Agustín Cueva: Ciencia en la literatura e ideología de clase en América Latina.

CIENCIA EN LA LITERATURA E IDEOLOGIA DE CLASE EN AMERICA LATINA.

 

POR AGUSTIN CUEVA.

LA BUFANDA DEL SOL n° 3-4. 1972.

 

Digitalizado por Carlos Lasso Cueva. Junio 19. 2013.

 

Pedro Henríquez Ureña publicó, hace un cuarto de siglo (1945), un libro en inglés que con el pasar de los años devendría célebre en todo el continente. Traducido con el nombre de  Las Corrientes literarias en la América hispánica, ha conocido desde entonces múltiples reediciones y es soy un manual obligado de consulta en colegios y universidades. Suerte similar ha corrido su Historia de la cultura en la América hispánica, que poco difiere del anterior.

 

Las tesis sustentadas por Henríquez son fáciles de resumir, pues se reducen a una voluntad manifiesta de mostrar que los hispanoamericanos somos dueños de una larga y sólida tradición cultural; que por fortuna esta cultura es mestiza, como lo probaría la simple inclusión de productos vernáculos en nuestra alimentación; y que el “humanismo” que nos caracteriza no data de hoy: “A pesar de los males de que ninguna conquista está exenta, (la de América) tuvo una calidad humana única” y, “por mucho que hayan sido sus errores, la España del siglo XVI merece el nombre que le ha dado Karl Vossler de mentora de la ética entre las naciones europeas” (1). Dentro de esta perspectiva, se comprende que el capítulo consagrado al “florecimiento del mundo colonial” tenga relevancia particular, siendo el más extenso del libro.

 

En cuanto a la sociedad colonial, Henríquez Ureña reconoce que fue clasista y racista, pero advierte que, sin embargo “en su conjunto se mantuvo en condición fluída, debido a los cambios frecuentes en las fortunas de los individuos, a su movilidad y a su adaptación a las nuevas circunstancias”. No estaba del todo mal, en definitiva, y lo que es más, tuvo el mérito de engendrar al Mesías prometido: el  “mestizo”. “Proclamada la independencia (las discriminaciones) no solo quedaron legalmente abolidas sino que, poco a poco, fueron dejando de hacer sentir su peso sobre la costumbre”.

 

Rico en erudición (¡más de dos mil autores desfilan en un texto de doscientas páginas!), el libro Las corrientes literarias no sustenta, finalmente, ninguna tesis científica digna de discutirse. Ni siquiera está animada por una intención crítica, mucho menos explicativa de nuestro proceso cultural. Se trata, simplemente, de una descripción fenoménica de los avatares del “alma mestiza”.

 

 Por la misma época, Mariano Picón Salas publicó su obra De la conquista a la independencia. Tres siglos de historia cultural hispanoamericana, la cual ha conocido un éxito que nada tiene que envidiarle al de Henríquez Ureña. Prologado precisamente por éste en 1945, el ensayo de Picón es también una “refundición de varios cursos dictados sobre el problema en universidades y colleges de los Estados Unidos (2), y persigue fines semejantes a los de su colega dominicano. Adopta como él una posición “comprensiva” frente al hecho colonial (“es uno de los primeros intentos de síntesis de los nuevas maneras de considerar los tres siglos coloniales” dice el prologuista); se ufana de nuestra añeja y “refinada” tradición y finca sus esperanzas en el mestizaje. En un momento de exaltación llega a estampar estas frases cargadas de mesianismo:

 

 “Contra el hispanismo jactancioso y contra el indigenismo que querría volver a la prehistoria, la síntesis de América es la definitiva conciliación mestiza. El mestizaje americano consiste en mucho más que mezclar sangres y razas; es unificar en el templo histórico esas disonancias de condición, de formas y módulos vitales en que se desenvolvió nuestro antagonismo”.

 

Para que esta “unificación” advenga lo más pronto, el autor invita a aprovechar ciertas lecciones de nuestra propia historia:

 

“Conciliar dos  sociedades y dos mundos opuestos –el del conquistador ensoberbecido y el del indio medroso- es la difícil tarea de justicia y equilibrio que corresponde a la iglesia en el pensamiento de Zumárraga.  Si no se fortifica junto al poder de la guerra un poder espiritual  pacífico- ya lo había comprendido, con intuición de gran hombre de Estado Hernán Cortés – no es posible lograr el sometimiento de las masas indígenas”.

