EVOCACION DE GONZALO ROJAS: POR CARLOS LASSO CUEVA.

EVOCACION DE GONZALO ROJAS PIZARRO. (PREMIO MIGUEL DE CERVANTES).

Poeta de aguas profundas. Poeta de culto.

Predicador de la violenta llama azul de la vida.

Profeta de la soledad, de cuando ha terminado la cópula y la muchacha se ha ido a su vivienda dejándolo a uno de nuevo solo, esperando el nuevo beso-verso de la vida.

Poeta del silencio, de cuando uno sufre abandonado en el muelle lleno de fantasmas y enemigos.

Poeta del suspiro del mar cuando la noche es violentamente triste y estás en una hamaca en una pequeña villa alquilada besando a tu mujer que se acurruca en tu entorno.

Poeta de la vida en desgracia o en triunfo porque a la larga da lo mismo ya que es el mismo esqueleto el que al final a todo se acostumbra.

Poeta de las definiciones vitales a las que llega el hombre cuando puede mirar al sol de frente , como lo hacen las águilas, antes de comer y de beber.

Poeta de la tierna belleza impávida que de pronto se descubre procaz y nos derriba con su soplo, y nos convierte en fugitivos y perseguidores de su furia, en amantes y enemigos insaciables.

No es el antiguo poetita románticón que hacía versos bonitos a las chicas.

Es el rudo poeta de la existencia realidad marcado con el fuego de la vida.

El del dolor de nacer vivir luchar y padecer sabiendo que existe algo que se llama poesía.

Hoy se me ocurrió definir asi a mi maestro. Pienso que él, que aguantaba su risa con una sonrisa que a veces solo se quedaba en los ojos- porque ese era su misterio – me hubiera dicho lo mismo que me imagino, y habría intentado reir-sonreir de ese modo. Y yo, igual lo hubiera comprendido. Y me habría sentido intimamente satisfecho. Igual que me siento ahora por hacerle este íntimo homenaje compartido por los pocos amigos que accederán a este rincón cibernético. hacía tiempo que se lo debía. Cuando fui editor cultural del diario Meridiano una vez le saqué una página entera en el 96.

Gonzalo era un hombre reservado, introvertido, pero fuerte. Había alguna cosa mística dentro de él.

En la sala de su departamento tenía fotos con Jean Paúl Sartre, Julio Cortázar y libros autografiados por Vargas Llosa, Julio Cortázar, Nicolás Guillén, Octavio Paz…

Cuando nos dictó el seminario sobre literatura lo que más hizo fue hablar de estética y nos enseñó a comentar libros. Sus clases eran en la UNEAC, los Sábados, de cuatro a cinco pero siempre terminaban casi a las seis. El seminario se planificó para el taller literario “Hermanos Saiz” pero en la práctica fue para muchos escritores conocidos que llegaban a escucharlo. Mientras él hablaba, despacio, con su voz baja pero enérgica, no se escuchaba en el salón ni el zumbido de una mosca. Y nos fue haciendo una síntesis del aporte poético y de lo que llamaba la historia de la poesía rememorando uno a uno a los grandes poetas, hablando de cada uno como si estuviera ahí presente. En particular, recuerdo cuando enumeró a los poetas franceses, uno por uno…contando en pocas palabras hasta cómo eran los cuartos en donde habían vivido y que él había conocido.

Estábamos discutiendo, en un intervalo, en el patio exterior – porque el seminario tuvo que ser trasladado al salón principal por la cantidad de personas que llegaron – sobre la obra de Neruda, y no nos poníamos de acuerdo. El se acercó a nuestro grupo, se enteró del impase, y solo dijo: el mejor libro de Neruda es su tercera Residencia. Con eso se terminó para siempre la discusión. Nos pusimos luego a releer todo lo que teníamos de Neruda, y así era, tenía razón en lo que nos había dicho. Después de que Neruda murió había hablado en TV sobre él pero no lo vi.Luego le perdí la pista hasta que ganó el “Cervantes”.

Por su rigor, su finura y su excelencia siempre será el poeta para una minoría.

Vivía en tercera y 36, en El Miramar habanero. Frente a mi casa. A veces caminábamos hacia “la copa” (ubicada frente a la embajada de Yugoslavia), a tres cuadras de donde vivíamos, y entrábamos a la proletaria heladería a sentarnos, y conversar de todo un poco, mientras degustábamos. Lo conocí cuando me lo presentó Cecilia, una chilena, pariente suya, socióloga, que pertenecía al MIR, de la que me hice amigo de casualidad, esperando una “guagua” en la Quinta Avenida.

Gonzalo era silencioso, casi mustio, hablaba bajito. era sólido, recio, y tan exquisito y riguroso intelectualmente. Se había pulido a si mismo “con delectación de artista”.

NO LE COPIEN A POUND.
GONZALO ROJAS.

No le copien a Pound, no le copien al copión maravilloso
de Ezra, déjenlo que escriba su misa en persa, en cairo-arameo, en sánscrito,
con su chino a medio aprender, su griego traslúcido
de diccionario, su latín de hojarasca, su libérrimo
Mediterráneo borroso, nonagenario el artificio
de hacer y rehacer hasta llegar a tientas al gran palimpsesto de lo Uno;
no lo juzguen por la dispersión: había que juntar los átomos,
tejerlos asi,  de lo visible a lo invisible, en la urdimbre de lo fugaz
y las cuerdas inmóviles; déjenlo suelto
con su ceguera para ver, para ver otra vez, porque el verbo es ése: ver,
y ése el Espíritu, lo inacabado
y lo ardiente, lo que de veras amamos
>y nos ama, si es que somos Hijo de Hombre
y de Mujer, lo innumerable al fondo de lo innombrable;
no nuevos semidioses
del lenguaje sin logos, de la histeria, aprendices
del portento original, no le roben la sombra
al sol, piensen en el cántico
que se abre cuando se cierra como la germinación, háganse aire,
aire-hombre como el viejo Ez, que anduvo siempre en el peligro, salten intrépidos
de las vocales a las estrellas, tenso el arco
de la contradicción en todas las velocidades de lo posible, aire y más aire
para hoy y para siempre, antes
y después de lo purpúreo
del estallido
simultáneo, instantáneo
de la rotación, porque este mundo parpadeante sangrará,
saldrá de su eje morral, y adiós ubérrimas
tradiciones de luz y mármol, y arrogancia; ríanse de Ezra
y sus arrugas, ríanse desde ahora hasta entonces, pero no lo saqueen;

ríanse, livianas
generaciones que van y vienen como el polvo, pululación
de letrados, ríanse y ríanse de Pound
con su torre de Babel a cuestas como un aviso de lo otro
que vino en su lengua;
el cántico
hombre de poca fe, piensen en el cántico.

SARATANES.

GONZALO ROJAS: PREMIO “CERVANTES”.

En las noches
cuando los oigo
rondar como libélulas,
me digo:
¿morirán alguna vez
los asquerosos decadentes?
¿O serán los testigos de todas las caídas?
¿O serán animales sin testículos
que presumen de dioses?

¿O serán necesarios, como cizaña y trigo?

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