EVOCACION DE DON JAIME NEBOT VELASCO

 

Sábado 25 de Febrero del 2006. MERIDIANO.

POR CARLOS LASSO CUEVA:

Fue una amistad que heredé de parientes míos y que la cultivé sobre todo en sus últimos años, visitándolo en su oficina, ilimitadamente abierta para mi, la última semana de cada mes. Recuerdo nuestras tertulias como un remanso de paz que encontré en medio de la dureza de la vida. Era un hombre de una sola pieza, fiel a sus amigos. En mi campaña para la Presidencia de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas (entidad en la que él no creía y ahora tampoco yo) al visitar a algunos miembros en busca de su voto, me informaron que él les había llamado para pedirles que me apoyen. Ellos fueron doña Monserrat Maspons, Ec. Felipe Orellana Albán, Dr. Rafael Euclides Silva y el Dr. Roberto Illingworth Baquerizo, entre otros.

 

Nos separaba la ideología, y no éramos de la misma generación. Pero hubo una especial empatía que permitió que congeniáramos profundamente. Nos tuteábamos, y esto sorprendió al Dr. Claudio Mueckay, que lo asesoraba jurídicamente en sus negocios: se manifestó asombrado de la enorme confianza que había entre nosotros. Jaime era muy sociable, abierto. Supe que solían visitarlo Don Agustín Febres Cordero Ribadeneyra, el Dr. Jacinto Velásquez Herrera, y varias veces coincidimos ahí con el Dr. Augusto Barreiro Solórzano y los periodistas Luis Delgadillo y Jaime León Ramírez.

Extrovertido y dionisíaco, perteneció en su tiempo a la alta cúpula política. Fue ministro en los tres últimos gobiernos de Velasco Ibarra y fue diputado cuatro veces. Presidió la Junta de Planificación y la Flota Mercante Grancolombiana. Por último, lideró la Asociación de Ganaderos del Litoral. Ostentando la presidencia de esta institución estuvo en Cuba varias semanas, y ahí nació su amistad con Fidel Castro, quien lo visitó algunas veces mientras estuvo allá. A veces estuve con él en su oficina en el edificio Panorama cuando recibió telefonemas del embajador de Cuba en Quito, saludándolo a nombre del jefe cubano, quien solía mandarle a obsequiar paquetes de habanos, que, por regla general, me los pasaba a mi.

 

Temperamental y hasta violento si lo provocaban, en su juventud se había fajado a puñetes con quien fue su amigo de siempre, Carlos Julio Arosemena Monroy. En una recepción en el Palacio legislativo durante las sesiones de la Asamblea Constituyente de 1966, de un trompón tumbó al suelo a un importante político de esa época. Pero el tiempo pasó y llegó la etapa de la serenidad. Y entonces se conmvirtió en una figura patriarcal de la sociedad guayaquileña. En el N° 190 de la revista Diners confesó: “Duermo tranquilo. No tengo enemigos”.

 

Su padre fue un comerciantre catalán que vino a gerenciar los almacenes Begué y se convirtió luego en el principal accionista de Comercial San Agustín. Se llamó Jaime Nebot y Borrás. Fue secretario de un grupo franquista: La Falange y en la 2° Guerra Mundial estuvo en la lista negra del gobierno yanqui. Por eso Nebot Velasco no pudo ir a estudiar en USA. Su madre fue Doña Sara Velasco Letamendi, sobrina del político liberal Miguel Valverde Letamendi, masón y ministro de gobierno de Plaza Gutiérrez. Ella era nieta de Felipe de Letamendi, hermano del prócer venezolano Miguel de Letamendi. Doña Sara fue hija de de don José Velasco y Jiménez, quien murió asesinado en su delante durante las montoneras alfaristas. Entonces, con su hermana Celinda (madre de los Wagner Velasco) se trasladó a Guayaquil.

 

Jaime se jactaba de un antiguo remoquete que le impusieron amigos de la zona donde sus antepasados tuvieron propiedades: “Tigre de Sargentillo, Bulubuly y Papayal”.

 

Había sido profesor de literatura en el colegio de señoritas Guayaquil y le encantaba recordar pasajes de la literatura picaresca española. Se regocijaba con muchos episodios de El Decamerón. Era impresionante oírlo recitar, con un conmovedor histrionismo, pasajes del libro de Jorge Manrique “Coplas a la muerte de su padre”. La última vez que lo vi, accedió a escuchar un disco de Joan Manuel Serrat que traía poemas de Mario Benedeti, entre ellos “Una mujer desnuda y en lo oscuro”, que le encantó tanto que me hizo repetírsela varias veces en su antiguo tocadiscos. La tarde se convirtió en una velada amenísima, como siempre. Llamó a su secretaria con la campanilla para que trajera otra botella de wwhisky y la charla se fue de nuevo por los senderos de la historia del Ecuador, que se la conocía de memoria, y de la que había sido protagonista.

 

Era alto, fornido, corpulento. Pero tras su recia apariencia se escondía un hombre muy dulce. Era de fuerte carácter y cuando llegaba imperaba el nerviosismo en su oficina durante los primeros minutos. Exigía informes claros y precisos a sus empleados. A menudo estallaba y se ponía enérgico pero no grosero. Luego suavizaba todo con un comentario gentil y humorístico. Se lo veía como un hombre ordenado y metódico. Con todo su temperamento, dominaba la etiqueta. Tenía una enorme calidad humana y siempre digo que fue el mejor amigo que jamás tuve en Guayaquil. En nuestra amistad había un hálito de inexplicable misterio. El no era socialcristiano sino velasquista. Y yo siempre he sido marxista (de los contados que quedan de mi generación). Mi padre fue velasquista y simpatizante de Tradición Familia y Propiedad. Son paradojas que se presentan en la vida. Pero doy sincero testimonio de que muy pocos seres humanos me han tratado con tanta simpatía, cordialidad y respeto como este personaje cuyo recuerdo es para mi entrañable.

 

 

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