GIL GILBERT: ACERCA DE LA LITERATURA

ACERCA DE LA LITERATURA Y DE UN METODO PARA ESTUDIAR SU HISTORIA.

POR ENRIQUE GIL GILBERT.

Tipiado por Carlos Lasso Cueva:

HOMENAJE A MI ILUSTRE MAESTRO, A MI INOVIDABLE CAMARADA. CON TODO MI AFECTO.

Ahora este maravilloso documento olvidado, ya está en la red, y en el Facebook, en donde correrá,… andariego, para siempre.

Guayaquil, 29 de Abril del 2012.

“Estos son los conocimientos de los hombres de todas las edades y todos los pueblos,

No son originales, no son míos solamente,

Si no son tuyos también,

No son nada o casi nada”.

Walt Whitman: Canto a mi Mismo.

Cuando se quiere estudiar la historia de algo, es necesario tener un concepto claro de ello. Si deseamos estudiar la Historia de la literatura aspiremos, en primer lugar, a saber qué es la literatura.

Observemos en nuestro derredor. Las gentes leen diversas clases de libros, pero es a un cierto número de ellos que denomina obras literarias. Y no son leídos con el mismo objeto ni con el mismo interés que las obras filosóficas o científicas. Algo más interesante hay aún: los lectores prefieren entre las obras literarias. Pueden interesarse más por una novela o por un poema que por una leyenda o un drama. Puede, también, suceder lo contrario. Gustarían más de Cervantes o Dickens que de Balzac o Dostowiesky; se entusiasmarían con Chateubriand o Hugo y se aburrirían con Virgilio u Homero; se apasionarían con Shakespeare o Ibsen y detestarían a Pirandello.

Qué características, pues, tienen en concreto las obras literarias? Qué es lo que las diferencia de las otras producciones de la inteligencia? Qué es lo que las asemeja como para poder agruparlas? Qué es lo que las diferencia entre si como para poder clasificarlas? Qué lugar ocupan en el vasto conjunto de las actividades y de la naturaleza humana? Porqué los lectores tienen sus preferencias?

El medio de expresión de la obra literaria es el lenguaje. Empero, no es un lenguaje cualquiera: tiene una base más cálida, más sensible y está más vestido de imágenes que el lenguaje científico; posee una mayor temperatura pasional y una postura más sensual que el lenguaje filosófico. Es el resultado de una forma específica del pensamiento, y su modalidad típica es la de traducirnos las emociones humanas, expresarnos el mundo de las emociones.

Sin embargo, la forma de expresión de una novela no es la misma que la de una tragedia o un poema; constatamos la existencia de distintas clases de obras literarias: poesía, drama, cuento, etc. Escritas en verso o en prosa, de índole narrativa o expresiva, objetiva y subjetiva; constatamos también diferencias fundamentales, ya no en la forma de expresión: Un contenido ideológico. Las escuelas literarias alinean y unifican obras separadas por su modalidad expresiva; existen novelas, dramas, poemas, etc, clásicos, románticos, realistas. Necesitamos por lo tanto distinguir ciertas modalidades particulares del pensamiento literario y del lenguaje literario correspondiente, pues, el pensamiento está estrecha e indisolublemente unido al lenguaje. Lo importante es averiguar las circunstancias en que se produce el pensamiento literario.

El literato escribe para deshacerse de los fantasmas que lo atormentan (Dostowiesky) e interpreta la naturaleza a través de un temperamento (Zola); pero es el caso, que, dado el carácter social del hombre, aún cuando anhele expresar nada más que las emociones y los sentimientos de su individualidad propia, expresando su vida interior representa al mundo exterior y expresa la vida social esencialmente.

