TROPICOS …DE HENRY MILLER

 

TROPICO DE CANCER.

HENRY MILLER.

CLUB BRUGUERA

POR CARLOS LASSO CUEVA.

“Uno de los más grandes autores eróticos del siglo”. A mi me ha parecido un autor que escribe  utilizando su sangre, a la manera de Nietzche. Este  es el anti-diletante. No escribía, como muchos, para demostrar que era inteligente,  sino para desquitarse de las malas cosas del mundo. Y gritaba estentóreamente para ser oído a la fuerza hasta por los sordos. Dotado para decir grandes verdades, no se ocultaba a si mismo detrás de frases bonitas. No era el vanidoso pequeño burguesito que escribía para que sus amiguitos lo elogien. Era un bombardero que iba soltando sus bombas sin misericordia. Sinceridad, autenticidad,  se llama eso. Y para hacer eso, para ser así, se necesita ser  un hombre. Se le reconoce  mucho talento literario, con grandes facilidades creativas, pero  se le considera que tiene  una mentalidad poco edificante. No obstante, ha influido a muchos. Quisiera  saber cuántos se atreven a decir que han sido influidos por Miller. Parece que Julio Cortázar tiene alguna influencia de Miller (no solo Cortázar). Hay cierta relación entre los dos. Pero Cortázar no es  más que un adolescente remilgado al lado de Miller que escribía a todo volumen. Se le ha acusado de vulgar porque reflejaba con exactitud  una serie de cosas de la vida, tal como él la vivió y la percibió. Fue fiel a si mismo. Se dice que  Miller en realidad no es erótico sino pornográfico. Y toda pornografía es de mal gusto. No es erótica sino vulgar. Pero cuando se tiene una fuerza intelectual como la de Miller, a pesar de las insistentes referencias sexuales, muchas de ellas crudas, muy crudas, brutalmente crudas, lo que se repara es en que se trata de un ser humano luminoso que está hablando del mundo en un atardecer de lluvia, en un barrio pobre,  marginal, lleno de lodo.

La preocupación estética de Miller arranca de lo existencial. Quizás, a su vez,  este sea un individuo influenciado hasta por Kafka. La atmósfera de este libro es densa, pesada y apretada. Los personajes no son gente extraordinaria, que se han realizado en la vida, sino todo lo contrario, gente gris, anónima, del montón, nada brillantes, como nuestros vecinos cotidianos de cualquier barrio semiproletario, gente común y corriente. Todos sufren la evidente crisis económica de la clase media pobre o pequeña burguesía pauperizada, que está más cerca de  ser un semiproletariado. Creo que Máximo Gorky se habría interesado y entusiasmado leyendo a Miller. En  la obra hay un personaje que tiene que buscar quiénes le pueden dar de comer una vez a la semana. Eso no aparece en cualquier libro.  Esta obra es un hacer literatura a martillazos, como decía Nietxche.

Es el esfuerzo intelectual de un autor de  gran talento que no ha querido hacer otra cosa que  construir un espacio literario  casi hermético, a donde no puede ingresar cualquiera. Eso no imposibilita que sea una obra popular, leída por  millares de personas que jamás se olvidarán de esta lectura. Derrochando un preciosismo literario  incuestionable ( hace recordar a Pablo de  Rokha, al que Adoum acusaba de “desmesurado”), construye una novela a la que siempre se la  tendrá que ver sola, desnuda, íntegra. Hay que reconocer en Miller una profunda iconoclastia a nivel de la superestructura.  No hizo literatura política sino una literatura que trata de la militancia de la vida. Eso hace que  pueda integrarse a la corriente de los escritores que han profanado el statu quo. Asusta a alguna gente que lo condena. Ahora entiendo porqué. Toda una experiencia leer esta  libro que sin duda es y permanecerá  como  “una obra de culto”. Que no  es perfecto a la manera  del sistema? Que presenta cosas deleznables y condenables? Que a veces está cerca del lumpenproletariado o del lumpenburgués? Sea. Pero  su pecado está lavado por la riqueza literaria (digo estética) de su obra, de su reflexión, de su metafórica manera de referirse a un mundo despreciable, alienado, inmundo  y  falso. Cuando escribió esta obra monologal, Miller estaba en  Francia y andaba por los cuarenta años…años de plenitud y pobreza.

