El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa. 1896-1957.

por Carlos Lasso Cueva.

Tengo cinco ediciones diferentes de esta novela que cada año releo, como un rito. Me pasa con cuentos de Hemingway, de Wolfe, London, Borges…pero a nivel de novela solo con esta. Me atrae la lenta ceremonia descriptiva de la extinción de ese mundo. El dolor que fue para la aristocracia la desaparición (aunque no del todo) de su larga época. El pesimismo realista y estóico sobre su propia decadencia. La elegante belleza de su narración. El triste adiós a un pasado feudal y nobiliario que será y es reemplazado por el mundo sanchezco y mediocre, cuantitativo y prosaico, despreciable y corrupto de la burguesía. La nostalgia por ese mundo caballeresco, de ciertas normas y valores éticos, que se evapora despacio y violentamente, dando paso a la aparición de la mentalidad medrosa del tanto por ciento, de la ganancia comercial, del enriquecimiento de los vendedores de manteca. Es en esta transicion, cuando el capitalismo se consolidaba, que apareció el marxismo como concepción interpretadora-transformadora del mundo, como doctrina de rechazo al mundo de la alienación, de la cosificación de los seres humanos. Marx dijo: “la desvalorización del mundo del hombre crece en razón inversa a la revalorización del mundo de las cosas”. Creo que en el fondo (y esta es su tragedia) el marxismo es una nueva aristocracia, porque su teoría científica no es asequible para las masas proletarias en las que está inspirada, y que en los paises periféricos como el nuestro es una insignificante minoría que no tiene nada que ver con la enorme y mayoritaria masa amorfa semiproletaria manipulada y descoyuntada, sin la más mínima identidad histórica. Los habitantes de los barrios marginales no la conocen y están convencidos de que es una doctrina diabólica. Esta es la mejor protección para el sistema imperante, basado en la más vulgar visión del mundo: “tanto tienes, tanto vales”. Aqui, en esta porquería de mundo es que vivimos.

Vi tardíamente la película de Visconti, que nos hizo descubrir el mundo del neorealismo en su versión más refinada y clásica. La novela no había, apareció años después, en los 70, editada por Círculo de Lectores. Me hice socio la noche del lanzamiento de la LIRICA ECUATORIANA de Rodríguez Castelo, en la Casa de la Cultura. Pagué 20 sucres para inscribirme y a los tres días me trajeron esta obra, en la que yo aparecía. Y me dejaron la revista de CIRCULO. Ahi tenían EL GATOPARDO. La pedí, me la trajeron, la leí, y fue un increible deslumbramiento. Asumi enseguida que se trataba de una obra clásica, de esas que a uno lo dejan pensando.

En la película, Burt Lancaster -que tenía una tendencia a sobreactuar- de la mano de Visconti, representa a un príncipe absolutamente resignado al rigor de los tiempos. Eran los tiempos de Garibaldi, la unificación de Italia por la presión del naciente y pujante capitalismo era un hecho, y la aristocracia retrocedía porque llegaba el tiempo de la burguesía, de los campesinos ricos, de los adinerados artesanos que habían hecho fortuna en sus talleres, contratando mano de obra asalariada. La guerra dejaba atrás a un mundo arrogante, de cortesías nobiliarias, de explotación de los siervos de la gleba, para dar paso al mundo moderno en el que antiguas castas quedaban anuladas y extinguidas. El Príncipe de Salina veía a su avispado sobrino semi noble sin fortuna, plebeyo por su padre, instalarse en la nueva sociedad, casándose con Claudia Cardinale, bella hija de un don nadie con plata. Asi él aseguraba su futuro. Y ella encontraba, con él, “la posibilidad de ocupar un lugar elevado en el mundo noble de Sicilia”.

