RECUERDOS DE LIMA.

RECUERDOS DE LIMA.
por Carlos Lasso Cueva.
Viví en Lima tres meses. Llegué de la Habana en un avión de Aeroflot. Más de un año tramitando nuestra salida decenas de latinoamericanos y de Black Panters. Me dediqué a hacer que todos se suscribieran al boletín de noticias SINJUA, de la China Popular, que llegaba a diario a nuestros domicilios. Finalmente me dejaron salir, con advertencias y todo, en el aeropuerto de Rancho Boyeros. Un oficial me dijo: “no sabes cuánto nos has hecho trabajar”. Le dije: “porque a uds les dió la gana”. Simulé no darme cuenta que era 10 de Mayo, y que el salvoconducto finalizaba el mismo día. Me decían que era 9. Era vienes. Confiaba en que me iría bien en Lima. Tenía parientes pequeñoburgueses ahi por la rama de Ruiz sobre todo. Mi madre me escribía desde Guayaquil y mandaba la carta a mi tía Juanita Ruiz Pizarro de Cáhuaz, en Lima, y ella me la mandaba a mi hotel en Cuba. Yo mandaba mi carta a mi tía Juanita y ella a mi madre.
Llegué a Lima al atardecer y me recordó mucho a nuestra sierra, a Quito. La raza de la gente, el modo de hablar, la brisa, cierto aire antiguo, colonial e indígena. El piloto ruso al llegar a Lima salió de la cabina inesperadamente a lanzar gritos contra mi. Deben haberle dicho que yo era maoista.
El Cónsul cubano llegó atrasado a pedirme mis papeles. Yo ya se los había dado a los funcionarios de la cancillería peruana que subieron al avión a preguntar por “el señor que es asilado político”. El piloto ruso gritaba: “llévense preso a este deportado” pero nadie le hizo caso.
El Cónsul cubano le pidió mis papeles al funcionario peruano que los tenía. Este se los dió, y el Cónsul hizo ademán de irse con ellos. El funcionario peruano (bajito, delgado, esbelto, amable y muy firme) se lo impidió. Le exigió que se los devuelva. Ya los había visto, sabía que existían, y los necesitaba para tramitar mi ingreso al país. A regañadientes el Cónsul se los devolvió.
Me llevaron a una oficina en el Aeropuerto y apareció una bella funcionaria en el camino. Caminé con ella y le dije: “las peruanas han sido muy bonitas”. me contestó: “pero ud viene de Cuba, dicen que las cubanas son mujeres hermosas”.
El funcionario se acercó a preguntarme si yo tenía algún pariente o amigo en Lima que pudiera acreditarme. Le dije que si, que tenía parientes (incluido un general del Ejército en servicio activo, Ruiz Morales (descendiente, como yo, del último gobernador Corregidor español que hubo en Loja: Tomás Ruiz Gómez de Quevedo y Ladrón de Guevara),y le pedí que me dejara hacer una llamada. Busqué en la guía los nombres que conocía. En el primer número que marqué no había nadie, en el segundo tampoco. En el tercero me contestó una muchacha despabilada y alegre. Me identifiqué, me dijo “tú eres el primo loco del Ecuador que vive en Cuba?”. Le dije que si, pero aclarándole que estaba en Lima, en el aeropuerto, que acababa de llegar, y que me pedían de Inmigración que alguien vaya a sacar la cara por mi. Me dijo: “Estás aquí en Lima, en el aeropuerto?”. Le dije que si. Me dijo: “espéranos media hora. ya vamos para allá”. Me senté.
Ese lado del aeropuerto estaba descongestionado, vacío, solitario. La bella funcionaria de la Cancillería escribía a mano y hablaba por teléfono a cada rato, mirándome con una sonrisa amable cada cierto tiempo. El funcionario que recuperó mis papeles se le acercaba cada diez minutos a decirle algo en voz baja y ella me miraba con una sonrisa medio cómplice, neutralizante, amable. Yo estaba increiblemente tranquilo. Me sentía feliz.
Apareció por fin un grupo de personas que caminaron hacia un lado, hacia otro. Luego les señalaron el lugar donde estaba la bella funcionaria. Llegaron a donde ella, le hablaron, y ella me señaló a mi. Todos voltearon a verme y empezaron a caminar hacia mi.
Les vi, supuse que eran los míos, por sus caras irónicas, sus miradas vivaces, prematuramente alegres por este encuentro. Me puse de pie, caminé unos pasos. Uno de ellos me preguntó afirmativamente: “Tú eres el primo ecuatoriano que llegó de Cuba?”. Asentí con la cabeza y llegaron los abrazos, con cada uno identificándose.
El que era abogado firmó por mi ante la linda funcionaria. Yo también. Ella me dijo: “Tiene que ir a la Cancillería el Lunes a que le den un salvoconducto para que pueda estar noventa días a gusto en el Perú”. Le dije gracias, estreché su mano con gratitud y le di un beso en la mejilla. La abracé.