he aquí su estilo: asi escribía este hombre al que las feministas odian…

“En realidad, tenía tan pocas ganas de dejar París como yo. París no le ha sido propicio, como tampoco lo había sido para mi, ni para nadie, si vamos a eso, París se apodera de ti, podríamos decir que te agarra de los cojones, como una puta enamorada que prefiere morir a soltarte” (pag.190)

“Me agarro a ella desesperadamente y en mis labios aparece esa misma sonrisa inexplicable, esa máscara que he colocado sobre mi pena. Puedo quedarme aquí parado y sonreir inexpresivamente, y por fervorosas que sean mis plegarias, por desesperado que sea mi anhelo, hay un océano entre nosotros; ella seguirá allí en la miseria, y yo caminaré aquí de una calle a otra, con lágrimas ardientes quemándome el rostro” (pag. 204).

“E inevitablemente siempre surgía en nuestras discusiones la figura de Whitman, esa figura única y solitaria que América ha producido en su breve vida. En Whitman cobra vida todo el escenario americano, su pasado y su futuro, su nacimiento y su muerte. Todo lo que de valor hay en América, Whitman  lo ha expresado, y no hay nada más que decir de él. El futuro es de la máquina, de los robots. Fue el poeta del Cuerpo y del alma, Whitman. El primer poeta y el último. Es casi indescifrable hoy, un monumento cubierto de jeroglíficos primitivos para los que no hay explicación. Parece casi extraño mencionar su nombre aquí. No hay equivalente en las lenguas de Europa del espíritu que él inmortalizó. Europa está saturada de arte y su suelo está lleno de huesos muertos, y sus museos rebosan de tesoros saqueados, pero lo que Europa no ha tenido nunca es un espíritu libre, sano, lo que podríamos llamar un hombre.

Goethe fue lo más aproximado, pero Goethe fue un presuntuoso en comparación. Goethe fue un ciudadano respetable, un pedante, un pelmazo,  un espíritu universal, pero estampado con la marca de fábrica alemana, con el águila bicéfala. La serenidad de Goethe, su actitud tranquila, olímpica, no es sino el somnoliento letargo de una deidad burguesa alemana. Goethe es el fin de algo, Whitman es un comienzo” (pag. 263).

“Y durante todo el tiempo, China cerniéndose sobre nosotros como el destino mismo. Una china que se pudría, que se derrumbaba y se volvía polvo como un enorme dinosaurio, y sin embargo, conservaba hasta el final el hechizo, el encanto, el misterio, la crueldad de sus venerables leyendas “ (219).

“Y ahora soy yo, parado a la sombra del viaducto, quien tiendo los brazos hacia ella, a quien me agarro desesperadamente y en mis labios aparece esa misma sonrisa inexplicable, esa máscara que he colocado sobre mi pena. Puedo quedarme aquí parado y sonreir inexpresivamente, y por fervorosas que sean mis plegarias, por desesperado que sea mi anhelo, hay un océano entre nosotros: ella seguirá allí en la miseria, y yo caminaré aquí de una calle a otra, con lágrimas ardientes quemándome el rostro” (204).

