Rodrigo Borja me envía su nueva obra

libro “Recovecos de la historia”, de Rodrigo Borja.
lunes, 14 de enero de 2013

Me acaba de llegar, por servientrega, el libro “Recovecos de la Historia”, del ex-presidente de la República, Rodrigo Borja, enviado por él, con esta dedicatoria: “Para Carlos Enrique Lasso, estas anécdotas perdidas en los rincones de la historia, con amistad”. Rodrigo Borja.

Cabe mencionar que en la página 17 cuenta el episodio del ataque armado al Palacio de Carondelet, el 28 de Mayo de 1943, con el fin de derrocar al gobierno plutocrático de Arroyo del Río. Entonces Leonidas y José María Plaza Lasso fueron agarrados y metidos en el panóptico. No he averiguado si le cogieron también a Guillermo Lasso Pástor (gerente de la revista “la Calle”, de quien habla Alejandro Carrión en su artículo “Ese primer año”, contando el aniversario de esa revista, en el N° 100, de IX 90, de la revista Diners. Dice que en tiempos del poncismo era difícil conseguir anuncios publicitarios para la revista, pero que Guillermo “el Lolo Lasso”, “sonriendo bajo sus enormes bigotes “de casimir nacional” lo lograba”). Guilllermo, el primer presidente que tuvo la FEUE, traía las armas para el ataque al Palacio de Carondelet en un carro que se dañó al subir la cuesta para llegar a la iglesia de Santo Domingo: esperando ese cargamento, Leonidas Plaza se lucía alargaaaaaaando una conferencia en el Salón de la Ciudad para evitar que la gente comprometida se fuera. Con las pocas armas cortas que tenian emprendieron a la aventura la jornada que terminó en un rotundo fracaso. Luis Felipe Borja del Alcázar, el taita del Rodrigo, logró escabullirse de la plaza grande metido en la cajuela de un taxista amigo, y alcanzó a llegar a refugiarse en casa de mi abuelo paterno (antiguo antagonista de Arroyo desde 1917, en que ambos fueron senadores) el coronel Juan Manuel Lasso Ascásubi, fundador del Partido Socialista. La abuela de Borja del Alcázar era del Alcázar Ascásubi, sobrina nieta de mi tatarabuelo el Presidente Manuel de Ascásubi y Matheu.

el día en que conversé por primera vez con Rodrigo:

en su campaña triunfadora del 88 me metí de cabeza, por primera y única vez en mi vida. Participé en todas las caravanas que se realizaban los Martes en la noche, saliendo del local de la calle Piedrahita. Aquella vez él contó con el respaldo del FADI.

En las caravanas que se organizaban para los días Martes en la noche, saliendo del local en la calle Piedrahita, frente a donde quedaba el monumento a Alfaro (hecho por “el chaval”, mi compinche) prefería embarcarme en una de las camionetas que traía Avicenas Bucaram, porque con esa gente me sentía más seguro frente a las emboscadas a bala que nos esperaban siempre en cualquier lugar de la parte Oeste de la ciudad. En su mayoría eran negros y venían armados. Desde que viví en Cuba he tenido una especial empatía para tratar con gente de la raza negra. Asi que no tuve problema en congeniar con ellos.Me daban el lugar de honor en el balde y hacían enseguida “una vaca”, a la que contribuía. En la siguiente esquina aparecía un galón de “agua loca”. Llegábamos al suburbio y a la infaltable emboscada a tiros muy entusiasmados, sin miedo a nada y respondíamos al fuego con fervor. Apenas sonaban los primeros tiros se armaba “un despelote” y la gente de la I.D. hacía piruetas con sus autos para salir corriendo desaforadamente.

Nos conocimos en una gira por los cantones del sur Este del Guayas. El que me avisó de ella creo que fue Julio Micolta Cuero. Nos embarcamos en una furgoneta luego de esperar una hora a Rodrigo que estaba desayunando con un grupo de gente en el Hotel Continental, entre otros con Jorge Zavala Egas. Entramos a verlo y ahi estaba, gesticulando y hablando incansablemente en esa mesa, junto a la ventana. Llegamos a Naranjal y yo estaba cruzando la carretera, a la entrada, cuando veo que a 20 metros venía Rodrigo con más de cien personas. Le esperé encendiendo mi habano y caminé con él dos cuadras. Nos subimos solos a una camioneta y entramos a la población, saludando al pueblo. Asi fue. Recuerdo que le hice unos comentarios sobre la reina Margarita de Dinamarca y la socialdemocracia nórdica que no fueron de su agrado. En un pueblo entramos a la casa de un dirigente del partido, y nos habían tenido preparado un magnífico almuerzo. Ahi estaba, entre otros, si mal no recuerdo, el ex presidente de la FEUE en la época de la huelga del 29 de Mayo, Samuel Pazmiño. Comimos todos de pie, y Rodrigo estaba frente a mi, silencioso, al otro lado de la mesa. Algo de serpentina le había caído en la cabeza y le dije. Aquella caravana terminó en Milagro, de noche. Mis contactos se perdieron y Jacinto Jouvín Márquez de la Plata me trajo en su carro de regreso a Guayaquil.

