Umberto Ecco: “El nombre de la rosa”.

por Carlos Lasso Cueva.

me puse a leer un viejo reportaje firmado por Silvana Andrade, en la revista Nueva, número 115, de 1985: una entrevista resumida a Umberto Ecco sobre el origen de EL NOMBRE DE LA ROSA. Habla de cómo se preparó para construir esa majestuosa novela. leyendo y releyendo documentos medievalistas, buscando al sujeto narrante. El primer título había sido Adso da Melk, pero lo cambió por La Abadía del delito. En el camino halló listas de nombres de frailes de conventos de esa época, fabricó el plano de la abadía para él mismo orientarse, investigó a los rosacruces y a todo lo que tuviera que tener con rosas en la historia, desde la guerra de las rosas. Leyó un libro de Orfila, el Traité des poisons, precisó el número de gradas de la escalera de caracol para no equivocarse, y en viejas librerías adquirió libros de cronistas medievales, a los que estudió en el tema estilo, atmósfera…investigó a la inquisición. dice que tuvo muy presente a la novela negra norteamericana (Chandler, de ley), y ubicó que la cosa se desenvolvía a través del relato de un fraile nonagenario que recuerda cosas de su adolescencia. Dice: “yo quería volverme completamente medieval y vivir en el medioevo como si fuera mi tiempo. Un amigo, joven, que leyó el manuscrito, le dijo que no entendía las discusiones teológicas, muy eruditas, pero que le pareció que estas actuaban “como prolongaciones del laberinto espacial como si fueran música thrilling en una película de Hitchcock”. Y finalmente se propuso, sobre todo, divertir a los futuros lectores de su obra maestra, a pesar del “estilo narrrativo de Adso que se basa en esa figura de pensamiento que se llama preterición”.

El libro resultó un reflejo perfecto de aquella época. El lector se sumerge por completo en ese mundo antiguo, oscuro, a la vez simple y denso, a la vida conventual de una abadía benedictina, y asume la vida en ese contexto a plenitud. Se familiariza con el astrolabio, el lenguaje de las gemas, el razonamiento inquisitorial, con la serie de sectas apóstatas perseguidas por la Iglesia, con las mútiples divergencias teológicas que se manifestaban país por país, y acepta una serie de términos y palabras de ahora dificil manejo como lémures, súcubos, confalonieros, teofánicos, heresiarcas, nigromantes y otras como silogismo, anagógicamente, hiperuranio, plectro, palimpsesto, lémur, cinocéfalos y es conducido a una larga discusión acerca del concepto de belleza de Aristóteles, dentro de un convento habitado por 60 monjes, entre los cuales la homosexualidad no era desconocida.

En el prólogo del libro Ecco hace algunas confesiones y advertencias acerca de esta obra erudita. Una novela policial en la que un detective fraile franciscano investiga unos misteriosos, perversos e inexplicables crímenes cometidos en una remota abadía. El autor es el anciano y fanático bibliotecario ciego que oculta un tratado de Aristóteles acerca de la risa. Como dice Ecco, su novela es la “versión italiana de una oscura versión neogótica francesa de una edición latina del siglo XVII de una obra escrita en latín por un monje alemán de finales del siglo XIV”. El narrador, Adso, es un monje formado “en el estudio de los textos patrísticos y escolásticos”, que escribe en latín, “con hábitos estilísticos vinculados con la tradición de la baja edad media latina”. La historia se inicia por el año 1327, cuando el emperador Ludovico “restauró la dignidad del sacro imperio romano, según los designios del altísimo, para confusión del infame usurpador simoníaco y heresiarca que en Aviñón deshonró el santo nombre del apóstol”: se refiere a Jacques de Cahors, al que “los impíos veneran como Juan XXII”. Epoca en la que “clérigos inmunes al brazo secular mandaban grupos de fascinerosos que, espada en mano, cometían todo tipo de rapiñas, y, además, prevaricaban y organizaban tráficos deshonestos”. Este Juan XXII “había apoyado a Felipe el Hermoso contra los caballeros templarios a los que éste había acusado injustamente de delitos ignominiosos, para apoderarse de sus bienes.