 

Asi que: “La política de asimilación del indígena en países como Perú, Guatemala, Ecuador, Bolivia o el propio México, no debería olvidar la preciosa experiencia del siglo XVI mexicano”.

 

 Tesis irreprochable, la de este profeta de la cultura mestiza. La dominación –y esto lo han comprendido no sólo Cortés sino también Johnson y Nixon – tiene que afianzarse a través de una contrarrevolución cultural ininterrumpida, que en América Latina habría dado ya los frutos apetecidos de no ser por la tosudez del “medroso indio”. La burguesía de aquellos países ha tratado, en efecto,  de aplicarla sistemática y científicamente en las últimas décadas,  con asesoramiento de institutos “indigenistas” y antropólogos bien conocidos, como Aguirre Beltrán de México, y Gonzalo  Rubio del Ecuador.

 

Picón Salas nos ofrece, además, una interpretación del hecho colonial que sirve de clave para explicar nuestro subdesarrollo. Los conquistadores no vinieron a buscar riquezas materiales en América, sino movidos por un “idealismo medieval”, que hasta hoy es causa fundamental del atraso.

 

“Hay, pues, en los orígenes y contra la otra corriente pragmática y utilitaria que ya comenzaba a formarse en el norte de Europa y que llegaría a su apogeo con el industrialismo y la civilización maquinista del siglo 19, cierto desdén e inferioridad económica que nos retrasaría en la gran aventura técnica y utilitaria del mundo moderno. Acaso la orgullosa y a veces envanecida conciencia de su hombría hizo al español tan rebelde a lo mecánico. Su medievalismo le hacía preferir el guerrero al comerciante,  el alma al cuerpo. Hasta hoy los pueblos hispánicos no han conocido plenamente el estilo de la economía capitalista”.

 

En espera de que tal “estilo” nos llegue, Picón realiza el inventario de lo único que poseemos: los productos culturales y especialmente literarios de esa alma criolla, mestiza. Basado en premisas ideológicas semejantes, obviamente no consigue salir del “laberinto barroco” que tanto admira.

 

En fin para completar su trilogía, Arturo Uslar Pietri publicó su ensayo Las Nubes, con prólogo de Picón Salas, datado de 1945. Como es fácil suponer, las tesis de Uslar poco difieren de las  del prologuista, y, por ende, son casi idénticas a las de Henríquez. Una comunidad de ideales había venido forjándose en el seno de esta sagrada familia, cuyo último vástago resultó ser un predestinado para comprender y analizar la realidad “mestiza”. Su nombre mimo lo atestigua, pues, Según Picón, “no se han mezclado arbitrariamente al céltico y legendario Rey Arturo, el apellido germano Uslar y el meridional clásico Pietri en el escritor venezolano” (3).

 

Fiel a su sino, Uslar no vacila en proponer una tesis sobre la esencia del fenómeno literario latinoamericano; tesis que, en el capítulo titulado “Lo criollo en la literatura”, toca al delirio.

 

 El rasgo que mejor nos permite conocer esa esencia “es el que podríamos llamar del mestizaje. O de la aptitud y vocación de la literatura, como de la vida criolla, para el mestizaje. La literatura hispanoamericana nace mezclada e impura y mezclada alcanza sus más altas expresiones. No hay nada en su historia que se parezca a la ordenada sucesión de escuelas; las tendencias y las épocas que caracterizan, por ejemplo, a la literatura francesa. En ella nada termina y nada está separado. Todo tiende a superponerse y a fundirse. Lo clásico, lo romántico, lo antiguo con lo moderno, lo popular con lo refinado, lo tradicional con lo exótico, lo racional con lo mágico. Su curso es como el de un río, que acumula y arrastra aguas, troncos, cuerpos y hojas de infinitas procedencias. Es aluvial. Nada es más difícil que clasificar a un escritor hispanoamericano de acuerdo con características de estilos y escuelas. Tiende a extravasarse, a mezclar, a ser mestizo”.

 

Constatación que en el plano descriptivo no es del todo inexacta, en la medida en que nuestra literatura no repite paso a paso el proceso de otras literaturas. Lo cual es obvio, por lo demás, como explicable es que, en formaciones sociales caracterizadas por una acentuada heterogeneidad estructural, la superestructura ideológica (cultural) manifieste análoga situación.