“Porqué no me enseñas ese París –dijo Lucien- sobre el que has escrito? Lo que sé es que al recordar esas palabras, comprendí de repente la imposibilidad de revelarle nunca aquel París que yo había llegado a conocer, el París  cuyos ARRONDISSEMENTS son imprecisos, un París que nunca ha existido excepto en virtud de mi soledad, de mi deseo de ella. Un París tan inmenso! Se tardaría una vida en volver a explotarlo. Ese París, cuya llave sólo yo poseía, no se presta en absoluto a un paseo, ni siquiera con la mejor de las intenciones; es un París que hay que vivir, que hay que experimentar cada día de mil formas diferentes de tortura, un París que crece dentro de ti como un cáncer, y crece y crece hasta que te devora” (198)

“Para cantar, primero hay que abrir la boca. Hay que tener dos pulmones y algunos conocimientos de música. No es necesario tener un acordeón ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así pues, esto es una canción. Estoy cantando” (8).

“Estoy pensando en muchas cosas que están muertas  y enterradas. Pienso en una tarde de verano en Greenpoint, cuando los alemanes atravesaban Bélgica al galope y todavía no habíamos perdido bastante dinero como para preocuparnos por la violación de un país neutral. Una época en que todavía éramos suficientemente inocentes como para escuchar a los poetas y sentarnos alrededor de una mesa al atardecer para invocar a los espíritus de los muertos”  (33).

“Durante cien años, o más, el mundo, NUESTRO mundo, ha estado muriendo. Y, en estos cien últimos años aproximadamente, ningún hombre ha sido lo bastante loco como para meter una bomba por el ojo del culo a la creación y hacerla saltar por los aires. El mundo está pudriéndose, muriendo poco a poco. Pero necesita el COUP DE GRACE, necesita saltar en pedazos. Ninguno de nosotros está intacto, y, sin embargo, tenemos en nuestro interior todos los continentes y los mares que separan los continentes y las aves del aire. Vamos a consignar la evolución de este mundo que ha muerto, pero que no ha recibido sepultura” (35).

“Y cuanto más lee, más desdeñoso se vuelve. Ninguno de ellos es satisfactorio; ninguno de ellos llega al grado de perfección que se ha impuesto a si mismo. Y olvidando que no ha escrito ni siquiera un capítulo, habla de ellos con aire de superioridad, como si existiera una estantería de libros con su bomba” (148).

“Para qué quiere uno los brazos y las piernas? No necesitas los brazos ni las piernas para escribir. Necesitas seguridad, paz, protección. Todos esos héroes que desfilan en silla de ruedas…es una lástima que no sean escritores. Simplemente con que pudiera uno estar  seguro de que, al ir a la guerra, solo perdería las piernas…si pudiese estar seguro de eso, por mi que estallara una guerra mañana. Me importarían tres cojones las medallas…podrían guardarse las medallas. Lo único que desearía sería una silla de ruedas y tres comidas al día. Entonces les daría algo para leer a esos capullos” (132).

“De la nada surge el signo del infinito; bajo las espirales eternamente ascendentes se hunde lentamente el agujero profundo. La tierra y el agua asociados hacen versos, un poema escrito con carne y más fuerte que el acero o el granito. A través de la noche infinita la tierra gira hacia una creación desconocida” (276).

TROPICO DE CAPRICORNIO: HENRY MILLER.
TROPICO DE CAPRICORNIO.

HENRY MILLER.

CLUB BRUGUERA.

POR CARLOS LASSO CUEVA. 096 645 667 (ALEGRO).

