TROTSKY. POR RAUL ANDRADE.

LEON TROTSKY. MUERTE Y RESURRECCION.
POR RAUL ANDRADE.
REVISTA VISTAZO.(años 60…)
digitalizado por Carlos Lasso Cueva.

(en este link, la información sobre Ramón Mercader, el estalinista que mató a Trotsky y luego fue condecorado en la URSS, vivió en Cuba:https://www.google.com.ec/#q=ramon+mercader).

León Trotsky, organizador del Ejército Rojo, estratega de la insurrección proletaria de Octubre, polemista genial, brillante escritor. Su vida fue una completa e inquietante aventura revolucionaria, culminando en una muerte violenta no totalmente esclarecida.
El cerco se iba estrechando. Eso lo sabía y lo presentía el desterrado con esa hipersensibilidad que suele dar el frecuente contacto con el riesgo a los luchadores de casta. Había escapado en otro tiempo de la “tundra” siberiana, de los sabuelos de la “Okrana”, hasta de los “casuales” atentados del frente de combate. Ahora se sentía asediado por invisibles ojos escrutadores que seguían sus pasos desde la isla de Prinkipo, en donde lo asilara Mustafá Kemal, hasta el inhospitalario burgo de Brianzon en donde lo asilaran sus antiguos amigos, los socialistas franceses, con temerosas reservas. Era un proscrito del mundo. Las largas y afiladas zarpas de Stalin, tejían calmadamente las cuerdas de la red en que había de caer un día u otro. No se detenían las amenazas en torno a su persona. Su primera mujer, Alejandra Sokolovkaia, deportada en Siberia, moría poco después en el más completo abandono; su hijo León se suicidaba misteriosamente en un mísero albergue parisiense de Montparnasse; la hija mayor, Zinushka, seguía a su hermano por la misma desesperada portezuela; ahora le tocaba el turno a Sergio Zereztra, su hijo menor, nacido de su segundo matrimonio con Natalia Sedova, detenido en las cárceles estalinianas como rehén y presunto “suicida”.

Asi había golpeado la venganza de Stalin, fría, calculada, delirante como una pesadilla, sobre el desamparado fugitivo que un día osó oponerse virilmente a sus ambiciones políticas, después de la desaparición de Lenin. Prodigio de entereza, de bravura y de inteligencia fue la existencia de este conspirador consuetudinario. Después de la fallida revuelta de Petrogrado en 1905 –que fue como un ensayo general de la revolución de Octubre- lograba escapar a la policía zarista y refugiarse brevemente en algunos países de la Europa Central; en España por último. Más tarde reaparecía en Nueva York, en vísperas de la abdicación de Nicolás II y de la revolución menchevique de 1917. Allí recibiría el llamado de Lenin, desde su escondite en Finlandia.

El ejército zarista se deshacía como nieve en la primavera. Oleajes de soldados afluían a Petrogrado, abandonando el frente. El caos era indescriptible. Los oficiales se desprendían los signos visibles de sus respectivas jerarquías y se fundían con la tropa ansiosos de salvar la vida cuando menos. Los campesinos arrojaban por las ventanas de los castillos a los bárbaros señorones feudales y prendían fuego a sus vastas propiedades. Kerenski trataba de empinar, difícilmente, su magra estatura de intelectual sobre los altos tacones cosacos, para ensayar un pálido simulacro de autoridad. Antiguos aristócratas y validos del régimen hundido, cambiaban de postura y buscaban abrigo bajo las altas columnas del palacio Táuride; otros, en cambio, rellenaban sus valijas de joyas y valores para ganar el camino de la emigración; los menos, los más valerosos, emprendían en una contrarevolución desesperada, yendo a engrosar los ejércitos blancos de Koltchak, Wrangel y Denikin, en un imposible esfuerzo por restaurar un sistema condenado desde mucho antes por la ineptitud de Nicolás II, la histeria de Alejandra Feodorowna, la concuspicencia de los grandes duques, la voracidad de los funcionarios, la incapacidad militar de los generales. Jamás en la historia se ofrecía un campo de cultivo más vasto para la proliferación de los gérmenes revolucionarios, como el que ofreciera Rusia desde los primeros meses de 1917. En pocos días, el ruinoso edificio del zarismo se venía al suelo; de él ya no quedaba otro vestigio que una familia desamparada y a merced de la tempestad: Nicolás II, su mujer Alejandra Feodorowna, las cuatro grandes duquesas y el pequeño zarevitch, enfermizo y endeble, que pronto desaparecerían por la escotilla sangrienta de la revolución.