 

Lo que resulta insólito e inaceptable es creer, como Uslar y sus seguidores (4), que nuestra historia literaria es una especie de caos en donde no existe otra legalidad que la aberración, o que los hechos culturales de América Latina se explican por “el carácter específico del espíritu criollo”. Tal puede ser la apariencia (en el primer caso, o el mito (en el segundo), pero la labor científica consiste precisamente en descubrir las leyes que rigen desde la infraestructura, la organización de ese “caos”, y una verdadera ciencia de la literatura puede sin duda lograrlo. Después de todo, el que se haya reconocido la existencia de una literatura “de la independencia” o “de la conquista”, por ejemplo, pone de manifiesto que el proceso es mucho menos arbitrario de lo que pudiera suponerse. Hasta el esotérico “barroco” refleja en su conjunto la situación de la clase social que la produjo, no se diga la literatura “política” del siglo XIX o la “social” del XX.

 

Pues, lo paradójico de Uslar reside en que, al mismo tiempo que afirma que la literatura latinoamericana esta “ preponderantemente concebida como instrumento” y “lleva generalmente un propósito que va más allá de lo literario”, por otro lado concluye que “nada  más difícil que clasificar a un escritor hispanoamericano de acuerdo con las características de estilos y escuelas”.

 

Si la relación entre infraestructura y fenómenos literarios es más visible en las sociedades latinoamericanas que en otras, ¿qué dificultad hay en clasificar y explicar estos hechos? De acuerdo con características estrictamente formales, ciertamente no es posible, y menos aún cuando se pretende encajarlos en tipos ideales europeos. Más, ello no obedece a “fallas”, “impurezas” o aberraciones del objeto, sino a deficiencias inherentes a la teoría (ideología, en realidad) y los métodos con que se intenta abordarlo.

 

Considerada como ente absolutamente autónomo, independiente del proceso histórico, la estructura social y la lucha de clases, la literatura latinoamericana tiene que aparecer, necesariamente, como una serie de acontecimientos discontinuos, arbitrarios, gratuitos. ¿Cómo se produjo el paso de la crónica “medioeval” a la literatura barroca? ¿Por qué, en relación con Europa, hay “anacronismo” en el primer caso, cuando los autores son precisamente europeos, y perfecta sincronía” en el segundo, cuando estos son ya americanos? ¿Por qué no se desarrollaron la picaresca, la novela de caballería y un teatro como el del siglo de oro español en las colonias? ¡Por qué el “gongorismo” fue el único “transplante! Que prosperó en tierras indias durante el siglo XVII y buena parte del XVIII? ¿Por qué no hubo novela hasta el siglo XIX y la creación dramática sigue siendo hermana pobre de los demás géneros hasta hoy? Cómo pudo pasarse de la épica de la independencia a ese otro “anacronismo” que sería el Martín Fierro, mediando ente los dos un “sincrónico” romanticismo? ¿De qué modo, finalmente, Bernal Díaz “engendró” a Sor Juana, esta a Espero y Olmedo, Hernández a Rubén Darío y Ciro Alegría a Borges o inversamente?

 

Misterios y más misterios, imposibles de desentrañar (5). Somos “mestizos”, eso explica y glorifica todo, para qué buscar una racionalidad histórico-social en lo que por definición son manifestaciones fenoménicas del “espíritu” americano. Tal la interpretación propuesta por esos autores y repetida por muchos otros, con un éxito fulgurante que ciertamente no corresponde al valor científico de sus trabajos, pero que tampoco es producto de la casualidad.

 

Recordemos, para comenzar, que las tesis “hispanoamericanistas” de los años 40 y siguientes fueron acogidas con simpatía y beneplácito en los Estados Unidos. Hecho nada sorprendente, pues, en realidad, el neocolonizador no tenía que inquietarse. Al contrario, podía respirar tranquilo al constatar que el nativo de “muy lindo acatamiento” y “grande y perspicaz ingenio”, con que soñó Colón, se había encarnado por fin, en estos intelectuales latinoamericanos que no vacilaban en ufanarse de su cultura colonialista y de la “elasticidad” de su sociedad clasista y dependiente, para la que en el mejor de los casos sugerían una transición del “feudalismo” (?) al capitalismo.