Este dato acerca de Juan XXII luce como un error. En todos los estudios sobre los templarios, como por ejemplo en el libro de Andreas Beck “El fin de los templarios: un exterminio en nombre de la legalidad: una de las mayores tragedias en la historia de la Iglesia”, que presenta una enorme bibliografía, en la que se trata de exculpar el papel de la misma, aparece que el Papa que autorizó tal cosa fue Clemente V, primer Papa de Aviñon. “La única razón para atacar a la Orden era el expolio de sus tesoros”, dice (pag. 25). Según la leyenda negra de los Templarios, “al ingresar en la Orden apostataban de Cristo, escupían a la cruz, se besaban desvergonzadamente e incluían en sodomía. En el capítulo adoraban la imagen de un ídolo”. El que se encargó de la represión y formular las acusaciones y de realizar todo el trabajo sucio fue un dominico llamado Guillermo Imbert, el gran inquisidor de Francia. Lo que se sabe de los Templarios es que no eran católicos muy ortodoxos, cosa que ahora se está tratando de ocultar en la literatura interesada al respecto, que quiere presentarlos como modelos de catolicismo. Ellos practicaban un culto que recogía sincréticamente tradiciones religiosas antiguas del Medio oriente. En su visión del mundo era muy importante la naturaleza. En España hay vestigios de que adoraban a una virgen negra. No parece cierto en absoluto que hayan practicado la sodomía: por el contrario, en ciertas épocas del año se entregaban a actividades eróticas heterosexuales con campesinas. Hay quienes sostienen que los templarios tuvieron un origen judío. La masonería se reivindica de ellos. Del Papa Clemente dice Beck: “Se rodeaba de parientes siempre con deudas a pesar de las prebendas con que los obsequiaba. Esta parentela del Papa escaza de méritos estaría más que dispuesta a prevenir a los templarios a cambio de dinero contante y sonante”. Se sabe que una serie de caballeros templarios que escaparon de la represión encarnizada lograron refugiarse en España, donde se integraron a la Orden de Montesa, y otros llegaron a Escocia, en donde apoyaron la causa de su independencia frente a Inglaterra. Ahora hay organizaciones que se denominan legítimas herederas de la tradición de los templarios y dicen dedicarse a labores altruistas. Da la impresión de que la Iglesia católica trata de “limpiarse” la mancha del exterminio sangriento de esta orden. Sus caballeros son consagrados en templos católicos. Hubo un grupo templario alemán a comienzos del siglo XX, que contó con la simpatía de Hitler. Beck dice que “el ritual de acceso al grado de Kadosh, en la masonería, exige que se maldiga a Clemente V y a Felipe el Hermoso”. Un grupo templario posterior a la revolución francesa editó en París hacia 1811 -según Beck- un libro con los estatutos de la Orden, muy en la tendencia de la Ilustración.

Ecco presenta en su erudita obra muchos datos sobre los “espirituales”, mejor conocidos como “fraticellis”, grupo de frailes franciscanos en dura pugna con la opulencia del clero oficial amparado por los Papas: vienen a ser como antecesores de la teología de la liberación. Sus peores enemigos fueron siempre los dominicos, que tuvieron a su cargo la “santa causa de la inquisición”. Muestra mucha información sobre los cátaros o albigenses, y menciona a los hugonotes, que fueron asesinados a cuchillo en una semana sangrienta por los católicos, en Francia. La masacre duró varios días y la cifra calculada de muertos según los católicos fue solo de dos mil. Los cálculos protestantes elevan considerablemente esa cifra. Algunos autores hablan de 50.000 víctimas. Esta jornada bárbara se conoce en la historia como “la noche de San Bartolomé”, y fue instigada por Catalina de Médicis. Bajo el reinado de San Luis XIV, en Francia, la inquisición se encarnizó con todos ellos.Los albigenses, sobre todo, eran muy molestos porque predicaban la austeridad. La historia de la iglesia católica está llena de asesinatos y sangre. Las salas de tortura de la inquisición estaban llenas de aparatos que muestran la crueldad insana de esos días. Solo al verlos la gente capturada se doblegaba y confesaba todo lo que los dominicos querían. Hasta los caballeros templarios claudicaron en esas mazmorras terroríficas.

La novela menciona a varios de los anti Papas que hubo en ese entonces, y no recuerdo si menciona por ahi a la Papisa Juana.

El protagonista es un sabio franciscano de origen británico llamado Guillermo de Baskerville, cuya personalidad es descrita en el primer capítulo, quien es un perfecto antecedente de Sherlok Holmes, “Podía contar unas cincuenta primaveras y por tanto era ya muy viejo”. “Hombre de gran sagacidad que había sido inquisidor en Inglaterra e Italia” al que el propio emperador le había confiado la misión que se describe en la novela. Su enemigo era el inquisidor dominico llamado Bernardo Gui.

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Un comentario en “Umberto Ecco: “El nombre de la rosa”.

  1. Esta obra de vasta erudiccion la vi en compañia del dueño de este blog, por aquel entonces que iba a comprender la magnitud de tremendo baño de cultura, en esos momentos en la casa de la cultura nucleo del guayas se presentaban buenas peliculas , confieso que la enorme diferencia entre la novela y su proyeccion cinematografica es abismal no alcanzo a comprender el texto de Eco, mi firme agradecimiento al compañero que hace posible la difusion de estas enormes experiencias

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