Yo secuestré un avión a Cuba: por Carlos Lasso Cueva.

YO SECUESTRE UN AVION A CUBA.

DE LOS AÑOS ARDIENTES, EN LA EPOCA DEL FUEGO, CUANDO SE CREÍA EN EL ADVENIMIENTO INMINENTE DE LA REVOLUCIÓN, Y LA JUVENTUD SE DEDICABA A LABRAR SUS SUEÑOS, CONFIANDO EN LOS PRODIGIOS, PORQUE SE AMABA Y SE BUSCABA LO IMPOSIBLE. DE AQUELLA REMOTA ÉPOCA PERDIDA ES ESTA HISTORIA QUE AHORA OS CUENTO…ESTO OCURRIÓ ANTES DE QUE LA MUERTE GANARA LA PARTIDA A MI GENERACIÓN.

“Si alguna vez cantan mi historia, que cuenten…que caminé entre gigantes. Los hombres brotan y se marchitan como el trigo invernal…pero estos hombres nunca morirán. Que cuenten que viví en los tiempos de Héctor…domador de caballos…que cuenten…que viví en los tiempos de Aquiles”.

(Ulises: La Odisea).

YO SECUESTRE UN AVION A CUBA

Por Carlos Lasso Cueva.

Tomado de Expreso 22 VI 1991.

Se reprodujo en el n° 116 de la revista La Verdad (1998).

Se publica aqui con nuevos comentarios.

En homenaje al centenario del nacimiento de mi maestro, camarada y amigo, el escritor Enrique Gil Gilbert.

En la segunda etapa de los años sesenta ocurrieron varias cosas que impactaron a mi generación. La protesta negra norteamericana, encabezada por los Black Panters, con algunos de los cuales hice amistad, compartí problemas y de los que recibí solidaridad en Cuba; la Revolución Cultural China, que fue una farsa con la que nos engañamos durante un lustro; las huelgas generales obreras decretadas en varios países europeos, acompañadas de las más grandes movilizaciones de masas, junto a la rebelión estudiantil , encabezada por Daniel Cohn Bendit y Ruddy Duske, y en la que estuvieron de algún modo involucrados los filósofos Sartre y Marcuse, la muerte del Che Guevara en Bolivia y la prisión de Regis Debray en Camiri, el triunfo electoral de Allende en Chile al finalizar la década.

Por aquellos tiempos aún vivía el filósofo inglés Bertrand Russell, quien visitó Vietnam del Norte durante la guerra. Desde ahi habló por radio a los soldados norteamericanos, exhortándoles a cesar la agresión y a retornar a su país…”Soldados norteamericanos, os habla Bertrand Russell..”. Russell era considerado por algunos como “la conciencia del mundo”. Fue arrestado por Scotland Yard, en Londres, por participar en una marcha y un plantón estudiantil oponiéndose al gobierno inglés de ese tiempo.

Entonces los Beatles estaban en su apogeo con sus hermosas canciones de amor en las que hablaban de la paz universal, mientras los bombarderos B 52 fumigaban con napalm la campiña vietnamita y las calles del mundo se llenaban de marchas en las que la juventud y la clase obrera salían a enfrentar la represión del sistema. Pocos años antes había sido asesinado el Che, convertido asi en mártir y símbolo, con su hermosa imagen de poeta armado que inspiró sueños y luchas a millones de personas. Conocí su casa, en La Habana, en la que se alojaba permanentemente parte de su escolta, organizada en los tiempos de la Sierra Maestra, cuando conformó el famoso “escuadrón suicida”. Y conocí la casa de Heminwgay, el autor de “París era una fiesta” y de “Al otro lado del río, y entre los árboles”.

Todos estos hechos nos conmovieron profundamente. En Guayaquil se gestó entonces la famosa lucha por abolir los exámenes de ingreso a la Universidad y la Vieja Casona se convirtió en un verdadero Soviet estudiantil que consiguió su objetivo, y asi se inició el proceso de masificación-destrucción de la susodicha Alma Mater, de cuyo trágico destino no cabe hablar ahora. Esta fue mi primera experiencia política.

Por aquel entonces, en Guayaquil, nadie se perdía las frecuentes conferencias que dictaban Enrique Gil Gilbert y el viejo Pedro Saad (a ambos yo tenía el honor de tratarles de TU) en una casa destartalada ubicada en Rumichaca y Ayacucho. El vetusto local se repletada de gente y las antiguas vigas resistían. Y en Quito asumió el Rectorado de la Universidad Central el Dr. Manuel Agustín Aguirre, famoso ideólogo marxista con el que estaba relacionado a través de mi familia. El me dió alojamiento en la residencia Universitaria dos meses, cuando debí irme de Guayaquil, luego de la masacre del 29 de Mayo de 1969. Todos estos eventos fueron creando el antecedente ideológico, subjetivo y político para mi viaje a Cuba.