 

Por obvias razones, a la Metrópoli del Norte le interesa la difusión de esas ideas, y qué mejor si de ello se encargaban los propios “criollos”, con su lenguaje, su retórica y sus mitos. Asi que los contratos en universidades y colleges yanquis no hicieron más que multiplicarse para nuestros profesores de literatura, a tal punto que, desde entonces, todas o casi todas las “figuras” de este campo han terminado o “culminado” su carrera en la Metrópoli. Orgullosos de trabajar para ésta, sabedores de que un producto que lleva el sello USA tiene asegurado el éxito en los mercados subdesarrollados, se han preocupado de dejar en cada una de sus obras la constancia de haberla realizado en algún centro de estudios yanqui. Desde ahí se ha irradiado la ideología literaria dominante, sea en forma de libros o revistas de valor “reconocido en el extranjero”, sea por medio del “asesoramiento” que las universidades estadounidenses han prestado a las nuestras, con nativos dóciles y bien entrenados.

 

El hecho es de dominio público y constituye el primer dato de relieve para explicar la orientación y difusión de esos trabajos, como sus limitaciones de orden científico. Nos encontramos frente a una manifestación más del conocido fenómeno de dependencia, que ha determinado que el desarrollo de la ciencia latinoamericana de la literatura esté íntimamente ligado a los requerimientos metropolitanos.

 

Ello no obstante, sería errado pensar que esta dependencia ha actuado como simple coacción externa, desligada de intereses muy concretos, incubados en el seno de nuestra propia sociedad. Al contrario, un análisis, por somero que sea, de  las tesis sustentadas por los autores en cuestión, pone de relieve que ellas se estructuran en función de una evidente ideología de clase.

 

Cuando Henríquez Ureña afirma que, clasista y aún racista, la sociedad colonial no estaba del todo mal, puesto que permitía cierta “movilidad”, no hace más que juzgarla con ojos pequeño-burgueses; poco importa que la burguesía explote inmisericordemente al proletariado y otros sectores populares, a condición de que se muestre “elástica” con la clase media. Y, cuando Picón Salas dice rechazar las posiciones extremas del “hispanismo” y el “indigenismo”, sin duda es sincero consigo mismo. En verdad, no trata de volver a las tesis de los conservadores hispanófilos del siglo pasado, ni de buscar legitimidad para su clase en la filiación indígena (cosa que para un venezolano sería, por lo demás, muy difícil), sino de forjar un nuevo mito. El templo por construir es el del “mestizaje”; sus sacerdotes, los intelectuales pequeño-burgueses. Todas las “disonancias de condición”, todos los antagonismos serán superados en el ritual de una “misa criolla”; la lucha de clases deviene anacrónica gracias a la providencial mediación mestiza.

 

En estos autores “mestizo” aparece, además, como sinónimo de “criollo”, aunque los dos  términos hayan designado, históricamente, categorías distintas (el primero remite a un corte racial cultural; el segundo a un corte geográfico, socialmente connotado). Confusión que hubiera podido menoscabar la solidez de un trabajo científico, pero que tratándose de discursos ideológicos más bien los consolida.

 

En efecto, la ideología del mesianismo mestizo (en sentido estricto), solo podía tener vigencia en aquellos países de estructura social sobredeterminada por el factor “raza” (México, Guatemala, Ecuador , Perú y Bolivia principalmente), donde la pequeña burguesía recién “promovida” necesitaba redimirse del pecado original de ser “mestiza”, redefiniendo en términos positivos su cultura de clase, frente a la burguesía “blanca” y el proletariado y campesinado “indios”. En las demás áreas (del Caribe o del Río de la Plata, por ejemplo), el mestizo había desaparecido hace mucho como categoría social y, por lo tanto, dicha ideología carecía de asidero, o, por lo menos, no podía arraigar con fuerza de mito. No quedaba otro remedio que ampliarla hasta un límite que le permitiese funcionar como ideología pequeñoburguesa de toda América Latina, y es lo que se hizo, fundiendo los términos “mestizo” y criollo”.

