LA DICTADURA DE BOLIVAR: PIO JARAMILLO ALVARADO

LA DICTADURA DE BOLIVAR.

PIO JARAMILLO ALVARADO.

Digitalizado por Carlos Lasso Cueva. Mayo del 2013.

Nota personal: Me tomé el trabajo de digitalizar este ensayo de Pío Jaramillo Alvarado, publicado en 1960, en el voluminoso tomo titulado ESTUDIOS HISTÓRICOS, por la Casa de la Cultura de Quito. Me percaté de que el gran historiador ecuatoriano ofrece aquí una semblanza de Bolívar que no coincide con la que nos han enseñado en los textos escolares ni con la que nos ofrecen de él los actuales políticos. Conocí siendo niño al autor de este ensayo, en reuniones familiares en casa de mi abuelo Cueva Celi.

Me pareció pertinente agregar al comienzo estas citas del  famoso biógrafo e historiador Don Alfonso Rumazo González, asi como las del maestro Cevallos García y de Mentor Mera, para que sirvan en la reflexión de lo que fue en realidad la independencia.

por ahi todavía algunos hablan de “los ideales libertarios de Simón Bolívar”!
El autor del despótico código bolivariano
el demiurgo del extinto partido curuchupa
el dueño de esclavos
el que entregó canallescamente al ilustre Miranda a los españoles a cambio de un pasaporte
el amigo y consejero del sátrapa sanguinario Juan José José Flores.
el gran dictador que se granjeó el odio de bolivianos, peruanos, colombianos y venezolanos
el enemigo de los liberales de su época
el autoritario bajo cuya égida se fortaleció el latifundismo
el agente al servicio del imperio británico que le financió sus guerras y al que luego, en el poder, les entregó las minas de toda la región a compañías inglesas
el que, cuando llegó a Quito, leyó el segundo grafyti de nuestra historia (el primero se puede decir que fue el de Espejo): ULTIMO DIA DE DESPOTISMO Y PRIMERO DE LO MISMO
el admirado por ese cenáculo reaccionario de extrema derecha que fue en el pasado siglo la Sociedad Bolivariana.

Los subrayados son míos.CLC.

Tomado del libro ESTUDIOS HISTORICOS, publicado por la Casa de la Cultura de Quito en 1960.

“el 8 de Mayo llegó la hora del adiós, que quizá el Libertador lo consideró definitivo, pero que Manuela interpretó como transitorio…era una de esas mañanas brumosas de Bogotá, frías y tristes. Aún el sol no había roto la neblina. Montó a caballo el grande hombre y partió con sus acompañantes. El caminaba directamente a la muerte, y para ella estaba reservado un calvario de varios años. ¡Qué inolvidables aquellos momentos! Cuando el Libertador pasaba por la plaza principal, un corrillo de gentuza plebeya se le acercó para despedirlo con este apodo que le pusieron sus enemigos: ¡Longaniza, Longaniza! (era el apodo de un loco que por aquellos años vagaba por las calles de Bogotá y acostumbraba vestirse como militar”. Alfonso Rumazo González: “Manuela Sáenz”. Pag 196. (Edime).

Principio del formulario

Final del formulario

 

en su biografía de Manuela Sáenz, dice Alfonso Rumazo (pag 111: edime): “parecían no libertadores, sino mas bien conquistadores. Causaron disgustos muy profundos. Vinieron, en seguida, las cargas tributarias. Más pesadas, naturalmente, que las de la Colonia, pues había que sostener una administración más costosa y un ejército que, para pueblos pequeños y pobres parecía una carga imponderable…un desengaño grande sucedió a los entusiasmos iniciales“.

“Opera Miranda en Londres con su actividad  magnífica. Oficialmente se prepara una expedición de ocho mil hombres que intentará la toma de Venezuela”. (pag 49). Alfonso Rumazo: “Bolívar”. EDIME.

“Bolívar, Montilla, Chatillón, Carabaño, resuelven apresar a su jefe que duerme tranquilamente en la residencia de Manuel María de las Casas, capitán del puerto, y que apenas amanezca proyecta embarcarse. Son las tres de la mañana…Como Casas forma parte de la conjuración, entren los oficiales del General y le despiertan…en tanto que a  Miranda le ponen grilletes. Bolívar se refugia en casa del marqués de Casa León y gestiona pasaporte…”Está bien –contesta Monteverde, y añade, dirigiéndose al secretario, Bernardo Muro-: Se concede pasaporte al señor Bolívar, en recompensa del servicio que ha hecho al rey con la prisión de Miranda”. (67). Alfonso Rumazo: “Bolívar”.

“Esta secreta efervescencia hacia la insurrección prende en los criollos poderosos, que ambicionan mayor poder; en las clases dominantes. El pueblo –salvo contadísimas excepciones locales- hállase ausente del anhelo; considera, por anticipado, que le da  lo mismo un amo que otro…En varios lugares de América se alcanzará la independencia a pesar de la mayoría de los americanos de tales regiones “(49)…Alfonso Rumazo González: “Bolívar”.

“El Espíritu revolucionario contra la corona…solo figura y palpita en unos cuántos aristócratas a quienes se les niegan las altas posiciones y sus consiguientes ventajas (15). Alfonso Rumazo González: “Bolívar”

“El ejército  real, asistido por una brillante juventud oriunda del lugar, era más peruano que el ejército libertador” (pag 107). Alfonso Rumazo: “Sucre”.

“Aquel 13 de Mayo, por iniciativa del doctor Ramón Miño, procurador de Quito, y portavoz del Cabildo de la ciudad, reúnese en la Universidad una “Junta  de Notables”. El pueblo no actuó en ningún sentido”. Pag 224. Alfonso Rumazo: “Sucre”.

De la primera Constitución Ecuatoriana: art. 12: Para entrar en el goce de los derechos de ciudadanía se requiere:

2.- Tener una propiedad raíz, valor libre de 300 pesos, o ejercer alguna profesión o industria útil, sin sujeción a otro, como sirviente doméstico o jornalero”.

3.- Saber leer y escribir.

Art 34, a su vez, indicaba que una de las condiciones para ser diputado era: “Tener una propiedad raíz, valor libre de 4.000 pesos. O una renta mensual de 500 pesos…

Asi pues, la representación popular estaba en manos solo de ricos. En efecto. Un maestro de ciudad ganaba de 8 a 10 pesos mensuales. Aún de los altos empleados, la renta no llegaba a los 40 pesos mensuales”. De la HISTORIA DEL ECUADOR (para sexto curso) de Gabriel Cevallos García. Pag. 15.

“Las acusaciones contra el monarquismo de Bolívar persisten. El Perú se alza abiertamente contra su “Presidente Vitalicio”. Por todas partes se repudia el “Código Boliviano”, aquella constitución que establecía presidente vitalicio…El drama de Colombia se ha desarrollado entre los dos términos: el democratismo de la Constitución de Cúcuta y el monarquismo del código boliviano…Venezuela repudia a Bolívar y le declara fuera de la ley”. Mentor Mera: “El proceso sociológico del Ecuador”.

 

“No se operó la transformación…al contrario, creció el latifundismo con el empobrecimiento popular, con la concentración agraria en manos de la nobleza criolla…una soldadesca desocupada, atorrante, corrompida, convertida en chuzma política, sin más programa que el atraco y la más licenciosa vida…Hombres de aquel Apure épico y salvaje llegaron un día a Quito, se emborracharon, saquearon, violaron, cometieron toda clase de abusos…Flores mismo ha salido de esta gruta vándala…en Puerto Cabello Flores es un guaja, un pillo de las playas…con su zalamería y su elasticidad, y su arribismo… en transacciones con agiotistas logra apropiarse de la famosa hacienda “La Elvira”…Mentor Mera. “El proceso sociológico del Ecuador”. Pag. 276…

Pío Jaramillo Alvarado.

La dictadura de Bolívar.

En la historia de los países sudamericanos culmina un momento en el que, de la opinión concorde de sus dos más altos próceres, Bolívar y San Martín, pudo brotar un acontecimiento trascendental en el porvenir de este continente.