En aquel tiempo Cuba aún gozaba de la simpatía de la mayoría de intelectuales del continente, a pesar de la protesta que formularon muchos de ellos por la represión de que fue objeto el poeta Heberto Padilla, ganador de un concurso literario con su espléndido libro FUERA DEL JUEGO. El movimiento guerrillero (expresión de la desesperada pequeña burguesía) estaba en auge en varios países y todo parecía indicar que el triunfo de la revolución era inminente y que estaba a la vuelta de la esquina. Cuba estaba aislada por el bloqueo impuesto por los U.S.A. a través de su llamado “Ministerio de Colonias”, la OEA, y en los pasaportes ecuatorianos se veía un sello que decía “VALIDO PARA VIAJAR A TODOS LOS PAISES DEL MUNDO EXCEPTO CUBA”. El único país latinoamericano que mantenía relaciones diplomáticas con Cuba era México. Esta situación de aislamiento y bloqueo y de imposibilidad de viajar legalmente a conocer ese país que estaba viviendo una experiencia política sin precedentes, desató una epidemia de secuestros de aviones a nivel internacional. Ni un día pasaba sin que la prensa trajera la noticia de otro avión secuestrado a Cuba, desde todos los puntos del hemisferio, incluyendo los propios U.S.A. Había todo un movimiento por ir a conocer la isla, y ya que no era posible hacerlo constitucionalmente, se lo hacía pistola en mano. Fue un signo de ese tiempo.

Mucha gente quiso viajar asi a Cuba pero le faltó valor. Yo pertenezco al grupo de los que se arriesgaron, de los que tuvieron las agallas para irse de ese modo. Simplemente, fuimos consecuentes con la corriente de la época. En lo personal, siempre he asumido que esa fue la experiencia más valiosa y enriquecedora de toda mi vida. Fue un episodio trascendente que me marcó. Y no me refiero al acto de secuestrar el avión civil de SAETA en el que nos fuimos seis personas, sino a mi estadía de 30 meses en ese país.

Debo aclarar que desde el Ecuador se secuestraron algunos aviones con rumbo a Cuba. Por el mes de Septiembre de 1969, un grupo secuestró un avión militar de TAME, y ahí murió asesinado el teniente Báez, de la FAE. Al llegar a Cali, el cadáver del teniente Báez fue arrojado atrozmente desde la puerta del avión a la pista de aterrizaje. Yo no participé en ese hecho y supongo que la Inteligencia Militar lo sabe perfectamente. Mi viaje a Cuba ocurrió dos años después de ese trágico y deprimente episodio. La fecha en que hicimos nuestro vuelo fue el 20 de ctubre de 1971, a bordo, repito, de un avión civil. Nuestro más ilustre pasajero fue el Dr. Andrés F. Córdova, antiguo amigo de mi abuelo materno Cueva Celi (en su libro autobiográfico “Mis primeros 90 años”, el Dr. Córdova  habla de mi bisabuelo, el Dr. Juan Cueva García, que había sido -según dice- el candidato de José Luis Tamayo para sucederlo en el poder. Mi bisabuelo no aceptó). Este episodio ocurrió en plena dictadura del Dr. Velasco, de la que el Dr. Córdova era opositor. El Dr. Córdova y su hijo, Manuel, nos ayudaron a financiar la compra de los pasajes. Otros dos hijos del Dr. Córdova estaban en ese tiempo en el Panóptico, por el secuestro del jefe de la FAE. Pedro José Arteta Martínez, dirigente liberal, que fue ministro de industrias de Yerovi Indaburo y varias veces diputado, también contribuyó. Igualmente lo hizo el artista Hugo Cifuentes, con quien había hecho amistad porque una noche de casualidad me invitaron unos amigos a una reunión del Frente Cultural, en su estudio: ahi conocí a Juan Andrade Heymann (que dos décadas después estuvo varios años como Agregado Cultural de la embajada del Ecuador en La Habana y que tiene un valioso testimonio al respecto) y al poeta  Rafael Larrea: con ambos me encontré apenas volví de Cuba.  Nosotros éramos hijos de familia, que andábamos con un sucre en el bolsillo, y el pasaje de Quito a Cuenca costaba $175 sucres. Por eso tuve la idea de apelar a la cooperación de ellos para financiar la compra de esos pasajes. Estos personajes alguna vez apoyaron de esta manera a la FESE , que había sido ilegalizada, cuando trató de organizar un congreso nacional en la clandestinidad.