Es más lírica que Trópico de Cáncer. Es una obra diferente. Mucha más intensa y más triste, profunda y argumentadamente pesimista. Su valía antropológica crece. Aquí Miller solo es un hombre que desnuda su alma y la expone ante el sol para que el mundo sepa que él está ahí, y que nunca podrán moverlo del sitio en el que se puso él mismo, o en donde se resignó a quedarse para levantar su testimonio. Este libro contiene el universo desbarrancado de un hombre vital pero golpeado que se aferra a la vida, al amor que no hay y al mañana que no vendrá nunca. Se necesitó tener mucha fibra moral para escribir como él lo hizo. Un día se puso a escribir porque tenía que ajustar cuentas con la vida y con el mundo. Y nos legó su testimonio, su profecía de la descomposición de una sociedad a la que conoció en sus lados más pútridos. Firme y lujuriosamente esculpió la herencia que decidió dejarnos. Muy vital en medio de las decepciones y la amargura, percibió el derrumbe moral y la hipocresía latente en una sociedad basada en el oprobio. Me pregunto cómo hubiera escrito en estos tiempos en los que la lumpenización se expande en tantos sectores que se creen y se sienten intactos. Miller hizo un reclamo de humanismo al describir y excibir la integral decadencia de la calidad de la vida en los tiempos del capital monopolístico. Y lo hizo de un modo sarcástico y poético. En cierto modo es como un misterio este hombre aislado, escribiendo solo, elucubrando sus maravillas cuando se hallaba al filo del abismo, antes del reconocimiento y el éxito. Fueron amargos sus días, y muy duros. Supo llenar su vacío emocional con una escritura permeabilizada de una cruel belleza. Por eso es tan actual. El describió como pocos la deshumanización de lo que se llamó desde la postguerra el “tiempo del desprecio”.

Crudo, intensamente crudo, pero siempre humanísimo. A veces parece cínico, cuando eso no es más que una manera de disfrazar un poco su tristeza. Esta obra es mucho más aguda que la anterior. Está escrita en primera persona e incluso habla de si mismo, se automenciona. Así rompe con toda una tradición técnica a la que no podía someterse porque los grandes creadores inventan y forjan su propia técnica. Solo los mediocres escritores barriales, parroquiales, cantonales y hasta provinciales escriben sometidos a todas las reglas estrictas de la gramática, de la métrica, de la preceptiva literaria. Los escritores grandes asustan con su desprecio a los cánones establecidos. De no vean cómo escribió Joyce su ULISES. A Miller no le interesan las reglas sino lo que tiene que decir… y lo dice con el desparpajo de alguien que está empapado de los secretos de la vida y de la muerte.

Trópico de Capricornio trata de la aventura terrenal, del duro y cruel oficio de la vida, y de la terapia del sexo. Miller describe a las mujeres como aparatos sexuales. No las insulta ni las ataca. Solo se refiere a ellas en términos de placer físico. Relata un montón de experiencias, reales o inventadas, con mujeres. Que a la una le metió los dedos así, que a la otra la folló asado. Instrumentos de placer simplemente, descritos brutalmente antes de que el hedonismo se convirtiera en la religión enaltecida de la mal llamada “sociedad de consumo” y despilfarro. En aquel tiempo la ética estaba desapareciendo y el cinismo caminaba presuroso a mezclarse con la brisa que empezó a traer noticias de nuevas guerras de exterminio, explotación… falacias, escarnio y deshumanización. La vida se acanallaba de prisa y ahí estuvo este cronista, relatando su inconformidad y, si se quiere, su valiente amargura. Se estaba creando la imagen del “objeto sexual” alienado que ahora se ha impuesto, y de alguna manera fue un pionero en develar este proceso que no contradice para nada la existencia de mujeres indiscutiblemente virtuosas, cualitativas, serenas, antítesis de lo que he oído denominar “mujer batracia” (asi como hay también la figura concreta del “hombre batracio”, producto, igualmente, de una sociedad cuantitativa en la que, como dijo Marx: “mientras más se revaloriza el mundo de las cosas, más se desvaloriza el mundo del hombre”…esto trae como consecuencia la degeneración moral que va de acuerdo con la filosofía de un sistema basado en el lucro, la ganancia financiera y la codicia).

Al final hay una nota romántica cuando cuenta que existió una chica a la que amó (332-333). Al separarse de ella (“dije adiós como si tal cosa y me fui calle abajo como un muerto”) quedó destrozado, nunca llegó a ser feliz, y eso lo desbarató para siempre. Y cuenta sobre otro amor con una mujer que era quince años mayor que él. Un amor decepcionante. Ella follaba con él en la mesa de la cocina para que su hijo no la viera.