Si estos generales hubiesen coincidido, en la entrevista que celebraron en Guayaquil, en la que San Martín propuso el restablecimiento de la Monarquía en América, todas las  batallas por la Independencia, todo el heroísmo exaltado por el afán libertario, todo el idealismo democrático, que saturaba el mundo, habríase convertido en una negación histórica y en el fracaso pleno de la aclimatación republicana en las tierras de América.

El General San Martín ya había propuesto antes al General español La Serna, el restablecimiento de una monarquía constitucional en el Perú, debiendo ser elegido el Monarca por las Cortes Generales de España. Debía también cooperarse a la unión del Perú con Chile para que integrasen dicha Monarquía, haciendo iguales esfuerzos respecto de las provincias del Río de la Plata. Esta misma propuesta ampliada al ingreso de la Gran Colombia, fue la que discutió San Martín con Bolívar en Guayaquil, el 26 de Julio de 1822.

El General argentino alegó el peligro de la anarquía por la ambición militarista, desencadenada ya en momentos en que aún no culminaba la independencia: expuso la incultura y la heterogeneidad de las razas en América, la ignorancia del clero, y recordó el ejemplo del Brasil como digno de imitarse.

Bolívar rechazó con tacto exquisito las argumentaciones del Protector del Perú, y le habló de los principios republicanos como el ideal aclimatado ya en los Estados Unidos; de la imposibilidad de contener la corriente ideológica del siglo esparcida en el mundo.. Y conviniendo en el peligro de las revoluciones tan luego como quede asegurada la independencia, mantuvo, con todo, el ideal republicano como el propicio para las naciones sudamericanas.

Dos años después, en 1824, Bolívar sostenía su criterio político, y al hablar con el Comodoro Hul: “Estos países, dijo, no pueden progresar en los próximos cien años, pues es preciso que pasen dos  o tres generaciones. Se debe fomentar la inmigración europea, y la de América. Con esto, un gobierno inteligente, escuelas gratuitas y matrimonios con europeos y anglo-americanos, cambiaría en todo el carácter de pueblo y serpa ilustrado y feliz”.

Afirman también los testigos de la conferencia de Bolívar y San Martín en Guayaquil (Pérez y Mosquera, secretarios del libertador), que aquel le presentó al  General argentino, como el mejor argumento, una carta enviada a Lima, en la que se anunciaba una revolución que los Jefes del Ejército peruano preparaban por no estar de acuerdo con sus principios políticos. San Martín, al leer la carta, dijo: “Si esto se verificase, doy por terminada mi vida pública, pues dejaré mi patria y partiré a Europa a vivir en el retiro. Ojalá que antes de cerrar los ojos pueda ay celebrar el triunfo de loa principios que Ud. defiende: el tiempo y los acontecimientos dirán cuál de los dos ha visto el futuro con mayor exactitud”.

Aún vibraban resonantes las dianas de Pichincha, los triunfos de Junin y Ayacucho no eran un hecho realizado, y los grandes capitanes ya sufrían la inquietud de próximos desastres por la guerra civil que perfilaba sus trágicas ambiciones. El militarismo prócer amenazaba aherrojar, conseguida la independencia, los atributos de la libertad.

Y el desencanto de  los caudillos de la guerra magna, tenía su correspondencia en el sentimiento popular. La impresión que los batallones colombianos, héroes de cien combates, produjo en el ánimo de los ecuatorianos a recién incorporados a la Gran Colombia, no fue favorable al ideal republicano.

“Desde los primeros días que se dejaron conocer los soldados de la libertad entre nuestros pueblos, dice don Pedro Fermín Cevallos, acostumbrados a ver el lujo y aparato de los cuerpos españoles, quedaron como absortos, y, tal vez, arrepentidos de haber echado tantas vivas a militares pobres, casi desnudos y sucios, que, con mil géneros de bromas, díscolas o ingeniosas, pedían o quitaban, cuando había resistencia, lo que querían. Un acento e idiotismo distintos de los suyos, fanfarronadas agudas y toda clase de inmoralidades, una arrogancia opresora para con todos; les hizo saber por primera vez que había en la tierra otra especie de gente en hábitos y costumbres y hasta en lenguaje. Repugnábales, sobre todo, ver tantos negros o mulatos con charreteras, y que hasta estos les mirasen sobre el hombro; cosa que para ellos, no podía estar ni estaba en el mapa, como decimos”.

“Los hombres timoratos y de religiosa moralidad creían ver introducida la corrupción entre las familias, y aún pensaban que la antigua Presidencia iba a infeccionarse de herejía; porque observaban que ni jefes, ni oficiales ni soldados oían misa ni rezaban, cuando ellos, en lugar de arengas y proclamas, al principiar los combates se confortaban con rezos y oraciones; La patria, a su juicio, andaba a pasos largos camino del infierno. Otros sólo escuchaban las disputas o sólo veían los mismos excesos que reflejaban al vivo el tiempo de los godos, e incapaces de comprender el estado de guerra en que seguía la República, no podían darse la razón por qué habían deseado tan solícitos una libertad huera, cuando no hicieron más que pasar del despotismo español  a l despotismo militar. En Quito hubo quien se aventurara a fijar un pasquín que decía:

“Ultimo día del despotismo,

Y el primero de lo mismo”.

“Los hombres pensadores vieron igualmente con sumo desagrado las exageradas pretensiones de los que habían venido a favorecer, y empezaron a sentir el grave peso de esa gratitud que impone el protector al protegido. De cuanto habían esperado de la independencia ya satisfecha, sólo conocían sus excesos y extravíos, término a la vez de aquella adquisición; por manera que si no se extinguió del todo su fervoroso entusiasmo, llegó a lo menos a enfriarse y quedar como apagado. Un largo sartal de Generales, Coroneles, Comandantes y Oficiales, los más de ellos sin educación ni modales, cundían por las oficinas públicas, y sus mandatos, ejecutivos y despóticos, tenían agitadas y aburridas a las poblaciones. Comandantes en Jefe, Comandantes departamentales, Comandantes de Provincia, Comandantes de cantón, y aún de parroquia, cruzándose de aquí  para allá; tales eran las autoridades que regían a  nuestros pueblos sin que los civiles tuvieran la menor potestad para reprimir, cuanto más cortar los abusos. Los preparativos de la Campaña para el Perú y las no terminadas todavía contra Pasto habían estancado los poderes y solo se oía la atronadora voz de los militares. El vaivén incesante de las tropas, vaivén que demandaba reclutas, dinero, bagajes, alojamientos y más auxilios, sin que los transeúntes pudieran contar con la seguridad de sus personas, ni de sus animales, ni de otras propiedades, apuraba el sufrimiento. Aún nuestro mezquino comercio interior, si no del todo cerrado, estaba paralizado. La agricultura sin brazos, la industria muerta, y los oficios reducidos a los que, según dijimos, llamaban  maestranzas… “El Libertador, hombre de bronce y azogue para la resistencia y la movilidad, pasaba, repasaba y trajinaba por nuestros pueblos, según lo demandaban las necesidades de la política o de la guerra, y estos viajes costaban al Estado sumas inmensas, atenta su pobreza. Autorizados los jefes políticos para hacer los gastos de recibimiento con cuanto lujo fuera imaginable, acudían a los pueblos de su jurisdicción ordenando que cada uno contribuya, etc”…”No hablaremos de las flagelaciones dadas a los tenientes parroquiales, a quienes obligaban  a otorgar recibos del número de látigos, de las groserías e insolencias en los alojamientos, de las orgías escandalosas en que los músicos, cuando menos, salían rotos de las cabezas, de las mujeres forzadas o seducidas, porque esto sería explayarnos demasiado”.

En esta página magistral del historiador Cevallos, se pinta con exactitud de colores, el germen fatal del militarismo que, en el Ecuador, después del siglo predicho por Bolívar, tenía la misma morbosidad en sus manifestaciones que a raíz de la Independencia.

Esta situación se transparentaba en los pueblos por el descontento que se puso de relieve en las resistencias heróicas de Pasto, que tuvieron en Agualongo un monarquista  franco, y en la mentalidad de San Martín un pensamiento profundamente inquieto, ante el irrefrenable militarismo que antes del triunfo definitivo, ya se presentaba usurpador, despótico, ignorante y desleal con las garantías republicanas.

LA DICTADURA Y EL GOBIERNO CIVIL.