Ahora bien, el modo de producción determina y acondiciona la vida social, y, a través de ella, la vida intelectual. La literatura resulta, pues, una superestructura ideológica que se eleva sobre las bases de ciertas condiciones económicas, teniendo un desarrollo propio y una relativa independencia. Sufre las influencias y los efectos, intermediarios y complejos, de otras superestructuras –filosofía, ciencias, moral, religión, derecho, etc-, al fin de los cuales el factor económico no aparece sino después de múltiples transmisiones. La literatura, como todo arte, es, por lo tanto, una forma especial de actividad social. Traduce al mundo las emociones del hombre social, histórico. Empero, la conciencia humana no solo refleja el mundo objetivo sino que lo crea. En consecuencia, la literatura –expresión de la conciencia social y de la ideología- reacciona sobre la sociedad de la cual es expresión y contribuye a modificarla.

De tal manera, no solo será posible comprender nada del pensamiento literario y de su lenguaje correspondiente, si no se los desprende de la vida social. Y en una sociedad dividida en clases, las ideas dominantes son las de la clase dominante que detenta, junto con los medios de producción, el monopolio de la cultura, traduciendo en sus actividades espirituales las relaciones sociales que quiere perpetuar. Por tanto, la literatura traduce al mundo las emociones y los sentimientos del hombre de clase; y al de la clase dominante le permite elevar un monumento a su gloria, exaltar sus explotaciones, sus actividades inmortalizarlas. La epopeya en las sociedades patriarcales, la canción de gesta en la edad media, la tragedia clásica, la novela burguesa, son las proyecciones que las clases dirigentes han hecho de si mismas, creando los géneros mejor adaptados a sus aspiraciones y a sus necesidades (1).

Sin embargo, sucede que la clase oprimida, tenida celosamente fuera de la cultura por las clases dominantes, llega a arrancarse algunas migajas. Sus mejores representantes horadan la noche sin aurora en que pretenden encerrarla; se apoderan de los valores intelectuales elaborados anteriormente, los transforman y los utilizan para la lucha emancipadora de los explotados. La vanguardia de la clase ascendente hace irrupción en la filosofía y en la literatura. La lucha entre la conservación política y económica y las fuerzas que quieren romper el viejo molde de las relaciones sociales, tenía primero la forma de una lucha entre las ideas. La crítica por la pluma precede a la crítica de las armas. Entonces aparece, como en la Francia del siglo XVIII o en la Rusia de los siglos XIX y XX una literatura revolucionaria (2).

De modo, pues, que el pensamiento literario y su forma correspondiente están encuadrados, ubicados por las coordenadas de tiempo y espacio, sujetos a las contradicciones divididas en clases. Y solo a través de este engranaje social y sus peripecias comprenderemos por qué se da en ciertas épocas un determinado género, supongamos el género épico o lírico. Si observamos detenidamente en la historia de la literatura y sabemos extraer algunas enseñanzas de ella, casi podríamos establecer las condiciones sociales requeridas para la aparición de la leyenda, el cuento, la lírica, la épica. Obedece a rigurosas leyes sociales, históricas, la razón por la cual solamente en cierto momento de la historia de la literatura romana aparece Apuleyo. O el auge de la novela en Europa. O la aparición de los cantares de gesta. O la modalidad renacentista. Con mucha más razón podemos decir esto de las escuelas. No es posible explicar el renacimiento solamente como un retorno a la tradición antigua, aislándolo entre sus cuadros y sus libros sin tomar en cuenta los grandes descubrimientos, el impulso dado a la navegación, la vehemencia por la colonización, el desarrollo del comercio y de la industria y la aparición del mercado mundial. La clave de la grandiosa expansión intelectual del siglo XVIII está en la transformación de los modos de producción, que al romper los viejos módulos, exasperó los antagonismos sociales abriendo nuevas y grandes perspectivas a las inquietudes y anhelos del tercer Estado oprimido por las cadenas feudales. Tampoco es posible definir el romanticismo ni entender sus dos corrientes sino en virtud de la protesta desesperada contra el capitalismo, elevada a la vez por la nobleza despojada y la pequeña burguesía radical. Desde luego, no es que pretendamos deducir directamente de la economía las superestructuras ideológicas, en este caso la literatura, porque abocaríamos a la necesidad de explicar la Divina Comedia por los tejedores de Florencia únicamente, y a Zola por la extensión de las compañías anónimas, o pretender que puesto que las ideologías nacen en condiciones económicas determinadas, desaparezcan con las condiciones que las hicieron nacer (3).