 

Ampliada de este modo, la tesis del mesianismo mestizo se extendió, cual reguero de pólvora, a lo largo y ancho del continente. No sólo los ensayistas e historiadores de nuestras letras la asumieron, sino también los artistas creadores, incluso los de izquierda, amalgamados, como habría dicho Lukacs, “una ética de izquierda y una epistemología de derecha” (si de epistemología cabe hablar en este caso). Aún hoy pueden detectarse huellas de este proceso en obras como La expresión americana, de José Lezama Lima, por ejemplo.

 

Por su parte, antropólogos y sociólogos se entregaron a la tarea de convertir la ideología del mestizaje en “ciencia” aplicada (6), estudiando los llamados “procesos de aculturación “ y elaborando recetas para acelerar la “incorporación” del indio a la cultura “nacional-mestiza”. Es que conocida la meta, sólo quedaba por trazar el camino más corto hacia la Tierra Prometida.

 

Quizás no sea superfluo mostrar, incluso, ciertas analogías, entre la ideología “hispanoamericanista” de los autores que venimos analizando y el pensamiento político “populista” del mismo período. Tales manifestaciones tienen en común, por lo menos, su actitud conciliadora de antagonismos, su reivindicación retórica y mistificada de “lo nuestro”, su “criollismo” paralelo de una praxis al servicio del orden establecido. ingredientes pequeño-burgueses perfectamente compatibles con los intereses de la dominación en su conjunto a la que han reforzado desde todo punto de vista.

 

Dicho orden, claro está, no ha sido estático, y la ideología ha tenido que evolucionar de acuerdo con los requerimientos del sistema. Al entrar el capitalismo latinoamericano en una fase crucial de su desarrollo (predominio del sector industrial de alta tecnología, estrechamente ligado al capital monopólico extranjero; contrapartida de pauperización creciente de los sectores populares excluidos del islote de “modernidad”; insurgencia armada, etc). La burguesía tuvo que elaborar una nueva respuesta política e ideológica que reemplazara al fallido “populismo”.

 

Como se sabe, tal respuesta fue de índole represiva (en menos de 10 años todos los gobiernos populistas fueron sustituidos por dictaduras militares), pero se presentó envuelta, como afirman Cardoso y Faletto, en el “ropaje de una especie de arbitraje tecnocrático que se pretende asignar a las intervenciones militares en la vida económica, política y social” (7). Ropaje del que se pudo echar mano con relativa facilidad porque, ya desde mediados de la década del 50 el proceso de desarrollo capitalista había contenido importancia creciente al sector tecno-burocrático de la pequeña burguesía, que terminó por imponer su impronta ideológica  a la clase entera. Incluso a los sectores más tradicionales de ella, que en adelante ya no sólo  justificarán su status y actitud clasista a título de depositarios del acervo cultural “mestizo”, sino además como portadores de un saber especializado y casi mágico: la técnica.

 

En nuestro campo, resulta interesante constatar como la “ciencia” latinoamericana de la literatura no fue ajena a este proceso. Aún en el estilo, sus cultores fueron alejándose poco a poco de la grandilocuencia de cuño populista, para alcanzar una expresión cada vez más “objetiva”: no hay sino que comparar la retórica de los años 40 con la que hoy predomina en las revistas publicadas por los profesores latinoamericanos en los Estados Unidos.

 

Sin renegar de las tesis de sus maestros, los propios discípulos de Henríquez y Picón trataron de re-presentarlos aliñados con ingredientes al gusto de la época, precedidas, en todo caso, de un hoss-d¨eeuvre metodológico empirista y por supuesto “apolítico”. Solo que, como la metrópoli del Norte no se interesa mayormente en desarrollar instrumentos refinados de análisis en este campo (donde no hay producción de bienes materiales en juego y solo cuenta la rentabilidad ideológica, los nuevos estudiosos tuvieron que conformarse con los improvisados en un área tan subdesarrollada como la nuestra: España.

 

Adoptaron, pues, el método llamado generacional, cuyos supuestos sería ocioso recapitular y discutir aquí. Tanto la “filosofía” como las principales instancias metodológicas de este curioso engendro (que no vacila en explicar la historia por la fecha de nacimiento de Colón) han sido ampliamente expuestas por Ortega y Gasset y Julián Marías; asi que nos limitaremos a mostrar algunos de los resultados de su aplicación entre nosotros, “combinada con otros criterios”, para que se aprecie hasta qué punto todo ese aparataje no es sino la coartada destinada a encubrir la ideología dominante bajo la apariencia de una neutralidad “metodológica”. Si al hacerlo nos vemos obligados a bajar hasta niveles intrascendentes, el lector sabrá disculparnos. Los mitos de la pequeña burguesía en ascenso poseían al menos la amplitud de cierta tensión vital; los arabescos tecnicistas con que la clase media burocratizada justifica su “función social”, traducen necesariamente su chatura y la rutina de la “especialidad”. (8).