La parte final, CODA, es para volver a leerla por su lirismo. Se pone a hablar de la música, del amor, y concluye con un fellinesco “mañana, mañana” que pretende, a pesar de todo, insuflarnos optimismo. Se trata de un hombre mortificado por las desgracias que no tiene otro modo de revelarse ante su destino que desnudándose literariamente. Es a través de la literatura que ajusta cuentas con el mundo, con el sistema, con la vida. Es un hombre que ha caminado solo por las calles de la ciudad. No tenía a nadie y sus parientes uterinos eran una despreciable calamidad (hay que leer lo que dice de sus parientes uterinos en la pag. 325).

Miller se casó cinco veces y dejó varios hijos. Nació en Nueva York en 1891 y murió “junto a los naranjos californianos” el 7 de Junio de 1980. Sus libros fueron prohibidos por escandalosos y obscenos. Los USA, la nación a la que amó despreciándola, le ha rendido homenajes y ahora es una de las glorias literarias de este país. Astur Morsella decía en un artículo que “Miller produjo los primeros cambios en la apreciación de los valores estéticos dentro de la erótica. Pienso que, en realidad, era un moralista que se alzó con impecable dicción y estilo literario contra la hipocresía y el fariseísmo cultural ahora en cenizas en su país. Como su discípulo inglés, Lawrence Duirrel (con el que mantuvo una copiosa correspondencia), Miller desechó toda domesticación del sistema de vida al uso y forjó un mensaje frontal y profundo sobre el sexo, en una auscultación del ser humano que hubiera podido suscribir el mismo Freud, pero con poesía. Alto, calvo, con su gorra cuadriculada y sus ojos achinados y pícaros, Miller lució su estampa durante los últimos años por todo el mundo occidental, el que le había rendido en vida los honores que no gratifican tanto después del último viaje. Vagabundo en París en su juventud , anárquico y rebelde, nadie puede negarle a Miller que supo hacer de su vida y de su obra un solo testimonio espiritual. Y un ejemplo”

Lawrence Durrell (autor de EL CUARTETO DE ALEJANDRÍA y de EL QUINTETO DE AVIÑÓN) dijo: “Trópico de Cáncer es la única obra de estatura auténticamente humana de nuestro siglo”. (Letras del Ecuador Nº 166. Marzo de 1986. Quito). Miller pasó su vejez rodeado de admiración en California. Ahí escribió LA CRUCIFIXIÓN ROSADA, una trilogía integrada por Sexus, Plexus y Nexus. Obra de su primera juventud fue PRIMAVERA NEGRA. En París conoció a Nais Nin, que lo ayudó a despegar. Hay una película sobre esa etapa de su vida. Se habla de él en la revista Nueva Nº 67, pag. 78. Y en La Gaceta del viejo diario El Tiempo, del 6 VII 1980. En el prólogo de este libro se dice que sus obras “muestran su actitud vitalista que reniega de toda restricción a la actividad intelectual y sensorial”. Algunos –no sé porque, acaso por el parentesco fatalista- han hecho un parangón entre Miller y el director de cine John Huston, director de LA NOCHE DE LA IGUANA, EL TESORO DE LA TIERRA MADRE… Morsella lo ve como el continuador de D. H. Lawrence, el autor de EL AMANTE DE LADY CHATTERLEY. Se dice que en los últimos años de su vida estuvo enamorado de una actriz de cine llamada Brenda Venus, a la que le escribió esta carta que reproducimos, tomada del suplemento Matapalo…quizás demasiado tarde llegó el amor a su vida, en el otoño de sus días. Algo debe haber recibido de bueno en varios momentos de sus cinco experiencias matrimoniales. Sin embargo, el consuelo fue que pese a todo, se divirtió bastante en los tiempos difíciles. Miller no fue un santo. ..él solo fue un escritor brillante que nos sigue contando su peripecia desde el suburbio que habitó cuando peleaba contra la muerte.