En el viaje a Cuba, debimos hacer escala en el aeropuerto de Tocumen, en la capital, para reabastecernos de combustible y solicitar alimentos. Temimos un abordaje militar de la nave y dispusimos que se estacionara en el lugar más alejado de la torre de control. Hablé por la radio haciendo advertencias a este respecto. “No quiero ver ni un uniformado ni persona sospechosa ni a un kilómetro de distancia, solo el mínimo personal necesario para este cometido”. Me dieron todas las garantías y a bordo de un tanquero de combustible apareció un simpático hombre que nos hizo conversación. Era piloto de carreras y venía al Ecuador siempre a competencias. Nos deseó suerte y luego vino una camioneta con cien raciones de comida internacional…exquisita…en la nave íbamos menos de 35 asi que algunos almorzaron dos y hasta tres veces. Un muchacho subió todo al avión mientras teníamos las armas listas. Nos agachábamos temiendo francotiradores y vigilábamos desde las ventanillas y la cabina del piloto. Llegaron dos botellas de whisky que el piloto, capitán Sandoval, solicitó, y las dos compañeras nuestras con una azafata brindaron a los pasajeros luego de que el avión volvió a elevarse. Yo estuve sentado conversando con el ex-presidente ecuatoriano Dr. Córdova (íntimo amigo de mi abuelo Cueva Celi) desde Panamá hasta La Habana. El no probó la bebida. Algunos caballeros cuencanos repitieron varias veces el brindis. Yo también. Mientras volábamos sobre Colombia granizaba fuertemente y el capitán Sandoval me permitió sentarme en el puesto del piloto, que estaba en automático, un buen rato. Me pidió que al llegar a Cuba le regalara mi pistola, pero le contesté: “Lo siento, capitán, esta arma es para defender a la revolución”. Si se la hubiera dado, talvez habría tenido algún problema al llegar a Cuba.

De pasajero de la nave venía un distinguido caballero, muy sereno, que años después se suicidó en su oficina, en Guayaquil. Permitimos que una señora, que venía con un bebé y estaba muy nerviosa, se quedara en Panamá tal como lo pidió. También dejamos ahi a un tipo que estaba muy nervioso para que no moleste con su zozobra. Esa dama fue la única persona que posteriormente habló mal de nosotros. Cuando nos despedíamos de los pasajeros, muy emocionados, una chica que venía con su madre quiso quedarse con nosotros en Cuba. Mi primer problema al llegar a La Habana fue con mi compañera, que estaba celosa por mis amables diálogos con una de las azafatas. Me tomó dos días hacer que me hable. Estábamos haciendo el amor por primera vez en ese país del caribe, en la habitación que compartía con la otra chica (dirigente de la FESE), cuando uno, del grupo, abrió la puerta, solicitando un libro, y nos sorprendió in flagranti. Le dije, mientras nos contemplaba estupefacto, “retírate y cierra la puerta, pendejo”.

Este hombre se supuso que traía un revólver bala U, calibre 22, que estaba dañado pero que servía para intimidar. Cuando llegó la hora de que me respaldara, de acuerdo con el plan, no encontraba el arma, y se puso a hurgar en todos los bolsos y pequeñas mochilas con que subimos al avión, en el pasillo del mismo, y no la encontraba. Era un exasperante show verlo como loco, arrodillado en el suelo,afanoso, buscando el arma inútil que no aparecía. Los pasajeros lo miraban asombrados. En un momento el Dr. Córdova quiso ir al baño, y él intentó revisarlo. Se lo impedí. Algunas pasajeros, de ambos sexos, estaban intimidados por su mirada y me pidieron que por favor lo tenga controlado. Realmente era un tipo absolutamente inofensivo que casi se queda en el aeropuerto. Había estado en el baño cuando los pasajeros entramos a la nave. El llegó justo cuando empezaban a cerrar la puerta.

Las dos armas automáticas con que realizamos esta operación, uno del grupo se las “expropió”, secretamente, a su cuñado, que era miembro de la FAE.

Manuel Agustín Aguirre me había autografiado su libro sobre la 2° Reforma Universitaria, y con él yo pensaba llegar a Cuba, pero uno de los que participó en el viaje leyó ese autógrafo y me lo pidió prestado días antes. Nunca me lo devolvió. Quise invitar a algunos compañeros para que viajen con nosotros, pero los otros tres varones -que eran gente de izquierda pero sin experiencia orgánica de militancia-  del grupo no estuvieron de acuerdo.

Cuando, al tercer día de nuestra llegada, nos trasladaron a vivir en la villa de El Siboney, varios compañeros ecuatorianos que habían arribado antes a Cuba fueron a visitarme. Nos conocíamos desde la huelga del 29 de Mayo, en la Casona Universitaria de Guayaquil. Ya tenían años viviendo en la isla y algunos me dieron su perspectiva crítica sobre la realidad política de ese país. Con el paso del tiempo comprobé que algunos paisanos se mantenían fríos, objetivos y analíticos frente a ese “proceso”, mientras otros se adherían incondicionalmente. Estos últimos se nos hacían peligrosos y evitábamos todo contacto con ellos.