Rechazada por Bolívar la tesis monárquica, pero aceptados los considerandos del General San Martín, tuvo que resolverse el conflicto para el mantenimiento con fuerza y prestigio del principio de autoridad, frente a los predicamentos demagógicos, con el ejercicio de la dictadura, cohonestada por la guerra a muerte que declaró el general español Monteverde. Y fue entonces que América escuchó la primera proclama trágica del gran combatiente por el respeto a las libertades ciudadanas: “Españoles y Canarios: dijo Bolívar en sus decreto suscrito en  Trujillo, contad con la muerte aún siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos: contad con la vida aún cuando  seáis culpables”.

Y Bolívar llegó a los extremos de la guerra a muerte a que le condujeran las crueldades de Monteverde: pero su espíritu culto repugnaba esa forma de lucha troglodita y el ejercicio mismo de la autoridad dictatorial. Su sentimiento republicano, sin asomos imperialistas, dijo, en 1819: “Las  repetidas elecciones son esenciales en los gobiernos populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en el poder a un mismo ciudadano. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarle, de donde se origina la usurpación o la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana y los ciudadanos deben temer con sobrada razón que el mismo Magistrado que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente”.

Más, en el Congreso de Cúcuta, que sancionó las “facultades extraordinarias”, tan combatidas siempre en las legislaturas y aprobadas también siempre en sus resultados. Excusándose Bolívar de ejercerlas, expresó: “Pronto a sacrificar por el servicio público mis bienes, mi sangre y hasta la gloria misma, no puedo sin embargo, hacer el sacrificio de mi conciencia, porque estoy suficientemente penetrado de mi incapacidad para gobernar a Colombia, no conociendo ningún género de administración. Yo no soy el magistrado que la República necesita para su dicha: soldado por necesidad y por inclinación, mi destino está señalado en un campo o en los cuarteles. El bufete es para mi un lugar de suplicio. Mis inclinaciones naturales me alejan de él tanto más, cuando he alimentado y fortificado esas inclinaciones por todos los medios que he tenido a mi alcance, con el fin de impedirme a mi mismo la aceptación de un mando que es contrario al bien de la causa pública y a mi propio honor”.

Pero el Congreso de Cúcuta insistió eligiendo para Presidente a Bolívar y le delegó las “facultades extraordinarias”; “Entonces, señor, yo os ruego ardientemente, no os mostréis sordo al clamor de mi conciencia y de mi honor, dijo, que me piden a grandes gritos no ser más que ciudadano. Yo siento la necesidad de dejar el primer puesto de la República al que el pueblo  señale como el jefe de su corazón. Yo soy el hijo de la guerra, el hombre que los combates han elevado a la magistratura: la fortuna me ha sostenido en este cargo, y la victoria lo ha confirmado. Pero no son estos los títulos consagrados por la justicia, por la dicha y por la voluntad nacional. La espada que ha gobernado a Colombia no es la balanza de Astrea: es un azote del genio del mal, que algunas veces el cielo deja caer sobre la tierra para castigo de los tiranos y escarmiento de los pueblos. Esta espada no puede servir de nada en el día de la paz, y éste debe ser el último de mi poder; porque asi lo he jurado para mi, porque lo he prometido a Colombia, y porque no puede haber República donde el pueblo no está seguro del ejercicio de sus facultades. Un hombre como yo es un ciudadano peligroso en un gobierno popular; es una amenaza inmediata a la soberanía nacional. Yo quiero ser ciudadano para ser libre y para que todos lo sean”.

Luego fue Bolívar llamado a libertar al Perú, y vino Junín; y, por el brazo de Sucre, triunfó en Ayacucho. Y como durante la campaña estuvo investido de la dictadura, convocó al Congreso, y al resignar el mando en el salón de sesiones dijo: “Al restituir al Congreso el poder supremo que depositó en mis manos, séame permitido felicitar al pueblo que se ha librado de cuanto hay de más terrible en el mundo: la guerra, con la victoria de Ayacucho y del despotismo con mi resignación. Proscribid para siempre os ruego, tan tremenda autoridad que fue el sepulcro de Roma. Fue laudable, sin duda, que el Congreso, para flanquear abismos horrorosos, arrostrar furiosas tempestades, elevase sus leyes en las bayonetas del ejército libertador; pero ya que la nación ha obtenido la paz doméstica y la libertad política, no debe  permitir que manden sino las leyes”.

Por su parte, el Mariscal Sucre, tan pronto como dominó la situación del Alto Perú, y creó la nación que llamó Bolivia, convocó la Asamblea Constitucional a la que sometió sus actos y en la que resignó sus poderes en estos términos: “No me es deshonroso confesar mi educación de soldado; no puedo dirigir al país con un gobierno militar, que no es propiamente gobierno, ni podía presentar a los primeros hijos de la revolución las leyes de la milicia, como bienes que esperaron de la victoria”.

Fundada Bolivia fue elegido para Presidente vitalicio el General Sucre: más, repugnando este gran hombre la dictadura dijo: “Hasta el año de 1828 admito el sagrado depósito de la dirección de Bolivia, más allá, no hay poder humano que me obligue, y siempre diré no, no, no”.

Y estamos en 1826. La independencia es un hecho en Venezuela, Nueva Granada, la presidencia de Quito, Perú y Bolivia.

Rendido el Callao, la última fortaleza española, y cuando apenas se apagaba el eco de los cañonazos de Rodil, una nueva explosión conmovió a las naciones independientes: la explosión producida por el levantamiento de Valencia, que auspiciaba las primeras tentativas de Páez para dividir la Gran Colombia. La guerra civil puso la rúbrica de su bala fratricida sobre el tricolor de Miranda! ¡Atrás quedaba la epopeya radiante que unió a los americanos en un solo pensamiento al calor de un gran ideal: la independencia de América!

La sublevación de Valencia vino a plantear de nuevo el tema del General San Martín: ¿Es gobernable América por los principios republicanos?

Y el fantasma de la Monarquía inquietó otra vez a los próceres; pero Bolívar se mantuvo aferrado al ideal democrático, a pesar de las sugestiones de la adulación o la sinceridad, con sus ofrecimientos de un real trono.

Pero, cómo iba a mantener el principio de autoridad, ¿cómo Dictador? ¡Imposible! Bolívar había sostenido la necesidad del sistema electoral como la esencia de los gobiernos populares; había declarado peligrosa la permanencia de un mismo ciudadano en el poder; confesó que el bufete era un lugar de suplicio; sentía la necesidad de que el primer puesto de la República no sea un botín de guerra, ni una imposición pretoriana, sino elegido por los efectos del corazón; expresó que ni la fortuna, ni el azar son títulos para  ejercer la Magistratura; que la dictadura se forjó por el espíritu del  mal para castigo de los tiranos y escarmiento de los pueblos; que no puede haber República donde el pueblo no está seguro  del ejercicio de sus facultades; recordó que la dictadura fue la tumba de Roma; y rogaba se proscriba para siempre el gobierno irresponsable de las espadas.

¡Todo esto sin contar, con la humilde expresión de Bolívar y Sucre, por lo que se manifiestan desposeídos de luces para ejercer la administración civil!

¿Gobernaría entonces como Presidente Constitucional?

Además, ¿qué poderoso motivo podría invocarse para justificar una dictadura? La Independencia de América ya estaba conquistada.

La tesis sostenida por la revolución de Valencia era el planteamiento del sistema federal, contrariamente al gobierno centralizado que preconizaba el Libertador, como el conveniente para el prestigio y mantenimiento de la Gran Colombia. Se esbozaba vagamente una gran confederación de Estados; pero no era ese el pensamiento de Bolívar.

¿Es que talvez Bolívar, sin aceptar una corona, quería sin embargo el mando, con esa inconsciente voluptuosidad que constituye el peligro que él mismo señaló al subrayar la inconveniencia del ejercicio de la dictadura?

EL CODIGO BOLIVARIANO.

El pensamiento de San Martín, rechazado en principio por Bolívar, llegó poco a poco a tomar consistencia en el criterio de algunos estadistas y generales de Colombia.

Bolívar se hallaba en Lima cuando la insurrección de Valencia, y ahí recibió cartas tan intencionadas como  la de don Locadio Guzmán, en la que le pintaba el estado de Colombia, como el de Francia, cuando Bonaparte hacía la guerra a los mamelucos en Europa.