Las obras literarias, en la medida que son la representación exacta de los caracteres típicos, en circunstancias típicas (Engels), es decir, la voz de un pueblo en una hora dada de su historia (B. Carrión) hablarán casi infinitamente al corazón de los hombres. Pero la obra de arte no se repite jamás y el imitador está tan alejado de su pueblo como las sociedades a que cada uno de ellos pertenece. La literatura de un país no ejerce verdaderamente influencia sobre la literatura de otro país, si no existen en ambos condiciones económicas similares. Nada de común hay entre las manifestaciones artísticas de la América pre-colombina y la de los países contemporáneos de Europa, pero tiene una asombrosa similitud con las del antiguo Egipto, de la India y de los asirios-caldeos. Fue menester que la conquista suplantara en gran parte las antiguas modalidades y estableciera organizaciones similares a las de Europa –en especial de la España feudal- para que las corrientes literarias encontraran condiciones propicias a la influencia. La Turquía de los sultanes permaneció durante muchos siglos impermeable a las corrientes literarias europeas. Empero, los modos literarios de la Grecia esclavista contribuyeron grandemente a la formación de la modalidad romana.

Es preciso insistir en que las influencias no determinan el que las corrientes, los modos literarios, sean idénticos. Los imitadores no han hecho jamás otra cosa que producir trabajos muertos, desradicalizados, y generalmente similares en lo más adjetivo de la forma. En las tragedias de Racine andan mal disfrazados los marqueses de la Corte con la vestimenta de los héroes griegos. Los líricos de los países de América latina de fines del siglo XIX, que marcaron el nacimiento de esta modalidad poética bajo el patriarcado de Rubén Darío, tomaron de los decadentistas franceses el dintorno porque no podían llegar a la entraña del canto francés.

Ahora bien, si tratamos de estudiar a Historia de la Literatura, interesa analizar sus hechos, quiero decir, sus obras; las modalidades, quiero decir, los géneros; sus corrientes, su desarrollo, sus accidentes, sus características. Seleccionar los elementos que resisten a la crítica, unir estos elementos permanentes en un todo orgánico. Naturalmente, una labor de esta índole, aunque sea “completa”, resultará unilateral y no bastará para aprovechar las experiencias de las generaciones pasadas ni será útil en el sentido de contribuir a la formación de una concepción total del mundo. No será suficiente para explicarnos las condiciones y el desenvolvimiento del espíritu, ni sus transformaciones, si no se las considera como la expresión de una sociedad y de una época dadas.

Lo importante, pues, para estudiar la Historia de la Literatura, consiste -basándose en la observación de los hechos literarios – en establecer comparaciones entre ellos, relacionándolos entre si y con las otras superestructuras ideológicas, con la sociedad toda y su factor determinante a fin de poder establecer las leyes que propician el surgimiento de un estilo, su ascenso, su culminación, como expresión de una etapa histórica, y su declinación como consecuencia de una crisis clasista; -en hallar los sentimientos y las ideas que apasionan al hombre y a una sociedad determinada; – en no circunscribir la explicación de la literatura, exclusiva y preponderantemente, a los factores telúricos, étnicos, espirituales (en abstracto), sino a la comprensión de ella en función del esfuerzo humano universal, a la continuidad en el esfuerzo creador del hombre (Arqueles Vela); en la adopción de un juicio dinámico correlativo a la movilidad histórica.

(1). Jean Freville

(2) Jean Freville

(3) Jean Freville.

Este brillante artículo, magistral, se publicó por primera vez en el N° 55 de la revista del Colegio Nacional “Vicente Rocafuerte”, en Agosto de 1944.

Se reprodujo en el N° 8, de 1954 (mes de Junio) del periódico “Cuadernos del Guayas, de la CCE, cuando era su presidente Don. Carlos Zevallos Menéndez, siendo el director de esta publicación Adalberto Ortiz. De aquí es de donde lo he tomado.

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