ESTATUA DERRUIDA DE MONTALVO

POR JORGE ENRIQUE ADOUM. REVISTA DINERS n° 80.

(Digitalizado por Carlos Lasso Cueva).

Usted fue para muchos de nosotros el primer muerto conocido y para todos nosotros el único que no estaba en el cementerio sino, embalsamado, en el mausoleo.

(Imponente era el silencio en la penumbra, imponentes eran las columnas entre las cuales, allá arriba, en grandes letras metálicas brillaban los títulos de sus libros)

Y –muchachos, en Ambato- aunque nos asustaba saber que a los muertos les sigue creciendo el pelo y las uñas, queríamos verle, pero el maestro de escuela dijo que no se podía abrir el catafalco, que usted se estaba pudriendo porque cuando bajaron sus restos del barco que los trajo de Francia llovía y el agua entró en el féretro.

Le admirábamos aun antes de la escuela (allí empezamos a quererle: teníamos asueto el 13 de Abril porque usted había nacido en esa fecha, Día del Maestro, y el maestro era usted):

Alguien en el barrio nos había hablado de esa operación sin anestesia y era difícil imaginar cómo sería que a uno le levantaran dos costillas y le hicieran una punción en la pleura (ni siquiera sabíamos qué era); entonces recordábamos la última vez que nos llevaron al dentista, porque esa era nuestra experiencia más cercana a la suya,

Y alguna madre del barrio nos dijo que usted se había vestido de etiqueta para esperar a la muerte, pidiéndole a una sirvienta que cubriera de flores su cadáver porque un cadáver sin flores le había entristecido siempre

(mucho después supe que su cadáver tuvo que contentarse con cuatro claveles: “en invierno en París y por cinco francos, no le podían tapizar el aposento de rosas y de lirios”),

Y alguna hermana del barrio nos contaba que usted se negó a que una chiquilla, que le vió pasar desde su balcón, le zurciera el saco que se le había rasgado, diciéndole que u traje roto es signo de descuido, pero uno zurcido, de pobreza,

Lo que nos llevaba a hondas cavilaciones puesto que teníamos siempre remendados los fondillos.

Y los mecánicos y carpinteros del barrio le llamaban “zambo Montalvo” (pero ellos con orgullo, no como los que le insultaban cuando usted vivía), igual que decían “Indio Espejo” o “Indio Alfaro” (tal vez, me digo yo ahora, porque entre nosotros ningún “blanco” estuvo jamás a la altura de ustedes tres),

Y su rostro se nos volvió familiar de tanto contemplar tantos monumentos, estatuas, pinturas y esculturas (y deben ser retratos fieles, supongo, puesto que todos son iguales entre si).

Honestamente, fue difícil leerle en el colegio, primero porque nos obligaban a aprendernos de memoria algunos párrafos que parecían no tener punto aparte,

Y luego porque cuando no le entendimos no estábamos de acuerdo,

Por ejemplo la adolescente de 14 años que usted describía no coincidía con la guambrita de quien estábamos enamorados:

“erguida con el donaire y elegancia que da su paso de princesa” (y la pobre caminaba cabizbaja, y sin embargo tropezando, como con miedo a todos); “la cabellera, dividida en dos madejas rubias” (y la pobre tenía dos pequeñas trenzas negras con lazos que deshacíamos en torpe muestra de cariño, requiebro mudo de indio); “el pecho no provoca aún con esos blancos panecillos coronados de fuego” (y provocaba, don Juan, le juro, porque nosotros teníamos también 14 años).

Pero cuando aprendimos de memoria su vida y no sólo los títulos de sus libros, como hicieron muchos, sino que los leímos,

Es decir, cuando fuimos realmente adulto y decidimos pensar con nuestra cabeza sin dejar que los especialistas en usted a tiempo completo, dueños de usted, nos llevaran de la mano, nuevamente en rango, como cuando íbamos con el maestro al mausoleo,

Nos dimos cuenta de que usted era tan grande que ni usted mismo podía destruirse con sus propias contradicciones.

Por ejemplo, qué hermoso orgullo de raza asumida demuestra usted cuando se describe diciendo: “Mi color no es cetrino ni deslumbrante como en los hijos de Albión; mi sol está siempre en el equinoccio, me hace hervir la sangre, y su luz concretada en ella, me sube al rostro”,

Pero qué insultante desdén de blanco calumniador tiene usted cuando escribe: “Las negras (…) no muestran el más subido punto de terror cuando un gorila hermoso (…) cae sobre ellas, les habla de amor con las manos, y, fugitivos afortunados, allá se enselvan en esas obscuras soledades (…) a vivir en la beatitud de sus amores”.

Por ejemplo, qué importaba que su pluma no “tuviese don de lágrimas” para escribir “un libro titulado El Indio” y “hacer llorar al mundo” (Chateubriand también creía que lo haría llorar con ATALA Y Jorge Isaacs se propuso “mojar la pluma en las lágrimas” para escribir MARIA),

Porque si, como usted cree, “el indio, como su burro, es cosa mostrenca” y “pertenece al primer ocupante”, puesto que “el soldado le coge para barrer el cuartel y acarrear inmundicias; el alcalde le coge para mandarle con carta veinte leguas; el cura le coge para que vaya por agua al río. Y todo de balde, si no es tal o cual palo que le dan para que se acuerde y vuelva por otro. Y el indio vuelve porque esa es su condición, que cuando le dan látigo templado en el suelo, se levanta agradecido a su verdugo “Dios se lo pague, amo”, a tiempo que se está atando el calzoncillo”,

Estar privado de ese don lacrimógeno más parece una excusa, don Juan, para no escribir ese libro: quizás no se trataba de hacer llorar al mundo sino de enardecerlo, llenarlo de cólera.