Salí con mis primos. Vi de lejos la silueta de la ciudad y me sentí en casa. La misma brisa andina que me era familiar desde niño. Emprendimos el viaje a San Isidro en medio de un pelotón de preguntas que me hacían. Embarcado en uno de los tres autos, me llevaron a tres casas a presentarme a los tíos, apristas, uno de ellos coronel retirado. Brindis al apuro en cada lugar. Eran como las nueve de la noche cuando Roberto Ramírez Ruiz, médico, me llevó por fin a la casa de la tía Juanita, donde me iba a hospedar. Subía las gradas de su departamento (abajo vivía su hermana, la tía Elvira) y me la encuentro a la más hermosa y dulce anciana que he visto en mi vida. “Tía Juanita?”. Asiente con la mirada y el rostro y me presento: “yo soy Carlos Lasso”. Bajamos, me brindaron la cena, y llegaron algunos primos a la conversa. Nos amanecimos. Una preguntadera interminable. Me fui a acostar a las 4 de la mañana. Eso sucedió varias veces.
A las 9 me despertaron mis primos Juan y Elvira Gutiérrez, nietos de mi tía Elvira Ruiz. Era el Sábado 11 de Mayo de 1974. Bajé a desayunar y mi primo Jorge Gutiérrez Ruiz me llevó en su auto a la embajada china.
Llegamos, expliqué a dos funcionarios chinos el tema que motivaba mi visita y nos hicieron pasar a un loby. Salió un camarada y conversé con él cinco minutos. Me dejó, y luego salió otro. Este me condujo, solo, a una sala privada y ahi hablamos. Yo tenía un pasaje para Bogotá. Me dijo: “por nada del mundo te vayas a Bogotá. Quédate en Lima y anda de aquí a Ecuador”. Todos los dirigentes maoistas peruanos me hicieron la misma advertencia.
Esa tarde, en casa de mi tía, me visitó mi prima Olga Orbegoso Ruiz, la más elegante y pequeño burguesa de todos. Me contó que su primo hermano, el periodista Manuel de Jesús Orbegoso, premio nacional de periodismo del Perú, era presidente del Instituto cultural peruano chino. Me preguntó si me interesaba hablar con él. Le dije que si, que por supuesto.
El vino al día siguiente. Me dió la dirección de la oficina del abogado Alfonso Barrantes Lingán, en el Girón Lampa, profesor de materialismo histórico en San Marcos. Este hombre fue años después alcalde de Lima y luego compitió por la presidencia del Perú con Vargas Llosa y Fujimori. Era el vicepresidente del Instituto Cultural peruano chino.
Fui a verlo al día siguiente, Lunes en la tarde, previa cita telefónica. Me recibió con un fraternal afecto camaraderil, junto con la abogada Gladys Tarazona, que desde ese momento fue mi cicerone en la ciudad. Ella me organizó citas y entrevistas con cada uno de los seis partidos maoistas que habían en Lima. Nos veíamos a diario y todas las entrevistas se realizaron en el café París, frente a la Plaza de Armas…claro, ahora estamos en el 2013, y el maoismo hace décadas que quedó atrás…
Esa oficina fue mi refugio: era el cuartel general de camaradas argentinos, bolivianos y chilenos que estaban exilados en Lima, huyendo de la represión implantada en sus países.
En Perú gobernaba entonces el General Velasco Alvarado.
Sendero Luminoso entonces era un pequeño grupo que, igual que los otros, frecuentemente publicaba documentos mimeografiados. Los Sábados en la tarde sus dirigentes daban charlas sobre la realidad nacional peruana en el Salón de la Ciudad.
Fui feliz en Lima. Guardo hermosos recuerdos. Fiestas, reuniones, funciones de cine foro, comilonas en casas de bellas camaradas universitarias. Me trataron increiblemente bien. En Agosto, un miércoles, antes de emprender mi viaje por tierra a Ecuador, hicieron una velada increible para despedirme. Todos asistieron. Mis parientes me fueron a dejar en la flota de buses, de noche. Salí hacia Tumbez, donde me esperaba el finado camarada Antonio Chang Lama para ayudarme a ingresar al Ecuador. En un hotelito de Tumbez me alojé esa noche. Tenía una terraza desde donde se veía la frontera que cruzaría al día siguiente. Me metí a un cine esa noche.
Al atardecer, al pasar por el puente fronterizo, un policía civil ecuatoriano me detuvo para pedirme mi pasaporte. Le dije que yo era ecuatoriano y le enseñé mi cédula. la vió y me dejó pasar tranquilamente. A las ocho de la noche ya estaba en Guayaquil, haciendo un recorrido por la ciudad, reconociéndola, antes de ir al departamento de mi madre.
Al día siguiente fue Jaime Hurtado González a visitarme. El pequeño perro que tenía mi madre lo mordió, y él se paró en el sofá de la sala, protegiéndose con un cojín grande. A la semana Antonio Chang Lama vino a llevarme a una entrevista. Era Sábado y había llegado a Guayaquil el poeta, viejo amigo, Rafael Larrea y quería verme.
A las pocas semanas fue la fiesta rosada de Pastora, la hija de Jaime Hurtado. Todos se sorprendieron de que aparecí con una estudiante de Economía, hermana de un antiguo compañero. Fue la primera novia que tuve en Guayaquil.

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