“Queridísima:

En cartas de amor eres la reina. Incomparable: ausgezeichnet (extraordinaria). Querida mía, llevo todo el día preguntándome (entre carta y carta) donde has estado hoy. Espero que en brazos de Neptuno y no en los de algún astro de la pantalla. Te veo en el agua, siendo una con Neptuno, dejando que sus olas besen cada fragmento de ti. Y tú disfrutando a flor de agua con gloria, glamour y glicerina. Fisicamente eres un oxímoron. Es una temeridad usarte. Siempre sueño lo magnífico que sería yacer tan solo una noche a tu lado. Como un sueño hecho realidad.

También es cierto que me amas. Siempre lo has hecho, desde la eternidad. Lo cual es increíblemente hermoso. Debería felicitarme. Has cambiado desde que te conozco.

Querida mía, espero que me perdones por acabar aquí esta carta. Estoy realmente sobrepasado. Todo lo que deseo añadir es que cada día te amo más y más. Nunca me sacio de ti. Sigue leyendo LOS SONAMBULOS. Madurarás con él, profundizarás e incluso serás más de lo que ya eres.

Tu angélico adorador,

Henry”.

CITAS DE SU LIBRO.

“Todos los que me rodeaban eran unos fracasados, o, si no, ridículos”.

“Tenía tan poca necesidad de Dios como El de mi, y con frecuencia me decía que, si Dios existiera, iría a su encuentro tranquilamente y le escupiría en la cara”. (9).

“He recorrido las calles de muchos países del mundo, pero en ninguna parte me he sentido tan degradado y humillado como en América… Yo por lo menos sabía que era desgraciado, que era pobre, que estaba desarraigado, que desentonaba. Ese era mi único consuelo, mi única alegría. Pero no bastaban. Habría sido mejor para mi paz espiritual, para mi alma, que hubiera expresado mi rebelión a las claras, que hubiera ido a la cárcel, que me hubiera podrido y hubiese muerto en ella…en el fondo de mi corazón anidaba un asesino: quería ver a América destruida, arrasada de arriba abajo. Quería verlo suceder por pura venganza, como expiación por los crímenes que cometían contra mi y contra otros como yo que nunca han sido capaces de alzar su voz y expresar su odio, su rebelión, su legítima sed de sangre” (12).

“Me sobraba inteligencia pero inspiraba desconfianza. Dondequiera que fuese fomentaba la discordia; no porque fuera idealista, sino porque era como un reflector que revelaba la estupidez y futilidad de todo. Además, no era un buen lameculos. Eso me marcaba, indudablemente. Cuando solicitaba trabajo, notaban al instante que me importaba un comino que me lo dieran o no. Y, naturalmente, por lo general me lo negaban”. (16).

“Podías ver la vida americana en conjunto: económica, política, moral, espiritual, artística, estadística, patológicamente. Parecía un gran chancro en una picha gastada” (20).

“Estaba sentado, clavado a mi escritorio, y viajaba por todo el mundo a la velocidad de un relámpago, y descubrí que en todas partes ocurre lo mismo: hambre, humillación, ignorancia, vicio, codicia, extorsión, trapacería, tortura, despotismo: la inhumanidad del hombre para con el hombre: las cadenas, los arneses, el dogal, la brida, el látigo, las espuelas. Cuanto mayor es la calidad de un hombre en peores condiciones está” (33).

“De pronto comprendí que todo aquello se debía a que yo era realmente un hermano de Dostoyevski, a que quizá fuese yo el único hombre en América que sabía lo que quiso decir al escribir esos libros. No solo eso, sino que, además, sentí germinar en mi interior todos los libros que un día escribiera, a mi vez: me reventaban dentro como capullos de gusanos de seda maduros. Y como hasta entonces no había escrito otra cosa que cartas endiabladamente largas sobre todo y sobre nada, me resultaba difícil darme cuenta de que llegaría un momento en que empezaría, cuando escribiera la primera palabra, la primera palabra real. Y ese momento había llegado! Eso fue lo que empecé a comprender”. (208).

