cómo conocí a Pedro Saad…

Uno de los miembros más conspicuos del Priorato, el soc. Galo Plaza Vanegas, escribió esta nota hoy, en su muro:

“(…) Nació así la propiedad terrateniente en el Ecuador, con cercas que caminaban. Las cercas en el Ecuador tienen una virtud única: caminan. Una noche están aquí y a la mañana siguiente han avanzado dos cuadras más allá;(…). Realmente es un fenómeno muy curioso. Es la biología de las cercas, sobre la cual habrá que escribir algún día una novela o servirá de tema a alguno de nuestros poetas para un hermoso poema.” Pedro Saad; La reforma agraria democrática.

A Consuelo Mancheno le gusta esto.
Carlos Enrique Lasso Cueva yo tenía 18 años y trabajaba de locutor matutino de noticas en radio Atalaya, con el Enrique Vega, que ya tiene 300 años. Hasta me tocó ser su guardaespaldas por un asunto romántico que él tenía. Le acompañaba a coger un taxi al terminar nuestro programa noticioso de dos horas. ahi me enteré que el ilustre Pedro Saad vivía a dos cuadras, en Rumichaca y Luque. Entonces una tarde me decidí: fui a golpear la puerta de su departamento. En la ventanilla apareció una dama, le dije: buenas tardes, camarada. Soy un camarada de la JC y deseo saludar al camarada Pedro. Un minuto después se abrió la ventanilla y apareció el rostro adusto de Pedro, con sus ojazos enormes y escudriñadores. Le hice una venia y cerró la ventanilla. Un minuto despues la dama me abrió la puerta y entré. Pasamos a la muy modesta sala y me empezó a hacer preguntas estratégicas. A los cinco minutos se retiró. Y minutos después apareció Pedro. Jovial, dicharachero, extrovertido, metódico, erudito. Hablamos “del mar y de otras cosas”. Me quedé dos horas ahi. me contó que para saber cuantas emisoras de radio había en Guayaquil se había sentado a sintonizar en el radio una por una. Asi me hice amigo de él. Una tarde estaba ahi: le fui a dejar un poema (malísimo) dedicado al Che, para que me lo publique en El Pueblo, semanario que él dirigía. Estaba él leyendo mi poema y alguien golpea la puerta. me comido a aguaitar por la ventana para ver quien era, y se trataba nada menos que de Enrique Gil Gilbert. Le abrí la puerta y lo saludé un poco intimidado de que me haya descubierto en la casa de Pedro. El saludó con Pedro, se sentó, y ahi estuvimos un buen rato, conversando los tres. La viuda de Pedro aún vive en ese departamento y es mi amiga: Graciela de Janón. No me deja mentir, tovariches. El poema en cuestión se publicó en El Pueblo varios meses después. Acudo a comprar, en Quito, el semanario, y en la primera página estaba mi poema, en la edición de la primera o segunda semana de Octubre de 1969. Les enseñé eso a mis compañeros del colegio Lasalle de Quito, Ramiro Cevallos y Miguel Toro Campaña, y se quedaron fríos, estupefactos. Ramiro me dijo: “la gloria, hermano”.

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