En tales circunstancias, arribaba León Trotsky a una estación del Báltico. La revolución tambaleaba al empuje de los ejércitos de Kornilov y Brusilov que, tardíamente, intentaban desviar su curso impetuoso y arrasador. La minoría bolchevique actuaba desde la clandestinidad, con escasísimos efectivos. La soldadesca borracha no reconocía ya jefes ni autoridad, abandonaba las armas y se entregaba al saqueo de los viejos palacios del canal de la Fontanka. Comenzaban a reaparecer los extraños rostros hirsutos y barbudos de los emigrados, de los prisioneros de las cárceles siberianas, de los antiguos terroristas. Boris Savinkob, el misterioso “general B0” de los atentados dinamiteros, resurgía en el gobierno provisional, con su monóculo, su calva lisa y sus “tics” de aristócrata degenerado; el príncipe Lvov realizaba estériles esfuerzos por darle un contenido legal a semejante incontrolable sacudimiento social. Lenin mismo, su calva de marfil entre las manos, se debatía desesperadamente buscando una salida. Los acontecimientos habían ido más allá de las previsiones, llevándose en la cresta del oleaje el castillo de naipes de la teoría. Solo las profecías delirantes de Rasputín tenían un cabal cumplimiento. El monje satánico, ebrio de vodka y de visiones apocalípticas, había anticipado breves días antes de su asesinato: “Veo correr mucha sangre en Rusia. La sangre aumentará el caudal de los ríos, se llevará todo consigo. Por muchos años, sobre la tierra rusa, no habrá sino desolación, miseria, muerte. Los señores se irán”.

En Diciembre de 1916, el gran duque Dimitri, el príncipe Félix Youssoupov, el diputado Puritchquevitch y dos o tres partiquinos más, ejecutaban en los sótanos del palacio Yousspupov al extraño “staretz”. Los príncipes ensayando de liberarse de sus oscuros complejos y de afirmar su virilidad vacilante, sacrificaban al “mujic” a quien la histeria mística de Alejandra Feodorowna y la debilidad mental de Nicolás II, ascendieron a una inesperada categoría de “consejero espiritual” y cuya creciente influencia fuera turbiamente aprovechada por especuladores, intrigantes y agentes secretos al servicio del káiser.
Guillermo II, como se ha de contemplar en el gran cuadro histórico de la guerra, resultaría el verdadero dinamitero del imperio ruso, con Rasputín, primero, con la carga explosiva del “vagón precintado” más tarde.

Trotsky, a más de polemista incisivo y crítico penetrante y sagaz que manejaba la ironía como una “nagaika” cosaca, era un hombre de acción, enérgico y decidido. Asi se lo contempla en su perfil de ave de presa; en sus ojillos asiáticos, taladrantes y observadores, detrás de los cristales de un característico “pince-nez”; en su cabellera de rizos alborotados. El contacto con el peligro endureció sus rasgos faciales; la diestra se crispaba sobre el pecho, como subrayando sus determinaciones. Escueto y rígido, ese hombre que jamás manejó una espada ni disparó un fusil, ni se inclinó sobre las cartas topográficas de los institutos militares, iba a dominar el tumulto y a forjar el instrumento de acero del ejército rojo, enderezándolo hacia el corazón de las fuerzas contrarevolucionarias. Cuando Lenin aún titubeaba ante los hechos, Trotsky se adelantaba a ellos y los sometía con una prodigiosa intuición de estratega genial. Asi produjo, en una decena de días, el sensacional vuelco del régimen Kerensky y la captura del poder, apoyado en los marineros de Cronstandt y del Báltico, en escuadras dispersas de soldados y obreros, sólidamente argamasadados por su energía y voluntad de dominador del caos y creador de una disciplina de hierro. En escasas semanas nació el “ejército rojo” y la revolución pudo oponer un frente articulado eficaz a las vicisitudes de la guerra civil, barriendo a las bandas piratas y a los cuerpos de ejército de los generales zaristas, paralizando, también, a las avanzadas de la Entente, como a las fuerzas germanas.

La suerte de la revolución quedó sellada.
El papel de Trotsky se reveló decisivo en el curso de la guerra civil y los nuevos amos de Rusia pudieron entregarse a sentar las bases del “Estado socialista”. Pero, la revolución rusa no escapó al amargo destino de todas las grandes convulsiones sociales. En toda revolución, hay un hombre que la imagina y la planifica, otro que la ejecuta y un tercero que la aprovecha. Tal fue el proceso de la revolución rusa. Lenin la imaginó con su clarividencia de profeta; Trotsky la ejecutó con su recia personalidad y su fe sin desmayo; Stalin la aprovechó, primero, para devorarla, más tarde, con su taimado cálculo.