Desde entonces nos tratamos de tú. Me dijo: “primera vez que te veo”, y le conté de mi amistad con Manuel Córdova, y un par de anécdotas de la campaña de 1970, para alcaldes y diputados, en Quito, antes de que Velasco Ibarra se proclamara dictador. Me dijo, y porqué me estás apoyando ahora? Le contesté: “porque les tengo pánico a los Bucaram”. Le hablé de mi bisabuelo Don José María Lasso de la Vega y Aguirre -descendiente de María Luisa Manuela de Borja y Freire, hermana de su quinto abuelo, Ramón Borja y Freire-, pero el hombre no sabía nada de genealogías. En aquel tiempo yo desconocía el episodio narrado arriba, que el padre de Rodrigo, Luis Felipe Borja del Alcázar, el 28 de Mayo de 1943, luego del ataque armado al Palacio de Carondelet, para derrocar a Arroyo del Río, huyendo de la pesquisa arroyista, se había ido a refugiar en la casa de mi abuelo Juan Manuel Lasso Ascásubi, fundador del Partido Socialista. Sabía que él también descendía de los Ascásubi, a travez de Alejandro del Alcázar y Ascásubi, sobrino nieto de mi tatarabuelo Manuel de Ascásubi y Matheu, primer presidente quiteño. Rodrigo viene de una hermana de él: Rosario de Ascásubi y Matheu, casada con el peruano Manuel del Alcázar y Román. La hija de ellos, Mariana, se casó con Gabriel García Moreno, y fueron los padres de Gabriel García del Alcázar. Por esa vía el padre de Rodrigo heredó una carabina de cacería de García Moreno.

Una vez, hace unos años, le llamé por teléfono para saludarlo, y él no estaba en el país. Tuve el honor de conversar con Carmen Calisto Ponce, su esposa. Ella me trataba de usted, y al charlar se pusieron de relieve ciertas coordinadas personales y entonces me tuteó. Yo también a ella.

Rodrigo ha contado que la conoció yendo en un taxi al aeropuerto, rumbo a Costa Rica. La vió entrar en una casa cuya dirección anotó. Desde Costa Rica telefoneó a un personaje que conocí: Pedro José Arteta Martínez, ministro de industrias de Yerovi, dos veces diputado, director del Partido Liberal. Le pidió que le averigue de inmediato el nombre de esa distinguida muchacha. Ella jamás había oído hablar de él. Pero la conquistó. Casados en 1966, Rodrigo era secretario de la Casa de la Cultura y ella con un par de amigas administraban una boutique.

Quedé impresionado de su fina personalidad. Es una mujer con clase. De una gran elegancia espiritual. Me dijo que Rodrigo me llamaría, y asi fue.

Una tarde, estaba haciendo la siesta y suena, a mi lado, el teléfono. Contesto, y una voz caballerosa pregunta por mi. Medio dormido, le pregunto…de parte de quién? y me da su nombre: Rodrigo Borja. Se me fue el sueño de golpe. Le pregunté: Rodrigo, tú te acuerdas de mi? me contestó: “me acuerdo”. Y empezamos a conversar. Desde entonces hemos charlado telefónicamente un par de veces cada año, de manera muy confidencial, sobre “el mar y otras cosas”.

Me contó hace un par de años que en Gandía, cuna de la familia Borja (de ahi el título que tuvieron nuestros antepasados: duques de Gandía: ver el libro “La casa de Borja” de Cristóbal de Gangotena…la familia Lasso de Quito es una subrama de los Borja: todo está ahí: la genealogía es una ciencia exacta en la que no se puede inventar nada) le invitaron a un acto oficial, por parte del municipio local. Debía hablar sobre los remotos Borja en ese acto público, y, como “no sabía nada” esa tarde se fue a la biblioteca pública a buscar datos.

Rodrigo y Carmen son gente laica, ortodoxamente. Detestan hablar de noblezas y genealogías. Yo, como me crié con viejos (mis abuelos maternos), crecí oyendo hablar de esas cosas todos los días. Y se me pegó el defecto.

En 1986 apareció el primer tomo de la Sociedad de Amigos de la Genealogía, de la que fui miembro fundador: hasta ahora me reconocen eso en sus créditos. En ese tomo apareció un ensayo de Jurado Noboa titulado “Los Lasso de la Vega y los grupos de poder en la conquista de los países andinos”, remontándose hasta el año 1100. En el reverso de la portada apareció esta frase: “la genealogía es una enfermedad incurable que se agrava con el paso del tiempo”. He tratado de curarme, pero mantengo los archivos, recuerdo datos, y de cuando en cuando alguien me consulta. Estoy consciente de que, como dijo Rodrigo en una carta pública que conservo, “el hombre no es más que la suma de sus actos”. Asi es. Uno vale por si mismo y nada más. El resto no es más que bonita o fea anécdota. Pero me he dado cuenta que hay gente que me detesta debido a “mis linajes”. Cuando algunos semiproletarios quieren pelear conmigo lo que primero hacen es condenar mi “aristocratizante persona”. Es típico. Pero esa no es una conducta objetiva. Hasta una socióloga clasemediera, “renegada contrarevolucionaria trotskista”, se reportó, de pronto, furiosa, obnubilada y descontrolada por este asunto. Por qué será? Opino que es una actitud altamente irracional.

Una vez estaba hablando en una radio Enrique Herrería Bonet, hace no mucho tiempo. El se había pasado al Partido Social Cristiano. Me sorprendí al oirlo hablar bien del Rodrigo. Le llamé inmediatamente por teléfono y le dije:”ve, para variar, el Enrique Herrería estuvo ahorita hablando bien de ti”. El manifestó su amistad y afecto hacia este hombre y me contó un par de anécdotas ocurridas en su gobierno. Entonces le conté que César Alarcón Costta me había hecho el honor de visitarme en mi casa para obsequiarme un ejemplar de la nueva edición de su Diccionario Biográfico Ecuatoriano, en el que aparecen mi madre, (autora de un ensayo ecologista), mis dos abuelos, yo, y muchos parientes por varias ramas: Andrade, Matheu, Ascásubi, Cueva, Borja…Rodrigo quiso saber cuantos Borja aparecían en ese Diccionario, y le dije: “te voy dando sus nombres y tú anda contando”: creo que eran 32.

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