Los hijos de esta pareja fueron vistos con satisfacción por el viejo patriarca. Tenían el tipo de los Salina. El último Salina era este arrogante príncipe, “gigante esmirriado que ahora agonizaba en el balcón de un hotel. Porque el significado de un noble linaje se halla todo en las tradiciones, es decir, en los recuerdos vitales, y él era el último en poseer recuerdos insólitos, distintos de las otras familias. Fabrizieto tendría recuerdos triviales, iguales a los de sus compañeros de colegio, recuerdos de meriendas económicas, de bromas pesadas a los profesores, de caballos adquiridos pensando más en el precio que en su valor, y el sentido del hombre se transformaría en pompa…”…”En el techo los dioses, reclinados sobre dorados escaños, miraban hacia abajo sonrientes e inexorables como el cielo de verano. Creíanse eternos: una bomba fabricada en Pittsburg demostraría en 1943 lo contrario”. El príncipe, poco después, sugería el nombre del ordinario suegro de su amado sobrino Tancredi, Don Calogero Sedara, para ocupar un puesto en el Senado.

El príncipe descendía de un santo duque célebre que practicaba el autocastigo con silicios en presencia de dios, y Tancredi, su semi plebeyo y amado sobrino, hijo de su hermana, “con aquellos besos -a la bella campesina- tomaba posesión de Sicilia, de la tierra hermosa e infiel que los Falconeri habían poseído durante siglos”. Días antes, el príncipe le había explicado a don Calogero: “Lo sabrá usted ya, es desgraciadamente inútil que le manifieste, que las actuales condiciones económicas de mi sobrino no corresponden a la grandeza de su apellido”. Y agregaba: “El amor de estos dos jóvenes es la base de todo, el único fundamento sobre el cual puede surgir su felicidad futura. No hablemos más, que esto ya lo sabemos. Pero nosotros, hombres ya entrados en años, que hemos vivido, nos vemos obligados a preocuparnos de otras cosas. Inútil es que le diga cuan ilustre es la familia Falconeri. Venida a Sicilia con los Anjou, esta casa continuó floreciendo bajo los aragoneses, los españoles y los reyes borbones. Fueron pares del reino, grandes de España, caballeros de Santiago, y cuando se les antoja ser caballeros de Malta no tienen más que levantar un dedo. Estoy seguro que su hija con su rara belleza adornará todavía más el viejo tronco de los Falconeri y con su virtud sabrá emular la de las santas princesas, la última de las cuales, mi difunta hermana, estoy seguro que desde el cielo bendecirá a los esposos”. La lucidez con que el príncipe observa el curso de los hechos, el tránsito de una época a otra de la historia, la objetividad con la que enfrenta la realidad de las cosas, es la parte -para mi- más fecunda y sugerente de la novela.

Esta concluye fúnebremente. Las dos hijas del Príncipe viviendo en una mansión antigua, luego de la guerra, con su cuñada, viuda de Tancredi. Dedicadas a la práctica de la religión, porque no tenían más horizontes que vivir el día a día entregadas a los rezos. La curia decide inventariar sus famosas reliquias eclesiásticas, sus colecciones de santos, sus innumerables estatuillas religiosas, veneradas según la visión de la idololatría católica. Resultó que una pequeña parte eran en verdad reliquias antiguas. La mayor parte eran burdas imitaciones, basura sin valor.
El viejo perro se muere y alguien lanza su cadáver desde la ventana. Lampedusa escribe asi el último párrafo, en el que se esconde su enorme y visión estóica de la vida, su decantado realismo, su absoluta humildad resignación ante el destino. Era un hombre lúcido, consciente de su destino, con los pies en la tierra, que examinaba el deambular de generaciones de su familia con serenidad, y que estuvo, quizás, consciente de que con la obra que había escrito la inmortalizaría,poniendo muy en segundo término todos los títulos nobiliarios que sus antecesores habían tenido. Lo logró. De la trascendencia de esta clase de asuntos me habló el Conde Ignacio de Urquijo, la última vez que vino al Ecuador, hacia 1978; sentado en el loby del viejo hotel Humboldt -antes de una conferencia sobre temas históricos de las islas del pacífico sur-, me estuvo explicando la antigua tradición feudal del “culto al nombre de la familia, al apellido”. Lampedusa dice : “Mientras los restos eran arrastrados afuera de la habitación, los ojos de cristal miraron con el humilde reproche de las cosas que se apartan, que se quieren anular. Pocos minutos después lo que quedaba de “Bendico” fue arrojado en un rincón del patio que el basurero visitaba a diario. Durante su vuelo desde la ventana su forma se recompuso un instante. Habríase podido ver danzar en el aire a un cuadrúpedo de largos bigotes que con la pata anterior parecía imprecar. Después todo halló la paz en un montón de polvo lívido”.