 

Primer ejemplo, de alcance continental. En el prólogo a su Historia de la Literatura hispanoamericana (9), E. Anderson Imbert declara, y muy en serio, que “por miedo a falsear el desarrollo literario con figuras subjetivas” (sic), pefiere elegir “un criterio inofensivo: la clasificación histórico-política en tres partes: “la Colonia”, “Cien años de República” y “época contemporánea”. Sobre la base de este “prudente” primer corte opera otro, que es el generacional, aplicado de manera muy flexible; “Cuando el sentido histórico lo demande, alteraremos ese esquema y situaremos a un escritor fronterizo en el lado que más convenga”. Por último, Anderson Imbert precisa “que ordenemos los materiales de nuestra historia en períodos no quiere decir que desatendamos otros criterios ordenadores: los de nacionalidad, géneros, escuelas, temas…Lo que hemos hecho es subordinar estos criterios a la cronología. En otras palabras, nuestro método es sistemático cuando agrupa cronológicamente los fenómenos literarios fundamentales; y asistemático en todo lo demás”.

 

Aclaraciones que nos dispensan de todo comentario, pues, ¿qué cabe añadir sobre el valor científico de un trabajo en que se comienza por recortar el objeto de estudio con un criterio “inofensivo”, se altera después el esquema propuesto cada vez que se revelan sus ineptitudes más groseras y, por último, se reconoce que sólo hay sistematización en la medida en que, salvo tratamiento contrario, los escritores nacidos en 1910 aparecen antes que los nacidos en 1920?

 

En cambio el valor ideológico de esa Historia es muy grande. Anderson no deja de destacar el alcance poético, los rasgos de estilo y la grandeza “épica” de textos coloniales que ni siquiera son literarios; mientras que con algunos de los más grandes autores contemporáneos se muestra bastante menos entusiasta. Del Neruda del Canto General afirma: “El lirismo era la fuerza de Neruda, no lo épico. Por eso cae en mazacotes ajenos a la literatura”. Sobre Jorge Ycaza: “La lectura de Huasipungo, su más famosa novela, solo satisface a quienes buscan en la literatura documentos sociológicos o emociones políticas, no virtudes literarias”. El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, en rigor nos sería permitido leer: “Novela de protesta, sin unidad de tono, pero legible y eficaz”. Etc

 

En resumen, los textos ubicados en la perspectiva de la dominación le parecen fascinantes, como detestables los que apuntan en otra dirección. Esto, desde un punto de vista exclusivamente “artístico”, en el cual, como puede constatarse, no intervienen para nada criterios políticos.

 

De poca envergadura y menos difusión que el anterior, el segundo ejemplo que queremos analizar es sin embargo muy significativo, por tratarse de un libro escrito por el asesor en literatura, enviado por la Universidad de Pittburgs a la Universidad Central del Ecuador: Letras y cultura de la Promesa, tesis doctoral de Saúl Sibirsky, dirigida por Alfredo Roggiano (10).

 

El método empleado es siempre el generacional, ahora refinado con últimos descubrimientos como los de José Juan Arrom, para quien “el origen de tanta confusión” reside en que todavía no se ha definido con precisión el “punto de arranque de las generaciones coloniales”, que en su opinión se sitúa en 1474 y no en 1492. Descubrimiento de trascendental importancia para interpretar La araucana, los Comentarios reales o Los de abajo, ¡cómo dudarlo!

 

Tras este montaje “científico” apenas si se oculta, claro está, la ideología de clase. El Inca Garcilaso, por ejemplo, resulta admirable por ser el forjador de una “cosmovisión criolla” constituida por: la resignación (“para él resulta sumamente palmario que la Conquista es un hecho irremediable”); la sumisión ideológica (Garcilaso “declara alí que los incas están subyugados por las fuerzas peninsulares, pero que esa condición es preferible a la que prevalecía con anterioridad”); el arribismo (“la singularidad de su actitud radica en que él también deseaba una cultura conquistadora, en la que se reconociera su genealogía”); el patrioterismo mistificador (“criollo hasta los tuétanos, orgulloso de la tradición de su patria chica, quiere que llegue a formar parte del repertorio de Occidente”).