En Cuba, el grupo, ideológicamente heterogeneo (yo maoista -en ese tiempo- y ellos inclinados al trotskysmo) laboró cuidando ganado y ayudando al veterinario en los partos de las vacas Holstein mezcladas con Sebú, en el Valle de Picadura, en donde dimos una especie de curso sociopolítico informal a los campesinos de la zona y su director, Ramón Castro Ruz (hermano mayor de Fidel Castro), solía venir en las tardes a llevarme en su jeep a recorrer las granjas. Hacía maniobras rarísimas bajando a la aventura por unas cuestas empinadísimas a bordo de ese carro, mientras yo estaba listo para saltar. Como me vió que fumaba demasiados cigarrillos, me regaló un paquete de habanos. Me dijo: “Toma, aprende a fumar esto para que no se te dañe tanto la garganta”. Tuve tres domicilios: la famosa Villa de Tránsito, en el Siboney, ubicado al Este de Marianao, al principio. Luego en las calles Tercera y 36, en el Miramar, en un edificio de tres pisos (de la Seguridad del Estado) conocido como EL BLOQUE (frente a esta casa vivía el poeta chileno Gonzalo Rojas). Y finalmente en el Hotel Nueva Isla, en La Habana Vieja, frente al Capitolio. Esta fue la mejor época.

Lo que primero hicimos fue trabajar meses como vaqueros voluntarios en ese lugar, cuyo director era Ramón Castro Ruz. La ordeña era industrial (25 litros, creo). Me alojaron en la granja N° 25, que era la maternidad de las vacas. Una noche me quedé de guardia mientras todos se fueron a una fiesta. Y me di cuenta que la vaca en cuestión empezó a entrar en labor. Se le amarraba al ternero las patitas con una soga, colgada de una polea, y de ella se guindaban dos o tres personas para ayudar a que salga. Esa noche me tocó a mi hacer eso solo. Cuando llegaron el veterinario y los demás, a aguaitar, se llevaron la sorpresa de que el ternerito ya estaba de pie, mamando de las ubres de su madre, y yo, con las manos bastante bien lastimadas. A ese torito le bautizaron con mi nombre. De manera que ahi estuve yo aquella madrugada, colgándome desesperado con las manos de la soga, como una hora. Y mi mujer de entonces que no podía ayudarme en nada porque ya estaba de seis meses de embarazo. Solo se puso a ver que el ternero salía milímetro a milímetro. Creo que la vaca me insultaba en su idioma mientras esto sucedía.

Me inhibieron de trabajar manualmente una semana porque mis manos quedaron ensangrentadas. Esa fue una época hermosa.  A Ramón Castro Ruz le “caímos en gracia” (era exacto a su hermano Fidel en todo) y él ordenó que nos dieran becas para entrar a la Universidad. Con mi mujer viajamos a La Habana de noche y cenamos en la casa de Ramón. Al día siguiente fué a hablar personalmente con nuestros responsables, los militares cubanos de Inmigración (que se quedaron chiquitos al verme aparecer con él). Esto entonces se tramitó inmediatamente desde el ministerio del interior y solo tuvimos que ir a dar el examen de ingreso y presentarnos a una entrevista. En esta, las autoridades de la U de la Habana me manifestaron su sorpresa, porque yo era el que mejor había respondido las pregunta de uno de los cuestionarios, referente a la historia política de Cuba. Una de ellas era: “Diga los nombres de los miembros del comité central del Partido Comunista de Cuba”. Yo había sido el que más nombres había puesto. Me preguntaron que cómo sabía esto mejor que los estudiantes cubanos. Les expliqué que en la calle Flores, en Quito, a la vuelta de la Casa del Obrero, había un puesto de libros y revistas usados, y que  ahi compraba regularmente números antiguos de la revista Bohemia. Y que, encima en el viejo radio RCA Victor de mi abuelo Cueva Celi, solía oir, siquiera una vez a la semana, el porgrama de Radio habana Cuba “Voces de la Revolución” a las 10 am. Debido a esto yo estaba superfamiliarizado con muchas cosas de la realidad cubana. Poco después conocí a Nancy, que fue mi novia, de la Juventud Comunista de Cuba. Hermosa, irónica, franca, aplomada y muy madura. A sus 21 años tenía ya organizada toda su vida….Tenía unos ojos extraordinariamente felices, con los que me acribillaba. Estudiaba en la exclusiva escuela de sociología, que era para los cuadros del Partido. Tenía una manera de mirarme que me taladraba el espinazo. Ya conté alguna vez que en ese país afrodisíaco, donde el sexo es más sencillo que el agua, las chicas de esta organización son una raza especial. Disciplinadas, organizadas, alegres, una maravilla, pero estrictas. Tienen un extraordinario código de honor. No se acuestan. Un amigo cubano que conocí en Guayaquil me dijo: “son como monjas”. Esta muchacha fue la que más influencia sentimental tuvo en mi vida. Y nunca hicimos el amor. Le he dedicado poemas en mis dos libros…(el segundo trajo de portada una ilustración diseñada por Eduardo Kingman). En un poema que no he publicado digo: “solo tenías que haberte quedado ahi, escuchando los discursos del Comandante en Jefe, pero regresaste a tu país a estar solo”.