“Usted no ha juzgado, me parece, bastante imparcialmente del estado de las cosas y de los hombres, contestó Bolívar. Ni Colombia es Francia ni yo Napoleón. En Francia se piensa  mucho y se sabe todavía más; la población es homogénea, y además, la guerra la ponía en el borde del precipicio; no había otra República más grande que la Francia, y la Francia había sido siempre su reino. El gobierno republicano se había desacreditado y abatido hasta entrar en el abismo de la execración. Los monstruos que dirigían la Francia eran igualmente crueles e ineptos. Napoleón era grande, único, y además sumamente ambicioso. Aquí no hay nada de esto; yo no soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco quiero imitar a César, menos aún a Iturbide; tres ejemplos que me parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano, y por tanto me es imposible degradarlo”…”Diré a Ud con toda franqueza que este proyecto no conviene ni a Ud, ni a mi, ni al país. Sin embargo, creo que en el próximo período, señalado para la reforma de la Constitución, se pueden hacer en ella notables mutaciones a favor de los buenos principios conservadores, y sin violar una sola de las reglas republicanas. Yo enviaré a Ud. un proyecto de Constitución que he formulado para la República de Bolivia. En él se encuentran reunidas todas las garantías de permanencia y libertad, de igualdad y de orden. Si Ud. y sus amigos quisieran aprobar este proyecto, sería muy conveniente que se escribiese sobre él y se lo recomendase a la opinión del pueblo. Este es el servicio que podemos hacer a la patria: servicio que será admitido por todos los partidos que no sean exagerados, o, por mejor decir, que quieran la verdadera libertad con la verdadera utilidad”.

Inquieto Bolívar por la suerte de Colombia, abandonó Lima que le había hechizado, a pesar de que las matronas y las hermosas le arrancaban la promesa de permanecer en la bella y galante ciudad.

Quiso dar el Perú una muestra más de su adhesión a Bolívar, y el Consejo de Gobierno adoptó el Código boliviano. “Esta Constitución es la obra de los siglos, porque yo he reunido en ella todas las lecciones de la experiencia y los consejos y opiniones de los sabios…No será bastante para libertarlos de los grandes desastres que cambian la faz de la tierra, trastornando los imperios; pero los pone a cubierto de los males momentáneos…”.

Copia de esta Constitución famosa en el concepto del autor, había enviado a Bogotá con el General Oleary.

El 28 de Agosto de 1826, Guayaquil proclamó la dictadura de Bolívar; el 6 de Septiembre del mismo año, Quito; y luego Cuenca. En las actas de pronunciamiento se leen artículos así: “Libre ya de sus peligros, el Libertador podrá convocar la Gran Convención colombiana, que fijará definitivamente el sistema de la República; y de ahora para entonces Guayaquil se pronuncia por el Código boliviano”.

Cuando Bolívar llegó a Guayaquil no quiso investirse de la dictadura que le brindaban, y más bien aconsejó que se observare el orden constitucional, pero prácticamente en el camino que siguió por Pasto a Bogotá, asumió el ejercicio de la dictadura.

Y cuál era la parte esencial del Código boliviano? La Presidencia vitalicia e irresponsable, con derecho para nombrar el sucesor y para proponer al que había de servir de vicepresidente.

Bolívar fue un admirador de la Constitución británica,  y pretendió implantarla en Colombia, sustituyendo al Monarca con un Presidente vitalicio, por el derecho de sucesión que se le concedía. Intentó una amalgama monárquico-republicana.

Indudablemente que Bolívar había forjado una quimera, que no obtuvo la aprobación sino de sus incondicionales. Por el contrario, el Código boliviano sirvió de base para que se acentuara la acusación monarquista que se hiciera a su autor. Se conjeturaba un paso dado en el camino del absolutismo, para llegar a la corona. Y puede afirmarse que el fracaso del referido Código fue total, si se tiene en cuenta esta opinión del General Sucre: “De mi parte, dijo, haré la confesión sincera de que no soy partidario de la Constitución boliviana; ella da sobre el papel estabilidad al gobierno, mientras que de hecho le quita los medios de hacerlo respetar; y no teniendo vigor ni fuerza el Presidente para mantenerse, son nada sus derechos y los trastornos serán frecuentes”.

El espíritu paradójico que animaba en esta época al Libertador era evidente. No aceptaba la monarquía constitucional, pero auspiciaba el Consulado despótico; defendía a la República, pero la atacaba en su base, suprimiendo el sufragio y la alternabilidad; renunciaba a cada paso la dictadura que maldecía, y continuaba ejerciéndola; y, constreñido ya, ante el espectro de la guerra civil, dirige al General Páez esta comunicación contradictoria, claudicante: “Yo me estremezco, dice, cuando pienso (y siempre estoy pensando) en la horrorosa calamidad que amaga a Colombia. Veo distintamente destruida nuestra obra, y las maldiciones de los siglos caer sobre nuestras cabezas como autores perversos de tan lamentables mutaciones. Quiero salir ciertamente del abismo en que nos hallamos, pero por la senda de deber, y no de otro modo”.

 Y confesando que la dictadura que ejerce es el origen del mal, la defiende así: “La proclama de Ud. dice que vengo como ciudadano. ¿Y qué podré hacer yo como ciudadano? ¿Cómo podré apartarme de los deberes del Magistrado? ¿Quién ha disuelto a Colombia con respecto a mi, y con respecto de las leyes? El voto nacional ha sido uno solo; reformas y Bolívar. Nadie me ha recusado; nadie me ha degradado. Quién me arrancará las riendas del mando? ¡Los amigos de usted, usted mismo! La infamia sería mil veces más grande por la ingratitud que por la traición”.

Y como si supiese quién podría arrancarle la dictadura, añade; “Crea Ud. que no pretendo ni pretenderé jamás hacer triunfar un partido sobre otro, ni en la Convención ni fuera de ella. No me opondré a la federación; tampoco quiero que se establezca la Constitución boliviana. Solo quiero que la ley reúna a todos los ciudadanos, que la libertad los deje obrar y que la sabiduría los guíe, para que admitan mi renuncia y me dejen ir lejos de Colombia…”.

El General Páez se sometió, y entonces dijo Bolívar esa expresión genial, sostenida en esta frase: “Ahoguemos, dijo, en los abismos del tiempo el año de 26…Yo no he sabido lo que ha pasado”.

Pero Bolívar ya había llegado al vértigo de la dictadura, y nadie iba a detenerle en el camino. Ni las frases del estadista, ni la brillantez del retórico podían seguir forjando un espejismo, en el que el primer engañado era el propio Bolívar.

El llamado Código boliviano lo había denunciado con exceso. Por esta ley, la República desaparecía bajo el peso del despotismo, asi lo ejerza el genio y la virtud de Bolívar. Tampoco cohonestaba el despotismo la urgencia de mantener la unión de la Gran Colombia; pues la propia guerra de la Independencia no absuelve, a juicio de los historiadores más serenos, la dictadura de la guerra a muerte. Si la dictadura romana, con ser fugaz, responsable  y permitida sólo cuando peligraba la soberanía de la patria, fue la tumba de Roma, en el decir del propio Bolívar, ¿cómo podía prevalecer una dictadura frente a la institución republicana, por más que los Congresos lo permitan? ¿Cómo habían de coexistir la constitución y la dictadura? La sabiduría de los siglos, quientaesenciada por un genio, no podría explicar, menos hacer viable una dictadura legal. Legalidad y dictadura son términos antitéticos, y el Código boliviano pretendía amalgamarlos; y de ahí el fracaso de un proyecto que aspiró a ser el modelo de la legislación, sin parecido en el pasado ni igual en el porvenir.

Menos daño causaba en el espíritu de los pueblos, el pensamiento monárquico que el mantenimiento de la dictadura.

Con ser traidor a la independencia de América el propósito de restablecer la monarquía, si ésta era constitucional, ya había responsabilidad, en tanto que el Código boliviano con su Presidente vitalicio, irresponsable, y con derecho a la sucesión, es la invención del establecimiento de un despotismo absurdo, intolerable.

Por eso en Bogotá, al rechazar el Código boliviano, se pensó seriamente en la monarquía, ya no como una opinión aislada, sino de un modo oficial, digamos asi.