Entonces advinieron la intriga, la calumnia, la proscripción, la persecución sin término, el asesinato por último, como otras tantas etapas de la revolución traicionada. Trotsky ya veía venir su fin. En 1935, durante su breve asilo en Brianzonm escribía en su “Diario de exilio”: “Todas las miserias de nuestra vida personal , pasan al último plano frente a las preocupaciones por Séreza (su hijo menor, Serguei) y los nietecitos. Ayer decía a Natacha: Vista ahora, la existencia antes de la carta de Leva, casi puede aparecer bella y serena”. Natacha, por amor a mi, se comporta con gran firmeza, más todo lo siente con mayor profundidad. El estímulo de la “venganza personal, ha penado siempre, mucho, sobre la política represiva de Stalin. Kamenev me contaba un día como, los tres –Stalin, el mismo Kamenev y Dzerzinski- en el estío de 1023, habían pasado una jornada en Zubalov, en conversación de “corazón a corazón”, ante una botella de vodka. Estaban cosidos a doble hilo por la campaña apenas comenzada contra mi. Después del vodka, en la terraza, la conversación recaía sobre argumentos sentimentales, gustos y preferencias personales o cualquier cosa del género. “En materia de placer- decía Stalin- no hay nada como identificar al adversario, vengarse a satisfacción, e ir a dormir tranquilamente”. Su deseo de venganza, en mi caso particular, ha quedado completamente insatisfecho: me ha dirigido golpes, llamémosles asi, físicos; pero en el plano moral no ha obtenido nada. No me ha anulado políticamente, no me ha llevado a “actos de contrición”, al aislamiento. Al contrario, he adquirido una fuerza de propulsión histórica que es ya imposible detener. Esa es para Stalin, causa de gravísimas aprensiones: este malvado teme las ideas porque conoce su fuerza explosiva y mide su debilidad ante ellas. Más, es demasiado perspicaz para no darse cuenta de que, por nada cambiaría mi sitio con el suyo; de allí su psicología de hombre herido. Pero si la venganza no ha quedado satisfecha en el aspecto moral –y es claro que no la obtendrá jamás- se puede siempre compensar ese vacío con medidas policiales en perjuicio de seres que me son caros. Naturalmente, Stalin no vacilaría ni un segundo en organizar un atentado contra mi vida, pero teme las consecuencias políticas: la acusación recaería, sin ninguna posibilidad de duda sobre él…”.

Con esta singular clarividencia apuntaba Trotsky su más íntimo pensamiento, tanto más íntimo cuanto que confiado a un “diario” de impresiones generales, sin equivocarse más que en el aspecto de las “consecuencias políticas” del atentado. Trotsky, con todo su frío y claro razonamiento, no alcanzaba a comprender que, en política, la victoria pertenece casi sin limitaciones al victimario. La víctima, en verdad, no tiene nada que ofrecer, nada, tampoco que distribuir. La víctima es, siempre, incómoda a quienes le sobreviven. La justicia, con su “jota” ornamental, es una deidad ciega, al servicio de quien la puede manejar. En cuanto a la “sentencia de la historia”, esa no rectifica los hechos: los consolida y los sanciona. Y sancionar no tiene siempre una equivalencia de punición, cuanto de libre curso.

Cabe, pues, imaginar al proscrito, roído por la inquietud y la angustia, respecto a la suerte que el odio de Stalin reservaba a los seres queridos que quedaron en Rusia, sin considerar en la de aquellos que ya pagaron con la muerte el grave delito de su parentesco con Trotsky; cabe imaginarlo, también en aquel burgo perdido de Brianzón, obligado a aceptar la ofensiva hospitalidad de los franceses y a sustraerse a la vigilancia de las autoridades, como a la murmuración de las comadres de barrio. Pero, para tan estóico personaje, aquellos serían los males menores del destierro.

Más insoportable habría de resultarle la cotidiana comprobación de la cobardía, la estupidez y la traición de los socialistas europeos. “En Stresa, anota el 14 de Abril de 1935 en su citado “Diario”, “tres socialistas con chaqueta volteada, Mussolini, Laval y MacDonald, representan los intereses “nacionales” de sus respectivos países. De los tres, el más despreciable, el más incompetente de todos es MacDonald…” Todavía ignoraba el desterrado lo que disimulan los bigotes canosos y la corbata blanca de Laval, En cuanto a Mussolini,, éste ya había elegido su camino, pero, al menos, asumiendo sus responsabilidades.