 

Lo menos que puede decirse es que esta admirada figura del Inca está recortada con las tijeras del pequeño burgués de América Latina. Esa contemplación es casi un acto de narcisismo; como reveladoras de la mentalidad de Sibirsky y su equipo son las reflexiones sobre Francisco Terrazas, otro “criollo típico”. De una parte, Sibirsky señala que este poeta “describe al cacique Canetabo como monstruo de la naturaleza y a otros indios como “tratable gente y algo más humana”; de otra afirma que “indios y españoles no aparecen para que el autor tome una posición a favor de ellos o contraria. La Conquista y el indígena, y su cultura, son tratados en función de la obra de arte”. ¡En realidad! Terrazas parece haber sido un poeta sumamente objetivo, que se limitaba a hacer arte: sólo que lo hacía a la manera del asesor Sibirsky.

 

Ultimo ejemplo con que ilustraremos los avatares de la “ciencia” burguesa de la literatura es La novela chilena. Los mitos degradados, del profesor Cedomil Goic (11). En este libro, chef-d´oeuvre de tecnicismo, una sola cosa queda en claro: la voluntad de amurallarse en una concepción formalista-idealista, típicamente burguesa de la literatura (“concepción de la obra literaria como estructura de lenguaje, concepción de la literatura como esfera autónoma”). El resto, es un verdadero caos conceptual y metodológico.

 

Para comenzar, Goic señala que “con el mismo criterio (generacional) aquí establecido, la serie de obras y autores pudo variar y puede legítimamente variar para quien quiera que sea”. En otros términos y generalizando este primer postulado metodológico, lo mismo daría trabajar con el Quijote de cervantes que con el de Avellaneda. Como self-service, uno puede tomar el plato que le apetezca.

 

Después, resulta que “la novela puede ser abordada a partir de cualesquiera de sus elementos sin  que pierda su sentido de totalidad y por lo mismo, cualesquiera de sus elementos fundamentales puede constituirse en criterio de clasificación y periodización”. Si; solo que Goic no advierte que de allí se derivan algunos problemas. Primero: rechazada toda fundamentación teórica, es imposible determinar qué elementos son fundamentales y cuáles no. Asi que una clasificación de las novelas por su tamaño, por ejemplo, sería tana legítima como otras. Segundo: si tales elementos están ordenados jerárquicamente (y Goic lo asevera en otro pasaje de su “Introducción”, sin percatarse de las implicaciones de esto), tienen estatutos teóricos distintos y, por lo tanto, no se puede abordar el objeto a partir de cualquiera de ellos. Tercero: una vez escogidos los criterios de clasificación, aunque sea arbitrariamente, es aconsejable no cambiarlos “sistemáticamente” en el curso de la investigación, como lo hace dicho profesor.

 

En fin, Goic ni siquiera parece sospechar que está mezclando métodos incompatibles: el generacional y el del desarrollo “típico-ideal” de la literatura (incompatibles métodos, recalquémoslo, pues en el plano ideológico no hay inconsecuencia: el empirismo y el platonismo son dos caras del idealismo).

 

En su exposición comienza, en efecto, por manifestar que cada autor representa a una generación y cada obra a un autor; pero luego no tiene reparos en afirmar que “las novelas aparecen, en primer término, como actualizaciones de un género o tipo de novela”. Y como pasa de la teoría a la práctica, uno se topa con sorpresas. Cualquier estudiante de literatura chilena advierte que María Luisa Bombal no puede “representar” a la llamada generación del 38, puesto que va en dirección opuesta. Es, por asi decirlo, la excepción a la regla. Su inclusión en La novela chilena sólo puede justificarse, entonces, como momento de un desarrollo “típico.ideal” del género; pero, de ser así, habría que precisar con qué criterios se ha constituido el modelo y abandonar, por supuesto, el método generacional, que nada tendría que hacer en este caso. Pues es dudoso que esos rasgos típicos hayan sido extraídos de la generación latinoamericana correspondiente (Jorge Ycaza, Ciro Alegría, etc), o de la europea: a la que pertenecen Sartre y Camus, por ejemplo. Aparte de lo grotesco que resulta colocar una novela escrita en 1951 (Hijo de ladrón) como momento anterior de una novela que fue escrita 16 años antes: La última niebla, de 1935.

