Con Roque Dalton, en La Habana: 1972…

ROQUE DALTON.

Conocí a Roque Dalton en La Habana. Ahi vivi los años 1972, 73 y 74. Me impresionó su aire absolutamente anti-intelectual (que se suprimía en el momento de las discusiones). Irónico absoluto, casi permanentemente pendenciero, sarcástico por excelencia, alegre y jodedor, siempre. Comprensivo y solidario en el fondo, no se puede decir que le simpatizaba a todo el mundo. Aspero a veces, tajante en sus definiciones, se enfrentaba a la vida alegremente. Era el anti-aburrimiento en persona. Era de esa clase de personas con las que uno sabe a qué atenerse. Franco, directo, nunca estuvo en la sombra. Nos vimos varias veces en la Casa de las Américas y en la Uneac, que quedaba cerca, y a la que él iba poco. Una vez nos encontramos en una recepción por el aniversario de la revolución china en la embajada en El Vedado. El concurrió a pesar de que no tenía mayores simpatías por el maoismo. Un grupo de latinoamericanos y Black Panters -con Roque incluido-, luego de la larga velada (nos quedamos hasta el último), salimos, en la madrugada, “exquisitamente ebrios” (D.O.) y felices, dueños de la calle, abrazados y cantando a todo pulmón la Internacional hasta la calle Linea. Supe de su muerte después que regresé al Ecuador. El que me contó sobre su asesinato fue J.J. Bejarano. Tengo su antología poética que publicó Casa de las Américas y cuando trabajé en diario MERIDIANO de Guayaquil como editor cultural una vez saqué una página entera con sus poemas, su foto, y una evocación personal. Ahi escribí: “Este es el exacto caso de un poeta que fue capaz de profetizar su muerte, igual que lo hicieron otros dos memorables poetas de su generación: Otto René Castillo y Javier Heradud. El primero, oriundo de Guatemala, dijo, al regresar de su beca de estudios en Alemania: “pienso que he vuelto a mi país tan solo para morir”. El otro, que también estudiaba en Alemania, escribió: “Yo no me río de la muerte. Sucede que no tengo miedo de morir entre canciones y banderas, entre pájaros y árboles”. No había cumplido los 23 años cuando murió de ese modo, en las memorables guerrilas de los 60.

El destino de Roque tuvo las mismas características. Corrosivo e iconoclasta, se burlaba del orden establecido y puso el sentido del humor al servicio de la lucha contra la dictadura militar de su país. Si la poesía del guatemalteco es totalmente romántica, referida exhaustivamente al amor de pareja, y si la del peruano es introvertida, profundamente nostálgica respecto del futuro, ensimismada en un apego rotundo a las cosas sencillas de la naturaleza, la de Roque fue “más salvaje”: había estado preso varias veces; escapó de un pelotón de fusilamiento (lo que era una leyenda en los círculos culturales de las Habana) y alcanzó a llegar a Cuba, donde encontró refugio. Tenía más experiencias intelectuales y políticas y además, fue el único de los tres que cultivó el ensayo. Escribió algunos en la Revista Casa de las Américas, en la de la Uneac, y colaboraba con cosas culturales en los periódicos de La Habana, ciudad en la que asistió al famoso congreso cultural del año 69. En uno de esos años ganó el Premio Casa con su poemario: “TABERNA Y OTROS LUGARES”.

Lo conocí en la fiesta de cumpleaños de la esposa de un periodista de la Radio Habana Cuba. Tenía un rostro joven pero curtido de un hálito de dura serenidad. Su apariencia era la de un perfecto blanco mestizo de la América Central. Había madurado mucho culturalmente mientras estuvo refugiado en Cuba, que sin duda fue una meca cultural en este continente en ese tiempo. Roque se había formado en la tradición de Malraux, Vallejo, Brecht, Miller y Hemingway. La literatura era para él un instrumento de militancia política y la usaba como desafío al orden establecido. Su vida había sido un avatar novelesco y gozaba de una fama en cierto modo precoz pero merecida. Era un intelectual que daba la impresión de no tomar en serio a la cultura a pesar de que compaginaba perfectamente con poetas viejos y se diría que tradicionales como Eliseo Diego, de la vieja pequeña burguesía cubana. Con Roque Dalton -parafraseando al autor de “Por quien doblan las campanas”- La Habana era una fiesta. Era un hombre curtido en el peligro y seguramente por eso debió haber sentido que estaba más allá del bien y del mal.

Roque volvió a su país en el que un grupo de la izquierda del capital lo mató, creyéndolo agente de la CIA. Dejó una novela que no he leído: “POBRECITO POETA QUE ERA YO”. No se sabe en donde fue enterrado.