Mario Vargas Llosa, el antiguo camarada que desilusionado del perverso estalinismo abandonó nuestras filas, se entregó a la derecha y terminó aceptando un título de marqués conferido por el rey de España, no pudo menos que maravillarse con esta obra única, nostálgica y estóica, redactada con una técnica literaria perfecta.
Reconocido maestro, nos explica que la novela está llena de “anacronismos estéticos e ideológicos”, que “asume de manera resuelta una visión retrógrada de la historia”, lo que no fue “un obstáculo para escribir una imperecedera obra artística”. Nos explica que el protagonista es un antepasado del autor, don Giulio María Fabrizio, distinguido matemático y astrónomo, descubridor de dos asteroides -a los que bautizó Palma y Lampedusa- y que fue premiado por ello con un diploma de la Sorbona. Se casó con la marquesita María Stella Guccia y murió en Florencia, de tifus, en 1885. Está enterrado en Palermo, en el cementerio de los capuchinos, muy cerca de su bisnieto, el autor de la novela”.

Un poco dogmáticamente Vargas dice que la novela contiene “una explícita negación de la evolución social” (cuando acaso sea un fresco que explica eso mismo, la transición de un tiempo a otro, de una época a otra que se desliza elocuentemente en estas páginas. De eso trata el libro, de la desaparición de un mundo y la llegada de otro, con la República burguesa). Sobre el lenguaje empleado por Lampedusa, Vargas afirma que “tiene la sensualidad del PARADISO (de Lezama) y la elegancia de LOS PASOS PERDIDOS (de Carpentier). “Se vuelve por unas páginas mundo mágico, prodigio animado, sueeño erótico, alucinación surrealista, en una ambigua síntesis que imprime al libro su originalidad, su intransferible naturaleza”.

Vargas Llosa hace un retrato certero y adecuado de la obra : “Suceden cosas, si, pero en el fondo nada se conecta ni cambia. Los burgueses empeñosos y ávidos como don Calogero Sedara se quedarán con las tierras y los palacios de los aristócratas apáticos y los borbones clásicos cederán el poder a los garibaldinos románticos. En vez de un lustroso gatopardo, el símbolo del poder será un banderín tricolor. Pero, bajo esos cambios de nombres y rituales, la sociedad se reconstituirá, idéntica a si misma, en su inmemorial división ente ricos y pobres, fuertes y débiles, amos y siervos. Variarán las maneras, las modas, pero para peor: los nuevos jefes y dueños son vulgares e incultos, sin los refinamientos de los antiguos. El príncipe Fabrizioa cepta los trastornos históricos con filosofía, porque su pesimismo radical le dice que, en verdad, lo esencial no va a cambiar. Pero si las apariencias que, para él y los suyos -esa aristocracua que en el mundo de la ficción tiene el monopolio d ela inteligencia y el buen gusto- son la justificación de su existencia. Y es ese deterioro de las formas que vislumbra en el futuro lo que imprime a la personalidad del príncipe y al ambiente de la novela esa agridulce melancolía que los baña”.

Deslumbrado, Vargas Llosa comenta finalmente que Lampedusa “no había escrito sino cartas hasta que,a los cincuenta y ocho años, cogió de pronto la pluma para garabatear en pocos meses una obra maestra. Cómo fue posible? ¿Debido a que este aristócrata que no sabía vivir en el mundo que le tocó sabía, en cambio, soñar con fuerza sobrehumana? Si, de acuerdo, pero ¿cómo fue posible?”.