“Asi que fingí sentirlo terriblemente y dije que no hablaba en serio, que había sentido un miedo de muerte, y que si patatín y que si patatán, y mientras le hablaba dulce, tranquilizadoramente, le deslicé la mano por la cintura y le acaricié el culo con suavidad. Eso era lo que quería. Me estaba hablando entre sollozos de lo buena católica que era y cómo había intentado no pecar, y quizás estuviese tan absorta en lo que estaba diciendo, que no se daba cuenta de lo que estaba haciendo yo, pero aún así cuando le metí la mano por la entrepierna y dije todas las cosas tontas que se me ocurrieron sobre Dios, sobre el amor, sobre ir a la iglesia y confesarse y todas esas gilipolleces, debió de sentir algo porque le tenía metido tres buenos dedos y los movía alrededor como bobinas locas…y sin dejar de hablar de la iglesia, del confesionario, del amor, de Dios, y de toda la maldita pesca, conseguí metérsela”. (257).

“En mi opinión, a ningún hombre se le ha sometido a una humillación mayor que a Moctezuma; ninguna raza ha sido exterminada más despiadadamente que la del indio americano; ninguna tierra ha sido violada del modo execrable e infame como lo fue California por los buscadores de oro. Siento vergüenza al pensar en nuestros orígenes: nuestras manos están empapadas en sangre y crimen” (284).

“No te inquietes, si ves a tu vecino persiguiendo a su mujer con un cuchillo: probablemente tenga razones poderosas para perseguirla. Y, si la mata, puedes estar seguro de que tiene la satisfacción de saber porqué lo ha hecho” (291).

“En algunas ciudades ni siquiera tienes que pasar una noche: simplemente una o dos horas son suficientes para desalentarte” (302).

“Además, intuyo de forma persistente que hay asesinato en el aire. Lo huelo. Unos días atrás crucé la línea imaginaria que divide el norte del sur. No fui consciente de ello hasta que pasó un moreno conduciendo una yunta; cuando llega a mi altura, se levanta del asiento y se quita el sombrero con el mayor respeto. Tenía el pelo blanco como la nieve y una cara de gran dignidad. Aquello me hizo sentirme horrible: me hizo comprender que todavía hay esclavos. Ese hombre tenía que descubrirse ante mi…porque yo era de la raza blanca. Cuando en realidad, ¿era yo quien debía descubrirme ante él! Debería haberle saludado como a un superviviente de todas las viles torturas que los hombres blancos han infligido a los negros”.

“La música es el sonido silencioso que produce el nadador en el océano de la conciencia. Es una recompensa que sólo puede conceder uno mismo. Es la dádiva del dios que uno es porque ha dejado de pensar en Dios. Es un augurio del dios que todo el mundo llegará a ser a su debido tiempo, cuando todo lo que es supere la imaginación”. (329).

“Y cuando hayamos atravesado todas las calles y sólo quede el polvo de nuestros pies frenéticos, todavía quedará el recuerdo de nuestros pies frenéticos, todavía quedará el recuerdo de tu ancha cara llena, tan blanca, y la gruesa boca con frescos labios entreabiertos, los dientes blancos como la tiza y todos ellos perfectos, y en ese recuerdo nada puede cambiar en modo alguno, porque esto, como tus dientes, es perfecto”. (343).

“Vienes hasta mi disfrazada de Venus, pero eres Lilith y lo sé. Mi vida entera está en la balanza; voy a disfrutar de este lujo por un día. Mañana inclinaré los platillos. Mañana el equilibrio habrá acabado…Déjame intentar creer por un día, mientras permanezco al aire libre, que el sol trae buenas noticias. Déjame pudrirme en el esplendor mientras el sol estalla en tu matriz. Creo todas tus mentiras implícitamente. Te considero la personificación del mal, la destructora del alma, la maharaní de la noche. Clava la matriz en mi pared para que pueda recordarte. Debemos irnos. Mañana, mañana…”.

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