Fue un año más tarde, cuando los socialistas noruegos no sabían cómo desembarazarse del incómodo huésped a pesar suyo, que el democrático régimen del general Lázaro Cárdenas, por insinuaciones del pintor Diego Rivera –que más tarde se pondrían en claro – extendía a Trotski una invitación para residir, sin límite de tiempo, en territorio mexicano. Por fin los “democráticos” gobiernos de Europa hallaban la oportunidad de descargarse del incómodo fardo que les significaba la presencia de Trotsky. En la común animadversión hacia Trotsky se fundían los “ultras” de derecha e izquierda, con los abúlicos conformistas del centro. Así se embarcaba rumbo a México, en el puerto de Oslo, cuando empezaba a arder la segunda República española y fascistas, comunistas y demócratas por igual, convertían a España en campo experimental de las más extrañas estrategias. El espíritu liberal que alienta en los estratos de la vida mexicana, aceptaba con generosidad el peligroso y explosivo encargo de asilar a León Trotsky. El pintor Diego Rivera, cuyo vientre abultado y cuyos colmillos solitarios dábanle una apariencia de tiburón parado en las aletas de la cola, ofrecíale sus propia residencia, en la apacible Coyoacán, en los suburbios de Ciudad de México, poniendo en movimiento, con su peculiar destreza, todos los resortes publicitarios con que solía sobredorar su discutible obra de pintor “genial”. Objetivos exclusivos de propaganda, fueron interpretados como emanados de un generoso impulso; asi, la ruptura de Diego Rivera con el estalinismo debía revelarse, más tarde, como una desvergonzada simulación orientada a atraer a León Trotski a la encrucijada en que habría de perder la vida.

Fines publicitarios, igualmente, habrían de impulsar a otro de los “grandes” de la pintura mexicana, Alfaro Siqueiros, a vestir el uniforme de la policía federal –triste disfraz para tan “excelso” artista- con el cual, a la cabeza de veinte malhechores, iba a cumplir en Mayo de 1940 el primer atentado contra la vida del ilustre proscrito, en un asalto tan cobarde como inútil. El desterrado resultaba indemne. Pero su clarividencia no le abandonó. “Esta vez, confió a su mujer, es el fin…”. No tenía que esperar más de noventa días para ver cumplida su profecía. El 20 de Agosto de aquel mismo año, sinuoso y taimado como todo asesino de escuela, un supuesto Jacques Mornard, se deslizaba como una serpiente en el refugio de Trotsky y le hundía en el cráneo un pico de alpinista.

Quién era Mornard? A qué estímulos obedecía? Las indagaciones judiciales no pudieron o no quisieron poner nada en claro, por aquellos días. Mornard era un enigma, amparado por anchas influencias en Ciudad de México. Nadie conocía oficialmente su identidad, pero en los círculos de emigrados republicanos españoles, algo se sabía.

Fue en el estío de 1945, en una tertulia del Café “París”, que el pasajero oyó pronunciar por primera vez el nombre de Caridad Mercader, en estrecho asocio con el del asesino de Trotski. Un dibujante madrileño, que alcanzó merecida notoriedad en la prensa española de anteguerra, la designó con un mote despectivo, en la tertulia: “Ya está otra vez aquí la víbora esa”, dijo. “Habrá vuelto por el hijito, sin duda”, replicó un tercero. La tertulia cobró animación, e inesperadamente, el pasajero se informaba que Caridad Mercader, española de origen, y una de las más diestras y peligrosas agentes del stalinismo, era la madre del asesino de León Trotsky, Ramón Mercader, como su nombre lo indicaba.

Durante cerca de veinte años, la policía mexicana habría de custodiar el secreto del asesinato de Trotski. Ahora, el asesino, custodiado por dos “diplomáticos” comunistas, se había reintegrado a la Unión Soviética. ¿Va a purgar el crimen cometido? ¿Va, en cambio, a recibir el premio de su hazaña? ¿Va a escribir, tal vez, sus memorias, con el título “Yo maté a León Trotsky?, agregando un título más a esa ya extensa bibliografía del asesinato contemporáneo, que cuenta ya con excelentes piezas de cinismo como aquel “Yo maté a Rasputín” o aquel otro “Yo maté a Mussolini”? El hecho es que el asesinato de Trotsky parece convertido en una peligrosa “arma secreta” que pretende esgrimir en el seno del partido comunista ruso, defensores e impugnadores de Stalin, el indudable autor intelectual del crimen, dizque porque “Trotski iba a entregar la Unión Soviética a las legiones de Hitler”. Los asesinos, como se ve, carecen de imaginación cualquiera sea la latitud en que se desenvuelvan.

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