No queremos referirnos a las cartas dirigidas desde Caracas por el General Briceño Méndez al General Bermúdez, ni a la que el General Urdaneta dirigiera al general Páez, sobre la monarquía en América, sino a las gestiones que hizo el gabinete de Bogotá, compuesto del antedicho General Urdaneta, Estanislao Vergara, Nicolás Tanco y José Manuel Restrepo, para que viniese un Príncipe de Francia a regir los destinos de la Gran Colombia. El gabinete no quiso obrar solo y provocó una reunión de notables que coincidieron con el gobierno; y, verificadas las gestiones previas, llegaron a formular un acuerdo, por el que se entabla negociaciones con los agentes públicos de Inglaterra y Francia acerca de: 1° manifestarles la necesidad que tenía Colombia de organizarse definitivamente variando la forma de gobierno con una monarquía constitucional; 2° indicarles que efectuado el cambio, opinaba el Consejo de Ministros que Bolívar gobernara por el tiempo de su vida con el título de Libertador, y que el de Rey no se tomase sino por el que le sucediera en el mando, 3° reservarse la facultad de elegir la dinastía,, rama o príncipe que debía venir a Colombia, y 4° que se comprometiesen Francia e Inglaterra a sostener esta nueva organización. El referido Consejo dio también instrucciones sobre estas bases a los Ministros en el exterior, palacios y Fernández Madrid, y en la esperanza de que el Libertador vería satisfechos sus anhelos en la coordinación de la Presidencia vitalicia (Código boliviano) y la restauración de la Monarquía, le comunicaron lo acordado.  Bolívar rechazaba para si la corona, pero había prometido someterse a la resolución del Congreso, y por eso se sobrentendía su consentimiento. Más, Bolívar rechazó también este proyecto y con esto se deshizo el plan ministerial.

En cambio, el 4 de Abril d 1826, dirigió un oficio fechado en Quito, al General José Domingo Espinar, Ministro de Relaciones Exteriores, “pintando, dice don Pedro Fermín Cevallos, un cuadro sombrío del mal estado de nuestras Repúblicas, y el funesto porvenir que les amenazaba, disponiendo se entienda privadamente con los ministros de los Estados Unidos y la Gran Bretaña, y vea de recabar la intervención de sus gobiernos, para que puedan consolidar el orden y la paz de las nuevas Repúblicas”. Sometido este proyecto al Consejo de Ministros, se le conceptuó impracticable por asumirse arbitrariamente la representación de todos los países de América, y contradictorio, porque un Protectorado suponía que Colombia formaba también parte de la Monarquía, y el Libertador era opuesto a este sistema de gobierno.

Bolívar, por medio de su Secretario, insistió en esta idea de la intervención, y desde Buijo dirigió un nuevo oficio en el que decía: “S.E. no tiene en este negociado el más remoto interés personal, fuera del de Colombia, fuera del de la América. No se adhiere a la palabra; busca la cosa. Llámese como se quiera, con tal que el resultado corresponda a sus deseos de que la América se ponga bajo su custodia o salvaguardia, mediación o influencia de uno o más Estados  poderosos que la preserven de la destrucción a que la conduce la anarquía, erigida en sistema, y del régimen colonial de que está amenazada. Inglaterra, ¿No ofreció espontáneamente su mediación entre el Brasil y el Río de la Plata? ¿No intervino a mano armada entre la Turquía y la Grecia? Busquemos, pues, Señor Ministro, una tabla de qué asirnos, o resignémonos a naufragar en el diluvio de males que inunda a la desgraciada América”.

El afán de sostener la República le había conducido a un nuevo error: la intrvención política extranjera en la soberanía de Colombia y de América.

Más, los destinos del mundo traen en su seno las soluciones para los más graves conflictos, y los de la Gran Colombia tuvieron las suyas, originadas por una dictadura imprudente.

LA DICTADURA PERPETUA

Restablecida la subordinación de Valencia y la armonía con el General Páez, procedió a asegurar por todos los medios la tranquilidad pública y entre otros ejerció un error, el más grande error que puede cometer un político: fue ingrato con sus amigos.

Dispensó decidida protección a los comprendidos en la develad revolución, los agasajó, los premió con ascensos, y por fin, desdeñó a sus verdaderos amigos y leales, servidores del gobierno. Y este proceder que hería a Santander, avivó el encono de éste contra Páez, y esta rivalidad que afectaba a Bolívar, obrara también en contra de la unidad colombiana.

Y cuando bolívar creía conjurar la tempestad, se sublevaron en Lima los batallones colombianos “Vencedor”, “Rifles”, parte del “Araure”, el cuarto escuadrón “Húsares de Ayacuchi” y el “Caracas”.

El Coronel José Bustamante, Jefe del Estado Mayor, que sublevó las guarniciones de Lima, se internó por Paita y Loja a Cuenca; el coronel Juan Francisco Elizalde invadió Manabí con la otra mitad del ejército y una fracción llegó a Guayaquil.

Luego estos dos jefes operaron una revolución en Guayaquil y en Cuenca, protestando contra la tendencia monárquica que se imputaba a Bolívar.

Pero lo más grave de este suceso no estuvo en el hecho de la insubordinación, que al fin fue sofocada, sino en que el Vicepresidente Santander y su gabinete, aplaudieron el comportamiento de Bustamante, y aún llegaron a comunicar este particular oficialmente al Libertador que se hallaba en Venezuela.  Contestando Bolívar tan insólito oficio de Santander, le dijo, por medio de su Secretario: “El Libertador ha quedado asombrado con tan inesperada prueba  de la decadencia moral del gobierno. Crece su espanto al ver en la comunicación de U.S. cuan presente tenía entonces el Ejecutivo los deberes de la fuerza armada, y que si ésta no debe emplearse nunca contra las leyes ni contra el libre sufragio de las asambleas electorales o de los legisladores, nunca es tampoco deliberante ni puede escudarse con sospechas”…”Qué gobierno podrá desde ahora reposar en las bayonetas de que se creía sostenido? ¿Qué nación se fiará de la fe ni de la justicia de su aliado? ¿Cuál no será la consecuente degradación de Colombia? De modo que, anonadado de vergüenza el Libertador no sabe si haya de parar su consideración más bien en el crimen de Bustamante, que en la meditada aprobación que se le ha dado en premio”.

 

Y el General Sucre comenta este mismo hecho así: “ La nota del Secretario de Guerra a Bustamante, aprobando la insurrección, es el fallo de la muerte de Colombia. No más disciplina, no más tropas, no más defensores de la Patria. A la gloria del Ejército Libertador va a suceder el latrocinio y la disolución! Por supuesto, que dentro de poco, la división de Colombia en Bolivia cubrirá de oprobio a nuestras armas y a nuestra patria, Los papeles ministeriales aplauden la infame conducta de Matute. ¡Qué delirio! Por desgracia esta división creía que el Gobierno no solo desaprobaría, sino que castigaría a Bustamante, pero de ahora  en adelante, no sé más lo que suceda. Desórdenes, turbaciones, motines; y la pobre Bolivia sufrirá los males del extravío y de las  pasiones!.                                                                                               

 

A poco se reunió el Congreso de 1827 en Tunga, y Bolívar presentó su renuncia, en términos exaltados, pero muy sinceros: “Las sospechas de una usurpación, dijo, rodean mi cabeza y turban los corazones colombianos. Los republicanos celosos no saben considerarme sin un secreto espanto, porque la historia les dice que todos mis semejantes han sido ambiciosos. En vano el ejemplo de Washington quiere defenderme, y en verdad una o muchas excepciones no pueden nada contra toda la vida del mundo oprimido siempre por los poderosos…Yo mismo no  me siento exento de ambición…El Congreso y el pueblo deben ver esta renuncia como irrevocable…No querrán condenarme a la ignominia de la deserción”.

Pero los bolivaristas impertérritos ratificaron y mantuvieron la dictadura de Bolívar. La prensa invocaba ya sin reticencias la sombra de César, de Casio, de Bruto, y también en la sombra, el crimen, empezó a afilar sus puñales.

Y Bolívar no solo asumió la Presidencia, más también la dictadura, en términos inusitados, anulando al vicepresidente Santander. La exaltación de los ánimos sólo abrigaba una esperanza: la próxima reunión de la Convención de Ocaña.