Para ser admitidos en la Universidad tuvimos que rendir -recalco esto- exámenes de ingreso. Yo quedé tercero entre un grupo de cuarenta y cinco; la que era en ese tiempo mi compañera (ecuatoriana, que llegó embarazada de mi primer hijo a ese país) no aprobó ni fue admitida, pues quedó en el último puesto. La que quedó en primer lugar fue una chica boliviana, trotskysta, elegante, muy atractiva y brillantísima. Primero cursé un año de periodismo y trabajé en la revista Bohemia, junto a la pequeña brigada estudiantil a la que pertenecía. En nuestro curso asistían como oyentes unos diplomáticos vietnamitas que estaban aprendiendo el castellano, entre ellos dos chicas que socializaban poco (muy bonitas: la belleza de la mujer del sudeste de Asia es algo indiscutible. La esposa de mi amigo, el agregado cultural de la embajada de Camboya se llamaba Manila, y era preciosa. Ellos solían invitarme a cenar en su departamento en El Vedado, cerca del Malecón. Debido a mi frecuente trato con diplomáticos chinos, coreanos, vietnamitas y camboyanos, adquirí entrenamiento para reconocer el distinto tipo que tienen los habitantes de esos países. Los coreanos son los más secos y duros de esos contornos. Con ellos no llegué a profundizar en el diálogo político porque todo estaba sobreentendido, pero me brindaban muchas cosas cuando les visitaba en su embajada, ubicada en una casa esquinera, a pocas cuadras de las embajadas rusa y china. Victor Shukov era el agregado cultural de la embajada soviética y era quien me regalaba las revistas “Literatura Soviética”. Una vez me preguntó que porqué motivo en América Latina le llamaban “coctel Molotov” a la famosa bomba incendiaria. No tenía ni la menor idea de esto. Hace poco, revisando con un amigo oficial de la marina cosas del internet -el hundimiento del acorazado alemán “Bismark”- nos enteramos que esa denominación nació en Finlandia, en la segunda guerra mundial, cuando los rusos les bombardeaban y Molotov declaró que “les estaban mandando comida”).

Después pedí el traslado a la Escuela de Letras y cursé dos semestres de Literatura Hispanoamericana. Entonces me tocó trabajar en el Departamento de Publicaciones de la Escuela de Sociología. Estuve vinculado a la “Brigada Literaria de los Hermanos Saiz”, que es un taller literario de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), en la que hice amistades. Conocí a Nicolás Guillén, Onelio Jorge Cardoso, Cintio Vitier, Eliseo Diego…Frecuenté mucho la Casa de las Américas, las embajadas de China, Albania, Vietnam, Camboya (que quedaba a tres cuadras de mi casa), Rumanía, Argelia y Corea del Norte : en ésta última me prestaban una máquina de escribir en la que tipiaba textos del periódico mural de mi curso, y mi correspondencia. Con el paso del tiempo, nos invitaban a algunos latinoamericanos a los banquetes que ofrecían  para celebrar sus fiestas nacionales.

Una vez apareció en una de ellas el poeta salvadoreño Roque Dalton, ganador del Premio “Casa de las Américas” con su libro Taberna y Otros Lugares, con quien salimos, abrazados, en grupo, de madrugada, “exquisitamente ebrios” (frase de un poeta guayaquileño al que una vez le comenté un libro suyo en diario Meridiano) cantando La Internacional a todo volumen por esas calles.Todas ellas quedaban en El Vedado, muy cerca unas de otras.

También solía ir a las oficinas de la OCLAE y de la revista Tricontinental, asi como a la agencia de Noticias Sinjua, predilecto sitio de tertulias sobre todo de un grupo de Panteras Negras de USA que vivían en mi hotel. Estos se portaron increiblemente bien conmigo. Desde entonces tengo una empatía especial para relacionarme con personas de la raza negra. Tuve amigos (algunos hoy residen en USA), algunas novias , asistí a seminarios dictados por Adolfo Sánchez Vázquez, Mirta Aguirre y Gonzalo Rojas, y pasé mucho tiempo en la playa de Santa María del Mar, que era mi favorita: estaba ubicada a menos de una hora de La Habana. Era como nuestra segunda residencia en el país de la caña de azúcar y los mejores tabacos del mundo. Esa playa fue un bello refugio para algunos latinoamericanos que vivíamos en Cuba en ese tiempo. Ïbamos en grupo siquiera una vez a la semana.