(Al fin y al cabo, Jorge Ycaza, grande también, pero no tanto como usted, lo hizo).

Por ejemplo, en un arrebato de objetividad más que de romanticismo dijo usted que “en las sociedades cristianas todo lo poseen unos, nada otros”,

Pero escribió también que “la sociedad humana es una escala; escala sin escalones, no puede haber: suprimid las clases sociales, y dicha sociedad queda suprimida”.

Y Usted, que combatió todas las formas de la tiranía, pocos años después de la Comuna de París justificaba al lúgubre Adolfo Thiers, diciendo: “El orden, encarnado en un anciano, alza la espad de la ley, y las cabezas de la hidra caen”.

Es una pena, don Juan, porque la “hidra” era el pueblo francés, y ese anciano, según usted “hijo de la plebe elevado a la primera línea de ciudadanos y varones ínclitos por sus méritos”, era el “enano monstruoso” responsable de más de 20… muertos en la “semana sangrienta” de Mayo de 1871,

Muertos de “un pueblo que quería ser libre más de lo preciso…” Pero, ¿cuánto es lo preciso, don Juan? ¿Cómo medirlo? Si usted viviera y viera lo que tenemos, ¿le parecería suficiente? ¿Le diría usted basta a la libertad?

Y aquí, maestro, un reclamo, atónito y dolido aunque respetuoso. Usted dijo del siniestro Thiers que “el anciano se hartó de sangre criminal, porque los buenos tienen sed de justicia”. ¿No les estaba usted dando asi la excusa soñada a tantos, demasiados “buenos” que desde entonces se han hartado de sangre, para ellos también “criminal”, en el mundo?

Y ya ve: pese a todo le admiramos. Quizás porque eso prueba que usted es ese hombre romántico, huraño, contradictorio, altivo y no una estatua,

Y porque, pese a lo que crean los admiradores de su estilo (en el que usted mismo reconocía “el abuso de la elipse y su tendencia al arcaísmo”) y pese al poder de la palabra (¿no fue su pluma la que mató al tirano?), su vida, como la de cualquier escritor combatiente, cuenta más que la literatura.

Por eso cuando vamos a París buscamos enseguida el número 26 de la rue Cardinet y hasta el busto, uno más, éste perdido en la gran ciudad,

Por eso –y es mucho más importante-cada vez que la dictadura a manos llenas se instala en el gobierno y ofende, cree que todo insulto unamunianamente “tajante y sangrante” es montalvino, y trata de cortar la cabeza que piensa y la lengua que habla y el pie que avanza y la mano que trabaja,

Volvemos a hojear nuevamente esas páginas de nuestra historia donde ha quedado para siempre la impronta de su paso,

Y cada vez que una candelita de esperanza nos permite soñar en un país sin carceleros que se lleven a esconder en su casa la llave del porvenir,

Lo recordamos a usted, don Juan,

Y, parodiando a un castizo poeta cubano, podríamos decirle a nuestra gente: “Te lo prometió Montalvo y Alfaro te lo cumplió”, viendo cuanto de libertad tenemos.

Y hoy, cien años después de que usted se fue, le aseguro don Juan que no nos basta, que no es aún “lo preciso”, que aún queremos más.

ANEXOS: CRITERIOS SOBRE JUAN MONTALVO.

SOBRE JUAN MONTALVO:

“García Moreno había sido sólo el símbolo y la expresión. El fundamento era ese: que las fuerzas feudales (“los ricos, los aristócratas, los amos por naturaleza”) dominaban. Montalvo, con un gesto de amargura, corre a su rincón sonoroso de espumas y de vientos, a Baños, a sumergirse en un suave hondón de silencio…El liberalismo que anuncia Montalvo frente a la teocracia garciana no provenía de las teorías políticas de la escuela inglesa o francesa. En París, en donde García Moreno había estudiado con disciplina cruel las tesis de la reacción clerical y los libros de los teóricos de la teocracia renaciente, Montalvo vivió en diálogo con las estatuas y con las ruinas, en áspera soledad contemplativa, en compañía inmaterial de poetas y filósofos extintos”:
LEOPOLDO BENITES VINUEZA: ECUADOR DRAMA Y PARADOJA

…cuando en París ocurrió la feroz represión de los obreros insurrectos de la Comuna, en 1871, Montalvo apoyó al carnicero Thiers…

Alejandro Moreano dice en el tomo 2 de La literatura como matriz de cultura (pag 49): “Montalvo criticó a la sociedad aristocrática desde el mirador de los altos valores de la ideología aristocrática”.

Y en Entre la ira y la esperanza, Agustín Cueva dice: “De Villarroel a Montalvo y Zaldumbide (último “clásico”), el problema será entonces el mismo: perfección idiomática artificial, que no significa adentramiento en el alma nacional ni mejor expresión de su pensar y su sentir, sino dominio más o menos impecable de la gramática y el diccionario”.

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