En la época en que leí por primera vez EL GATOPARDO no existía el internet, con el que ahora todo es posible en la persecución de datos. Y yo quería conocer una fotografía del autor. Una amiga europea me trajo de España la edición de NOGUER. En el reverso de la solapa está la foto del duque de Lampedusa que era un caballero “alto, corpulento, taciturno, de rostro pálido”. Era un perfecto desconocido en la comunidad cultural italiana. Primo del poeta Luccio Piccolo, cuya obra anda mencionada en algunas antologías. Invitado en 1954 a una velada literaria televisada y respaldada por varios diarios, fue la estrella de esa reunión. Había acudido a ella acompañado de su criado, y de un primo. Cuando lo presentó ante el crítico Giorgio Bassani, este vió a un hombre tímido, “con un rictus amargo en los labios, que se limitó a inclinarse brevemente sin decir nada”. Muerto el duque príncipe de Lampedusa, la novela, sin firma de autor, llegó a manos de una amiga napolitana, que se la entregó a este crítico. El autor acababa de morir. Bassani logró hablar con la esposa de Lampedusa, la baronesa Alessandra Wolf-Stomersee, psicóloga, vicepresidenta de la Sociedad Psicoanalítica Italiana, por la que supo que el libro fue escrito en los años 1955-56. A pocas semanas de concluido, enfermó y falleció, sin saber que se había convertido en un clásico. La Baronesa le contó que iba al Círculo Bellini, temprano en las mañanas, a escribir, hasta las tres, en que regresaba a almorzar.

Bassini encontró otros escritos dejados por Lampedusa, que fueron editados luego en dos exquisitos y pequeños tomos
que en los años ochenta fueron editados por Bruguera. Los conseguí en la Librería Científica de Guayaquil: CONVERSACIONES LITERARIAS, en el que se encuentran disquicisiones eruditas sobre Rabelais, Calvin, Marot, Ronsard y un par de poetas hugonotes: evidentemente, dominaba la literatura de esa época. y otro, titulado RELATOS. El primero, LA MAÑANA DEL APARCERO, que planeó ser una futura novela, LA ALEGRIA Y LA LEY, y uno, más largo, dividido en ocho capítulos: LOS LUGARES DE MI PRIMERA INFANCIA, esbozo de perfecta nostalgia.

EL GATOPARDISMO POLÍTICO EN LA ENCICLOPEDIA DE RODRIGO BORJA:
http://www.enciclopediadelapolitica.org/Default.aspx?i=&por=g&idind=710&termino=

http://unlibroabierto.wordpress.com/2009/10/19/el-gatopardo-giuseppe-tomasi-di-lampedusa/

evocando la Sicilia de 1860 tras el desembarco de las fuerzas antifeudales de Giuseppe Garibaldi con sus “camisas rojas”, cuando el príncipe Giulio IV vivió el drama que le hizo presentir el fin de su condición social de aristócrata. Este sentimiento premonitorio de su bisabuelo, inspiró en Giuseppe Tomasi Di Lampedusa la obra literaria escrita en 1954 que tituló “El Gatopardo” —y que Luchino Visconti llevó a la pantalla en 1963—, donde revivió a ese oportunista sobrino del príncipe, llamado Tancredi Falconeri, quien para calmar los negros presagios de su atribulado tío, le sugirió poner en práctica la consigna política de cambiarlo todo (en apariencia) para que todo siga (esencialmente) igual, es decir, evitar rupturas en el status quo social de la época entre burguesía y nobleza, como de hecho así sucedió con la sustitución de la monarquía absoluta por la monarquía parlamentaria en el nuevo Reino de Italia, donde los burgueses asumieron el poder político-institucional, sin mayor perjuicio para la remanente aristocracia que, de tal modo, siguió conservando sus posesiones. (del blog del GPM).

 

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Un comentario en “El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa. 1896-1957.

  1. Me parece excelente tu escrito, y tenes raz<òn respecto a tener una clara visiòn sobre estas nuevas castas seudo izquierdistas que endulzan a las masas con baratijas de cuentero de quinto patio.
    Te felicito Carlos, observo que andas muy bien con tu conciencia social.

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