No estoy de acuerdo y creo que la experiencia ha demostrado que es inviable la construcción del socialismo en un solo país como tergiversando a los clásicos lo planteó el genocida de José Stalin, ni creo que existan soluciones nacionales para la crisis del capitalismo. Mi experiencia cubana, a nivel literario, fue colosal, pues me ayudó a descubrir todo un mundo. Políticamente fue decepcionante conocer el Capitalismo de Estado cubano, y eso me condujo a romper con el leninismo estalinista (adiós maoismo) y a reconciliarme con las tesis de la oposición de izquierda de la Tercera Internacional: Bordiga, Gorter, Panneekoek, revista Bilan, CCI, GCI, PCI, TCI. Existencial y emocionalmente le debo mucho a mi experiencia cubana. En ese país viví días inolvidables y maravillosos. Valió la pena irme de ese modo, en ese tiempo irrepetible. Lo haría otra vez, si existieran las mismas circunstancias, pero estas han cambiado. El romanticismo revolucionario murió hace tiempo, el capitalismo coyunturalmente ha vencido y la gente se ha integrado en el sistema. Hoy en día cualquiera puede viajar a Cuba legalmente. Pero todos saben que la mejor época fue la de los secuestros, cuando un pirata aéreo se levantaba de improviso, en pleno vuelo, y gritaba, pistola en mano: “AHORA NOS VAMOS A CUBA, CARAJO”. Muchos soñaron con ser secuestrados. Viajar asi a la isla fue algo que en ese tiempo se puso de moda.

Cuba fue, en esa época, para los de mi generación, el lugar donde se realizaban los sueños, el utópico paraíso en el que descubrimos que había democracia económica relativa con dictadura política absoluta: me di cuenta a los pocos días que ahi había la total libertad de estar totalmente de acuerdo con todo lo que decía y hacía Fidel Castro. Por eso aterrizar en Rancho Boyeros fue también aterrizar en el contexto concreto de la realidad histórica cubana. Para quienes fuimos piratas aéreos ha de quedar la nostalgia de la canción que nos dedicó Rafael, el recuerdo de los niños cubanos que nos rendían el homenaje de jugar a ser nosotros, y la satisfacción de que con ese hecho subimos de categoría en el escalafón revolucionario de siempre, poniéndonos muy por encima de “los revolucionarios de café”, que viajan a Cuba, ahora, frecuentemente, con todas las comodidades. Suelen hacerlo a costillas del proletariado cubano. Sin embargo, entre los piratas aéreos hallamos también elementos lumpen.

Cuando salí de Cuba, en un avión de Aeroflot, con rumbo a Lima, era el 10 de Mayo de 1974. Mi numerosa familia peruana me consiguió un permiso especial de la Cancillería para quedarme ahí tres meses, que los pasé en casa de mi tía Juanita Ruiz Pizarro de Cáhuaz, ubicada en Dante 676 y Surquillos. El Cónsul cubano se presentó a exigir a las autoridades peruanas que me mandaran en el primer vuelo a Bogotá, para lo cual tenía habilitado un boleto. Al día siguiente, Sábado, en la embajada china, me aconsejaron que por nada del mundo me fuera a Colombia. Luego me presentaron, en el café París, ubicado por la Plaza de Armas, a un dirigente maoista peruano que también me aconsejó que no me fuera a ese país por nada del mundo. La gente de Lima fue increiblemente hospitalaria conmigo. Una prima mía era pariente de Manuel de Jesús Orbegozo (dos veces ganador del Premio Nacional de Periodismo, en Perú) y me lo presentó. Presidía el Instituto Cultural Peruano Chino y su vicepresidente era el Dr. Alfonso Barrantes Lingan, cuya oficina en el Girón Lampa era sitio de reunión de mucha gente que ahi conocí y que me brindaron su amistad. En una reunión con familiares míos en el barrio de San Isidro, unas damas burguesas me contaron que cuando hubo la guerra con Chile, el ejército de ese país ocupó Lima, y sus miembros se dedicaron a violar a toda clase de mujeres.

Ingresé al Ecuador, por Huaquillas, el 7 de Agosto, y desde entonces practicamente no me he movido de Guayaquil, salvo para irme de cuando en cuando a Bahía de Caráquez y a Quito, a visitar a mi tía abuela, Juanita Cueva Jones viuda de Santos. Nunca he tenido ningún problema. En el N° 2 de la revista del I. Municipio de Loja se publicó en 1982 mi currículum, junto a algunos de mis poemas. Ahí apareció lo de mi viaje a Cuba, secuestrando un avión, sin derramamiento de sangre. Y poco después, Rodolfo Pérez Pimentel escribió en Expreso un artículo acerca de mi persona, en el que reseñaba mi hazaña político-revolucionaria. Además, en un texto mimeografiado que repartí entre mis amigos, narré, en 1981, todo lo relacionado con este episodio que, como se ve, jamás ha sido un secreto. Cuando fui candidato a presidente de la Casa de la Cultura de Guayaquil, mi amigo Alberto Borges se asombró de que el sector estalinista pro-soviétivo, para quitarme votos, contaba y deformaba lo de mi viaje a Cuba a través de radio Bemba entre los miembros de la derecha, tachándome a mis espaldas de terrorista, cosa que nunca fui. Ni siquiera he lanzado una piedra en toda mi vida. Jamás he lastimado a nadie, excepto a un estalinista fanático del viejo Partido Comunista pro soviético que me insultó y por eso le rompí una botella de vodka en la cabeza. Cito las palabras de mi ilustre amigo, el Dr. Andrés F. Córdova, ex -primer magistrado del país, que decidió venir de pasajero en ese vuelo, aparecidas en la revista VISTAZO de Abril de 1972. Dijo: “Fuimos desviados a Cuba por jóvenes idealistas…aquella aventura, lejos de ser una tortura, se convirtió para nosotros en horas de felicidad. Esto es lo que quiero recordar”.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto de La Habana subió un miembro de la Seguridad del Estado a pedirnos nuestras armas. Y pidió que bajemos. Pero nosotros nos demoramos despidiéndonos de los pasajeros del avión y del personal de la compañía aérea. Con todos nos dimos largos abrazos. Cantamos unas canciones de protesta y a las azafatas les regalé una bala a cada una. A todos ellos luego supimos que les organizaron de inmediato un paseo turístico por la capital cubana.