Reunida ésta en 1828, los santanderistas, o sean los enemigos de la dictadura, se presentaron resueltos a reformar la Constitución, restringiendo las facultades extraordinarias. Y como,además, estaban en mayoría, el éxito iba a presentarse con franqueza. Y con franqueza hizo también Bolívar el elogio de la fuerza en su mensaje al Congreso: “Considerad, legisladores, dijo que la energía de la fuerza  es la salvaguarda de la flaqueza individual, la amenaza que aterra al injusto, y la esperanza de la sociedad; considerar que la corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los tribunales, y de la impunidad de los delitos. Mirad que sin la fuerza no hay virtud, y sin virtud perece la República; mirad, en fin, que la anarquía destruye la libertad, y que la unidad conserva el orden”. ¡Nunca la dictadura ha tenido un más alto y desenfadado elogio!.

Impotentes los bolivaristas para sostener a su ídolo ante el empuje de la oratoria convincente de las oposiciones, y sobre todo ante el poder de la mayoría, optaron por esa corrupción insensata en la defensa de las causas perdidas, y se desvandaron, anulando asi la Convención. Y como el Libertador quedara sin las facultades extraordinarias, se apeló a ese subterfugio de la política bastarda, consistente en recurrir a una Juna Popular, que en este caso la convocó el General Herrán, Intendente de Cundinamarca, y la Junta acordó: “Encargar al Presiente Libertador el mando supremo de la República, con plenitud de facultades, para que organice del modo que crea más  conveniente, y cure los males que interiormente la aquejaban, debiendo ejercer la autoridad hasta que estime conveniente convocar a la nación en representación”. Otros pueblos siguieron este ejemplo, y Bolívar, el gran Bolívar, que había anatemizado la dictadura, que la había renunciado irrevocablemente ante los Congresos, los únicos autorizados para delegar las facultades extraordinarias, las acepta de una junta irresponsable, y consagra asi el precedente de las dictaduras nacidas de los cuartelazos, sancionadas por las juntas de notables!

Quedó, pues, Colombia a merced de la dictadura perpetua. “Colombianos, dijo Bolívar en la proclama circunstancial, no os diré nada de libertad, porque si cumplo mis promesas, seréis más libres, seréis respetados. Además, bajo la dictadura, ¿quién puede hablar de libertad? Compadezcámonos mutuamente del pueblo que obedece y del hombre que manda solo”.

Y los que habían sido indiferentes a la acción política empezaron a desconfiar del autoritarismo del gobierno; los afiliados a los dos bandos opuestos iniciaron una propaganda subversiva. Un gran silencio expectador, y casi siempre precursor de las tempestades, se hizo en torno a la dictadura, y las palabras de Bolívar: “Yo mismo no me siento exento de ambición”, propagó en los pueblos la desconfianza. El elogio de la fuerza como generadora de virtudes, por opuestas rutas venía a coincidir con la incalificable aprobación de Santander a la rebeldía de Bustamante, que ejerció el alegato de la fuerza sin virtud edificante. En fin, el  estadista se aproximaba al sofista; sobre el pensante dominaba el retórico, y la aceptación de la dictadura que siempre había manifestado repugnar, al ejercerla con violencia, ya acusaba que Bolívar, el Libertador, ¡hombre al fin!, no estaba exento de ambición, sino de una corona, o de la riqueza, o de la misma gloria, no era indiferente a la irresistible ambición de mandar

 

EL HUMANO FINAL

Era algo más de las once de la noche cuando Horment, Florencio González, José Ignacio López, Wenceslao Zulaivar y otros, acometieron a la guardia del palacio en que residía Bolívar, y acuchillándola alevosamente oblíganla a huir, y llegan sin más obstáculo a las habitaciones del Libertador. Echan abajo las puertas para lanzarse al crimen; más, cuando los conjurados han vencido el paso, preséntase como víctima la joven quiteña Manuela Sáenz, que seguía con su grande amor al prócer que tenía hechizado. Y sufre resignada los insultos, soporta los maltratos de López, les habla, les detiene, y ganando esos instantes salva a Bolívar, que por sus súplicas saltó por una ventana para luego aparecer entre sus tropas leales en la plaza principal de la ciudad. “El pueblo bogotano asustado e indiferente, dejó que gritaran y se agitaran, y se mantuvo también tranquilo, sin conmoverse y menos tomar parte”.

Fueron apresados en la misma noche Horment, Sulaivar, López, Silva, Galindo; y al día siguiente el General Santander, después el General Padilla, héroe de Maracaibo, y el joven filósofo don Pedro Celestino Azuero, que fueron fusilados entre los catorce condenados a esta pena. El poeta Vargas Tejada, en cuya casa sesionaba el cenáculo conspirador, murió en la fuga, ahogado en un río El General Santander, convicto según el proceso, asi como el publicista don Florencio González, fueron condenados a muerte, pena que luego se les conmutó por el destierro. Y salieron también de Bogotá camino del ostracismo o a las prisiones de Cartagena. González, Briceño, Mendoza, los Acevedo, y Galindo. No fue una conspiración anónima sino de gente distinguida por su talento y figuración política y social.

Al día siguiente de burlada esta conspiración, pues otras fracasaron siendo apenas sospechadas, Bolívar expidió un decreto declarando que asumía el ejercicio completo de la dictadura, porque el gobierno, dijo, había servido para alentar crímenes!.

“Engañábase Bolívar, comenta Cevallos, al creer en la eficacia de estas medidas. El mal se había descubierto con suma fuerza y  no era con tales tópicos que podía combatirla”.

Desde la disolución del Congreso de Ocaña, la conspiración se esparció por toda la Gran Colombia, y muchos se concertaron para insurreccionar las provincias de Pamplona, Antioquia, Socorro, Bogotá y Popayán, y levantar guerrillas en Venezuela. Traslucido el mal éxito de la conjuración de Setiembre, los Coroneles José Hilario López y José María Obando promovieron el levantamiento del Cauca y proclamaron la Constitución de Cúcuta. La revolución se extendió luego a Popayán y Pasto, y el Comandante Ayarza fracasó en un movimiento igual promovido en Quito el 6 de Enero de 1827.

Mientras tanto el Perú amagaba con su ejército el sur de Colombia, y el 18 de Abril de 1827 se insurreccionó en Chuquisaca la tropa allí acantonada, y aún cuando el prestigio y el valor del General Sucre logró dominar el motín, resultó herido el Mariscal, quedando desde entonces manco del brazo derecho.

Por su parte el general Gamarra que estaba en acecho para invadir Bolivia y reincorporarla al Perú, aprovechó los desórdenes de Chuquisaca e invadió con cinco mil hombres el territorio con el pretexto de asegurar la vida del Gran Mariscal, muy apreciado por los peruanos.

Entre tanto el General La Mar invadía Loja y Cuenca y tomaba posesión de Guayaquil con la armada al mando de Guisse.

El año 1828 fue más fatal para Colombia y su Libertador, sin embargo de la victoria de Tarqui y la pacificación del Cauca, por la insurrección del General Córdova, el vencedor en Pichincha y Ayacucho, y la nueva revolución de Venezuela.

El General Córdova que hasta antes del 12 de Septiembre había acompañado al Libertador, se levantó después en armas, oponiéndose ya a la dictadura de Bolívar.

El Libertador destinó inmediatamente al General Oleary para que combatiera al General Córdova, cuyo prestigio iba a conmover a todo el país; y cuando el 16 de Octubre se avistaron los combatientes, sucedió que rotos los fuegos, Córdova llamó a Oleary por su nombre, y ambos mandaron cesar los fuegos. Córdova expuso sus convicciones contrarias a la dictadura, como la causa de la anarquía y el desprestigio de Colombia, invitándole a seguirle en su empresa libertaria. Oleary le habló a nombre del orden y se disgustó por la sugestión para deponer las armas.  Los antiguos camaradas se separaron indignados y cada uno hizo la señal de combatir. En dos horas de un fuego mortal, la victoria se resolvió por Oleary, y el General Córdova fue encontrado muerto, en el último reducto que buscó para luchar. ¿Asi empezaban a caer los próceres de la Independencia, a los pies de la dictadura!

El mismo día de la instalación del Congreso, presentó Bolívar su mensaje, resignando en el Congreso el poder supremo con que los pueblos le habían investido.

