, que se demoraba horas tomando una sola taza, y que odiaba ser interrumpido, cosa a la que se refiere Vargas Llosa en su ensayo en el libro CONTRA VIENTO Y MAREA. Dice que Scott tenía un cuerpo ligero y una cara de muchacho. Zelda, su esposa, enloqueció.

Habla de Gertrude Stein, mecenas de artistas y escritores que no gustaba ni de Joyce ni de Sherwood Anderson. El libro está firmado en San Francisco de Paula, Cuba, 1960, y se afirma que es un libro de ficción, aunque en Lexis 22 se refieren al mismo como “una colección de artículos”. Parece que Hemingway incrustó deliberadamente algunas notorias incoherencias a propósito para darle ese carácter de ficción precisamente.

En Hemingway hay una amargura cálida y escribe con ternura y nostalgia de ese París “que no se acaba nunca” y de esa época en que era “muy pobre y muy feliz”, cuando dejó pasar varios trenes para quedarse con su novia antes de ir a ver a su esposa que estaba en Austria. Por eso se quedó en París siquiera unas horas o días de más pero luego volvió al fin a donde su esposa cuyo cuerpo “era hermoso”.

Dice que Ezra era “el escritor más generoso y desinteresado” y que este se preocupaba mucho por T. S. Elliot. Narra que en París se podía vivir “muy bien, saltándose una comida de vez en cuando” y de su amuleto, que era una pata de conejo. Se refiere a la directora de la biblioteca, Silvia Beach, que le prestaba todos los libros que quisiera y que “tenía las piernas bonitas y era amable y alegre”. Dice que nadie le ha ofrecido más bondad que ella en esa época en que “nada era sencillo, ni siquiera el ser pobre”. Dice: “Volví a París con el propósito de tomar el primer tren que saliera de la Gare de l’Est para Austria. Pero la chica de quien me había enamorado estaba entonces en Paris, y no tomé el primer tren, ni el segundo, ni el tercero”.

El libro rebosa de ternura hacia París. Dice: “Aquello fue el final de la primera parte en París. París no volvería nunca a ser igual, aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que cambiaba la ciudad. Nunca volvimos al Voralberg, ni tampoco volvieron los ricos…París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vivido, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices”.

Dice, de Scott Fitzgerald: “Le importaba un bledo que los demás estuvieran trabajando, y se nos presentaba en el 113 de la rue Notre-Dame-des Champs, borracho, a cualquier hora del día o de la noche. Se había acostumbrado a tratar con mucha grosería a sus inferiores o a cualquier persona que él consideraba como inferior…Fue difícil aguantarle durante todo aquel otoño, pero en los ratos en que no estaba borrach logró empezar una novela. Pocas veces le vi sin que estuviera borracho, pero en aquellas pocas veces estuvo siempre simpático y bromeaba, y a veces incluso bromeaba sobre si mismo. Pero cuando se emborrachaba iba casi siempre en mi busca y, dentro de su borrachera, estorbar mi trabajo le daba casi tanto placer como a Zelda le daba estorbar el suyo. La cosa se prolongó durante años pero, durante años también, no tuve ningún amigo tan leal como Scott, cuando no estaba borracho…por entonces Scott detestaba a los franceses…todavía detestaba más a los italianos”.

Se refiere ampliamente a la historia familiar complicada de todo el mundo. Y lo decía con conocimiento de causa: se casó cuatro veces: muy joven, en 1921, con Hadley Richardson; luego, en 1927, con Pauline Pfeifer: ambas trabajaron en la revista Vogue, en París. La segunda, en un viaje a París, perdió una maleta en que se hallaban los manuscritos de un libro. Su tercera mujer fue Martha Gelhorn y se casó con ella en 1940. Ella le alentó para escribir su novela más famosa: POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS. Luego del desembarco en Normandía (que cubrió periodísticamente desde una lancha, pues los militares no lo dejaron desembarcar por considerarlo muy valioso) regresó a París y gracias a los buenos oficios de su vieja amiga Silvia Beach se reconcilió con Gertrude Stein. Su cuarta esposa, a la que conoció en Londres, fue María Welsh. En 1928 su padre se suicidó y él presintió que moriría también de ese modo. Parece que algunos escritores tienen el don de predecir su muerte. Al menos, ese fue el caso de Javier Heraud y Otto René Castillo.

Es un libro cálido. Una historia periodística, una autobiografía narrada en tono de ficción, con abundancia de ingredientes literarios. Nuestro autor dominaba los diálogos. Sus personajes casi no son descritos: se expresan a si mismos. Con un par de pinceladas quedan perfectamente configurados y se sabe lo que se puede esperar de cada uno de ellos. Su estilo es parco, secamente nostálgico. El viaje por cualquiera de sus relatos siempre es conmovedor. Esta obra me agradó mucho. Pasé cuatro estupendos días leyendo este inolvidable libro que, por supuesto, no se le compara con el que más me gusta y que es AL OTRO LADO DEL RIO Y ENTRE LOS ARBOLES, del que se dice que fue inspirado en un amor platónico que experimentó en Italia hacia una linda chica de 19 años llamada Adriana Ivancich, escrita en Cuba, la misma tuvo críticas muy adversas: se dice que es su peor libro, pero… Resentido por la mala acogida a su obra, escribió en pocas semanas, en Cuba, EL VIEJO Y EL MAR, novela de síntesis que fue aclamada.
El yate de Hemingway en Cuba se llamaba El Pilar y el pescador cubano que lo acompañó en esas faenas de pesca se llamó Gregorio Fuentes, y vivió siempre en Cojimar, a pocos kilómetros al Este de La Habana. Ahí fue donde se filmó la película protagonizada por Spencer Tracy. El yate se exhibe en la finca LA VIGIA, que fue propiedad del escritor. Fuentes contaba que las primeras palabras que Hemingway le dirigió fueron: “Quiero que seas mi patrón, y mi primera orden es que te tomes un whisky conmigo, y la segunda que nos vamos a pescar ahora mismo al golfo”. Luego le pidió que le busque un lugar tranquilo para vivir, “donde no lo molestaran”. A ese sitio Hemingway y su esposa le llamaron Cayo paraíso. “Era un cayito chiquito, con una playa muy linda”. Fuentes cumplió cien años de vida en 1997. Se quedó como dueño de la embarcación pero luego la donó a la casa-museo que el gobierno cubano construyó en homenaje a su ilustre jefe.

De la gente que he conocido, el único que me dijo que leyó AL OTRO LADO… fue Angel F. Rojas. Hemingway nació en 1899 y se suicidó en su casa de Arkansas el 2 de Julio de 1961. Ganó el Pulitzer en 1953 por EL VIEJO Y EL MAR. Posteriormente recibió el premio Nobel. Círculo de Lectores editó su libro MUERTE EN LA TARDE, con este comentario: “amó el toreo con pasión y con profundo conocimiento del tema. Libro duro, tierno, terrible y emocionado, muestra de su mejor estilo”.

Ediciones Librería Fausto editó en 1977 por primera vez un tomo de catorce cuentos de Hemingway (que me lo obsequió Alicia Fuentes Morla, que era la responsable cultural del consulado de USA en Guayaquil) titulado HOMBRES SIN MUJERES. Se dice ahí que “sus cuentos son lo mejor de su obra”.

En el libro LA ORGULLOSA HERMANA MUERTE, de Thomas Wolfe, aparece esta declaración de Faulkner: “Wolfe es el mejor escritor norteamericano. Después estoy yo, después Hemingway”.

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