Al bajar del avión nos condujeron a la suite presidencial, en donde al poco rato llegó una brigada médica a examinarnos y vacunarnos. Luego nos alimentaron y nos dieron helados y habanos. Después nos interrogaron por separado con un formulario de 36 preguntas que nos lo repitieron al día siguiente pero con las mismas en otro orden. En la noche nos condujeron a una villa de seguridad en el Siboney donde estuvimos tres días jugando ajedrez y viendo TV. Al tercer día fuimos a parar a una mansión antigua que era el cuartel general de los piratas aéreos. En deferencia a nosotros, recién llegados, los militares de Inmigración llenaron la piscina… Y se nos dió libertad total para vivir en el país. Ese día fuimos al Vedado, a visitar la Casa de las Américas, la embajada china, en donde nos regalaron todas la obras de Mao, y la OCLAE (Organización Continental Latinoamericana de Solidaridad, presidida por el hermano de Camilo Cienfuegos: Osmani.). Durante todo el tiempo que viví en Cuba, visité esa embajada cada semana. Me llevaban, para conversar, a una habitación interior, lejana a aquella en la que recibian a visitantes cubanos, sobre todo estudiantes, que acudían por información. Me contaron que varias veces habían encontrado micrófonos colocados ahi por algunos de esos visitantes. Al siguiente día fuimos a bañarnos en El Naútico, en la playa de Marianao, en las aguas del océano Atlántico. Así empezó nuestra permanencia en La Habana. Uno de los amigos personales más íntimos que tuve ahi fue Xehal Lucy, agregado cultural de la embajada de Albania. Siempre, en público, yo lo molestaba preguntándole si era verdad que en su país estaban erigiéndole una estatua a Nikita Krushov. Una vez lo operaron en una clínica especial cubana, y al entrar a verlo lo saludé: “hola, revisionista”. Su esposa se moría de la risa.

Para todo el que llegaba a La Habana, la meta era conocer a Fidel Castro.
A comienzos de 1972 empezaron a llegar de visita a La Habana una serie de mandatarios europeo-orientales, uno de los primeros fue el checoslovaco Husek..
Habían unos técnicos rumanos que vivían en el edificio vecino del mío, y visitando la embajada me había hecho amigo de un coronel rumano, que tenía un piso ahi.
Nos encontramos en el camino y fuimos conversando a esperar el paso de la comitiva, expectantes
Mi casa quedaba en Tercera y 36, en El Miramar. A una cuadra queda la Quinta avenida, hermosa y espléndida calle de cuatro carriles, con un parterre al centro. Por ahi tenía que pasar la comitiva oficial, y la gente estaba concentrada en ambos lados de la misma.
Solo habían dos milicianos, sin armas, caminando por la via.
Larga espera.
Muy larga espera.
Pasó un auto, luego de un minuto, otro, y asi…
Un helicóptero empezó a acercarse a nuestra zona
y pasaron autos más a menudo
luego más seguido
Hasta que se sintió que llegaba la comitiva
Primero pasaron autos con los altos jefes militares cubanos, uno a la vez
Me llamó la atención la pinta europea de ellos
Enseguida empezaron a cruzar carros diplomáticos, con las banderitas de sus paises delante
luego un camión enorme lleno de fotógrafos que iban tomando fotos a todo el mundo
era un mediodía lleno de sol, espléndido
Detrás de ese camión (y tapado por él) el jeep descubierto donde iban de pie Fidel y el mandatario checo, saludando
Me llamó la atención ver que Fidel era medio pelirrojo, barbi-rojo.
alrededor de su jeep varios autos… con las puertas abiertas y un tipo de su seguridad con medio cuerpo afuera, listo para saltar, en cada una (excepto en la puerta del chofer).
un hombre sentado en el capó delantero de los autos en posición de combate
todos con terno
y mirando escudriñadóramente al público
eran cuatro o cinco autos asi, rodeando al jeep de Fidel
fue un espectáculo deslumbrante ver esto
y pasó, se fué, eso fue todo.
luego una larga fila de más carros que ya a nadie le interesaba ver.
Eso fue todo.
Asi le vi a Fidel, a cinco metros de distancia, algunas veces, cuando llegaron Ceassescu, de Rumanía, Gierek, de Polonia, Kadar, de Bulgaria, Allende -que llegó temprano, una noche-, Phan Van Dong, de Vietnam, y Angela Davis.
Mi amigo, el coronel rumano, me dijo que el recibimiento a su jefe sería igual al que acabábamos de ver.
En algún momento contaré cuando le vi a Fidel en otras circunstancias.