“Obligados como estás a constituir el gobierno de la República, dentro o fuera de vuestro seno hallaréis ilustres ciudadanos que desempeñen la presidencia del Estado con gloria y ventajas. Todos, todos mis conciudadanos gozan de la fortuna inestimable de parecer inocentes a los ojos de la sospecha; sólo yo estoy tildado de aspirar a la tiranía”.

“Libradme, os ruego, del baldón que me espera, si continúo ocupando un destino que nunca podrá alejar de si el vituperio de la ambición. Creédme, un nuevo magistrado es ya indispensable para la República. El pueblo quiere saber si dejaré alguna vez de mandarle. Los Estados americanos me consideran con cierta inquietud, que puede traer algún día a Colombia males semejantes a los de la guerra del Perú…”.

Mostraos, conciudadanos, dignos de representar un pueblo libre, alejando toda idea que me suponga necesario para la República. Si un hombre fuese necesario para sostener un Estado, ese Estado no debería existir, y al fin no existiría…”.

Y aterrado ya de la inestabilidad de las instituciones y de la inquietud del ciudadano, añadió, finalmente: “¡Conciudadanos! Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás. Pero ella nos abre la puerta para reconquistarlos bajo nuestros soberanos auspicios, con todo el esplendor de la gloria y la libertad”.

En efecto, este Congreso calificado de “Admirable”, aceptó la renuncia presidencial de Bolívar y designó como sucesor a don Joaquín Mosquera, con treinta y cuatro votos, de cuarenta y ocho que eran los representantes. La vicepresidencia recayó en el General Domingo Caicedo.

Este Congreso sentó las bases de una nueva Constitución, y fueron las siguientes: Integridad de la República; gobierno popular, electivo y representativo; división de los poderes públicos en legislativo, ejecutivo y judicial; prohibición de delegarse el poder de legislar; el ejercicio del Ejecutivo conferido a un presidente auxiliado de un Consejo de Estado; tribunales y juzgados independientes; división territorial por departamentos, provincias, cantones y parroquias; cámaras de distritos con facultades para deliberar y resolver acerca de lo municipal y de local correspondiente a los primeros; prolongación de los períodos eleccionarios; restricción de facultades extraordinarias; responsabilidad de los empleados públicos, sin exceptuar ni al Presidente del Estado, en los casos determinados por la Constitución, protección a la seguridad individual, a la libertad de imprenta y a la de industria, y el derecho de petición.

Bolívar, que después de resignado el mando se retiró a la quinta de Fucha, a reparar su salud, había pensado sofocar por la fuerza la revolución de Venezuela, y aún ordenó el movimiento de algunos cuerpos con dirección a Riohache y a Cúcuta; pero el Congreso manifestó la resolución de no emplearla en ningún caso, y nombró una misión presidida por el General Sucre, Presidente del Congreso, para que fuese a negociar con el General Páez el restablecimiento de la unidad colombiana.

De esta conferencia fracasada en sus aspiraciones, ha quedado una moción del General Sucre, muy digna de su nombradía.

Los delegados de Venezuela manifestaron que era posible un buen éxito de la conferencia, siempre que, entre otros artículos del Tratado, fundado en todo caso en el reconocimiento de su autonomía, se adoptase uno por el cual no pudiesen ser nombrados Presidente y Vicepresidente de la República, los secretarios del despacho ni los miembros del Consejo de Estado, ni las personas que hubiesen desempeñado esos destinos durante los gobiernos anteriores; y el General Sucre contestó: “que convenía en excluirlos, con tal que la prohibición se extendiese también a cuantos generales en jefes tenía la República, y a los de cualquier otra graduación que hubiesen sido presidentes , vicepresidentes, ministros, consejeros de Estado y jefes superiores, tanto para el gobierno de la unión, como para los federales (los del norte, centro y sur de Colombia), durante un período, que no debía ser menos de cuatro años”. Era el golpe más certero para detener al militarismo lejos del ajetreo político, pero los venezolanos no aceptaron esa cláusula contraria al Jefe Supremo Páez.

Por todas las resoluciones fue en verdad “admirable” el Congreso  de 1830 asi como por la calidad y sabiduría de los representantes; pero no obstante este prestigio, el restablecimiento de la unidad colombiana fue imposible.                        

Pues, tan pronto como se disolvió aquel Congreso, el departamento del Ecuador se separó también de Colombia, por acta del 13 de Mayo de 1830, suscrita por la Municipalidad de Quito, en la que se nombró al General Juan José Flores, Jefe Supremo Civil y Militar, nombramiento ratificado por una Junta de notables reunidos en los salones de la Universidad. Las demás provincias se adhirieron enseguida. El jefe Supremo expidió un Decreto de convocatoria del Congreso que debía reunirse el 10 de Agosto de 1830 en Riobamba.

No hace al propósito de este estudio seguir los sucesos que se desarrollaron posteriormente a la conclusión del Congreso “admirable”, y al retiro del Libertador a Cartagena, con ánimo de partir para Europa. Pues basta saberse que la Gran Colombia quedó definitivamente fragmentada, gobernada y explotada por los Generales de la Independencia, y los pueblos oprimidos por los batallones compuestos de los soldados vencedores en Carabobo, Pichincha, Junín, Ayacucho y cien campos heróicos de los días de la epopeya emancipadora.

Ni hay para qué recordar también, que el Libertador fue insultado, calumniado y escarnecido, en los momentos que siguieron a su separación del poder, hasta el punto de intervenir el General Páez para detener las insolencias.

Pero en las luchas que se suscitaron en el centro para ocupar el poder, el pueblo de Bogotá se reunió en cabildo abierto el 2 de Septiembre, desconoció al gobierno legítimo del Sr. Mosquera, y llamó al Libertador para que se hiciese cargo de los destinos de Colombia. Y los Generales Briceño y Urdaneta despacharon una comisión a Cartagena para que noticiara a Bolívar el nuevo llamamiento.

“Bolívar, mientras tanto, resistía prudentemente a los embates de cuantos se le acercaron para empeñarle a que aceptase el mando, dice don Pedro Fermín Cevallos, y resistió como podía a su fortaleza de alma. Pero al cabo, falto de salud y el corazón lacerado con las amargas  penas que le causaron los ingratos; luego acariciado, rogado, apremiado por unos cuantos hombres de séquito y nombradía, fatigado más bien que convencido, y deseando librar a sus enemigos de la escición en que iban a caer, y a Colombia de la ruina en que iba a sumirse, si redondamente respondía que no aceptaba el mando, tuvo la ligera condescendencia de aparentar que lo aceptaba y dio una proclama que por entonces, y aún mucho tiempo después de su muerte, mantuvo mancillada su memoria. Se le juzgó como a hombre de los comunes, de esos que no pueden vivir separados del poder que una vez llegaron a paladear. Y decimos que aparentó aceptar el mando, y no que lo aceptó, porque, sobre ser la misma proclama bastante ambigua, escribió a los siete días una carta que ha visto la luz pública muchos años después, en la cual dejó de claro en claro su modo de pensar al respecto, y los motivos que le habían obligado a disfrazar su firme resolución de apartarse de Colombia”

En marcha el General Sucre a Quito, después de haber presidido el Congreso “admirable”, fue asesinado en la montaña de Berruecos, y esta muerte privó a la América, y al Ecuador en particular, del más firme apoyo para su futuro progreso. Ya casi agónico Bolívar, quedaba solamente Sucre como el hombre capaz de poner a raya el desenfreno militarista de los usufructuarios de la independencia. Y ese peligro tenía que ser eliminado. Afirma don Miguel Antonio Caro, al trazar la biografía del General Julio Arboleda, que: “Obando amenazado por el fallo de la justicia (en el proceso de Berruecos) se lanzó en la revolución. El partido de oposición, en el que figuraban en     primera línea hombres que habían puesto sus manos en la víctima, decretando su muerte desde Bogotá, tomó por suya la causa del reo, y se hizo general”.

“¡Santo Dios, exclamó Bolívar al enterarse del asesinato del Mariscal Sucre. Se ha derramado la sangre de Abel!”

Y angustiado, desencantado, dolorido en el recogimiento espiritual de su alma inmensa,  como el mar que tenía a la vista, murió Bolívar, y con su muerte concluyó toda esperanza de reconstruir la Gran Colombia  fragmentada.