 

Y no nos alarguemos más sobre este libro, donde entre el laberinto de “estructuras cósmicas” (?) se deslizan contrasentidos tan evidentes como el de repetir el manido discurso sobre la “renuncia a la omnisciencia”, a propósito de una obrita menor en la que la autora se limita a presentar, como el resto de su producción, un drama íntimo de frigidez, relaciones incestuosas y sentimientos de culpa.

 

Lo que nos interesaba mostrar es que, del hispanoamericanismo utópico de Henríquez Ureña al oportunismo “científico” de Anderson Imbert, de los mitos mesiánicosde los años 40 a los “mitos degradados” de Cedomil, Goic, la verdad de la ciencia latinoamericana de la literatura sigue siendo substancialmente la misma. Producto burgués elaborado con ingredientes pequeño-burgueses y bajo patente extranjera, no ha buscado en ningún momento descubrir la raíz profunda de nuestros hechos culturales, explicarlos científicamente, sino producir mitos de clase o echar un velo formalista-idealista sobre las prácticas literarias y, a través de ellas, sobre la realidad toda.

Urge, por lo tanto, estudiar el proceso literario de América latina a la luz de una teoría capaz de desentrañar su verdadero sentido, des-velador de esas raíces que no pueden hallarse en otra parte que en la infraestructura de estas sociedades dependientes, en su historia y la de los intereses e ideologías de clase a partir de las  cuales se han gestado las obras que constituyen nuestra literatura.

 

NOTAS:

1.. Todas las citas son tomadas de la 4° ed. de Las corrientes literarias. Fondo de Cultura Económica, 1965.

2.- Citamos según la 4° ed., Fondo de Cultura Económica, 1965

3.- Citamos de la edición chilena de Las nubes, Santiago, Ed. Universitaria, 1956.

4,. Guillermo de Torre, por ejemplo, en Claves para la literatura hispanoamericana, Madrid, Taurus S.A., 1959.

5.- A este respecto, ver las acrobacias “teóricas” de Guillermo de Torre, por ejemplo (op.cit.) o las de Juan Loveluck y otros en: La novela hispanoamericana, Santiago de Chile, Ed. Universitaria, 1969, cps. 1 y 11. Loveluck llega a hablar de una “novela pura” y una novela impura”. (sic).

6.- Cfr. Carlos Guzmán Bokler y Jean-Loup Herbert; Guatemala: una interpretación histórico-social (México, ed. Siglo XXI, 1970, cap. VII), donde se hace una acertada crítica de esta “ciencia”.

7.- Desarrollo y dependencia en América Latina, México, Ed. Siglo XXI, 1970, p. 56. El subrayado es nuestro. Véase especialmente el cap. VI: “La internacionalización del mercado: el nuevo carácter de la dependencia”.

8.- Por esta razón, la mitología de los creadores, que hasta los años 60 se confundió con la de  los profesores de literatura, se separa de éstos en la década de los profesores de literatura, se separa de éstos en la década del 60. Cortázar y Cia. Elaboraron una sub-ideología de grupo centrada en el tema del poder omnímodo de la imaginación, en parte por reacción contra la tecnoburocratización del resto de la clase. Proceso, éste, que si embargo no deja de reflejarse en algunas obras: la “escritura automática del mismo Cortázar, viene acompañada de un “tablero de control y otros aditamentos técnicos en Rayuela.

9.- Citaremos de la 6° ed., Fondo de Cultura Económica, 1967.

10.- Quito, Ed. Universitaria, 1966.

11.- Santiago, Ed. Universitaria, 1968.

 

Nota: En acotación final a este artículo,  Agustín Cueva aclara que constituiría la introducción a un libro que pensaba escribir titulado “Literatura y colonización en América latina”. Tal libro habría sido “Literatura y conciencia histórica en América Latina”, que fue editado póstumamente por editorial Planeta en 1993, con prólogo de Fernando Tinajero. Lamentablemente este trabajo no fue incluido en ese libro.

 

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