Para las fiestas del 1° de Mayo de 1972 llegó como delegado del Partido Socialista Revolucionario mi tan distinguido amigo Fernando Maldonado Donoso, que había sido elegido secretario general. El me regaló una botella de licor Cristal, que todos los ecuatorianos probaron como si fuera el néctar de los dioses, un solo trago cada uno. Y me entregó el libro “Dos sistemas, dos mundos”, que Manuel Agustín Aguirre me había enviado(a este lo visitamos antes del viaje, y no estuvo de acuerdo con nuestro proyecto: fue una reunión tensa. Años después escribió un honroso comentario que apareció en el reverso de portada de mi segundo poemario y me volvió a obsequiar autografiados todos sus libros. En uno de los anaqueles de mi biblioteca se exhiben las fotos tomadas por una amiga lojana que me acompañó a visitarlo por última vez en 1983, en su casa de la avenida Los Shirys). Fernando se alojó en el Habana Libre. Dictó una conferencia política en el Instituto cubano de amistad con los pueblos (ICAP).

Para la celebración del 26 de Julio de ese año llegó como delegado del Partido Comunista nada menos que Enrique Gil Gilbert, en cuya casa de Las Peñas había estado tantas veces…Todos los ecuatorianos fuimos a buscarlo y esperarlo en el mismo hotel. Llegó en una furgoneta y los ecuatorianos lo abordaron. Yo no me le acerqué. Me quedé como a diez metros, observando. En un momento me vió, alzó el brazo, y dijo en alta voz: “camarada, a ti quería verte”, y vino hacia mi, abandonando para siempre al resto. Nos abrazamos con afecto y le presenté a mi mujer de entonces (yo tenía en ese tiempo 21 años), cuya belleza elogió. Dijo: “camarada, veo que tienes una compañera muy hermosa, y eso es una cosa envidiable”. Después ella me recordaba eso siempre. Y nos invitó a la cafetería a servirnos unas cosas. Ahi conversamos por primera vez de literatura, amplia, apasionadamente. Los ecuatorianos que nos contemplaban de lejos, habían creído que teníamos una disputa política y luego me interrogaron al respecto. La verdad es que hablamos del boom literario, de Gorky, Neruda, Ciro Alegría, José María Arguedas, García Márquez, Vargas Llosa, Sartre, Camus, comentamos insistentemente Rayuela, de Cortázar (en Cuba los libros eran baratísimos y las ediciones gigantes, y pude ponerme a “rompe cincha” al día, ya que en Quito eran caros y el presupuesto no alcanzaba para adquirirlos. En Cuba la gente leía mucho), comentamos Doña Bárbara, Don Segundo Sombra y él me habló de Sholojov, exigentemente. Enrique me hizo prometerle que leería a Mijail Sholojov (Premio Nobel). Hasta ahora me acuerdo del deslumbramiento que fue conocer sus cuentos: El lunar, El Pastor, El Granujilla, La estepa Azul, El Potrillo, Sangre Extraña, El Guarda del Melonar, El Gran Camino, El Torbellino, La Bígama, Un Enemigo Mortal, y El destino de un Hombre. Alguno de ellos le obsequié (en fotocopia) a un tovarich hace poco. Al día siguiente Enrique dictó una charla sobre la situación política del Ecuador a los ecuatorianos residentes, en el local del ICAP. Nunca volví a verlo. En 1973, apareció la noticia de que había fallecido, en Guayaquil. En los años 80 solía ir a visitar a su viuda, Alba Calderón de Gil, en su casa en Los Esteros, cerca de donde vivo. Yo la trataba de TU, y le decía Madre. Su hijo, Enrique Gil Calderón, me acompañó con el coro de la Universidad de Guayaquil en el lanzamiento del segundo poemario, que fue presentado, en el Museo Municipal de Guayaquil, por Olaf Holm, fundador del Museo Antropológico del Puerto Principal. Enrique es uno de los grandes personajes que la vida me deparó la fortuna de conocer. El nació el 8 de Julio de 1912. Anteayer se celebró su centenario. Sean estas confesiones y evocaciones mi afectuoso homenaje a su ilustre memoria.

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Un comentario en “Yo secuestré un avión a Cuba: por Carlos Lasso Cueva.

  1. Estimado Carlos: Por favor, desearía poder comunicarme con Ud. por correo electrónico. SI es tan amable en las referencias que dejo, me puede remitirlo. Es sobre este mismo artículo que publica en esta pagina web. Saludos.

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