 

MOMENTO HISTORICO.

El 17 de Diciembre de 1830 murió Bolívar, y San Martín falleció en Europa en 1850. Le sobrevivió, pues, veinte años al Libertador, y si bien no pudo celebrar antes de cerrar los ojos, la plenitud del triunfo de los principios republicanos sustentados por Bolívar en la conferencia histórica de Guayaquil, ya que según este mismo estadista, las nacionalidades hispano-americanas no podrían progresar en los primeros cien años de su independencia, el tiempo y los acontecimientos han probado que la visión política del Libertador ha sido más exacta, pues dentro de la organización republicana, y merced a la inmigración europea, la misma patria del Protector del Perú, y casi todas las naciones que baña el Atlántico, hoy son grandes países, en los que el sentimiento democrático ha triunfado plenamente. De las naciones que miran al Pacífico, su progreso está declarado por el decrecimiento de su influencia militarista, y el triunfo del civilismo en el poder. Chile primeramente, Colombia después, han logrado civilizar su milicia. En Venezuela y el Perú, el despotismo presidencial pretende cohonestar la usurpación del poder con el impulso material del progreso.

La monarquía del Brasil, cuyo ejemplo invocaba San Martín, desapareció como sistema exótico en América, que, por su situación topográfica estaba destinada para una confederación de repúblicas, y nunca para el asiento de instituciones imperiales centralistas.

La contradicción de los ideales de Bolívar se exteriorizó por el afán de crear y unificar la Gran Colombia, con el mantenimiento imprudente del ejercicio de la dictadura. Esta fue su tragedia, que llegó a comprometer la gloria del Libertador, el título más alto que ha creado el orgullo humano para coronar al vencedor. El renunciamiento al título de Rey que le brindan la sinceridad o la intriga fue, en este concepto, muy verdadero en el espíritu de Bolívar.

Y nadie como Bolívar ha dicho en América las más grandes admoniciones contra el ejercicio de la dictadura; nadie ha expresado mejor el mal que causa a los pueblos; nadie ha renunciado a ese mando con más elocuentes frases, y, sin embargo, nadie también se aferró por más tiempo y hasta la proximidad de la tumba al ejercicio del Consulado Vitalicio, como no lo concibió Roma!.

Dictador de hecho, quiso serlo también por el prestigio de la ley, y escribió el Código boliviano, pretendiendo legar a la posteridad una Constitución modelo para las democracias; es decir, algo así como un Código napoleónico para la legislación universal; pero como el despotismo es injusto, cualquiera que sea la forma que se le dé, o el motivo que se invoque, ese proyecto de Código boliviano fue condenado al olvido. Las urgencias de la guerra de la independencia no alcanzan en el criterio histórico a atenuar la arbitrariedad de la dictadura, menos podía justificarse por el imperativo de la organización interna de la Gran Colombia amenazada por la anarquía. Ya el Código boliviano, históricamente, fue ensayado por el querer dictatorial de Bolívar, con resultados desastrosos para el ideal y para el hombre.

Y si alguien ha tenido derecho (si existiese derecho para la arbitrariedad), si alguien ha tenido derecho para alzarse con la dictadura en América, fue Bolívar: “Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en la gloria, grande en el infortunio; grande para magnificar la parte impura que cabe en el alma de los grandes, y grande para sobrellevar en el abandono y en la muerte la trágica expiación de la grandeza”, como ha dicho Rodó en su inmortal elogio a la gloria de Bolívar.

Y después de Bolívar; ¿Quién ha sido un dictador? Cualquiera ha podido usurparse este título; serlo, ninguno!

¿Y qué alto motivo ha podido invocarse para asumir el despotismo? ¿La creación de una nacionalidad? ¿La defensa de la soberanía conculcada por el vecino detentador del territorio? ¿La intervención extranjera para polonizar un pueblo?

¿Y qué entidad sería capaz de autorizar la dictadura en los términos que, frente a la guerra a muerte, lo hicieran los Congresos de la Gran Colombia, en esta época en que el derecho constitucional de los pueblos ha alcanzado un alto grado de civilización? ¡las Juntas de notables las inventó la arbitrariedad para disimular la usurpación brutal!

Sin embargo, con este procedimiento han escalado el poder los tiranuelos de América. Pero el militarismo nunca nombró un dictador, pues tuvo cierto pudor de exhibir ante todo el mundo un pretorianismo descalificado desde los tiempos de Roma decadente! Fueron las Juntas civiles, siempre las Juntas de notables las que sancionaron el crimen, simulando un plebiscito, base elemental de la soberanía. Los que usurparon el poder a mano armada buscaron este subterfugio. Ellos sabían, al menos, que un Presidente Provisional con facultades omnímodas, no puede ser nombrado manu militari, sino elegido con el voto ciudadano, en las grandes asambleas cuando el principio de autoridad ha desaparecido.

Y formando contraste histórico con la dictadura de Bolívar aparece la acción gubernativa de Sucre en la Presidencia de Bolivia, como la protesta inmortal contra las usurpaciones del poder en América.

Al resignar el mando de la Presidencia, dijo el General Sucre a los legisladores: “De resto, señores, es suficiente remuneración de mis servicios regresar a la tierra patria después de seis años de ausencia, sirviendo con gloria a los amigos de Colombia; y aunque por resultados de instigaciones extrañas lleve roto este brazo que en Ayacucho terminó la independencia americana, que destrozó las cadenas del Perú y dio ser a Bolivia, me conformo cuando en medio de dificilísimas circunstancias, tengo mi conciencia libre de todo crimen. Al pasar el Desaguadero encontré una porción de hombres divididos entre asesinos y víctimas, entre esclavos y tiranos devorados por  los enconos y sedientos de venganza. Concilié los ánimos y he formado un pueblo que tiene leyes propias, que va cambiando su educación y hábitos coloniales, que está reconocido por sus vecinos, que está exento de deudas exteriores, que sólo tiene una deuda interior pequeña y en su propio provecho, y que, dirigida por un gobierno prudente, será feliz. Al ser llamado por la Asamblea General para encargarme de Bolivia, se me declaró que la independencia y la organización del Estado se apoyaba sobre mis trabajos. Para alcanzar aquellos bienes, en medio de los partidos que se agitaron quince años, en la desolación del país, no he hecho gemir a ningún boliviano, ninguna viuda, ningún huérfano solloza por mi causa; he levantado del suplicio porción de víctimas condenadas por la ley; y he señalado mi gobierno por la clemencia, la tolerancia y la bondad. Acaso se me culpe de que esta condescendencia sea el origen de mis heridas; pero estoy contento de ellas, si mis sucesores con igual lenidad, acostumbran al pueblo boliviano a conducirse por las leyes, sin que sea necesario que el estrépito de las bayonetas esté permanentemente amenazando la vida del hombre y amenazando la libertad. En el retiro de mi vida veré mis cicatrices, y nunca me arrepentiré de llevarlas, cuando me recuerden que para formar a Bolivia PREFERI EL IMPERIO DE LAS LEYES, a ser el tirano y verdugo que lleva siempre una espada pendiente sobre la cabeza de los ciudadanos”.

De los dos sistemas de gobierno: el régimen de la dictadura o el de la cultura cívica, siempre será eficiente la administración ejercida con el pensamiento de educar a los pueblos en la práctica de las virtudes republicanas. De las dictaduras sólo anota la historia fracasos lamentables, de los que no escapó ni el mismo Bolívar.

Más, la herencia de pasados despotismos conserva aún la morbosidad que reaparece en el tiempo con mayores complicaciones y peligros.

Y quién sabe si la intervención que pedía Bolívar para garantizar la unidad colombiana, hoy proyecta su sombra para privar de la soberanía a las naciones anarquizadas por el militarismo adueñado del poder.

Más, cuando se hable de dictaduras, no debe olvidarse que: “Si un hombre fuese necesario para sostener un Estado, ese Estado no debería existir, y al fin no existiría…”

Y al recordar la dictadura del fundador de cinco Repúblicas, quisiéramos que la Historia pueda decir lo que el Libertador al General Páez, cuando quedó debelada la insurrección de Valencia: Ahoguemos en los abismos del tiempo –la dictadura de Bolívar-, la historia no ha sabido lo que ha pasado!.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s