Ahora que conozco la miserable conducta de sus asesinos, perfectamente identificados y hasta ahora impunes, y la lucha de sus deudos por esclarecer este episodio abominable, opino que es un caso que no puede prescribir porque no se trató de un crimen cualquiera dada la notoriedad internacional del personaje. Roque es una figura de la poesía y la cultura de latinoamérica y en ese sentido es un patrimonio de todos nosotros. La obra poética significativa que dejó impedirá que muera en la memoria. Hay que luchar para que sus criminales algún día sean castigados. Pero el mejor homenaje que podemos hacerle es seguir hablando de él y leyendo su poesía que sigue aclarando e iluminando nuestros tristes y oscuros días, dándonos inspiración y ejemplo.

Roque hizo el prólogo a la antología poetica de Otto René Castillo, editada por Casa de las Américas: en los años 80, Silvia Gil, relacionista internacional de la institución, me mandaba todos los libros editados por la Casa…debo tener siquiera cien en total. Luego, por la crisis debida a la implosión de la URSS, esos envíos regulares se suspendieron para siempre. El prólogo de Roque trae todas las reflexiones típicas del izquierdismo vanguardista de las que estábamos empapados en ese tiempo…la revolución nacional patriótica en un solo país, la visión nacionalista de los problemas del capitalismo, etc. Por sobre los errores teóricos, la aún influyente tendencia estalinista, por encima de la concepción foquista, regía en gente como él una absoluta honestidad intelectual y moral, la coherencia al punto de exponer la vida por los principios. Esta es la pura grandeza moral de gente como Roque, Otto René, Javier Heraud…En la carta de despedida a sus hijos, el Che escribió: “Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones”.

https://bambupress.wordpress.com/2013/04/27/1809/

http://contrapunto.com.sv/cultura/archivoRD/muerte-de-roque-el-error-mas-grande-de-mi-vida-villalobos/3622

ANEXO. 11 VI 2017

LA PRIMERA VEZ QUE VI A ROQUE DALTON, EN LA HABANA.
Nancy Morejón es ahora un personaje allá. en aquel tiempo ya había publicado dos libros. creo que la conoci de casualidad en la Biblioteca Nacional o en la Casa de las Américas, no recuerdo…a lo mejor fue haciendo cola en la heladería Copelia. Poco después Nicolás Guillén -que era un tipo no muy alto, campechano, la mayoría de veces enternado, risueño, conversón, como casi permanentemente alegre: en premio a sus antiguos méritos de poeta y luchador social tenía un auto con chofer. era el presidente de esa institución- le dedicó un poema…era guambrita, entonces, y estaba terminando su licenciatura en la ultra rigurosa Escuela de Letras de la U. de la Habana, en la que el “monstruo sagrado” dominante era Mirta Aguirre. Ella me habló del Taller literario que dirigía Sigigfredo Alvarez Conesa, que resultó ser aparte de excelente poeta, un gran conductor de ese taller: tipo abierto, afable, nada egoista, que sabía escuchar. Me integré y empecé a ir a las sesiones de los Sábados en la tarde. La primera vez llevé unos poemas que me hicieron leer, y me los elogiaron. La segunda vez llegué con otros poemas…y me hicieron leña. me dieron contra el piso. Aprendí a ser más autocrítico (asi cualquiera entiende). Descubrí que había una pequeña libreria ahi, que distribuía todos los libros editados en la isla. Frecuentemente habian concursos literarios y salían todos los libros premiados a la venta, en paquete. La venta no era dirigida como en el resto de librerias. Uno pedía y le daban…había que leerlos todos aprisa, para poder opinar y no quedarse rezagado en la siguiente reunión del taller “Hermanos Saiz”. Una vez, la primera ocasión que le vi, estaba conversando con un compañero cubano, miembro del taller. La UNEAC era una casa esquinera que habrá sido una mansión en tiempos antiguos, resumaba elegancia. En los alrededores había en las aceras una serie de árboles. Daba una semblanza medio europea ese sitio en su conjunto, cuando las veredas y sus calles estaban llenas de hojas que se habían caído. Habia una reja antigua, cuyas puertas nunca se cerraban. Cuatro o cinco escalones y ya estaba uno en la UNEAC. en una especie de porche, a la entrada, habían butacones donde se sentaban a platicar tomando el fresco de las tardes algunos narradores ya consagrados…entre ellos se destacaba Onelio Jorge Cardoso (alguien, años después, me envió desde Cuba su antología de cuentos completos). Estaba conversando, digo, y mi amigo me dice: “ese es Roque Dalton”. Otro dia si me animo prosigo.contando esto.

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